Alimento para trolls o la burocracia de la rabia

[Troll. Burocracia. Fandom. Influencers. Internet. Redes sociales. Twitter. Estado. SJW. Incels. Gente. Despersonalización]

por Santiago S. Zabaljauregui (@santidepresivos)

A nosotros que habitamos la fauna virtual – a veces como turistas en safari, a veces como presas de enjambres pixelados – nos son conocidas las familias, géneros y especies de este submundo. Sabemos, por lo tanto, que apartado de los incels y los sjw, de los corazones celestes y verdes, de los fandoms y los influencers, está el punto ciego de las identidades digitales: los trolls. Esta tipología tiene una historia tan larga como la de los foros cibernéticos. Desde siempre fueron identificados y señalados con la advertencia «No alimenten al troll». Esta consigna deja en claro la función parasitaria que cumplen en el ecosistema; su subsistencia es ad hominem, porque su ambición sólo conoce la irritación o la confusión del otro. Y no, troll no es cualquier usuario que circunstancialmente se acuerda de nuestras madres, o que se pone medio pesado en una discusión. El troll es un guerrillero de la aleatoriedad, a quien no le interesa en absoluto afirmar o negar nada. El troll es el entusiasmo de la furia y el embate de la desmesura.

La mayoría de los usuarios de redes producimos y editamos formas de la subjetividad en nuestras cuentas, participamos de las escrituras del Yo, aún para convertirnos a nosotros mismos en punto de vista de un colectivo. Las formas en que nos relacionamos con lo que producimos en redes son complejas y llenas de matices, pero pertenecen a una dialéctica propia de la construcción de la identidad. Los trolls, por otro lado, se vuelcan a una exterioridad sin retorno, son pura objetividad. No buscan nombrarse sino todo lo contrario: borrar todo rastro de su persona. El troll es la opacidad absoluta. Si montamos una imagen de nosotros mismos, la embellecemos o distorsionamos, si incluso mentimos descaradamente y presentamos un personaje de ficción en el sentido más fuerte de la palabra, de todas maneras sigue habiendo una referencia a un ser humano –supuesta aunque discutiblemente más «real»– que vive por fuera de esa presentación. Pero el lugar de enunciación del troll tiene que ser el anonimato. No hay en él elemento alguno que permita adivinar un rostro; el trolling permanece en los márgenes de lo humano.

Esta equivocidad es propia del troll, por definición indefinible. Lo que sí es más asible es el trolling, su actividad frenética y errática. Es la acción y no el agente lo que entra en consideración, porque no podemos hacernos una imagen nítida del que está detrás de esos caracteres en Caps Locks que nos hostigan. El troll no es una persona, es una actividad anónima. Suponemos un troll porque necesitamos asignar un sujeto al verbo trolling, pero no es más que un esfuerzo de representación, una composición ideal, un número que asignamos a lo único que efectivamente se manifiesta: el trolling. Es actividad bruta producida por bots orgánicos. Claro que disfrutamos figurarnos un fracasado desaliñado, escondido en una habitación oscura y mal ventilada, los dedos manchados con polvo de chizitos que ocasionalmente se limpia en su camiseta salpicada con aureolas de transpiración; pero lo cierto es que esa imagen corre por nuestra cuenta.

La naturaleza esencialmente hostil del troll lo vuelve fácilmente demonizable. Y si bien hay algo verdaderamente fascinante en esta purga identitaria, es inevitable notar que – una vez liberados de los corsés de la razón comunicativa – lo que aflora suele ser una antología en cinco tomos de xenofobia, racismo, clasismo, lgbtfobia y misoginia. También resulta evidente que alguien estuvo prestando atención a esta tendencia y planea capitalizarla.

Desde hace unos años asistimos a la canalización e instrumentalización de esa fuerza ciega, alineada tras una ideología fácilmente reconocible, que hostiga colectivos enteros y (re)produce noticias falsas. La sistematización (y hasta pareciera que profesionalización) del trolling ha sabido constituir identidades políticas a partir de ese vacío subjetivo.

La apropiación política de los trolls responde a la necesidad de un sujeto político tan requerido como inexistente: «la gente». No hablamos de un Volkgeist conductor de la historia ni de una civilizada aunque descafeinada voluntad general. No, el sujeto que se está buscando tiene preocupaciones más específicas e inmediatas; es el que está preocupado por la inseguridad, el que no quiere financiar las ciencias, el que ve privilegios en las reparaciones. Esa es «la gente», eso es lo que la gente cree, lo que la gente dice ¿Pero quién podría señalar a la gente?, ¿quién podría arrancarle una cita textual? La gente no está en ningún lado, es una entelequia; sólo existe como efecto de discurso, del mismo modo que el troll. La similitud estructural entre estas dos figuras es lo que hizo del trolling un agente político. La gente sólo puede encarnarse en el troll. Paradójicamente, mientras el troll intentaba borrar su persona hasta donde le era posible, ahora necesita dejar migajas de una humanidad que no posee. Siembra pistas de una vida por fuera de las pantallas. Enumera sus soles que vienen en formato de hijos, nietos y/o sobrinos, guiona anécdotas con la gente del barrio que le regala preciosas perlas de sabiduría popular, asume la escarapela de Boquita o de Racing para demostrar que sus pasiones están donde tienen que estar, subraya que es un laburante cuya fuente de ingreso es transparente, que nadie le regaló nada y que siempre salió adelante tra-ba-jan-do. Por lo demás, el modus operandi sigue intacto: el insulto, los golpes bajos, el spam, el non sequitur y la evasión. La burocratización de la rabia extendió una red de discurso que genera tendencias, marca agendas, reflota mitos e inventa datos.

La función-troll es de hecho tan efectiva en su despersonalización que el ser humano de carne y hueso que presiona las teclas y pulsa “enviar” puede de hecho desaparecer sin suponer un fin a su actividad. Cualquiera podría reemplazar fácilmente ese puesto y cumplir ese rol. Además, el mismo mensaje es replicado sin cambios de comas y citado en una puesta de abismo, al punto de que determinar su origen llega a ser imposible. No es una voz con un mensaje, es lo diametralmente opuesto, un mensaje que genera voces. Es la superación del trolling, su acabamiento.

Estos nuevos trolls profesionales –como los de las fábulas que les dan nombre– son territoriales, esperan agazapados en la oscuridad húmeda de los caracteres para impedir que se den ciertos pasos. Debemos recordar que aparecen siempre que se quiere cruzar un puente, evidencia suficiente del valor de lo que hay del otro lado.

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