La condición humana del amor y de la falta

[Amor. Erich Fromm. El arte de amar. Separatidad. Otro. Mark Zuckerberg. Metaverso. Cuerpo. Deseo. Sexualidad]

“La separatidad es la fuente de una intensa angustia. Estar separado significa estar aislado, sin posibilidad alguna para utilizar mis poderes humanos. De ahí que estar separado signifique estar desvalido, ser incapaz de aferrar el mundo -las cosas y las personas- activamente; significa que el mundo puede invadirme sin que yo pueda reaccionar”.
Erich Fromm, El arte de amar

por Conrado Rey Caro (@conrareycaro)

I

En el psicoanálisis el ser humano es un sujeto atravesado por la falta, incapaz de ser la causa de sí mismo. Debe su vida, su lenguaje y su nombre al gran Otro que fluye en las mareas saladas de su inconsciente. Es a través de identificaciones con algunos otros que se constituyen nuestras identidades. La sujeción es condición fundamental para la construcción de la subjetividad. Hablar de la existencia del sí mismo, ante nuestra intrínseca dependencia con lo Otro, se revela como un engaño inútil. Como una pretensión imaginaria de una existencia íntegra y sin fisuras, revelada ficticia y precaria ante la permanencia de las grietas y la falta.

La condición humana es vulnerable, empezando desde el nacimiento somos víctimas de un desgarramiento original, con la ruptura de la bolsa amniótica un vacío penetra entre nosotros y todo lo que es, convirtiéndonos en basura espacial flotando a la deriva de un universo completamente desconocido. Fromm nombra “separatidad” a esta condición existencial de la angustia humana y señala que la necesidad más profunda del hombre es superarla para abandonar su prisión de soledad. Ante tal desafío, las respuestas de las distintas culturas han sido varias, y su crónica constituye la historia de la humanidad y la filosofía.  

En nuestras sociedades contemporáneas distintas prácticas funcionan como soluciones al problema de la separatidad. Una de las principales es el suicidio. Otra son los vicios y las drogas, intrínsecamente vinculadas con la locura, la cual emerge cuando el miedo al aislamiento únicamente puede ser vencido en un retrotraimiento radical del mundo exterior, cuando “el sentimiento de separación se desvanece -porque el mundo exterior, del cual se está separado, ha desaparecido-”. 

Otra solución es la práctica creadora del quehacer artístico y artesanal. En ella el sujeto da de sí para producir junto con la materialidad del mundo el objeto de su trabajo. En el proceso de creación el hombre se une con el mundo, y tal encuentro implica una fusión orgiástica transitoria. Cada solución será históricamente contingente, en la sociedad capitalista contemporánea el trabajador se ve alienado del fruto de su trabajo, es decir, de su encuentro con el mundo y, por tanto, de su placer. 

Las respuestas dependen, en cierta medida, del grado de individualización alcanzado por el individuo y por tanto de las tendencias estructurales de la distribución social en una civilización. En nuestra contemporaneidad hiperindividualizada, Mark Zuckenberg adelanta el Metaverso, un universo de realidad virtual inmersivo que tomará forma en la década de nuevas pandemias. Es el nombre de la próxima generación del internet que se propone reconectarnos, como avatares y hologramas en el living de nuestras casas, mientras afuera se sufre un ecocidio y por dentro negamos nuestro dolor. Como insectos fotosensibles persiguiendo la luz de un lente led hasta morir. 

Adaptamos el mundo a nuestro dolor y construimos civilizaciones orquestradas en torno a la persecución inútil de satisfacer nuestra soledad en un tragamonedas. La fetichización de la mercancía carcome dentro de las soluciones alternativas. Gran parte del esfuerzo de Fromm está en separar la práctica amorosa de la mercantil. Él considera al arte de amar como la solución plena al problema de la separatividad. “El principio sobre el que se basa la sociedad capitalista y el principio del amor son incompatibles”. Habría una disonancia fundamental entre el individuo utilitarista, sujeto del mercado, y el amante, sujeto del amor. Para el segundo no hay espacio para la maximización de beneficios ni para la individualidad, únicamente para la perdida.

