2020: un anuario del miedo

 [ 2020. Pandemia. Coronavirus. Miedo. Ansiedad. Nadie es Cool. Abelardo Castillo. El Evangelio según Van Hutten. Barry Stevens. Aventura. Romanticismo] 

“Si el episodio humano,
ahora en gran parte autodestructivo,
                        sigue negándose a sí mismo el exponerse
                                                                                                                 a la naturaleza pura,
      morirá de pudrición.
Y a la naturaleza pura no le importará”.
Barry Stevens

“Tengo una
lista
de cosas por sentir
No por hacer
Y cuando la complete
Dios dirá”
Babi

“Una verdad que necesita pruebas no es una verdad”
Estanislao Van Hutten

por Tomás Garzón (@abelarrio)

I. Tengo un agujero en el pecho y un tatuaje

El año pasado me destruyó, y seguramente a muchos de ustedes también. Pero no fue algo intempestivo, furioso, contundente. Uno podría haberse muerto rápido, si es que ese fuera el caso, y en una de esas el dolor no dolía tanto, la incertidumbre se volvía una costumbre, quizá, incluso, podríamos haber entendido qué es lo que pasó. Y acá tengo que hacer una aclaración: a veces hablo así, buscando el contacto, tratando de conversar, pero bueno digamos que eso es una mentira. Hablo conmigo nomás. Estamos escribiendo un monólogo. A ver si aprendimos algo.

La clave está en eso, me parece, en el haber entendido, en considerar que los elementos que tenemos sobran, en pretender conservar lo ajeno como si fuera propio, como si uno fuese autosuficiente y el mundo no importara una mierda. Hay un gran nudo ahí, un pozo de brea, huele mal, pero no podemos salir. Como si lo propio por sí solo fuese la medida de todas las cosas. Como si yo pudiese hablarme a mí mismo y nada más. Como si nadie pudiese decirme nada. Como si nada pudiese afectarme, o como si nada debiera afectarme. Eso, como si nada debiera.

Y entonces se cierra todo, los lugares no existen, Nadie es Cool te abre las puertas, escribiste un ensayo tan estúpidamente enrevesado que no le importó a nadie y vos quedaste ahí, pagando, haciéndote el lindo. Estuviste acostado en la cama de tu mamá tres meses escribiendo a escondidas para que no se entere nadie. Sin darte lugar y sin darle lugar a nada. Te peleaste con todos tus amigos, dejaste la casa de tu papá, vagaste una semana sin rumbo fijo. Sin saber que sos. Sin haber entendido.

Una pregunta acuciante se yergue entre las multiplicidades abrumadoras, esas que poblaban los días y vibraban como una canción de Duki. Si me muero ahora, ¿qué pasa? Si me muero, ¡Qué pasa!

Y los dolores ahogaron. Y las palabras no sirvieron más. Se convirtieron en diques insalvables.

Las personas hablan poco, bah, dicen menos de lo que uno necesita. A veces pareciera que las palabras no hacen falta o que, cuando sobreviene una crisis absurda las palabras se tiran, son bienes descartables, entran en esa lista de cosas prescindibles. Yo me críe hablando, me críe leyendo. Y de repente el mundo se guía con otros lenguajes.

Pero conseguí laburo y aprendí que de esos otros lenguajes se bastante, o se me dan bastante bien, aun cuando no quiero, aun cuando la mente busca irremediablemente otra cosa. Conocí a una terapeuta fantástica que me hizo correr. Y yo creo que andaba en silla de ruedas, si vamos a hacer una analogía un poco desafortunada.

Gané un concurso y me publicaron en un libro y viajé a la Biblioteca Nacional (¿qué?) con un par de esos textos que quedaron guardados de las horas más oscuras. Esto parece un ensayo barato de autoayuda, pero me chupa un huevo.

