A los arqueólogos de Alfa Centauro (o a quien corresponda): apuntes para una poesía ficción

por Anuar Cichero (@guatafac_)

Estimados arqueólogos (o quien sea que se encuentre frente a estas líneas) si están leyendo esto es porque ya no existo, y probablemente la humanidad tampoco.

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Confieso que siempre quise comenzar un texto con una declaración similar. Declararse muerto en la primera oración le da cierta fuerza a lo que se dice o al menos puede servir, por un momento, para llamar la atención, como si fuera una experiencia de otro orden leer a alguien que murió. Pero, ¿y si se tratase de una especie desaparecida?

Hagamos un ejercicio de imaginación: eventualmente, la humanidad va a extinguirse. Sea por causas naturales (entiéndase: como consecuencia de algún cataclismo climático al que no podamos sobrevivir, el impacto de un meteorito que altere drásticamente la composición de la atmósfera o … complete según corresponda), sea por condiciones autoinfligidas (me inclino a pensar en esta causa), algún día vamos a desaparecer. Hace tiempo que vengo pensando en el fin del mundo. Escribí un par de poemas al respecto, lo siento cada vez que salgo a la calle, leo en los diarios que otra tanda de misiles cayó sobre Gaza y produjo tantos muertos, veo en las noticias del mediodía que mataron a otra chica y la dejaron envuelta en papeles de diario, converso al respecto con una amiga entre pintas de cerveza que tomamos casi con apuro, sólo por si acaso sea cierto que se aproxima el fin del mundo. Esos acontecimientos pueden interpretarse de maneras diversas, se los puede considerar aisladamente, y hasta podrían pensar que es una hipótesis tan caprichosa como arbitraria que ciertas circunstancias de crisis nos hagan sentir tal estado de abandono, que nos lleve a postular la posibilidad de un Apocalipsis.

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Sin embargo, sostengo esa tesis: al menos el fin de un mundo está aproximándose. Lo había leído también, en un libro tan genial como incomprensible que escribió Jean-Luc Nancy, titulado El sentido del mundo, donde, en uno de los primeros ensayos afirma que ya no hay más mundus, ni cosmos, y nosotros lo sabemos. Estamos al tanto de que ese mundo que ya no existe es, al menos, un mundo de sentido. Es el fin del sentido del mundo y por ello el fin de un mundo de sentido; es decir, una concepción política, filosófica, artística, religiosa del mundo está llegando a su fin, y no podemos hacer más que atravesar esa sucesión de fines con mayor o menor angustia. Aquí Nancy se refiere no sólo al fin de una época, sino también a la imposibilidad de asignarle una significación al mundo, porque éste se sustrae a todo régimen de asignación de sentido. Así mismo, el ‘fin’ mismo tampoco tiene un sentido último que sea asignable. Estamos ante el fin del mundo, pero se trata de un fin indefinido. Dicho de otra forma, si el mundo es finito, su final es infinito.

En otras palabras, no dejamos de venir a un mundo que se termina cada vez. Por esa razón no me queda más remedio (?) que enunciar la que, a partir de ahora, voy a llamar “Teoría de los arqueólogos de Alfa Centauro”.

Esta teoría combina dos disciplinas en las que me muevo de manera ilegítima, como un inmigrante que atraviesa ilegalmente las fronteras del conocimiento [1]: la física y la ciencia ficción. En una primera instancia, parece que ambas son áreas que no deberían tomarse en conjunto, tan a la ligera. Pero, al tratarse justamente de un ensayo, me permito el experimento. Y no sería, ni por asomo, el primero en hacerlo. Donna Haraway, en su Manifiesto para Cyborgs realiza un cruce similar entre ciencia ficción y política y utilizan la imagen del cyborg para llevar adelante su reflexión. La propuesta teórico política de Haraway podría habilitarnos a pensar un mundo de realidades sociales habitado por cyborgs. En ese caso, si la política nos permite pensar una ficción, inversamente, una ficción podría darnos, por qué no, una teoría política acerca del mundo. Nuestro ejercicio, entonces, tiene una forma similar. Una forma ingenua de pensar una teoría sería considerarla simplemente como un modelo del universo, o al menos de una parte de él. Pero, como afirma Stephen Hawking, las teorías, en tanto modelos, sólo existen en nuestras mentes y no tienen otra realidad. De todos modos, en el ámbito de la física, al menos, se puede afirmar de una teoría que es buena si cumple con dos requisitos. En primer lugar, debe describir con precisión un conjunto amplio de observaciones basándose en un modelo que contenga unos pocos parámetros arbitrarios. En segundo lugar, debe predecir positivamente los resultados de observaciones futuras. Utilizando esta concepción casi rudimentaria de teoría, pienso en la poesía y me pregunto también si no describe un conjunto de observaciones acerca del universo, o una parte de él, mediante un modelo que contiene parámetros arbitrarios. Reformulo esta idea de una manera en la que me siento más cómodo: una poesía podría describir una experiencia del mundo, o una parte de él, a partir de un sistema de signos arbitrarios, es decir, una lengua. Me gusta pensar la poesía en esos términos, como un modelo parcial de nuestra experiencia del mundo. Si se ha hecho y se hace el ejercicio de analizar la poesía con herramientas teóricas (es decir, utilizar una teoría para escribir acerca de un poema, por ejemplo), por qué no intentar el camino recíproco y explicar el mundo a partir de un poema. Ahora bien, ¿seríamos capaces de describir positivamente sucesos por venir mediante poemas?