II

Life is your sound
Long as the distance
It’s like the tree

Grows with your heart
Life is beyond
When every little thing is love
Like any mirror

You can see just what you are
Then see what’s true
Life is what you give
Life is your sound
Life is your joy
If you give love
Spinetta, Love Once, Love Twice, Then Love Again

 

El dar es condición fundamental para la práctica amorosa. No debe ser interpretado como renuncia, sacrificio o intercambio. Dar remite, en los términos del amor, a una actividad productiva de sí mismo capaz de compartir a los demás partes de su vida. “Dar produce más felicidad que recibir, no porque sea una privación, sino porque en el acto de dar está la expresión de mi vitalidad”. El amante y el amado están atados por una pulsión que los sostiene cómplices de sus narrativas singulares. El vínculo los constituye testigos de sus existencias otras. El amar aparece en el acontecimiento donde los bordes de sus universos, condenados a la opaca soledad parecen, contra toda ordinariedad, coincidir. Un gesto desinteresado disloca la ficción del yo para dar lugar al reconocimiento de la falta como la frontera que posibilita el encuentro entre dos cuerpos extraños.

Fromm enumera cuatro elementos básicos comunes a todas las formas de amar: el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento. Cuidar significa preocuparse activamente por la vida y el crecimiento de lo que amamos. Ser responsable consiste en actuar desde la propia voluntad para responder a las necesidades de otro ser humano, expresadas o no. El respeto es poder mirar al otro por lo que el otro es, más allá del narcisismo y del interés utilitarista: “el respeto implica la ausencia de explotación […] que la persona amada crezca y se desarrolle por sí misma, en la forma que le es propia, y no para servirme”. El conocimiento está estrechamente vinculado con el respeto, con la preocupación por comprender a la persona en sus propias metáforas.

Es en una persecución por conocer el “secreto del hombre”, el sentido de nuestra existencia, que el amante se regodea en la droga de lo otro. Un estado de ebriedad lo envuelve a medida que incursiona en los mares de una incógnita y emprende el laborioso trabajo de enhebrar su hilo entre las carnes de su amado. El amado se permite ser completamente desnudo ante el amante y se regodea en el relato de sí que comienza a cobrar sentido tras el encuentro con la mirada del otro. Se sucede lo que parece un revelamiento de sus hábitos, emocionalidades y cimientos que encuentran el espacio seguro donde emerger desde el fondo de su cotidianidad avasallada por viejos automatismos. 

A medida que se sucede este revelamiento de sí, la mirada del amante queda impresa en los ritmos del amado. Las reverberaciones de sus colores tiñen las ramificaciones de su intimidad. Nace un universo co-constituido sostenido en la fragilidad del encuentro entre dos poesías que se nombran mutuamente. En constante inestabilidad ambos roles se intercambian, sendos lenguajes se balancean y en su coreografía deviene la forma singular del tamiz amoroso.

III.

No, we just won’t get along
If you confuse power with love
Chita, Bring me down

En el caso del amor simbiótico descrito por Fromm, nos encontramos con la figura del pasivo y del activo. O, más específicamente, del masoquista y del sádico. El primero escapa de la separatidad confundiéndose con el otro, quien se convierte en su vida y contrapunto de referencia. El pasivo renuncia a su integridad y se somete al poder exagerado del otro y así “no tiene que tomar decisiones, ni correr riesgos; nunca está solo, pero no es independiente; carece de integridad; no ha nacido aún totalmente”. El sádico, por otro lado, escapa de la separatidad convirtiendo al otro en parte de sí mismo, enaltecido por la adoración de la que es objeto. 

Las nociones de pasividad y actividad refieren a una forma relacional que va más allá de la posición sexual pero que se explica con sus imágenes. El pasivo recibe y renuncia, se deja ser intervenido por el deseo del activo. Este último propone de sí, tanteando los límites impuestos sobre su deseo por el cuerpo y lenguaje del primero, entendiendo que es este quien delimita el “hasta acá”, pujando ambos en la frontera de dos deseos. 

