A desear, que se acabó el mundo

[Deseo. Sexualidad. Placer. Las mil y una noches. Mardrus. Prejuicios. Etiquetas. Progresismo. Porno. Occidente. Catolicismo. Represión]

por Bruno Osella (@brunosaynomore)

En el prólogo de la versión más reconocida y con justa razón de Las Mil y Una Noches (ésa versión que el único que debe haberla leído completa debe haber sido Borges y no tanto porque haya querido si no para decir que la leyó, viejo y querido snob) hay un momento en el que Mardrus, su compilador/traductor por excelencia, dice algo que me dirigió hacia dos vectores semejantes del interés: primeramente me dio ganas de leer el libro, algo que no pensaba que pudiera lograr ningún prólogo, y segundamente (si, doña, segundamente, no me moleste) me revirtió un poquito ése desprecio que le tengo a los prólogos, desprecio que quizás algún inconsciente o desprejuiciade ignorará porque no tiene problema en cometer la carnicería literaria de no leer de la primera a la última página de cualquier libro, con cuánto apéndice necesitado de atención incluya. No es mi caso, mi vieja definió esa patología como luna en virgo segundos antes de que la mande a cagar por haberme dicho eso, y de ahí es que odio a les prologuistas y sobre todo a les que escriben un prólogo de más de una página para un libro que no es de su autoría. Para despejar esa parte, más porque siempre quise decirlo que porque tenga algo que ver, quiero decirle públicamente a todes aquelles que escriben prólogos de libros que no escribieron justamente eso: DÉJESE DE ROMPER LOS HUEVOS, USTED NO ESCRIBIÓ EL LIBRO, NO MOLESTE POR MÁS DE TRES RENGLONES QUE NADIE VINO ACÁ A LEERLE A USTED, SEA UN TELONERO DIGNO. Fin, gracias.

Bueno, para volver con el tema, lo que hizo Madrus en el prólogo de SU PROPIA COMPILACIÓN, fue explicar algo que para la época de seguro fue olímpicamente pasado por alto y considero que aún hoy también lo sería: él anticipa que en los relatos árabes, persas, orientales, que comprenderán su completísima selección, nos encontraremos con una forma innata de erotismo en el lenguaje, casi constante, una especie de acorde profundo sobre el cual se asientan todos los otros elementos de la orquesta de las culturas que parieron ésos relatos fantásticos por donde se los mire, pero que prescinden (y acá viene lo que tardé trecientas setenta y tres palabras en decir) de lo que para occidente él denomina como “la intención pornográfica”; y ahora que lo escribí considero que es mejor citarlo textualmente porque que se los cuente éste gil de pésima redacción a que lo lean y lo charlemos (charlemos, dice el sorete) son dos cosas distintas. Mardrus avisa lo siguiente y clava el estoque en el piso donde un escritor/a debería clavarlo siempre que escriba un prólogo semejante.

Dice: “El Occidente, amanerado y empalidecido por la asfixia de sus convencionalismos verbales, tal vez fingirá susto y asombro al oír el franco lenguaje -gorjeo simple, sonoro y juvenil -de estas muchachas sanas y morenas, nacidas en las tiendas del desierto, que ya no existen. Entienden poco de malicia las huríes. Y los pueblos primitivos, dice el Sabio, llaman las cosas por su nombre y no encuentran nunca condenable lo que es natural, ni licenciosa la expresión de lo natural. (Entiendo por pueblos primitivos todos aquellos que aún no tienen una mancha en la carne o en el espíritu, y que vinieron al mundo bajo la sonrisa de la Belleza). Además, la literatura árabe ignora totalmente ese producto odioso de la vejez espiritual: la intención pornográfica. Los árabes ven todas las cosas bajo el aspecto hilarante. Su sentido erótico sólo conduce a la alegría. Y ríen de todo corazón, como niños, allí donde un puritano gemiría de escándalo.”

Reír, de todo corazón, como niños ahí donde un puritano gemiría de escándalo. Dios, sí. No es la forma si no la intención, no es la sobreexposición y el consumo indiscriminado de cuerpos, o sí, no es la venta al por mayor ni la venta al por menor ni la no venta, o sí, no importa y lo importante es que no importa. Hay una intención detrás de toda forma de deseo, a la que nuestra cultura ha deformado hasta lo burdo, y de éste lado del charco cuando se la quiere expresar, decir, nombrar, así sea ante nosotros mismos, nos salta ésa odiosa vejez espiritual y su intención pornográfica, ése ojo que es de afuera y que trae consigo el peso metálico de la historia y sin querer queriendo lo dejamos entrar a que sea juez y parte, a que defina lo que nos es más propio desde la norma vulgar y la dilución, que nada tiene que ver con el erotismo real, con el lugar cierto del deseo, ahí donde la inocencia como pulso primero nos suelta a jugar y a crear en el propio edén de nuestros anhelos. Y que digo una, hay un abanico de intenciones que hasta en la mayor de las expresiones liberadas resulta a veces cuanto menos artificial, por estar atravesando, así sea como modo de desafío, ésa especie de cortina de lluvia ácida que impone una cultura deformada por la mediocridad semántica y la tiranía coercitiva del catolicísimo.

