Autor: Luciano Zan

 

Estoy al lado de Cris, mi amigo barista del bar que abrimos hace unos meses y le digo “Boludo, resulta que…”, pero él se pone a hacer otros cafés que acaban de pedir y desaparece detrás de la cafetera. El salón está lleno, realmente lleno. Ya no entra más nadie. Incluso tuve que traer unas mesas del patio para que más clientes puedan sentarse. Todos quieren probar el cortado jarrito de Cris. Lo que le iba a decir era que deje de tirar esos cafés radioactivos. Con eso no me refiero a que sean feos, sino a que son muy ricos. Resulta que lo son debido a una mezcla especial que descubrimos hace poco. Mezcla que hace que la gente se vuelva adicta al café expreso que servimos. Por eso se nos llenó el bar. No porque el lugar es increíble o algo así. La radiación los vuelve adictos. Descubrimos cómo hacer que a la gente le guste nuestro café. Básicamente juntamos pilas viejas, las abrimos, les sacamos el líquido espeso y negro que tienen adentro, lo vamos juntando en botellas de plástico vacío de Coca. Después se lo vamos echando al café, una gota para cada cortado jarrito. Se vende como pan caliente, incluso nosotros lo tomamos. “Te deja al palo y re manija”, dijo Cris la primera vez que lo probamos. Lo venimos haciendo ya varios días seguidos.

El problema es que una de las familias que vienen siempre, y con siempre me refiero a que son nuestros únicos clientes constantes, está sufriendo los efectos de la intoxicación. Acabo de pasar por su mesa y están verdes. Pero no de un verde enfermo, de muerte inmediata, sino un verde poderoso y destructivo. Verde Hulk. Se lo intento decir a Cris desde el otro lado de la barra, pero no me hace caso. Está extasiado con el éxito de la poción radioactiva. Le quiero gritar que la cagamos, pero no me presta atención. No sé qué voy a hacer si se transforman en algo monstruoso. Y no sólo ellos, sino todos. El pueblo yéndose al carajo. Si ya es una bola gigante de dolor y violencia oculta, no puedo imaginar el efecto potenciado por mil que nuestra, aunque exitosa, electrolítica poción sabrosa puede causar. Un pueblo lleno de viejos apáticos y homicidas reprimidos transformado en cenizas en cuestión de días, incluso horas.

Dicho y hecho, los viejos no sólo están completamente verdes, sino que ahora se levantan de las mesas preparándose para la destrucción. Cris sigue tirando café, no le importa nada. Voy detrás de la barra. Cris es más alto que yo. Escondido detrás de él, le digo al oído “Nos la re mandamos, nos vamos”. Pero está enceguecido, sigue manipulando la cafetera a toda velocidad como un loco. “Dos cortados jarritos, mesa tres”. Lo miro, miro a los viejos comenzando la destrucción en cámara lenta. Él mira, atónito, los cortados jarritos sobre la bandeja negra, la espuma blanca hundiéndose bajo el peso de los granos de café que ponemos como decoración. Es mi amigo, lo quiero como a un hermano, pero es él o yo. No da signos de darse cuenta de lo que está pasando. Imagino la situación de pegarle con un azucarero en la cabeza, llevarlo a rastra hasta el auto, subirlo en el asiento trasero, manejar hasta quedarme sin nafta. Pero no, me planto. Hay que dar batalla, me digo.

Los viejos empiezan a desparramar las mesas, levantan las sillas, arrancan los televisores. Tiran todo para todos lados. Platos, tazas, cucharas, cucharitas, vasitos de soda. La gente quiere huir y no puede. Gritan desesperados. Uno de los viejos agarra a uno de la mesa de al lado, lo levanta olímpicamente de uno de los pies. Sin esfuerzo, le arranca la oreja de un mordisco y lo lanza contra una de las esquinas del bar. Después toma a otro, con las manos sobre sus hombros lo trae hacia él, mordiéndole la yugular. Sangre. Estoy desesperado.

Detrás de la barra agarro mi arma predilecta: el sifón de soda. Tiro a mansalva, no me importa nada. Las burbujas de soda golpean con toda su fuerza las superficies humanas y no humanas. Algunos caen al piso, empapados, pero son de los viejos buenos. Los viejos malos, los Hulk’s como les digo, están en plena destrucción demoníaca, poseídos. Parecen no percatarse de mi soda asesina. Cris sigue tirando café, el ruido del molino es una constante de fondo. Lo cacheteo “¡La concha de la lora, vamos!” y él, milagrosa o misteriosamente, me mira. Sus ojos están blancos, de sus labios cae un hilo de baba blanca, su boca abierta dispuesta a decirme algo importante. “Un cortado chico, mesa dos”. La puta madre, pienso. Le digo que se vaya a cagar y salgo corriendo. Junto la guita de la caja, el celular, una coquita de vidrio, y escapo por la puerta trasera del bar.

Es en ese momento de escape furtivo cuando sucede. Ya estoy con la mitad del cuerpo metido en la Kangoo roja que usamos para comprar mercadería cuando escucho los tiros. Dudo en volver. Ya casi estoy en el auto, son sólo unos pasos más, cerrar la puerta, prender el auto, huir hacia todos los lugares al mismo tiempo. Pero vuelvo. Entro por la puerta trasera y Cris, refugiado detrás de la barra, ya no está disperso sino afilado como una pantera acechando tapires en la selva. Tiene en su poder el Winchester que guardamos bajo llave en la oficina y dispara sin dilación. Un tiro tras otro, las balas zumbando incesantes e insertándose en todas las superficies que encuentran. Pienso que no es tan efectivo como la soda, pero igual le concedo méritos a la valentía.  Los viejos caen, la sangre estalla en el piso y los ventanales. Cris mata todo tipo de clientes, buenos y malos. Hulk’s y no Hulk’s. Que se caguen, pienso. Está transformado en una máquina asesina de clientes, pero no está radioactivo, sigue siendo Cris, mi querido amigo. Quiero decirle “Dales matraca”, pero no me da cabida. Entonces me quedo agachado detrás de la barra, los disparos fluyen como un arroyo en temporada de lluvias. Los mutados radioactivos ascienden a una veintena y siguen rompiendo todo, se pelean entre sí, su sangre es negra y mancha los azulejos grises del salón. Caen pesados, cuerpos sobre cuerpos, llenos de agujeros causados por el fusil. Comienzo a pensar que podemos salir vivos de acá, victoriosos incluso. Enterrar los cuerpos en algún lugar oculto del bosque del Alto San Pedro y acá no pasó nada, cuando Cris me mira por segunda vez y me dice “Me quedé sin balas boludo”. No sé si realmente lo escucho o si sólo lo veo mover los labios, pero entiendo. Él me pone cara de incertidumbre, de alguien que no sabe qué hacer porque se le acabaron todas las opciones. Lo tomo del brazo, me acerco a su oído y le grito “Rajemos”. Salimos corriendo hacia la puerta trasera del bar, puerta que nadie conoce, sólo nosotros. Ellos siguen transformándose y luchando entre ellos, rompen sillas, mesas, tazas, vasos, rompen heladeras. Rompen todo.

 

Nos quedamos toda la noche despiertos buscando una solución, no sabemos cómo hacer para que venga gente al bar. Me quedé dormido en el sillón, desparramado. Cris está en la mesa frente a la computadora: “Wikipedia dice que lo de adentro de las pilas no es líquido, ni radioactivo”


 

Comentarios

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.