En este tipo de coreografías se involucra el poder y los privilegios estructurales a la forma social en la cual se desenvuelven. En el caso de las relaciones heterosexuales, el hombre tiene la capacidad material-cultural para imponer la frontera de su deseo sobre los cuerpos de las mujeres, socialmente condicionadas a formas de sumisión. Tal avasallamiento de las fronteras de la otra puede tomar formas muy crueles y violentas. En el caso de la relación homosexual, la practica se estigmatiza a partir del punto de referencia normativo heterosexual, desde el cual se señala y diagnostica a lo otro. Las nociones de activo y del pasivo es una forma heterosexual y patriarcal de comprender la practica sexual gay. El activo cumple el rol del cojeputos y el pasivo el del maricón, otredad constituida desde los lenguajes de la opresión de la mujer.

El amor maduro, por otro lado, implicaría “la unión a condición de preservar su propia integridad, la propia individualidad”. Aquí el amor se ejerce como una fuerza activa productiva que nace del centro de la persona, consciente y atenta de lo que lo impulsa. Opuesta a la pasividad del ser avasallado por el mundo exterior, esclavo de las pasiones. El sujeto pasivo sufre las acciones, el activo las realiza. “El amor es una acción, la práctica de un poder humano, que solo puede realizarse en la libertad y jamás como resultado de una compulsión”.

Para superar la pasividad y nacer, hay que tener fe en nuestra singularidad y conocer la pregunta de nuestro deseo. Sin desestimarse, sin olvidarse a sí, sin confundirse. Yo soy el único juez de lo que está en mí, escribe Artaud. Solo nosotros podemos conocer el mundo de nuestra carne. Es solo a través del conocerme que puedo presentarme y dar de mí, y por tanto, que puedo llevar adelante el arte de amar. Dado que para amar, según Fromm, se necesita de fe en el sí mismo, en el propio amor, en la propia capacidad de amar al otro.

IV

No es cierto que cuanto más se ama mejor se comprende; lo que la acción amorosa obtiene de mí es solamente esta sabiduría: que el otro no es para conocerlo; su opacidad no es en absoluto la pantalla de un secreto sino más bien una especie de evidencia, en la cual se anula el juego de la apariencia y del ser. Me sobreviene entonces esta exaltación de amar a fondo a alguien desconocido, y que lo seguirá siendo siempre: movimiento místico: accedo al conocimiento del no conocimiento.
Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso

Descrito no como un objeto o una pasión que avasalla al sujeto, el arte de amar es una acción, un poder activo en el humano que le permite aspirar a asimilar la distancia infinita que nos condena al aislamiento, a la vez que preserva la propia individualidad. Es en el amor, según Fromm, donde “se da la paradoja de dos seres que se convierten en uno y, no obstante, siguen siendo dos”. Su insistencia en la existencia de la integridad individual es un problema para mí, incluso nuestra idea de nosotros mismos está repleta de fisuras; depende de la ficción de la memoria, cuya verdad es inaccesible. Lo que se traduce en el arrastre de otro problema: su insistencia por considerar posible la observación objetiva de la esencia del otro.

Hay una trampa en la ficción orquestrada por la danza de dos cuerpos. La imagen que el amante tejerá será distinta a la que el amado encontrará de sí. El amor demanda al sí mismo renunciar a su narcisismo ontológico, pero el amante no puede sino asimilar la extrañeza del otro a través de su lenguaje y en su eterna inquisición culmina petrificando al sujeto de su amor. Conquistar al otro es responder su incógnita, constreñir su universo al yocentrismo ilusorio. 

Esquiva es la práctica del amor, ante el esfuerzo por sostenerla en la memoria se retrotrae sobre la grieta negra de la cual brotó, como una polilla que nunca existió. El Otro se recuerda incognoscible y el amor se revela como un juego cruel por cometer la imposible tarea de penetrar la opacidad del otro con la piel. La amenaza del vacío revela que siempre estuvo ahí y el amor no fue más que otra ficción fugaz desvaneciente. 

Todas las piedras se desharán heladas en grietas y en polvo. 

Quizás, el núcleo del amor reside en esa práctica inútil de tejer puentes entre planetas separados por el vacío; en la forma de fe por ensayar traductibilidades entre opacidades inaccesibles; en la fuerza que empuja a dos dedos a atravesar la infinita distancia que los separa para acariciarse en sus yemas. 

Fracasando, una y otra vez.

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