Al final de todo las mismas preguntas seguían existiendo, o siguen existiendo, pero en esos días necesité resolver un par de cosas prácticas que inevitablemente se volvieron insostenibles. Cambié de carrera. Me echaron de mi casa. Me paré en el porche con la mochila en la espalda y sin nada de nuevo. Las lágrimas se sentían en el pecho y salían de la garganta. Pero ya no era tan solo nada, era yo.

II. Jamás surgen dragones con nada en las manos

 Anoche terminé un libro de Abelardo Castillo, El Evangelio según Van Hutten, que me resultó, narrativamente hablando, una mezcla latinoamericana entre Indiana Jones y el Código Da Vinci. Tiene elementos interesantes, sin embargo, que me parecen superadores: la arrebatadora necesidad de develar el misterio aún antes de que los hechos alcancen su punto álgido está facilitada por alguna clase de ordenamiento cronológico que privilegia la emotividad por sobre lo fehaciente. Creo que eso es lo que más me gusto, el modo en que abraza su ordinariez grosera, esa concupiscente rebeldía que nos afinca y nos interpela. Y sorprendentemente, en un juego cuasi sexual, donde se construye disimuladamente una novela policíaca, surge una épica conmovedora al mejor estilo Steven Spielberg. Pero nuestra. Como le dicen a estas producciones cinematográficas masivas, no recuerdo en este momento, pero es eso, un bestseller nacido en Argentina. Y ambientado en La Cumbrecita. Y hace de Jesucristo un anarco-comunista que llamó a tomar las armas y que planeaba una guerra de la gran flauta. Pedazo de best-seller.

De todos modos, me interesa detenerme en su raíz emotiva, la que lo desnuda y lo convierte en otro libro, en uno que trasciende esos lugares simples. El quinto capítulo de la segunda parte se llama Almah y cuenta cómo el protagonista, porteño de mediana edad atormentado por una crisis personal grosa y atribulado por la cantidad de información histórica, política y religiosa que acaba de entrar a su cerebro, no puede volver a dormir a su habitación y decide salir a caminar hasta la cascada del pueblo. Su cabeza vaga entre la noción ontológica del Paraíso y el nombre de la persona que le quita el sueño, y se da cuenta de que se percibe incómodo, ajeno a esa realidad que lo interpela. Ahí surge, como quien no quiere la cosa, una de las reflexiones más bonitas que leí nunca. Se las comparto:

“Lo que a falta de una palabra mejor, ahora, al escribirlo, llamo miedo –esa inquietud, el frío la sensación de extrañeza- no estaba en las cosas ni venía de las cosas. Estaba en mí. Los árboles, el resplandor de alguna estrella que rodaba, el chillido de los pájaros, formaban una figura perfecta en sí misma, sin atributos morales ni intenciones ocultas. Eso era así, sin mal ni bien ni belleza ni fealdad ni historia ni pecado ni culpa. La única cosa extraña a ese orden indiferente era yo, un escéptico señor de casi cincuenta años, estremecido de frío una noche de calor, oyendo una cascada invisible, tratando de encontrar en ese orden un lugar que lo aceptara. (..) Qué tiene que ver la moral humana con el camino que siguen las estrellas, qué hay de bueno o perverso en el nacimiento de los mundos o su destrucción. Qué puede haber de aterrador, salvo que un número tenga en sí mismo algo de maligno, en cien mil millones de astros rodando en el vacío hacia la indiferente eternidad”. Leo esto y se me viene a la cabeza la gran pregunta, la que salía al final de la presentación de cada uno de los capítulos de esa serie que se llama 2020 y que me dejó solo conmigo, tratando de entenderme. Y ese esfuerzo fútil, casi diría inútil, por imponer mi voz ante el silencio, por impostar mi presencia en los recovecos de las heridas, del vacío, de lo irresoluble. De la falta de algo que yo creía completo. De lo que me destrozó. “Cómo no pensar que el hombre era lo único verdaderamente extraño a la naturaleza, una parte no ajustada a ella, el resultado imprevisto de un orden que alguna vez se bastó perfectamente a sí mismo y que, en rigor, si exceptuábamos a nuestra consciencia, nuestras preguntas, nuestros sentimientos, aún seguía bastándose a sí mismo”. Y las horas tratando de imponer el pensamiento por sobre la sensación, divagando entre espejismos infundados. Ponderando el rigor racional puro por sobre lo propio, como si el rigor racional por sí mismo fuese una solución, en un mundo que no tiene ni pies ni cabeza y con la plata suficiente como para considerarme indigente y no preocuparme por mi salud mental. Cerré los ojos y respiré el olor de mi habitación, mi primera habitación propia en cinco años. Los olores que olí pero que podría haber elegido no oler nunca. La certeza de que la sensación perdura aun cuando la racionalidad no existe y, por lo tanto, esa belleza como nunca finita, imperfecta, de la creación humana. Porque lo perfecto es incomprensible. Porque, quizá, lo perfecto no existe: lo que existe es esto, el rigor, la palabra humana. Lo que podemos entender. Pero a veces no se puede entender nada. A veces no hace falta entender nada, y cuando uno encuentra esa orientación parabólica puede ubicarse con mayor tranquilidad. Me tomó una cuarentena, una psicóloga y un Abelardo Castillo poder agradecerle a mi abuela desde el corazón por haberme abierto las puertas de su casa, por la belleza de la familia y por la pasión inclaudicable.