Estamos absolutamente reprimides por el juicio constante de ése ojo omnisciente ahí donde no debería entrar nadie que no venga a jugar, en el fondo hay una herida profunda que nos sangra desde la historia del lenguaje y todes parecemos convencides de que sólo existe lo que se nombra cuando el nombre no es más que el recipiente que le damos a la cosa, y cuya forma acabamos así por definir pero ¿y si la cosa es como el agua? ¿Acaso el recipiente no le da una forma seccionada que por más ingente y ornamental que sea necesariamente le es infiel al todo? Hemos pasado del paradigma al contrapardigma y me parece perfecto, seguramente es necesario antes de llegar a la bendita síntesis hegeliana, ¿pero no están hartxs de que se les cuenten las costillas, como dicen en el campo, por todo y cuanto deseen así sea por un ratito? ¿No les empieza un poco a dar una paja olímpica el tener que adoptar la forma de una palabra para decir con quién/quienes quieren cojer o de las formas en las que quieren hacerlo o no hacerlo? ¿De verdad hay que nombrar necesariamente lo que es tanto más antiguo que los nombres? Diré una perogrullada, pero la diré igual porque la obviedad es mi pasión: cualquier morbo es válido siempre que sea consentido, y punto, no hay otra vuelta, o no debería haber otra vuelta. Las intenciones nos definen, no las formas, vivimos discutiéndole el dedo a quien nos señala el sol. Nos cuesta tremendamente a casi todes, definides indefinides y cuanto intermedio se nos ocurra en éste mundo polar, nos cuesta, amén de todas las tesis, el realmente juntarnos y hacernos íntimxs de nuestro deseo, hermanarnos, por así decirlo, incestuosamente con él, lograr ésa fusión que es un pulso y que está bien, siempre va a estar bien si des-teorizamos un poco toda esta cuestión que me da la sensación que es más un seguir pidiéndole permiso a nuestros padres y a nuestros curas que otra cosa. ¿Qué te tengo que explicar de lo que me gusta, de lo que realmente deseo? ¿Por qué en un almuerzo en lo de mi suegro tengo que ver las caras que voltean hacia mi compañera si digo que tal chabón es un bombón y existe ese clima tenso que se parece más a que me quiten la soga con la que estaba saltando sin molestar a nadie? ¿Por qué tengo que negociar con el espíritu viejo, arrugarle la niñez a mi erotismo, hasta en una simple frase al pasar? Yo entiendo, me van a decir de todo, me revolearían con enciclopedias sociológicas plagadas de porqués, y seguramente tienen razón, les letrades siempre tienen razón y nadie le puede ganar a la vanguardia del progresismo de Palermo en esto de ser paladines de la nueva moral, pero que sigue siendo eso, una moral, una construcción de la norma, un aburridísimo y seco privilegio burgués, un siempre acabar por decir qué está bien y qué está mal, y yo sólo quiero en éste sencillo pero emotivo acto que no rompan los genitales ni con viejas ni con nuevas normalidades para algo que no tiene normas si no una naturalidad real, íntima, individual y colectiva. Creo que mirarse al espejo está resultando un laburo más forzoso que leer tomos enteros para decir que te gusta filmarte, atarte, ser suave, ser fuerte, ser sucix, ser limpix, gritar susurrar putear, si mucho si poco si oral si genital si digital si con disfraz si en privado si en público si con muches si sólx si todos los etcéteras que se nos ocurran, y es porque siempre hay un Gran Hermano juzgando cuán abiertos o cerrados somos o estamos. No hay que encajar en ningún lugar, y eso es lo verdaderamente político del deseo. Porque entonces de pronto la salida es una extroversión muchas veces igual de artificial, igual de necesitada de aprobación del nuevo paradigma y no un juego real de creatividad libre, un conocerse a través del mostrarse o del no hacerlo pero siempre y primero por unx mismx. Claro que la extroversión y el mostrarse es preferible a la represión, no voy a suscribir a eso de “los cuerpos como consumo de mercado y sararsasasasa olor a culo de burgués” que esgrimen ésos sectores mojigatos de algunas izquierdas, en eso estoy con Bolaño que en otro prólogo (estoy citando prólogos: me odio) dice que la izquierda siempre ha sido muy izquierda de la cintura para arriba pero de la cintura para abajo se comporta como cualquier derecha, y me pareció bastante acertado aunque me dolió en el cuore zurdo y aunque no es sólo de la cintura para abajo que concibo a la sexualidad, claro, pero eso ya sería ponerme a discutirle el dedo a quien me señala el sol, justamente, como lo sería si ahora alguien me tira con el conocidísimo machismo recalcitrante de la cultura árabe porque piensa que esto es una defensa a ella, cuando está lejísimos de querer ser apologético a su indiosincrasia y lamento tener que aclararlo, pero lo hago.

