Universos paralelos y diversidad americana

por Emiliano Salto

¿Podemos aseverar que Batman es gay solo porque vive con jovencitos que saltan luciendo bombachines verdes? ¿Hay lugar para héroes negros que no actúen como patiños o ayudantes de figuras arias paternales? Quizás, si DC y Marvel lo permiten. Para entender el impacto que la editorial DC Cómics y su competidora histórica Marvel tuvieron en el panorama de la historieta norteamericana (y por invasión cultural en el panorama global) deberíamos haber nacido de nuevo, haber jugado en espacios abiertos mucho menos que la mayoría y, quizás, haber tenido una mayor simpatía por el texto que sale de una boca bidimensional envuelto en un globo blanco. Por ahora, deberemos conformarnos con una contextualización parcial, que nos permita aproximarnos al problema de la diversidad en el cómic mainstream. Sin embargo, ¿una aparente política de inclusión demostraría una mayor apertura por parte de los grandes titanes de la industria del cómic o sólo funcionaría como precaria adaptación de un conflicto social a las demandas del mercado?

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El 2014, marcó un período de apuestas fuertes para DC cómics en términos de diversificación sexual en sus marcas: Green Lantern (Linterna Verde para los amigos de estos pagos, aunque el nombre no se vuelva menos estúpido con la traducción) salió del clóset como un hombre gay y orgulloso. Sólo los lectores frecuentes estarían al tanto de la diferencia entre orgulloso y “orgulloso”, ya que el superhéroe en cuestión no sería el policía espacial conocido por la mayoría, sino su contraparte de una tierra paralela (tópica explotada con cierta frecuencia en el cómic de ciencia ficción). Este Green Lantern salía del armario para entrar en un universo paralelo de menor importancia, y su interés amoroso, un joven asiático, participaría activamente en la historia sólo en las primeras páginas del número de presentación, para convertirse luego en lo que se ha denominado informalmente en el medio como “Woman in the refrigerator” (mujer en la heladera): el tipo de personaje que sirve para sufrir un accidente mortal que impulse el accionar del héroe. El Gay Lantern paralelo, o GLP para acortar, responde también a un estereotipo consolidado en la industria masiva de entretenimiento, el homosexual de clase alta. Dueño de un multimedio en su personalidad civil, el héroe nos asegura que cualquier tipo de resistencia al sistema en un plano sexual no entra en conflicto con el status quo capitalista.

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El caso de otro personaje de DC también se muestra interesante: Batwoman (como Batichica, pero con menos tolerancia hacia la gilada), fue un personaje creado originalmente en 1956 para servir de interés amoroso de Batman, en respuesta a críticas externas que acusaban al superhéroe y a su compañero, Robin, de ser el modelo de una pareja homosexual, algo insostenible para la yanquilandia de los cincuentas. En su encarnación moderna, el personaje de Batwoman no sólo se aleja de su contraparte masculina, sino que anula cualquier posibilidad de entablar una relación de tipo sexual con el encapotado al asumirse como gay. Este aspecto del personaje fue desarrollado enormemente por el equipo creativo de la serie, haciendo evolucionar la relación entre Batwoman y su pareja hacia la convivencia y el casamiento, esta última instancia truncada por la decisión editorial de DC de no acompañar al escritor J.H. Williams en su propuesta argumental. Esto desencadenó, al poco tiempo, la renuncia de todo el equipo creativo.
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Así como para cada superhéroe de DC hay un superhéroe de Marvel de características similares, la integración (de género y racial) se manifiesta también en la segunda empresa más importante de cómics: la exitosa y reciente incursión de las marcas Marvel en la industria cinematográfica (que resultó recientemente en la compra de todas sus propiedades por Disney) estuvo acompañada por una “apertura” en términos de variedad étnica. Un personaje como Nick Fury, superespía secreto, que en su forma de tinta sobre papel se presentaba como el modelo de hombre-blanco-americano-torturador-de-la-CIA, fue traducido a la pantalla grande con los tonos oscuros y labios pronunciados de Samuel L. Jackson, representante no oficial de lo que es ser negro (no es necesario llamarlo afroamericano porque no nos hacemos cargo de las culpas del norte), en el sentido más tarantinezcamente cinematográfico del término. Cierto es que, como director de una agencia de espionaje, el Nick Fury de películas supertaquilleras como The Avengers no cumple la función de superhéroe en el mismo nivel que personajes como Iron-Man o Thor lo hacen. El espía se limita a actuar tras bambalinas, ofreciendo dirección y consejo a los titanes arios, sumándose de esta manera a la larga lista de personajes negros que en el cine mainstream estadounidense se encargan de reprender constantemente al protagonista blanco (ver cualquier película de acción de los noventas).

