Allen Ginsberg y Lucien Carr: cuatro teorías incomprobables sobre el amor

Por Pablo Durio

En ENSAYOS

“Some things, once you’ve loved them, become yours forever
And if you try to let them go, they only circle back and return to you.
They become part of who you are, or they destroy you”

Allen Ginsberg en Kill Your Darlings

por Pablo Durio (@PabloDurio)

¿Es Harry Potter el que llora? No ¿Daniel Radcliffe llora? No, tampoco. El que ven sentado al borde de una cama es Allen Ginsberg y, sí, llora. Llora a los pies de Lucien Carr y le suplica que no se vaya, que no lo abandone, llora ante la tragedia de una belleza que creyó suya y que ahora ve escaparse de sus venas, llora porque el amor lo sedujo y le enseñó a escribir y llora por todos los amantes del mundo que golpean el universo.

Lucien Carr y Allen Ginsberg se conocieron en la Universidad de Columbia cuando Ginsberg tenía sólo 18 años. Lucien concentraba en él todo el potencial de alguien que no sólo es lindo sino que, además -esto es lo más peligroso- sabe que lo es; Lucien se paseaba arrogante y peligroso por las calles de Nueva York citando de memoria y sobreescribiendo poetas prohibidos; Lucien sostenía en sus manos un libro de Yeats mientras te miraba a los ojos calculando el daño que podría hacerle a tu alma; Lucien predicaba como un profeta divino la llegada una nueva forma de literatura al mundo, de una nueva forma de amor. Detrás de su pelo rubio y sus ojos claros y sus citas de Rimbaud, Lucien Carr envuelto en las llamas de una juventud peligrosa, hipersexual, y afrodita, quería ver al mundo arder.

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(Primera teoría incomprobable del amor: lo ejerce mejor el que sabe automodelarse. Stephen Greenblatt hace girar a la literatura sobre el concepto de self-fashioning y dice algo así como que el self-fashioning se refiere a las formas no delimitadas entre la literatura y la vida social y que, entonces (parece complicado para un San Valentín pero no lo es, o sí, i love complicated [1]), la literatura funciona de tres modos que constituyen una trama: a) manifestación de la conducta del autor, b) la literatura como expresión de los códigos en los que se modela la conducta y, por último, c) la reflexión sobre esos códigos. Por eso los tres ejes de la Generación BeatAllen Ginsberg, Jack Kerouac y William Burroughs– sucumbieron ante (el autor) Lucien Carr: es más fácil enamorarse de alguien que cita escritores de memoria, que puede construir de un momento común un suceso extraordinario, que puede una mañana proclamar la muerte de la moralidad reinante y humedecerse los labios mientras habla de mundos lejanos y futuros con símbolos cercanos y palpables y mientras en un destello practicado en la mirada concentra una observación inteligente y pretenciosa que provoca en el otro una sonrisa en la mente, una identificación, la sensación de completitud, de comprensión. En otras palabras, es más fácil enamorarse de Lucien Carr que del técnico de DirecTv o la chica de la panadería)

A Lucien Carr los amores le duraron mismo que un capricho o, mejor todavía, los caprichos le duraron lo mismo que un amor. Así Lucien Carr primero fue el Lu-Lu de David Kammerer (se conocieron cuando Lucien tenía once años y David veinticinco) hasta que el viejo lo cansó y encontró a Allen Ginsberg siendo un novato de primer año de Columbia pero, ah, qué rápido, Ginsberg lo cansó y lo cambió por Kerouac sin olvidar entre medio de ambos a William Burroughs. Fue Carr quien los presentó, fue Carr quien unió a la santísima trinidad de la generación Beat, fue su belleza, su mirada, su pose de poeta maldito, su ansias de liberación, su fuego interno y sus mil palabras que lo que quemaban, de a poco, por dentro, palabras que quería escupir.

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Lucien no escribió una sola palabra, nunca, en toda su vida, y sin embargo o a pesar de eso se esforzó en crear un nuevo movimiento literario al que Ginsberg llamó La Nueva Visión (en contraposición a Una Visión [tratado de William Butler Yeats]) y, como no pudo escribir, hizo algo muy parecido: hirió. Hirió con su ausencia, con sus provocaciones sin resolución, con sus besos apasionados que intercambiaba por tareas resueltas para la facultad. Y en ese gestó les dio a otros el empujón que necesitaban para entregarse al don que él no poseía: si escribir es redisponer los signos para reabrir para siempre una herida alguien tiene que lastimar la carne primero.

Y ahí estaba Lucien.

(Segunda teoría incomprobable del amor: los amantes de la poesía, de la literatura, viven de constantes separaciones. Se incendian de amor negro ante sus respectivas ausencias porque la no presencia, el miedo a perder, el vació premeditado y frío estimula la pasión, mientras que la presencia efectiva, la seguridad de una compañía cierta, regular, previsible, son los fundamentos del matrimonio. Por eso, para las personas que arden, arden, arden el amor (paréntesis dentro de paréntesis: no sólo el amor sexual) no se resume en el encuentro sino en el desencuentro construido con manipulación y encanto)

Digamos que Lucien Carr era un experto en erotizar las relaciones personales y que en eso consistió su mayor poder, su don natural, su suspiro perverso, en poder parecer ingenioso e inteligente, en crear un movimiento y enamorar a tres de los hombres más sensibles de la literatura norteamericana. (Porque, tercera teoría incomprobable del amor: el amor y el poder no sólo necesitan de las frases amorosas de Junot y de las promesas de fidelidad para siempre y en calcular cuánto, de acá hasta el cielo, mide el amor del otro, sino que requiere, además, de una política de sensibilidad, de la producción de formas de atracción que definan la belleza: dar, compartir, perder, para no morir sin florecer. Y en esa política Lucien Carr era un Maquiavelo rubio, queer, un renegado de su propia sexualidad democrática)

Lucien Carr logró que Allen Ginsberg no hiciera lo que el profesor de la Universidad de Columbia, el Profesor Steeves, aconsejaba a sus alumnos: “maten a sus seres queridos, su pasión, su juventud, ese es el primer principio de un buen trabajo creativo”, el mismo trabajo creativo que llevó a Allen Ginsberg a dedicarle Aullido y otros poemas a Lucien Carr, un Carr que, luego de haber pasado dos años en un reformatorio por haber apuñalado y ahogado a David Kammerer en el río Hudson, le pidió que retirara su nombre de las próximas ediciones para siempre.

Carr no volvió a hablar de la generación Beat, no volvió nunca a su juventud. Salió del reformatorio, se casó, tuvo hijos, y se convirtió en editor de United Press International hasta su muerte en el año 2005. Atrás quedaron las pasiones y las miradas y el encanto adolescente y la experimentación sexual.

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Nadie, excepto Carr, pudo librarse de la historia de Lucien con todos los miembros de la generación Beat: la reescribieron un millón de veces, en un millón de libros, cuentos, novelas, biografías autorizadas y por autorizar, artículos demandados y aprobados, ensayos y ¡hasta una ex mujer de Kerouac hizo algunas monedas de los ojos de Lucien!, quizás porque (última teoría incomprobable del amor) uno no puede controlar la influencia que ejerce sobre la persona que lo ama.

Los alcances de la fiesta, a veces, superan hasta las más optimistas predicciones. Lo único seguro, es que si uno se cruza con algún Lucien Carr, no debería dejarlo ir tan fácil, aunque ponga en jaque todo lo que creemos cierto.

O precisamente por eso.

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[1]