No obstante es esto, como dice Mardrus, es llamar a las cosas por su primer nombre y no como el resultante del apilamiento de los juicios y las religiones y la historia, y si no tiene nombre permitirles la fantástica e infinita ignominia de la no-forma, de última digámosle deseo al deseo como motor originario, pero digámosle sin decirle, porque creo que hay un nombre cierto antes del nombre en la cosa que uno mira cuando la mira realmente, cuyo total no se parece a la disección lingüística del nombre pronunciado, si me explico. Hay un reconocimiento absoluto, hay un mirar al río que nunca es el mismo río aunque pasemos la vida entera meditando en su rivera, hay el pulso sobre el cual asentamos los más ciertos de nuestros amores, fugaces o eternos, lo que sea, hay un lugar donde absolutamente nosotres, donde podemos realmente decir lo que queremos sin decirlo pero no por extroversión o timidez si no porque sabemos lo que queremos, porque hicimos contacto lejos de éste lenguaje plagado de prejuicios burgueses y de “soltar” y de “nos amo” y de “poliamor” y de ¡qué se yo qué mierda es todo eso! seguro me van a  putear y desde el vamos les doy la razón, hablo desde mí que con total honestidad (sólo soy honesto cuando escribo, como bien lo sabe el editor) y digo que sinceramente no puedo entenderlo, o sí, pero desde la razón, no desde el deseo.  Mi vieja de pibe cuando me toqué con un compañerito y caí a contarle me lo puso con gustos de helados, sí, CON GUSTOS DE HELADOS, me dijo “¿Cómo sabés, cuando vamos a la heladería, cuál te gusta y cuál no, si no es porque lo probaste alguna vez?” e hizo que me la recontra fume todo para siempre. Por supuesto que a un niño así acaban por gustarle todos los helados de todas las heladerías del planeta y es feliz de sólo sentir el frescor del vaho humeante y frío cuando entra a una, y no se privaría ni de probar lo que se le cruce ni de casarse con un único sabor para siempre si así le place y a nadie le rendiría cuentas jamás. Después vino el mundo y les compañerites y les maestres a romper los huevos, pero no importa porque la base estaba, porque la vieja había hecho una cosa bien y me confirmó para siempre que así sea por ésa frase que me dijo a los ocho años valía la pena que nos hayamos encontrado para ser madre e hijo. Después nos re puteamos cada quince días, pero eso es para la sesión de mañana.

En fin, no quiero decir nada con todo esto más que sí a todo, al deseo, a todo deseo y a toda forma del deseo, a su totalidad infinita e indivisible, a sacarle al lenguaje el privilegio inmerecido de podar y definir esto al menos, a acabar con la intención pornográfica, y entender que el deseo tenga la forma que tenga está bien y si su forma es no tener deseo también está bien, pero llamo al sinceramiento, al basta de tanta definición que nos ensucia el erotismo, basta de apilarle palabras al tiempo que parece que está hecho de palabras al fin de cuentas, basta de coartarnos el pulso primero, basta de ése hondo temor a amar lo que amamos de la forma que nos nazca por el rato que nos nazca, basta de ser nuestros propios jueces y verdugos, de condenarnos las bajas pasiones cuando lo único bajo es enviar hacia abajo lo que debería estar allá arriba, adelante, por encima de todo, la brújula del deseo y el placer es el único norte que nos va a salvar de la miseria de éste mundo podrido y roto de toda rotura que no tuvimos la culpa de que así nos haya venido pero del que somos responsables por cuánto hagamos de acá en adelante. Y si no se puede hacer nada, tengamos aunque sea la dignidad de ser honestxs con nosotres mismxs y dejemos de llamarle libertad a nuevas formas burguesas de encasillarnos el sexo y el amor, que para el caso, amén de las fugacidades y las eternidades, es todo más o menos la misma cosa.

A desear, que total ya se acabó el mundo.

 

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