por Federico Frittelli (@fedefritelli)

“No entiendo –me decía- cómo todavía hay artistas y pintores, incluso algunos de renombre, que utilizan modelos como inspiración para pintar sus cuadros. Como si realmente se necesitara algo más que la memoria o la imaginación para pintar una mujer desnuda acostada sobre el sillón de tu sala de estar. Me resulta muy divertido, muy divertido. También ridículo. Los modelos y las musas, las inspiraciones, están para otra cosa. El otro día empecé a manchar un lienzo –así le dice cuando empieza a dibujar sin tener idea clara de qué (cosa por más demás conocida en el mundo de la literatura)– y noté que estaba en un vacío emocional. Mi única emoción era rutina, y nadie jamás ha pintado bien montado en una rutina. Tampoco quise parar. Entonces tuve una idea que me pareció magnífica y salí a la calle con mi billetera. ¿Conocés mi casa? Pasa muchísima gente por la vereda, casi como si fuera a propósito. Al primer tipo que pasó, le ofrecí doscientos pesos por entrar a mi casa y ayudarme a terminar el cuadro. No quiso, más vale. Mirá si va a querer, doscientos pesos y yo puedo ser el peor asesino serial de todos. Aumenté de a cien, vieras como la hacía dudar en el setecientos a esa pobre gente aleatoria. Como si poner riesgo a sus vidas tuviera realmente un precio que había que negociar. Terminé por agarrar a una mujer por mil pesos. La hice entrar, sin decirle una palabra, la acomodé a unos metros del lienzo y me coloqué delante de ella, entre la mujer y el lienzo, de manera que la tenía a mis espaldas. Apagué la luz y con el celular traté de iluminarme como podía para pintar. Entonces, lo que buscaba. Me invadió un miedo terrible, desesperante. Tenía en casa a oscuras a una mujer paga que no conocía y que bien podría haber sido una asesina serial. La escuchaba respirar pero no podía verla. Mi mano derecha temblaba mientras tiritaba líneas y formas aterradoras. Ella no decía una sola palabra, ¿por qué? ¿Qué era lo que no le parecía raro de toda esta situación? ¿Por qué no gritaba, por qué no tenía el mismo miedo que yo? En un momento me ganó la curiosidad suicida y la alumbré con el celular, sin dejar de pintar con la otra mano. No mejoró. Sus ojos eran blanquísimos y la luz la hacía parecer una aparición. Y respiraba, tranquilamente. Así seguimos media hora más, cuando di por terminado el borrador y prendí las luces con un placer cobardísimo. La acompañé hasta la puerta. Cuando cerré, todavía me aturdía el corazón. Si para algo sirve un modelo, es para eso. Para sensaciones, no para imágenes, pendejo.”

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Hasta ahí, lo que me dijo el Pintor de Vanidades en nuestra última charla, de la cual no participé en absoluto. No le creo una palabra y es justo que así lo haga porque me miente por costumbre. El Pintor es capaz de todo menos de darle mil pesos a un transeúnte, por no decir que ni siquiera los tiene. De todas formas su historia, muy cercana a la literatura, logró que el Pintor me hiciera reflexionar.

Pienso que está errado.

Uno es escritor y en toda clase de reuniones sociales se jacta de serlo con un orgullo que no debe corresponder a los perversos pensamientos de los interlocutores para con uno. Hasta ahí vamos juntos.

Y entonces llega el momento de trabajar.

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Se pone uno al frente de la hoja en blanco y la mente encuentra en el color de la misma un camuflaje adecuadísimo. Entonces uno duda hasta de las verdades más fundamentales al estilo de “yo sé que he escrito antes y que puedo volver a hacerlo”. Pecha un párrafo y lo borra con violencia. Escribe lo que yo llamo una hoja flotante, un texto sin la idea abajo que lo soporte. Uno dice “bueno, toda la carne al asador” y despliega un desbarajuste de adjetivos que para qué repetirlos pero que suelen ser de la clase de “inefable-inaudito” y vaya a saber cuántos zombies literarios. “Pensá en algo” nos ordenamos. Y uno piensa en un gol, en el mar, en ella o en que tiene hambre y tampoco así puede avanzar. Uno se pone a describir el mar y no le falla a decir que el mar es amplio-vasto (los más cobardes dicen infinito) e ineludiblemente azul. Uh.

Aquí el Pintor de las Vanidades. ¿Por qué describir lo que nos inspira? ¿Por qué violarlo con palabras que no le serán justas? ¿Por qué no usar el oleaje como máquina productora de energía creativa? El mar no te pide que hables del mar ni del infinito, sino que transpongas mares infinitos a cualquier nimiedad que se te ocurra describir. Tu personaje subió al colectivo y te parece poco poético. Estás en tu derecho. Entonces pensás en todas tus musas e inspiraciones y el colectivo resulta en una máquina transponedora de espacios. Tu metáfora es horrible pero ya no es un colectivo liso y llano y es para eso que sirven los modelos y las imágenes.

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Hasta hace poco imitaba a Borges con intención declarada y despreocupada. Pero entonces Borges no era mi modelo, en los cuentos de Borges no había un velo sensitivo que yo aplicara a los míos, Borges era simplemente mi original. Yo me movía en la copia por admiración. Cuando uno se da cuenta de que no está teniendo modelos sino originales, entonces cambia. Y quizás el modelo siga presente en uno pero ya no se lo propone del modo “crear como Borges” sino “con Borges a cuestas, crear como yo”.

¿Cuál es tu mérito si describís el pelo de la mina que te encanta, escritor mediocre? Hasta el más oftalmólogo se pone en poeta en esos casos. La habilidad tuya está en sentir el pelo de la mina que te encanta mientras describís el ruido de una impresora que imprime para otro tipo. Quiero creer que ya me entendiste: el lector no tiene que adivinar a tu musa en cada metáfora. Probablemente Dante haya pensado en Beatriz cuando escribió: “Es por mí que se va a la ciudad del llanto, es por mí que se va al dolor eterno y el lugar donde sufre la raza condenada, yo fui creado por el poder divino, la suprema sabiduría y el primer amor, y no hubo nada que existiera antes que yo, abandona la esperanza si entras aquí” sobre las puertas de su Infierno; a nosotros sólo nos llega ese híbrido de terror y belleza.

También estoy seguro de que en todos los retratos de las personas más ignominiosas y desagradables de la historia de las cortes europeas hay un fondo de inspiración, en cualquier cuadro debería sentirse lo que uno ama.

Empezar a escribir sin saber qué no es un pecado. A Algunos se les permite ir descubriéndolo sobre la marcha. Lo que es negligente es empezar a escribir sin saber con qué. Dolina puede escribir una reflexión metafísica sobre la tarea del periodista o puede monologar en joda durante media hora sobre animales en extinción, pero lo va a hacer cargando consigo al barrio. Me gusta creer que la musa de Cortázar es París. La de Hemingway, la guerra. A cada uno lo suyo. Está en cada escritor desentrañar la inspiración de su colega -¿de su rival?- y hacer con esa información lo que pueda. También está en cada uno el juego de soltar y capturar a las musas lo suficiente en cada oración. Danza incorruptible de bailarines que no se tocan.

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Tengo que confesarte que esto comenzó siendo una hoja flotante, como ya habrás sospechado.

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