Todos se deconstruyen menos vos

por Jero Maina

“Jorge, sos un machirulo. Todes se deconstruyen menos vos”, dice un pasacalles intervenido en Paint que se viralizó en las redes hace algunas semanas. Esta imagen sintetiza el lugar creciente que los nuevos usos del lenguaje vienen ocupando en las luchas de género. El lenguaje materializa cambios culturales que empujan con fuerza y piden nuevas formas de nombrar; no es solo un instrumento, sino una materia desde la cual se producen estos cambios y en la que se juega el poder y la legitimidad de diversas ideologías. Aparece entonces un verbo que hasta hace poco estaba reservado a la filosofía, y que ahora escuchamos en la calle, en campañas, leemos en las redes y podemos llevar a nuestro desayuno: deconstruir. Ante la probable/posible/inminente fetichización del término, es bueno hacer una pausa y un repaso a través de su origen y de los significados que adquiere en nuestro contexto.

Para la RAE (ay!), deconstruir significa “deshacer analíticamente los elementos de una estructura conceptual”. El análisis, palabra clave en la definición, es la “distinción y separación de las partes de algo para conocer su composición”. Desde el vamos, el concepto de deconstrucción difiere del de destrucción en este sentido: cuando se destruye algo, ese algo simplemente se evapora, sus partes quedan reducidas a la nada y sería muy difícil (sino imposible) investigar cómo había sido ese algo construido en un primer lugar. La deconstrucción, en cambio, apunta a un desmonte lento, en el cual se desagregan los elementos del todo examinándolos cuidadosamente, atendiendo a la naturaleza de esos elementos y a los mecanismos que los ligaban entre sí, pensando en construir algo nuevo desde el vacío, desde los restos de una suerte de edificio que alguna vez se irguió de una manera determinada. La deconstrucción permite acceder a un conocimiento sobre las estructuras conceptuales que la destrucción no contempla. La destrucción busca el polvo; la deconstrucción busca ladrillos para armar una estructura diferente.

Como práctica, la deconstrucción fue sistematizada por el filósofo post-estructuralista Jaques Derrida (una buena puerta de entrada a su teoría la explica Darío Sztajnszrajber en este programa). Lo que busca la deconstrucción, como estrategia derridiana, es demostrar cómo una estructura conceptual cualquiera podría haber sido de infinitas maneras, pero acabó siendo de una determinada. Atenta contra el supuesto orden único, lineal y jerárquico de la realidad, las cosas no “son como son”. La realidad es contradictoria y paradójica, las estructuras conceptuales luchan entre sí para generar sentidos, nombrar (y en ese nombrar, crear) el mundo. Desnaturalizar un concepto implica demostrar que fue construido en el marco de un entramado socio-histórico determinado, que tiene la forma que conocemos porque se impuso sobre otras variables posibles, y no porque sea esa su esencia desde el comienzo y hasta el fin de los tiempos. Implica analizar cómo fue esa construcción, cómo se moldearon los diferentes elementos que la componen y cómo se tejieron las relaciones entre ellos.

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Volviendo a Jorge, la deconstrucción cobró fuerzas en este último tiempo como el concepto que expone el pedido dirigido, especialmente, a los varones hétero-cis desde y para la lucha feminista. Se les pide que se “deconstruyan”, que hagan conscientes y abandonen sus privilegios de género. Hablar de los privilegios del varón cisgénero y heterosexual en nuestra sociedad implica aceptar no solo una desigualdad de poder entre este y personas de otros géneros y/o sexualidades, sino también la construcción socio-histórica (y, por lo tanto, la artificialidad) de esta desigualdad. Es decir, el género como institución podría haber sido construido de infinitas maneras, pero fue construyéndose de forma tal que pone al varón por encima de la mujer y a la heterosexualidad por encima de cualquier otra forma de deseo. El privilegio implica un trato diferenciado hacia personas que, por su naturaleza humana, deberían gozar de los mismos derechos y las mismas oportunidades.

Estamos presenciando/protagonizando, hoy más que nunca, una revolución de género que atenta contra lo instituido. Primero, se llama la atención sobre la artificialidad y la injusticia de elementos que tomábamos por naturales (desde diferentes grados de violencias machistas a la concepción misma de sexo y de género). Luego, se imaginan, proponen y crean otros órdenes posibles.

Es un sistema inmenso que atraviesa todos los órdenes de nuestra vida desde hace siglos. Sin embargo, en la vorágine de ver frente a nuestros ojos la desigualdad y la violencia, en la vorágine de tener un ideal moldeado en la mente y en la punta de la lengua, muchas veces optamos por destruir (y no deconstruir) el sistema de un zarpazo. Queremos que las cosas cambien. Y que cambien ya.

La deconstrucción es una tarea que implica necesariamente atención, tiempo y cuidado. Es una tarea a ser encarada minuciosamente, con los ojos bien puestos en la estructura que se desmonta, con la mente en el proceso y no en el resultado. Y no estoy diciendo, claro, que no deban tomarse acciones inmediatas sobre los efectos nocivos que genera el machismo, en sus más diversas formas. Hablo del orden más profundo, del lugar donde se asienta el pensamiento social, grupal e individual. De nada sirve adoptar slogans vacíos o llenarse la boca con palabras feministas (que, por cierto, en muchos sentidos son rentables, y muchas figuras públicas y marcas lo tienen más que claro), si no atravesamos el proceso de análisis, un proceso que apunta a un sistema inabarcable y que debe encontrarnos trabajando colectivamente para desmontar ese sistema.

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La deconstrucción no es –no puede ni debe ser– una caza de brujas (ni de brujos ni de brujes ni de bruj*s). No es la persona individual la que se deconstruye, somos las personas las que deconstruimos un conjunto de estructuras conceptuales que nos atraviesan, y de las que formamos parte adaptándonos a ellas, negociando con ellas, reproduciéndolas, transformándolas. Hallar culpables es siempre más fácil, más rápido y más cómodo. Pero es una estrategia superficial y falaz. Apunta a callar y destruir manifestaciones de pensamiento que nos son incómodas, pero no ahonda en lo que está por debajo, en lo profundo. Callarlo a Jorge por machirulo no es más que eso: callarlo. No modifica la composición del sistema. Crea una ilusión, un espejismo.

La categoría de varón hétero-cis reúne a un grupo social que, en torno al género, ha sido privilegiado. Sin embargo, el machismo y el patriarcado también lo oprimen, reprimen y le quitan oportunidades para ser una persona más libre, así como para acomodarse, desde un nuevo lugar, en la sociedad que se está gestando. Es ahí, y no en el ataque personal, donde debe apuntar el llamado a la acción. Un llamado que es, y debe ser, siempre, colectivo. Que Jorge se deconstruya no es lo mismo a que Jorge se sume a un grupo de personas cada vez más grande que busca deconstruir un sistema de ideas; lo individual, luego, vendrá por sí solo.

Es necesario visibilizar las injusticias y los daños de un sistema que clasifica y jerarquiza a las personas de acuerdo a su género y su orientación sexual. Es necesario visibilizar la artificialidad de este sistema, que nos atraviesa y nos coarta libertades (desde diferentes lugares, en diferentes grados y de diferentes modos) a todos, todas, todes, todxs y tod*s. Es necesario desmontar colectivamente un sistema obsoleto y añejo, del que no somos científicos que lo modelan y moldean racionalmente y a su gusto, sino víctimas, victimarios, sobrevivientes, reproductores, transformadores, a niveles más y menos conscientes.

Hacia ahí debe apuntar la deconstrucción.

 

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