Autor: Celso Lunghi

Este va para Vicky

 

Un gesto que te enamore, pensó Jonatan y torció su boca en una mueca que pretendía ser seductora y que, lejos de eso, produjo el efecto contrario al que perseguía: la chica que estaba en el andén opuesto largó una carcajada que resonó con intensidad a pesar de los dos violinistas que interpretaban “Smells like teen spirit” a escasos metros de ella. Decidió, en el acto, capitalizar el incidente a su favor y aprovechar el ridículo que acababa de hacer: él también se rio de su bochornoso intento de conquista y ella se mordió el labio inferior y sacudió la cabeza en señal de complicidad y la bocina del subte que iba para Congreso de Tucumán interrumpió el improvisado y silencioso diálogo. Jonatan la rastreó con la mirada y la vio abrirse paso con dificultad entre toda la gente que a esa hora volvía a sus casas (¿trabajaría por la zona?), ubicarse en el medio del vagón, justo enfrente de él, y dedicarle, mientras la formación se perdía por el túnel, una última sonrisa. Agitó su mano izquierda con entusiasmo y se lamentó de no haber ido para ese lado: en tal caso, se podría haber acercado y habría tenido una excusa para arrancar la conversación, que era, en general, lo que más le costaba. Además, por breve que hubiera sido, habría contado con el lapso del viaje para charlar y que quizás ella le diera su número o por lo menos su nombre o haber deslizado el suyo para agregarse en Facebook o en Instagram e intercambiar “Me gusta.” Por ahí, me la encuentro en Tinder o en Happn, se le ocurrió y se apuró por sacar el celular del bolsillo de su campera y buscarla en una de las aplicaciones. Fue en ese momento que apareció la viejita. Estaba tan focalizado en la pantalla que ni siquiera notó que se dirigía hacia él y, por ese motivo, esos cinco dedos huesudos en su brazo lo sobresaltaron tanto. Lo primero que se le cruzó por la mente fue que le iban a robar y enseguida guardó el celular. La viejita le decía algo pero él tenía los auriculares puestos y no la escuchaba. Tardó unos instantes en relacionar ambas circunstancias y en darse cuenta de que, con Babasónicos en los oídos, iba a permanecer ajeno a sus palabras: su irrupción había sido tan abrupta que lo había desconcertado. Perdón, ¿qué?, le preguntó, por encima de su voz: la viejita nunca había dejado de hablar. Señora, por favor, la interpeló Jonatan: si no se calma, no le voy a entender. La desesperación de la mujer, a esa altura, había logrado captar la atención de la mayoría de los pasajeros de la estación Agüero. ¿Por qué carajo no se había ido caminando? La facultad estaba a quince cuadras y siempre bajaba por Santa Fe, para tomar aire, pare refrescarse un poco, aunque fuera invierno y el viento lo arrastrara: acostumbrado al pueblo, la ciudad y, en especial, su monoambiente de la calle French lo sofocaban mucho (no le parecía casualidad, de hecho, que, desde que vivía en Buenos Aires, hubiera empeorado su asma.) Pero esa tarde rendía y necesitaba ahorrar tiempo y, con ese objetivo, había optado por el subte (eran dos estaciones nomás) y al final no había servido de nada: el servicio se había demorado (así lo anunciaba el televisor que estaba encima de ellos: el próximo tren iba a venir recién dentro de cinco minutos y ya iban diez de espera) y ahora no se podía ir porque esa viejita lo había interceptado e iba a quedar pésimo ante los demás, iba a producir la impresión de que se estaba escapando y de que esa pobre mujer no le importaba. Cuando uno nace y se cría en un pueblo o en una ciudad chica, del interior, analizaría después, vive pendiente de la opinión de los otros. Definitivamente, evaluaría esa noche, en la soledad de su departamento, todavía conmocionado por lo que le había tocado presenciar, había que aprender de los porteños y actuar y moverse sin que las opiniones del resto condicionaran una decisión. Esa sería una de las varias cuestiones que le dispararía la escena que se precipitaría a continuación. Se desencadenó tan rápido que no le ofreció margen para reaccionar. La viejita seguía murmurando y agitandosé compulsivamente y, apenas se percató del ruido de la formación que avanzaba por las vías, se concentró en Jonatan, se abalanzó sobre él y lo abrazó con una fuerza que literalmente le hizo crujir los huesos. Ya es tarde, le susurró