¿A quién le hablas?

[Hablar. Público objetivo. Lector. Escritor. Contextos de producción. Eliseo Veron. Discursos. Trensetters. Enunciación. engagement]

por Abril Fernández (@CuadernosA)

Durante mucho tiempo luché con esta noción: hay que tener un público definido, un lector ideal, antes de producir algo. Y todavía estoy luchando con esto. En los papeles, sí, me imagino que conviene aclarar (a quien le interese mi proceso, a quien quiera poner plata, a quien tenga que corregirlo) cuál es el público que busco. Pero a la hora de sentarme a escribir, en cambio, a mí siempre me pareció una boludez. Siempre quise escribir para que me entienda cualquier persona, no sólo algunas. La mayor cantidad posible.

Esto tiene que ver con que me pasé la vida leyendo cosas que no estaban dirigidas a mí. De hecho, siempre me parecieron mucho más interesantes los textos que no se suponía que tenía que estar leyendo: por mi edad, por mis gustos, porque en realidad tenía que estar estudiando (si hubiese leído solamente lo que se suponía que tenía que leer en cada momento de mi vida, ¿en qué me habría convertido?). Así que siempre que tengo que definir un público lector me sale un suspiro largo.

Pero, reitero, mi opinión no vale de nada cuando hay que adoptar un método. Un método ordena la realidad, no viene a censurarla. Sin método, cualquier creación o producción queda a medio camino, no logra ir en una dirección específica, no agota todo su potencial. Ahí es cuando tengo que admitir que mi “lector universal”, gracias a mis anti – métodos, termina sin enterarse de que le estoy hablando.

Qué decís

Eliseo Verón, por ejemplo, también se encontró con este tema. A él le parecía que las personas no eran tan sinceras a la hora de decir a quién le hablaban. El asunto, a medida que se lo observaba, parecía ponerse más complejo. Una vez leyó cierto mensaje, se puso a reflexionar sobre su autor, y pensó algo así: “Vos te hacés el que hablás así todo neutro, sin dirigirte a nadie, pero en realidad le estás hablando a aquél. Yo me di cuenta. Pero en vez de contarle a todos lo fantasma que sos, escribiré un libro sobre estas cuestiones y me convertiré en leyenda. Sí, eso es lo que haré.”

Y entonces se copó hablando de destinación, de componentes y funciones del discurso. Gracias a él hoy podemos analizar de qué manera algunas personas arman sus mensajes y cómo la fantasmean a veces. Hoy en día Verón quizás se cruzaría un culo en tanga en Instagram con la frase “El gusto es el contexto, y el contexto ha cambiado. #amirite #newbeginnings #nofilter #bossbitch”, y se sentiría orgulloso de su obra. Yo me encuentro esos posteos y cada vez me pregunto, ¿a quién le hablás? ¿Y por qué en bikini?

Todes parecen hablar, pero sólo hacen uso de la palabra para algo más. Para separarse. Para unirse. Para marcar el límite que no debía haberse sobrepasado pero se sobrepasó. Para burlarse de la idea misma de límite. Para señalar. Para desmitificar. Algunes ya hasta dejaron de enunciar: sus palabras son el eco de otros ecos de otros ecos.

Todo se transforma

Trendsetters hablando de temas serios. Eminencias compartiendo momentos cándidos. Profesionales demostrando su flexibilidad. Autodidactas mostrando el largo camino que han recorrido, desde el DIY hasta su institucionalización. Parece que en ciertos sectores la onda es cambiar el tipo de “lector ideal” a mitad del viaje, empezar a hablarle a una audiencia profesional en vez de a una amateur y viceversa. Esto no es puro caos: es un ejercicio fantástico de las posibilidades del discurso. Y, para algunes, es algo divertido.

No es de extrañar que quienes siguen confiando en la linealidad de la comunicación, el sentido único de los mensajes y la honesta demarcación de lector ideal o audiencia buscada, vean todo este despelote como una amenaza al orden y se retiren ofendidísimos. No es raro tampoco que en varias partes del mundo una pasión por la literalidad, la rectitud y otras nociones pedorras que hasta mis abuelas con primario incompleto consideraban anticuadas estén muy de moda. Si apareciera hoy un Verón con aspecto de joven centennial, listo para decir que nada es tan sencillo como parece, terminaría en la hoguera de las cancelaciones.

Existen muchas maneras de vestir a la mona de seda. También existen muchas formas de mezclar vanguardia con elitismo y arruinarla por completo, o de confundir popularidad con canonización. Desde cualquier parte del mundo se puede influir a mucha gente. La ley tácita es cosechar visitas, engordar el tráfico, entregarse a los chutazos dopamínicos del engagement (1). Pero lo que no se puede hacer, bajo ningún punto de vista, es desperdiciar una audiencia, elegir el silencio… y esto también es un discurso, uno con orígenes cada vez más difíciles de identificar.

Seguramente muchos analistas contemporáneos han hablado de estos temas de manera ordenada y sin recurrir a palabras tales como “culo en tanga” o “nociones pedorras”. Supongo que, después de todo, yo también tengo definido cierto tipo de personas a las que me dirijo (las que leen tranquilamente palabras como “culo en tanga” o “nociones pedorras”, por ejemplo). Yo también quiero que apreten el botón, fijarme si lo hicieron, y que mi cerebro produzca la sustancia.


[1] Algo más sobre los efectos del uso de las redes sociales: www.as.com/deporteyvida/2017/07/28/portada/1501239837_452100.amp.html

 

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