Autor: Manuel Montali (@manuel_montali)

 

El hombre permanece sentado en un banco de la plaza con gesto adusto. Distraído, posa sus ojos en la serie de pinos que rodean el mástil donde flamea la enseña patria. De una fuente se elevan chorros luminosos de agua y algunas personas disfrutan del espectáculo. Uno o dos perros buscan restos de comida entre sus pies y él resiste la tentación de espantarlos, sin saber bien por qué. Inquieto, observa su reloj: las 20 horas en punto. “Pedazo de estúpido”, piensa con enojo mientras mira en derredor. Las sombras caen lánguidas desde los árboles y se arremolinan sobre su figura. Maldiciendo en voz baja, decide marcharse con la plata. “Pedazo de estúpido”, vuelve a decirse como en un estribillo. Uno de los perros, flaco hasta el extremo de dejar ver las costillas en sus flancos y tal vez algo sarnoso, lo sigue unos metros. Furioso y ya sin contenerse, el hombre le lanza una patada a la que el animal responde con un aullido y una huída veloz.

Le gusta el tema que suena en la radio, estira la mano y busca a tientas el volumen. Botones por aquí y por allá no le permiten dar con el rodillo, por lo que retrae su atención un segundo de la calle para fijarla en el equipo musical. Aumentando el sonido hasta el límite deseado, el individuo vuelve los ojos al frente, a tiempo de ver la silueta pequeña que se le cruza por delante y sentir el impacto que lo lleva a dar un giro brusco con el volante. “¡Mierda!”, alcanza a rugir. Patinando sobre el adoquinado, el auto termina por embestir un cartel de la vereda. Los vidrios se agolpan en el piso, tintineando una melodía suave que se mezcla con los aullidos.

“Puta madre, algunos sí que no tenemos suerte”, se dice el hombre al bajar de su auto, justo frente a la plaza, cuyo reloj marca las 20:03. Recorre los bancos que rodean la fuente, se fija en los rostros cercanos, pero ninguno corresponde al que busca. “Me va a matar -se dice, desesperado-, ¿cómo hago ahora con la plata?”. Permanece de pie, obnubilado por los nervios y la tensión de la situación, y al fin retorna al coche. A unos pocos metros, un policía cortando el tránsito lo obliga a desviarse y él obedece de forma mecánica. Comienza a circular sin destino por las calles oscuras, preguntándose por la mejor solución a su problema. Analiza los pasajes que se suceden mientras las casas laterales cobran nitidez. Palpa el revolver en su bolsillo cuando a su lado se dibuja un chalet pintoresco de largo jardín.

Al oír el silbido de la pava, se dirige de inmediato a la cocina, aunque es en ese mismo instante cuando suena el timbre. Indecisa un segundo, mira el reloj de pared: “Las 21, seguro que este tonto se dejó las llaves”. Volviendo sobre sus pasos, descorre la traba y abre la puerta. Casi sin detenerse, amaga con volver a la cocina, pero la visión fugaz de un extraño en el umbral y su brusca irrupción en la casa la congelan para siempre en ese gesto.

 

Aún aturdido, molesto por la demora, sintiendo gusto a sangre pero más angustiado por los daños del auto, el hombre dobla en la esquina en el preciso momento en que una figura atraviesa a toda velocidad su jardín, se sube a un auto y huye en medio de un chirrido estrepitoso. Apurado por la premonición que lo lleva a repetir “mierda” una y otra vez, corre hacia su casa para hallar el estropicio del infierno imaginado.

Llora y maldice su suerte. Desde entonces vivirá inmerso en una telaraña de tiempos condicionales, de millares de destinos calidoscópicos que variarán sus formas en pequeñas fracciones de segundos, minutos más o minutos menos. Sin embargo, ignorará hasta el último día de su vida la disposición de causas y efectos, la manipulación de los hilos que se entrelazaron para la consumación de la obra. Ni siquiera la detención del sospechoso y la resolución de la causa le permitirá caer en la cuenta o ser apenas consciente de que todos fueron en este caso uno y el mismo, el mero impulso de una voluntad que los excedió.


 

Comentarios

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.