al oído y, con la formación a centímetros de ellos, sin dudarlo, se tiró. Su cuerpo impactó de lleno contra el vidrio y Jonatan distinguió cómo el maquinista se llevaba las manos a la cabeza y la escondía debajo del panel de control. El griterío y la reacción de Jonatan fueron en simultáneo: asustado, salió corriendo de ese andén, para que no lo cuestionaran acerca de lo que le había dicho la viejita. Recordaría, camino a la facultad, un informe llamado “El ojo trágico de la locomotora” que se había tragado, de chico, junto a uno de sus amigos, en un programa de televisión. El informe consistía en grabaciones que habían sido captadas desde la perspectiva del maquinista y en las que se habían registrado suicidios. Había algunos que, al igual que la viejita, se tiraban de repente y otros que, en cambio, se acostaban tranquilos y, quietitos, se mantenían a la expectativa de la embestida. En el informe habían entrevistado a los maquinistas y muchos de ellos aseguraban padecer una profunda depresión y algunos, incluso, habían llegado al extremo de suicidarse y de la misma manera que esas personas, como si aspiraran a cerrar un circulo. Las explicaciones coincidían: cargaban, en sus respectivas consciencias, más muertes de las que eran capaces de soportar. Si bien estudiaba Medicina y, por lo tanto, en la morgue, se había topado con muertos en estados que hubieran alterado a cualquiera (había uno que se le había grabado en las retinas: un tipo que había saltado de un quinto piso y que había caído parado y al que se le habían metido las piernas en la caja torácica y se había reducido al doble de su estatura) y si bien, durante su infancia, en Ingeniero Bruschi, su madre lo había llevado a infinidad de velatorios y las funerarias de allá no se caracterizaban por su delicadeza, Jonatan padeció unas cuantas madrugadas de insomnio: jamás había sido testigo de una muerte. Pero te vas a tener que adaptar, se había despachado, con frialdad, una de sus amigas. ¿O no vas a ser cirujano vos? ¿Te das una idea de la cantidad de pacientes que se te van a morir en tu propia cara? Y no porque vayas a ser malo, eh, Jony. No te confundas ni me malinterpretes. Los seres humanos nos morimos. Y punto. Y, en ciertos ámbitos (por ejemplo, en los hospitales, donde vos vas a trabajar), la muerte se respira y se palpa. Me extraña que recién te enteres de eso. El incidente lo había obligado a replantearse ciertos aspectos de su vida y ese era uno de los principales. Pero había procurado no enroscarse demasiado y enfocarse en el estudio: ese día, sobra agregar, había rendido mal y tenía que aprobar sí o sí el segundo parcial. Al mes, con la confirmación en la lista que la profesora había subido al campus virtual, organizó una cena en su casa. Hacía bastante que no se juntaba con los chicos. Tres noches antes de la tarde que se había matado la viejita había sido la última vez. Ese episodio había colaborado con su aislamiento. Era hora, sin embargo, de dejarlo atrás y se había propuesto no tocar el tema: los chicos no estaban enterados y tampoco se los iba a contar. Eran cinco: tres varones y dos mujeres. Los cinco, de Ingeniero Bruschi, amigos del secundario. Hablaron de sus carreras y de sus trabajos, se acordaron de los profesores que habían padecido en ese colegio de mierda, prepararon Campari y Fernet en dos garras grandes y fumaron paraguayo (Jaime, al respecto, se quejó de lo que costaba conseguir flores y se lamentó de que a ninguno se le diera por plantar) y, de pronto, a Jonatan lo sacudió un escalofrío. ¿Te dio un chucho?, le preguntó Aldana, con una amplia sonrisa dibujada en sus labios, y se levantó a cerrar la ventana, que habían abierto de par en par porque un horno prendido en un monoambiente con seis personas adentro es suficiente calefacción. Jonatan permaneció callado y Jaime arremetió con el asunto del autocultivo y entonces sintió que le crujieron los huesos. Fue como si lo estuvieran abrazando con fuerza. Exactamente igual que lo había abrazado la viejita. Estaban los cinco guiando a Aldana para que primero corriera las cortinas y después cerrara la ventana (el efecto del porro le impedía coordinar sus acciones) cuando los estremeció el grito y, acto seguido, el cuerpo de un hombre, cayendo, en línea recta, justo adelante de ellos. Silencio. Los