Desde el primer enemigo del cine hasta Thanos: el militante del ajuste

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por Gaspar Roulet (@RouletGaspar  )

La guerra del bien contra el mal data desde el comienzo de la existencia y se ha visto reflejada en la variedad de expresiones artísticas que la humanidad ha desarrollado: desde las pinturas rupestres donde se veía a los humanos luchando contra sus depredadores, pasando por pinturas románticas que narran batallas épicas, hasta la más actual pelea de superhéroes contra villanos en el cine.

Pero, ¿qué motiva la creación de un villano? ¿Los malos siempre son los mismos? ¿Por qué el más reconocido de los últimos años es un gigante violeta hecho por computadora?

Nosotros contra ellos

Estados Unidos, décadas del ‘50 y ‘60: los Aliados habían derrotado al Eje en la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría estaba dando sus primeros pasos. Mantener la visión clara respecto de quién era el “bien” y quién el “mal” en el mundo era la misión del gobierno estadounidense, que encontró en el cine un gran instrumento de propaganda y contrapropaganda.

La idea era clara, lo “bueno” era el estilo de vida occidental, con el capitalismo y el cristianismo como pilares ideológicos. Lo “malo” era todo aquello que escapara a estas ideas: el comunismo y el politeísmo. Fue una era caracterizada por una concepción bastante simplista y unidimensional del mal. Así, la gran pantalla estaba poblada de villanos en forma de líderes comunistas, nazis y emperadores. 

En este contexto surgieron películas como The Manchurian Candidate (1962) En este film, la villana es Mrs. Iselin, que a pesar de no tener superpoderes ni interés en destruir a la humanidad, posee un objetivo mucho más terrorífico: ¡Ganar las elecciones y volver comunista a Estados Unidos!

Sí, sólo eso.

La tendencia de mostrar al mal en forma de extranjeros, comunistas o incluso -dios no lo permita- extranjeros comunistas, continuaría hasta la década del ‘70 para dar un giro inesperado.

¿Quién es el malo ahora, presidente Nixon?

Los seventies no estarían tan piolas en gringolandia: el presidente más cachetón de la historia norteamericana estaría sumido en un escándalo debido a unas escuchas, la Guerra de Vietnam había sido un rotundo fracaso para la todopoderosa milicia estadounidense y el Civil Rights Movement de Luther King Jr. en conjunto con las acciones del movimiento Black Panther, mostraba que no todo eran ríos de leche y miel en las tierras del Tío Sam.

La caída estrepitosa de la imagen de las instituciones gubernamentales y la desconfianza en los líderes políticos y empresariales fue el motor de gran parte de la industria cinematográfica de la década.

En medio de todo este escepticismo aparece Chinatown, una ficción que tiene como villano a un millonario norteamericano que corrompe una institución estatal de Los Ángeles. Esto evidencia un drástico cambio en la cara del mal respecto a las décadas anteriores. Sin embargo, el exacerbado amor propio característico de ese país se deja entrever al momento de explicar el por qué de la maldad: el noble e impoluto espíritu yankee es corrompido por el poder, una cuestión de circunstancia.

Por otro lado, también encontramos a One flew over the cuckoo’s nest, donde Jack Nicholson (que también tenía el protagónico en Chinatown) nos muestra la violencia institucional en los hospitales psiquiátricos. En ellos, lejos de ayudar a los pacientes, se los mantiene en un estado de semiinconsciencia.

1980: la vieja confiable

Durante los ‘80 los villanos de los ‘50 y ‘60 vuelven y no precisamente en forma de fichas: Rocky IV es básicamente un panfleto de propaganda antisoviética y la burda unidimensionalidad del mal se calza los guantes. Por supuesto, Sylvester Stallone y sus super patrióticos shorts salvan el día una vez más, durmiendo al comunismo de una piña (literalmente). Todo esto producto del cada vez más cercano fin de la Guerra Fría.

Por otro lado, cual caricaturescos villanos portadores de sacos con el signo dólar, películas como Scarface nos muestran maleantes motivados por el dinero del narcotráfico, la guerra interna que sacudía las calles de las principales metrópolis norteamericanas.

El terror no tiene pasaporte

Los ‘90 no solo estuvieron marcados por sitcoms como Friends, sino que además fueron la década del terrorismo local. En el cine, los villanos eran sujetos de clase media que, por diferentes razones, asesinaban a quien se cruzase en su camino. Generalmente con motivaciones religiosas, personajes como John Doe en el film Seven, se auto proclamaban los elegidos por dios para lograr el despertar de la sociedad.

Gran cantidad de películas de la época se basaron en premisas similares, generando así una sensación de inseguridad constante, donde John Doe podría ser tu vecino.

Sabido es que en 2001 ocurrió el 9/11 y el miedo traspasó fronteras hasta llegar a medio oriente. Películas como Body of lies muestran la crueldad de los terroristas irakíes, quienes se transforman en el estereotipo de villano dosmilero. Sin embargo, no es hasta apenas pasado el 2010 que encontramos el retrato del terror: el Joker.

De carácter nihilista e impredecible, el personaje de Heath Ledger le dio rostro a sensación de inseguridad que reinó en esas últimas dos décadas. La víctima podía ser cualquiera, no se hacían distinciones ni tampoco se seguía una lógica de ataque, la vida y la muerte eran juguetes. De manera similar, American Psycho e incluso No Country for Old Men nos muestran villanos que no titubean a la hora de asesinar. La elección de quien vivía y quién moría ya no se basaba en nobleza, el dinero ni nada similar, era una cuestión de azar, vos podrías ser el/la siguiente.

¿De qué lado estás, chabón?

Los villanos actuales son una combinación de gran parte de lo anterior: a nivel social, surgen del descreimiento total en las instituciones políticas, de seguridad y hasta incluso de salud.

Personajes como Killmonger en Black Panther o el mismísimo Thanos en el universo Marvel no aparecen como una fuerza ajena que busca destruir un sistema al cual no pertenecen. Son villanos que surgen del seno mismo de la sociedad a la cual se enfrentan, demuestran que la idea de la pureza de la nación es una fantasía, que la desigualdad y los problemas existen. ¿Entonces qué hace que Thanos o Killmonger no sean héroes? Su metodología. Sin embargo, como indiqué antes, quizás no sean completamente malos.

Al final de Black Panther, T’challa (el “héroe” de la historia) lleva a cabo, de una manera mucho menos radical, el plan del villano por lo que, dejando de lado su extremismo, la presencia de Killmonger tuvo un impacto positivo.

Thanos, por otro lado, es un ser de emocionalidad conflictiva que se encuentra preocupado por el futuro de un universo que está gastando sus últimos recursos debido a la sobrepoblación. ¿Su solución? Asesinar a la mitad de los habitantes de la galaxia utilizando un guante con seis piezas de bijouterie intergaláctica. Sin distinciones, el 50% morirá por azar: él es el verdadero militante del ajuste. Una causa noble, pero con una solución que deja bastante que desear.

La existencia de Thanos no es casualidad. Bolsonaro ganó las elecciones en Brasil no hace mucho bajo la premisa de asesinar “a quien incumpla la ley”, Trump quiere acabar con el desempleo y la escasez de recursos colocando un muro que impida que los inmigrantes lleguen a su tierra, Kim Jong Un tiene paralizado al planeta bajo la amenaza de detonar una bomba de magnitudes nunca antes vistas. Soluciones exageradas para problemas latentes. Quizás el cine nos muestra los villanos que vendrán o, en una perspectiva mucho más fatalista, los que ya están entre nosotros.

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