“Esa cascada, esos árboles, esos pájaros sobresaltados en su sueño, esas estrellas impávidas, no se hacían preguntas sobre su destino ni buscaban verdades, eran así y punto, como decía el arqueólogo (Van Hutten) sobre su Dios. La inteligencia es el adversario y el acusador de la creación. (…). El paraíso no era un jardín perdido en algún lugar de la Tierra, sino la Tierra entera, y, aunque habitemos en ella, es de la Tierra que fuimos expulsados”.

Uno ya no sueña con ambiciones absurdas, de esas que tienen la música de una epopeya y el sabor de la victoria. Uno ya no sueña con caminos perfectos, con razones terribles, con castillos románticos. El castillo romántico está vivo. Se llamaba escuela y duró desde primer año hasta cuarto, me llevó hasta Santa Fe, me gané otra medalla pesada. El castillo romántico está vivo, se llamaba papá, y un día fue otra cosa. El castillo romántico está vivo, los fuegos artificiales que tirábamos en año nuevo, la misa de pascua, el cura rengo, el chivito en navidad. El castillo romántico está vivo, se llamaba Colegio Mayor, y ahí conocí la belleza de lo irreverente y la canción de lo multitudinario. Los conciertos. El tatuaje. Los castillos románticos están vivos, y un buen día se mueren. Por eso la vida es la aventura romántica más hermosa que nos hemos dignado a escribir. Por eso nuestra gloria se mide en palabras. La vida en su imperfección indómita nos puebla, nos anima, nos da gusto. Por eso transitarla es un privilegio. Anoche cerré los ojos y pensé abrazar la perfección es no decir nada. Y es inevitable, porque es lo único que no es. Algún día esto que tiene significado alcanza el máximo elogio de sí mismo y cumple su causa, y perece. Ya no necesita nada. Ya no significa nada.

Darle la cara al viento es disputar lo sensible
Darle la cara al viento es hacerse cargo de lo inevitable
(Debe sonreir ante la irrefrenable pulsión de coordinar lo inevitable.)
Tengo un agujero en el pecho y un tatuaje.
(31-12-2020)

III. Recursos

No empujes el río porque fluye solo (Edición 1979), de Barry Stevens

Nací pa esto, de Babi (Edición 2021); https://www.youtube.com/watch?v=NojsQOEtKWU

El Evangelio Según Van Hutten (Ediciones 1999 y 2011), de Abelardo Castillo.

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