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Ahí es donde entra en juego la ciencia ficción y, en particular, el cyberpunk. Una poesía ficción no describiría un estado próximo del mundo, que podría ser comprobado empíricamente mediante observaciones controladas. Una poesía ficción imaginaría un mundo próximo a terminarse, una sociedad distópica en peligro de extinción cuyos restos fósiles serían los objetos que dejamos atrás. En este texto me refiero a la poesía, porque es mi hacer particular y una de las formas en las que me relaciono con la cultura. Pero otras prácticas significantes también pueden venir a colación: las fotos que tomamos y subimos a internet -léase Flickr, Instagram o cualquier otra plataforma web 2.0-, las publicaciones que hacemos en distintas redes sociales, etc. Ya lo explicitó Eliseo Verón cuando también esbozaba una teoría (de la discursividad social): constantemente producimos sentido y somos, a su vez, sentido producido. Vamos a dejar una estela de objetos que, si resisten a la entropía el tiempo suficiente, podrían ser encontrados por científicos extraterrestres.

Les escribo, entonces, a esos arqueólogos que algún día darán con nuestros restos, o a quien corresponda (podrían no ser arqueólogos, podrían no ser extraterrestres, después de todo, sino robots, cyborgs o alguna mutación que nos sobreviva). Sería algo así como lo que hicieron los astrónomos de la NASA en 1977 cuando, al lanzar la sondas espaciales Voyager, introdujeron un disco de gramófono llamado “The Sounds of Earth”, cuyo contenido de 5 horas de duración se supone que retrata la diversidad cultural de la Tierra. Según se dice, la sonda Voyager traspuso ya las fronteras del sistema solar y se encuentra en el denominado “espacio interestelar”. Quién sabe si alguna vez esa cinta sea encontrada y reproducida por seres de otro planeta. Mientras tanto (un mundo humano a cuya duración llamo desprevenidamente: mientras tanto), la grabación funciona como cápsula del tiempo o como un símbolo arrojado al cosmos.

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La hipótesis (delirante y ficcional) de los arqueólogos de Alfa Centauro, supone que, en alguno de los planetas que rodean a este sistema de soles, podría existir una civilización parecida a la nuestra. Digo parecida, al menos, en dos sentidos: primero, biológicamente, pero segundo y, sobre todo, filosóficamente. Es decir, sería una civilización que debería hacerse preguntas similares a las nuestras (complete usted, arqueólogo o lector, con la serie de interrogantes que le parezcan más pertinentes). Entonces, dicha sociedad alfa centaurina (?), movida por su avidez de conocimiento, quizás se viera motivada a emprender viajes interestelares y, eventualmente, daría con nuestro ya desolado planeta. En circunstancias extremadamente azarosas, encontrarían este texto y quizás otros que voy a producir en un futuro: poemas, trabajos de la facultad, listas de compras para el súper. Como corolario, la hipótesis postula que, en este preciso momento, este proceso significante mediante el cual yo hablo y ustedes comprenden lo que digo, sería la interpretación de los arqueólogos. Toda la poesía que pueda llegar a escribir de ahora en más, incluso toda nuestra literatura, podría ser producto del desarrollo una hermenéutica alienígena.

De más está decir que la hipótesis es completamente irrisoria y debe ser refutada de plano. Incluso si existieran, dichos arqueólogos/astronautas extraterrestres deberían poseer una tecnología cuyo desarrollo, además de resultarme impensable, debería descartar las leyes de la física. Aun la denominación “arqueólogo extraterrestre” es absurda cuando consideramos que ha sido acuñada por un ser humano. En última instancia, no sería del todo dañino conservar la imagen del arqueólogo como ese “otro” del texto al cual nos dirigimos. Una noción similar, el lector modelo, fue acuñada por Umberto Eco y consiste en un límite al que nos aproximamos cuando ponemos a funcionar la maquinaria textual.

Los arqueólogos de Alfa Centauro serían algo así. Sin embargo, les escribo con urgencia, me obligo a escribir con esa sensación, porque tanto un mundo como este texto están por llegar a su fin. Y si no es para trascender, si no se trata de sobrevivir al inevitable abandono del sentido, entonces ¿por qué escribir? Viene a mi mente la imagen de la mujer [2] de Neanderthal, sentada de cuclillas frente a la pared de la caverna, que extiende su mano y deja una figura pintada en la roca. ¿Es ahí donde empieza la cultura? No sé, ese es tema para otro ensayo. Pero se me ocurre pensar que esa mujer ancestral, tan cyborg como cualquiera de nosotros, pinta la figura porque la roca está justo ahí, en frente suyo. Por una razón similar me dirijo a ustedes, estimados arqueólogos, porque todo indica que el mundo aún está ahí delante, y tengo esta lengua con la que aprendí a hablar.

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***

[1] En un ensayo futuro debería escribir la apología de la inmigración ilegal en la ciencia: que todo saber sea ilegítimo o no sea.

[2] Escribo ‘mujer’ en un intento de revertir el machismo semántico implícito en nuestra lengua que asigna a ‘hombre’ el sema de humanidad. Y lo hago explícito porque me parece necesariamente político hacerlo de esa manera (llamémosle una política de la lengua, y con la lengua).

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