Alberto Fuguet o una aproximación al mal gusto

[Alberto Fuguet. Opiniones. Mal gusto. Redes Sociales. Fanatismo. Crítica. VHS (unas memorias). Por favor, rebobinar]

por Gonzalo Zanini

Introducción a un berrinche

¿Cuál es el momento indicado para hablar sobre algo que nos apasiona mucho? Si bien parece un eslogan de la Coca-Cola, o la frase seudofilosófica de una publicidad de nuevos celulares marca Apple, aun así es una pregunta validad en estos años donde la opinión tiene la suerte (y a veces la desgracia) de estar tan expuesta, de ser exhibida sin pudor, como el caniche toy de una veterinaria que se muestra temeroso a un público de jóvenes y ancianos que miran ansiosos, con cara de bobos, lo que está haciendo. Y todo gracias a las redes sociales, aquellos dispositivos perfectos (dejando a un lado la dulce y venenosa hipocresía que pulula en todos los usuarios) para mostrar y demostrar todo lo que hacemos, pensamos y sentimos.

Y es que siempre está esa barrera molesta: la barrera hecha de Todo lo que pueden llegar a decir los demás sobre lo que acabamos de publicar/twittear/mostrar acerca de algo que, curiosamente, nos encanta. Es una barrera de prejuicios que construimos con el miedo y el odio de encontrar a alguien que, en una suerte de proceso de incineración automática, maniobre una serie de argumentos excelentes para determinar lo malo, estúpido y poco convincente que es la última serie o libro que acabamos de devorar con tanto amor y dedicación. O simplemente al revés: encontrar a alguien más apasionado, con mejores argumentos y razones que vos sobre la última serie o libro que creíste haber devorado con tanto amor y dedicación. Es una sensación de mierda. Y no encuentro antídoto para tal padecimiento. Porque la idea de Te tiene que chu@!% un huevo lo que digan los demás funcionan mejor como la estampa de una remera. O al menos en esta vida real, en esta realidad siglo XXI 2.0 en donde la cotidianeidad de los demás forma parte de nuestro consumo diario.

VHS (unas memorias), el último libro del escritor chileno Alberto Fuguet, parece ser un claro ejemplo del fenómeno de ser maltratado verbalmente por alguna opinión personal que dimos sobre algo que nos hipnotizó y se quedó planeando adentro de nuestras cabezas por mucho tiempo. Con la diferencia de que el autor lo vivió en la década de los ’80, donde estos prejuicios se encontraban más ocultos, circulaban en nichos snob, había que juntarse con cierto tipo de seres humanos desagradables. No como ahora que tenemos la increíble suerte de acceder a cada opinión de mierda de alguien sobre algo con mayor facilidad y sin ambigüedades.

Si algo importa en mi vida es lo que yo puedo opinar de ella

Alberto Fuguet es un autor bastante particular: pendula en esa zona gris, muy tentadora por cierto, de tener atención por parte de la crítica y por parte del público. Hasta creo haber encontrado la idea que define el adjetivo Fuguetiano: narrar el pasar de los años como si la vida fuese una maquina demoledora que no deja nada más que una polvareda de cierta melancolía generacional y de todo lo que pudo ser y no fue porque siempre fuimos (nunca lo supimos con certeza) unos fracasados, unos loosers encantadores a lo Glee (el libro Por favor, rebobinar; o la película Se arrienda son un claro ejemplo).

Y acá está el problema con este ensayo: Fuguet me gusta mucho, me encanta, me fascina, pero se puede tirar abajo muy fácilmente. Cualquier idiota con poco corazón puede decirme todos los errores, faltas, tonteras y berrinches que tiene. Y probablemente tendrán toda la razón del mundo en cada uno de sus argumentos (hasta yo mismo los tengo identificados, demasiado identificados). Pero Fuguet me encanta. Es mi droga. Va más allá de todos los conceptos, reflexiones y posturas que puedo llegar a tener de la literatura (y que varían tanto como el precio del dólar en este país). ¿Pero quién quiere ser realmente un crítico cultural de su vida? El libro VHS (unas memorias) muestra, a medio camino del ensayo y la autobiografía, cómo los gustos están afianzados a algo más importante, valido y satisfactorio que la simple postura crítica y objetiva que se puede tener del arte.

El libro es un recorrido de las películas que marcaron la vida del autor; o quizás al revés, los momentos de su vida que le dieron ¿color? ¿contextualización? ¿concentración? ¿sexualidad? a esas películas. Todo el libro parece regirse por esos dos polos: las películas que contaminaron los momentos de su vida y los momentos de su vida que envolvieron las películas. Quizás dos polos en lucha constante, que permite ver la forma en la que el arte (en este caso el cine) crea fisuras adentro nuestro.

Es así que estamos ante un Fuguet cinéfilo. Y ahí está lo interesante. Porque las películas que le marcaron la vida no son nada interesantes. El conjunto de películas seleccionadas por el autor (también hay actores seleccionados, amados, hechos carne, interiorizados) son películas que para este redactor están lejos de ser inolvidables y asombrosas. Es decir, no han tenido ni van a tener la capacidad de quedar en la historia como grandes películas (a excepción de películas como Stand by me, The Goonies, Rumble Fish y otras realmente increíbles).

Lejos de adoptar una posición de crítico de cine culto y erudito, Alberto Fuguet escribe con pulso de fan, de loco, de apasionado. Escribe acerca de la carrera de Keith Gordon (el actor de Christine, quizás su única película “conocida”) y de cuanto lo amó y lo fagocitó para robarle su personalidad; del siempre secundario y prescindible Charles Durning; de las películas del director menos comprometido y trash Michael Wienner; y hay prácticamente un capitulo larguísimo dedicado a la película Willie & Phil, una película tan memorable como Catwoman con Halle Berry.

Ahora bien, la calidad de la película en términos de producción, filmación y guion carecen de sentido. Tampoco que tan menospreciado o aclamado fueron los actores. No importa. Al carajo la academia, al carajo la opinión general del público, al carajo todo. Lo que hace Fuguet es convertirlos en algo íntimo, transformarlos para que se involucren con un Alberto Fuguet lleno de fantasías y miedos. Son una serie de películas y actores que chocan y se mezclan con momentos aburridos o excitantes de su vida sin importar realmente la calidad o la cantidad de estrellitas que le dé el diario. Es el azar de las películas estrenadas y la contingencia emocional y explosiva de un joven escritor lo que llena las páginas de este libro. Y al final nos damos cuenta de que todo forma parte de una misma masa uniforme y caótica: las películas y la vida como tripulantes de un mismo barco a la deriva. Como cuando un Fuguet joven va de visita a California a visitar a su padre y logra crear un único lazo con él a través de las salas de cine.

La iniciativa que propone es un gran salvavidas: más allá de la opinión de los demás, que inevitablemente siempre nos afecta y siempre está presente y sobrevivirá por los siglos de los siglos, lo importante es ese cruce íntimo y fundamental entre la vida y el arte, que al parecer (pero yo todavía no lo sé con certeza) nos deja marcas y nos ilumina y nos oscurece tanto como nuestra familia, amigos y alguna que otra persona especial.

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