cinco, incrédulos, se habían petrificado en sus respectivas posiciones. Mierda, murmuró Javier. ¿Ustedes vieron eso o yo la estoy flasheando? Jonatan estaba tan impactado que no fue capaz de advertirle que se detuviera, que no se asomara, que ahí nomás había un entrepiso. La concha de la lora, dijo Javier, entre dientes, al enfrentarse a ese cráneo reventado y a esas piernas torcidas y a ese tórax aplastado que yacían sobre una enorme mancha de sangre a menos de dos balcones de distancia y, en un impulso, volteó hacia adentro y hundió la boca en su hombro derecho y, a pesar de que se esforzó por contenerlo, largó un chorro de vómito que asqueó al resto y que dio por finalizada la reunión: de a uno, fueron agarrando sus cosas y, sin mediar mayores explicaciones (no eran necesarias), ganaron la puerta y llamaron el ascensor. En la vereda, mientras se saludaban, asistieron a la llegada de la ambulancia y de tres patrulleros y, tras despedir a Javier, que no encontraba palabras para disculparse por haberle ensuciado el departamento, Jonatan, a través de los comentarios de los vecinos, alcanzó a reconstruir que el suicida se llamaba Marcelo (ninguno sabía el apellido), que le alquilaba el 12 J al encargado del edificio hacía aproximadamente una década, que era soltero y que se dedicaba a la música. Escuchó, además, que rondaba los cuarenta, que le estaban asomando algunas canas, que se le había muerto un perro collie precioso hacía uno o dos meses, que no se destacaba por su simpatía, que las conversaciones con él en el ascensor no pasaban de un escueto buen día, que casi no llevaba gente a la casa, que era fanático de la electrónica (eso hacía suponer a una señora que se drogaba) y que, en los años que llevaba en el edificio, no había tenido problemas con nadie. Jonatan, definitivamente, no lo tenía presente. En ese contexto, sin embargo, ni el nombre ni las características físicas ni la ocupación ni las posibles razones de su determinación (los vecinos, por supuesto, arriesgaron algunas teorías y uno deslizó que tranquilamente podría haber sido un accidente: era una chance que no había que descartar) estaban en el centro de su interés: intentaba, en lugar de eso, determinar si ese acontecimiento había sido fruto de la casualidad, si él estaba demasiado sugestionado, si se había tratado de un presentimiento o qué carajo había pasado. Porque lo único concreto era que había sentido de nuevo ese abrazo invisible y espectral y que las consecuencias habían sido idénticas. Trágicamente, lo único concreto era que, de la nada, lo había sacudido un escalofrío y, de inmediato, dos brazos invisibles lo habían rodeado y lo habían apretado con tanta fuerza que lo habían hecho estremecer y, a continuación, alguien se mataba. Pero, como bien había aprendido en Introducción al Pensamiento Científico en el CBC, dos casos no bastan para establecer un patrón. Fue recién con el tercero que se impuso el miedo. Estaba de vacaciones y se había ido a Ingeniero Bruschi para despejarse y aclarar las ideas: el plan original contemplaba apenas una semana (se había dado cuenta de que ese era el tiempo que resistía en su pueblo natal sin que se desataran peleas en su casa: se había acostumbrado a vivir solo y eso pesaba) pero los últimos sucesos lo habían obligado a modificarlo y a instalarse durante el mes entero. Aunque no había vuelto a cuestionarse ni la decisión de haberse radicado en Buenos Aires (sus amigos habían elegido La Plata) ni la carrera en la que se había anotado, dependía de julio para poner la mente en blanco, relajarse y, fundamentalmente, prepararse para lo que faltaba del año, que prometía ser intenso: se había propuesto que el verano lo encontrara con los finales rendidos, para aprovechar enero y febrero al máximo, y quizás organizar algún viajecito con los chicos. Ingeniero Bruschi era el ámbito perfecto para borrar las preocupaciones y, con dicho propósito en calidad de guía, se cansó de repetir una rutina que en Capital le resultaba imposible: chateaba, leía o se colgaba con series o películas hasta tarde, se despertaba al mediodía, almorzaba y se acostaba a dormir la siesta (que era lo que más extrañaba de su adolescencia) y, siete u ocho, completamente descansado, arrancaba sin rumbo fijo. Era viernes y todavía faltaban tres días para que se subiera al