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Otras propiedades Marvel se vieron también afectadas por el cambio de tiempos: los casos de Spider-man, que recientemente tuvo su encarnación de tierra paralela, al puro estilo Green Lantern, como un adolescente negro, reemplazando al joven blanco y nerd de clase media de los sesentas; la sustitución del rubio y musculoso Capitán América por su morocho y musculoso ayudante como portador oficial del título y la aparición de una “Lady Thor” empuñando el martillo de poder otrora perteneciente al mitológicamente bastardeado dios nórdico. El mismo presidente de los EE.UU, Barack Obama, encontró su camino hacia las tiras Marvel en calidad de “estrella invitada” y, así como lo hizo fuera de las viñetas, sólo tuvo que sonreír y no distanciarse demasiado en términos políticos de sus antecesores caucásicos.

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Quizás el caso más paradigmático que Marvel pueda presentar en materia de diversidad es, al mismo tiempo, el más obvio: nos referimos a su a la serie que supuestamente explora desde el subtexto la temática de la discriminación; X-men, los históricos superhéroes desadaptados que deben proteger un mundo que los desprecia. Personajes con habilidades sobre humanas del título han encontrado mayor dificultad en aceptar que prefieren a compañeros de configuración genital similar que en aceptar que pueden convertir su cuerpo en metal orgánico, leer mentes o hacer hielo con las manos. El caso de Bobby Drake, mejor conocido como Iceman (hombre de hielo), que recientemente “fue declarado” gay mediante la magia del cómic, cuando Jean Grey, amiga y telépata, lee su mente (la mejor onda la piba) en las páginas de All new X-Men #40.

Creo sin embargo, que a la hora de analizar un título como X-men pensando en diversidad e identidad no solo podemos concentrarnos en el obvio paralelismo establecido entre los conflictos de los espectaculares mutantes y las luchas de los movimientos de derechos civiles en EE.UU. Podemos también atender a las disputas internas que surgen dentro de todo grupo insurgente o contracultural. Las diferencias metodológicas, filosóficas e ideológicas que entran en juego en el accionar diario de todo grupo de resistencia.

La diversidad, en la superficie, parecería un fenómeno a considerar. Sin embargo, atendiendo a la ductibilidad característica de la industria del cómic, no sería descabellado esperar un regreso a los modelos originales en todos los casos mencionados. El mercado, después de todo, no tiene ningún problema en adaptar sus licencias, mientras venda.

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Si encontramos expresiones de diversidad en medios de la cultura popular yanqui, quizás la pregunta no deba orientarse hacia la aceptación o no de los modelos propuestos, sino hacia la anulación y adaptación del conflicto. Una preocupación, en todo caso, por la forma en la que se presentan estos nuevos esquemas. Pensando en la última ceremonia de los Oscars, donde una película (fílmicamente paupérrima) como Selma sobre un evento crucial para el movimiento de los derechos civiles en EE.UU, se llevó ovaciones y ojos azules llorando lágrimas de cocodrilo en una institución que, en la mayor parte de su historia, se ocupó de excluir a los artistas afroamericanos (ahora sí porque les cabe).

Podemos, entonces, preguntarnos por la utilidad de aspirar a una “superación del conflicto” antes de preocuparnos por una revisión crítica del sistema que permite la exclusión. Quizás entonces sea preferible llenar las páginas de disputas antes que suprimirlas en universos paralelos.


 

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