A veinte años de Kid A: ¿qué pasó con la barrera del sonido?

[Kid A. Radiohead. Thom Yorke. Electrónica. Rock. Sonido. Billie Eilish. Voz. Amnesiac. Ableton. Kraftwerk. Bon Iver. James Blake. art pop]

por Ignacio Montoya (@ignaciofoppoli)

Se cumplieron veinte años del lanzamiento de Kid A y surge la pregunta: ¿qué sería escuchar Kid A desde el presente?

En su momento el álbum fue un éxito de ventas y de críticas. En la cronología de la banda, se explica como el escape tangencial de un modo de componer que el grupo sentía agotado: no podían escribir ni una balada alternativa más. Sin importar con cuántos arreglos de guitarras y ambiencias espaciales fueran a adornarlo después, el comienzo no cuajaba. Decidieron arrancar de cero, tratando ideas mínimas como samples que podían deformar infinitamente. Sumaron, a sus referencias de siempre (REM, Los Smiths, Talking Heads), ciertos actos claves del jazz y de la electrónica. Después de muchas horas de estudio, el experimento fue cobrando sentido y hasta aparecieron nuevas canciones: por más que muchas de las letras fueron hechas con frases sacadas al azar de un sombrero, lo que hoy oímos al repasar el tracklist es un híbrido de muchos tentáculos que cubre todo el espectro entre la canción melancólica y la acidez clubera.

Combino en esta playlists tracks de Kid A y de Amnesiac, disco que se publicó un año después, pero que sale de las mismas sesiones de estudio. De todos los temas, elegí los que muestran mejor que “componer desde la electrónica” significó, en esas sesiones, varias cosas distintas.

Mientras le dan play ajustemos los términos. Por un lado, “Rock Alternativo” es hoy una etiqueta cien por ciento retro. Por otro, desde los noventas al presente, la ubicuidad de la “electrónica” se ha vuelto tan natural que no podemos hacer más que hablar de sus decenas de subgéneros, desde el EDM hasta el minimal y el deconstrukted. De todas formas, elijo seguir diciendo electrónica, porque para Radiohead se trataba, en un enfoque amplio, de borrar la diferencia entre instrumentos acústicos y electrónicos. O, al menos, que se dejara de pensar que los primeros, por ejemplo la voz, son de alguna manera más “reales” que los otros.

Lo que se concentra en el polo acústico es, para un grupo de rock, la idea de que su sonido es inseparable de la corporalidad explosiva de la sala de ensayo o del vivo. Una banda de rock es una banda que “toca”. En el polo electrónico, y acá es cuando la cosa se pone actualísima, entran no sólo los sintetizadores y las cajas de ritmo, si no cualquier tipo de manipulación y posproducción de un sonido grabado. En fin, todo eso que hoy aglutinamos bajo el término de “producción” y se hace en Ableton o en otro software similar. En ese sentido, lo que Radiohead hace en Kid A es ajustarse al método de composición que entrevieron dominaría los próximos años.

Una definición básica de producir es darle volumen a los sonidos, en sentido tridimensional. Llevando al límite esta definición, la tarea de Radiohead en estas sesiones fue llevar el espectro espacial hacia escenarios que no remitieran directamente al formato banda. Esta idea puede servirnos para pensar, por ejemplo, de dónde viene la “pesadez” característica de un beat de trap: si el hip hop clásico programaba beats pensando en la batería común, el trap que hoy escuchamos incorpora toda la tradición bassera y gigantiza bombos y bajos, separándolos del resto de la percusión tal como en el club las cajas de graves se separan de las de medios y agudos.

Veamos el caso particular de las voces. Se suele alabar como un rasgo sobresaliente del disco cómo está producida la voz. No se trata de qué tan “nítida” sea la melodía o las palabras, si no de llevar la expresividad más allá de lo que podría hacer cualquier cantante. En ese sentido, Kid A está viejo y es vigente en partes iguales. Vigente porque no hay producción efectista o descontextualizada: la voz de Thom Yorke tiene un lugar y una textura distinta según las necesidades de cada tema. Viejo porque hoy el autotune, el vocoder, y las múltiples capas de voz son recursos instalados. Tanto que las preguntas ¿quién canta? y ¿desde dónde canta? han sido respondidas de maneras muchos más extremas que las ensayadas por Radiohead.

Está el caso de Billie Eilish, generándonos una sensación de “híper intimidad” en When we all fall sleep…, la cual sería imposible si los suspiros, la saliva y cada consonante no estuviesen tratadas minuciosamente para que esas voces suenen mucho más cerca de lo físicamente posible. En esa línea – de la híper producción como forma de intimidad- nada tan a mano como esas voces para demostrar que la edición milimétrica es mucho más que una variable de acción subliminal, ya que puede definir la ambiencia de todo un disco.

Del mismo modo, cuando escuchamos el tema Kid A desde hoy, antes que relacionarlo con Kraftwerk, tiene más sentido tomarlo como antecedente de otros cyborgs, donde la unión humano-máquina resulta en un compuesto hípersensible, antes que en un maniquí frío más parecido a los automátas del siglo XIX. Así, esa canción hace línea con el trabajo de Bon Iver en 715 (2016), con su vocoder/armonizador customizado, que es explotado a fondo en la desgarradora y “a capella” Creeks. También, con el single máximo de James Blake, If the car besides you moves ahead, probablemente una de las cúspides en la tarea de hacer del glitch un elemento dramático.

Sin embargo, hay un punto en el Kid A envejece y ya: si en su momento los pasos de Thom bailando Idioteque podían parecer el súmun de la frikez, porque acompañaban el alejamiento del sonido-banda con un alejamiento de la corporalidad rockera, hoy esos pasos nos son completamente indiferentes. Sucede que en veinte años, el cuerpo, junto con su género y sus posibles extensiones maquínicas, pasó a ser, en el nicho del Art-pop, otro elemento compositivo en pleno derecho. La correlación entre sonido y cuerpo se plantea hoy como algo que puede ser explorado palmo a palmo. Alcanza con ver el vídeo Faceshopping de SOPHIE o el Instagram de Arca para tomar nota de eso y ver que en esa línea Radiohead, no por casualidad, no tiene mucho para decir.

 

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