micro que lo iba a devolver a sus jornadas de cursada y de estudio. Había ido al cine con Lara, una amiga del secundario que se había quedado en Ingeniero Bruschi, y estaban tomando un helado en la vereda del edificio Denison, uno de los dos que había en el pueblo. Se habían comprado un cuarto para cada uno. Él había optado por los gustos clásicos: dulce de leche granizado y chocolate con almendras. Los que no fallan, decía, justificando su monotonía. Ella siempre se compraba sabores distintos: en esta oportunidad, crema Marroc, Kinder y frutos del bosque. Jonatan había interrumpido sus consideraciones acerca de La La Land para pedirle que le convidara una cucharadita de alguno de los tres. Como el escalofrío coincidió con el contacto de la crema Marroc con su lengua, no le prestó atención ni se preocupó por esa ráfaga gélida que le corrió por la espalda: la vida de pueblo, de hecho, lo había ayudado a olvidarse de las circunstancias de las que era rehén. Fue comprobar que Lara no lo estaba abrazando lo que lo impulsó a pegar un salto y a los pocos segundos contempló, inerte, un cuerpo de hombre que venía de las alturas y que se estampaba en plena calle y los salpicaba de unas discretas y casi imperceptibles gotitas de sangre. El diario no se privaría de destacar que el centro estaba lleno y que el occiso era un viajante de comercio que se había registrado esa mañana en el edificio, es decir, un forastero. El pánico no le impidió identificar las regularidades, que, por lo demás, eran evidentes: los dos suicidios que habían seguido al de la viejita se habían producido con alrededor de un mes de diferencia y en condiciones que se replicaban. La forma de matarse no variaba: las víctimas se tiraban. No intervenían ni armas ni sogas ni pastillas ni ningún otro elemento externo: era sencillamente la persona frente al vacío. Otra constante: nunca había sido alguien cercano. ¿Y si eso cambiaba? ¿Y si empezaba a pasar? ¿Y si el próximo (porque iba a haber un próximo: estaba seguro de eso) era su madre o uno de sus amigos o, incluso, él mismo? ¿Y si aumentaba la frecuencia? El terror, entendió de repente, se reduce a un simple condicional: se expresa en los términos de una posibilidad. El miedo es inminencia pura. ¿A quién se recurre en una situación así? ¿Con quién se comparten esas experiencias sin que te tilden de loco? Obsesionado por esos interrogantes, a su regreso, sin un motivo específico, decidió hacer algo que venía evitando: se tomó, de la terminal a su casa, el subte. La línea C le sirvió para reunir el coraje suficiente y, al combinar con la D, un nudo le cerró la garganta. Siete estaciones lo separaban del lugar en el que se había desencadenado su desgracia. Jonatan temblaba como una hoja. El vagón iba prácticamente vacío y, en Tribunales, subió un nene a repartir estampitas que se había concentrado en su figura desde antes de cruzar la puerta: le había clavado la mirada ni bien el vagón había frenado y había procedido a depositar una estampita en el regazo de cada pajero sin despegar sus ojos de él. Una vez recuperadas (no había conseguido que nadie le diera ni siquiera una moneda), le pidió permiso para sentarse en el asiento contiguo, Jonatán se limitó a asentir y el nene, en un gesto de comprensión, le apoyó una mano en la rodilla izquierda. Por su aspecto, habría arriesgado que tenía entre siete y diez, pero, por su actitud y, en particular, por su manera de expresarse, parecía un adulto. Y eso enfatizaba el carácter siniestro del panorama al que se enfrentaba. Me puede costar caro lo que te voy a decir, arrancó, pero este es el papel que me toca y no me pienso hacer el estúpido. Nosotros la conocemos, le aseguró. O, mejor dicho, la conocíamos. Eso que volvió no es ella. Jamás son ellos cuando vuelven. ¿Me comprendés? Ese nene era un personaje irreal. ¿De dónde había salido? ¿Qué buscaba? ¿Qué era lo que pretendía? Y lo que verdaderamente intrigaba a Jonatan: ¿cómo había logrado identificarlo o a partir de qué lo había reconocido? Eso era lo que lo inquietaba. Ella era una de nosotros, arremetió el chiquito. Vendía chocolatines. Arrancaba temprano y se iba tardísimo. Andaba las dos doce o trece horas que esto funciona, de un extremo al otro, recorriendo los vagones. Y los escuchaba. Y, a pesar de que le insistíamos, se negaba a compartir