Las ventajas de no “soltar”

[Soltar. Cosas. New age. Freud. Claudio María Dominguez. Amor. San Agustín. Gelman. Huesitos. Rilke. Guiño. Borges. Aleph. Conservar]

por Diego Rach (@tre393)

Hay tardes de pasto espumado, tibia brisa temblorosa, piel desnuda invadida por los poros rebrotados del tiritar y conversaciones que develan mil verdades sobre el mundo. Nunca sabemos si es la sintonía fina, si ese día estamos inspiradxs por la alineación astral o porque el porro ya pegó.

Que la imaginación obre para reconocernos en una infinidad de pequeñas cosas: unas atesoradas en el cajón del escritorio, otras perdidas entre los papeles serios y los dibujos, un par ocultas en secreto por necesidad de preservar lo que en ellas nos hace ser lo que somos. Esparcidos por doquier en este pedazo de universo que nos rodea y acompaña día a día están nuestros objetos. De distinto tamaño y forma, de etapas y épocas disímiles, una colección perdida e incompleta. Descubrir un recuerdo impregnando su superficie se torna un acto de belleza y de abismo a la vez. Y entonces, en algunos guardamos algo terrible y en otros algo salpicado por la beatitud. Cosas.

Cada tanto se puede reconocer esa particularidad de la existencia humana que consiste en buscar algo. Esa búsqueda se puede confundir a veces con el sortilegio de un sabueso oliendo el preciso trazo dejado por el aroma de un hueso en el suelo o bien con una escalada espiritual en ayahuasca. La expresión “buscando algo” remite a un abanico de búsquedas diferentes, desde una pulserita de macramé hasta el amor ideal. Y esto no solo porque confundamos tan trágicamente la palabra amor con la cosa, o con el objeto, o con el devenir objetivante del amor. También los objetos han sufrido la violencia epistémica y afectiva que le imprimimos a todo lo demás.

Pero en definitiva, en todas esas búsquedas hay algo insondable puesto en juego. Pocas veces sopesamos la potencia de vida acorazada en esos objetos, aun cuando sean banales o beatos. Quizá solo cuando desempolvamos la caja de zapatos de los recuerdos y esa colección de souvenires que nos llenan de lágrimas, muecas de alegría, sorpresas, bajezas y un largo etcétera. Cosas que nos afectan, que nos impregnan de vida por la recarga energética o por el bajón del conatus. Pero también de la búsqueda forma parte este inconveniente de no saber qué hacer con ellas: si tirar todo al tacho de basura, si devolver lo perdido, si atesorar esto entre las porquerías privilegiadas.

En la crítica de un supuesto materialismo de las posesiones personales y de sus peligros terminamos siendo individuos desnudos recorriendo el tramo de una vida. Caemos en el valle Claudio María Domínguez como se cae en la metáfora del Paraíso Perdido o la ciudad terrena de San Agustín. Un valle de cuerpos solitarios ante un Dios antropomórfico, que grita autocomplacencia, autonomía, autoconfianza, autoconsciencia. Y en esa onda new age de los slogans “desprendete de todo”, “volá”, “viví sin límites”, “soltar”. Como si restara algo del yo en un desprenderse continuo, como si se pudiera volar sin alas hechas de palitos de helado, como si las cosas no nos limitaran todo el tiempo.

Y eso que hay advertencias por todos lados. ¡Hasta la advertencia de lxs poetas! Porque cuando Gelman dice “huesitos” para significar compañeros desaparecidos le está dando estatuto político a la cosa. Y en el mismo gesto, nos está advirtiendo de la importancia de llamarlas cariñosamente, para devolverles la ternura perdida de otros tiempos. También Rilke nos habla del “guiño” de las cosas que nos impiden olvidar:

Todas las cosas nos hacen guiños para que las sintamos.
En cada gesto nos dicen: ¡No te olvides!
Y un día por el que hemos pasado como extraños
se acaba convirtiendo, cuando el tiempo pasa, en un regalo.

 Por más exótico o nimio que sea ¿qué objeto estaremos buscando ahora? Un pañuelo verde, una piedra que absorba las energías, unos aritos perdidos, el bendito encendedor. Bien podrían ser “objetos conjeturales” como les dice Borges: un aleph, el rostro del tigre en una moneda, un soldadito en la película Jauja. Y en el reverso de la búsqueda, no nos podemos explicar por qué no los encontramos o por qué no vamos directo a conseguirlos. Quizá algún artilugio del inconsciente perdido en los textos de Freud lo explique. Tal vez nuestro particular carácter desordenado tenga algo que ver. O bien, una íntima simpatía por la procastinación.

En la disyuntiva entre un homo faber creador de objetos y un ignorante vincular, como dice Carutti, tampoco puede haber una dicotomía de exclusiones. La pregunta en todo caso es qué huella del vínculo humano encontramos en esas artesanías que adornan los estantes de la biblioteca, las entradas de recitales guardaditas en un cuaderno y esa carta de amores perros que resguardamos silenciosamente. Es cierto que al acto de creación de un objeto le sigue un impulso posesivo, ese es el tamaño del milagro de producir o crear algo con nuestras manos. Se puede ver en cualquier niñe que no quiere desprenderse del muñeco de trapo que armó. Pero también puede verse en el acto de destruir un castillo hecho con bloques de madera. En esa operación de construir y desarmar se halla también una metáfora del vínculo humano. Construir afectos y desarmar recuerdos infinitamente.

En el encuentro aleatorio de los cuerpos y las cosas también se forja la memoria. Por eso hay objetos que más bien deberían llevar el nombre de portales, puesto que nos permiten viajar en el tiempo del recuerdo, incluso a veces en el tiempo del deseo que nos es más esquivo. Todos los objetos podrían caber entonces en una brújula. Y de nuevo la imaginación puede ser una usina más poderosa. Tengo una pizarra enorme llena de cosas ante mis ojos, elijo una ¿por qué será esta y no otra? Se me viene un recuerdo, lo tomo. Le siento color y olor, le siento forma. Hasta le puedo poner nombre. Ya no sé dónde empieza el objeto y el cuerpo, brazoraqueta, un yo indefinido mutando en yocosa. Viajo, me desplazo, me fugo. Me amigo o enemisto con el objeto. Y recuerdo una anotación en un libro de Kerouac, “Los subterráneos”. En la primera hoja reza una dedicatoria: “se construye buscando (Almagro, 15 de agosto)”. Y pienso en todo lo que cambió desde ese día hasta el punto final de este estallido.

 

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