con nosotros qué era lo que le decían, aunque calculo que no sería nada lindo, porque la angustiaba. Nos explicó que había nacido con un poder, con un don, o que la madre había intentado convencerla de eso, de que era una elegida: ella decía que era un castigo. Y que no tenía escapatoria. Que, en el lugar que fuera, los escuchaba. Y que acá está lleno. Que el subte está plagado de espíritus. Nosotros, te soy sincero, la tomábamos por loca. Yo he dormido en un par de estaciones y no se me manifestó una presencia ni sentí un lamento ni un quejido ni ninguna de esas pelotudeces que dicen por ahí. Pero ella nos juraba que sí. Que son las almas en pena de la gente que se mató en estas vías y que a esas almas les cuesta ascender. Que no se pueden despegar de este plano. Y que ella los iba a ayudar. Que ayudarlos era su obligación. Y una madrugada se escondió y se internó en el túnel. Al otro día se había transformado. En ese momento la formación se detuvo de golpe y las luces se apagaron. El corazón de Jonatan latía con violencia y su respiración se dificultó. Enseguida palpó el bolsillo de su mochila y comprobó que se había olvidado el Salbutral. No quieren que te cuente, le dijo el nene, pero alguien los tiene que frenar. Son muchos. Y son poderosos. Muy poderosos, remarcó. Ella trató. Nosotros sabemos que su intención era buena. Pero lo único que consiguió fue que le pasaran la maldición. Y, desesperada, te la pasó a vos. Y no lo resistió. Tan grande era la culpa que cargaba por haber liberado esa fuerza, por haberse convertido en un vehículo de destrucción, que se la sacó de encima y se mató. Abruptamente, igual que se habían apagado, se prendieron las luces y el altoparlante anunció que la formación iba a retomar su marcha a la brevedad. Estaban entre Facultad de Medicina y Pueyrredón, es decir, a dos estaciones de distancia del departamento de Jonatan: iba a ser mejor que el nene se apurara. A partir de esa mañana, nos empezó a esquivar, le dijo. Y a la semana nos reveló lo que había pasado y nos dijo que ya no aguantaba más, que era insoportable vivir con semejante peso sobre sus hombros, y esa tarde, sin pensarlo, te eligió a vos. Podría haber sido a otro pero te tocó a vos. Ella amagó a explicarte, a justificar lo que iba a hacer, pero vos estabas en la tuya y ni registraste lo que te dijo. Y te abrazó. Y se tiró. Y ahora la maldición es parte del mundo. Y habita en tu interior. Ella cometió el error de liberarla, de sacarla de ese túnel y traerla a la superficie, pero ahora, Jonatan, es tu responsabilidad. Agüero. El nene se bajó y se integró a un grupo de vendedores ambulantes que estaban congregados en uno de los asientos de metal del andén. Jonatan, desorientado, bajó atrás de él y su verdadera voz lo horrorizó. ¿Con quién había interactuado en el vagón? El nene se separó del grupo y le entregó una estampita a una chica que acababa de entrar. La chica venía con las dos manos ocupadas y se la rechazó con amabilidad y él espero a que se detuviera y se ubicara y la sorprendió con un abrazo y, en el andén opuesto, un hombre de traje replicaba la escena con una embarazada. Al borde del colapso, Jonatan distinguió sus rasgos. Estaba sentada del otro lado, con los auriculares puestos, pendiente de él. Era la chica a la que le había hecho ese gesto ridículo. Y le sonreía. La estación estaba bastante concurrida y Jonatan evaluó la posibilidad de abalanzarse sobre alguno, cualquiera, un hombre o una mujer al azar, una víctima inocente, como él, como ese nene que le había aclarado las cosas y que ignoraba quién era, como la chica que había rechazado la estampita, como ese hombre de traje que iba para Catedral, como la embarazada, como el bebé que estaba en la panza, como los que vinieran, como los que ingenuamente prefirieran el subte y los alcanzara esa fuerza superior, indescifrable, eterna, que había soltado la viejita, pero no se animó. El miedo y la convicción de que él también iba a tener que abrazar a alguien y de que esa persona iba a tener que abrazar a otra y así sucesivamente lo paralizaban. Entonces lo estremeció el escalofrío. La bocina del subte acalló el grito de la chica, que le decía su nombre para que la agregara en las redes y que, sin dejar de sonreírle, saltaba.


 

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