Amorales, invertidos y degenerados: crónica de putos argentinos. Parte 2

[Putos. Historia argentina. Peronismo. Década Infame. Fuerzas Armadas. Correccionales. Código Bustillo. Patologización. Ley de Profilaxis Social. Persecución]

“ -Nos confunden con los curas, a veces -afirmó Huarina- Un cadete quería confesarse conmigo, quería que le diera consejos. ¡Parece mentira!
-A la mitad los mandan sus padres para que no sean unos bandoleros – dijo Gamboa- Y a la otra mitad, para que no sean maricas.
-Se creen que el colegio es una correccional”
 Mario Vargas Llosa, La Ciudad y los Perros

por Conrado Rey Caro (@reycaro_ )
Ilustraciones: Marcos Arnedo  (@la__tinta )

El 4 de junio de 1943 el golpe de Estado llevado a cabo por una parte de las Fuerzas Armadas derrocó a Ramón Castillo, dando por finalizada la Década Infame, y colocando en el poder al general Arturo Rawson, quien estuvo en el gobierno solo tres días y fue reemplazado por Pedro Pablo Ramírez. Entre aquel año y 1945 se fue gestando la candidatura de Juan Domingo Perón: fue cabeza de la Secretaria de Trabajo y Previsión y del Departamento de Trabajo, Ministro de Guerra y Vicepresidente. Este se verá acompañado por el movimiento sindical popular y dará lugar a un recetario de propuestas políticas de bienestar, que mejoraran las condiciones de vida de los trabajadores. Serán en estos sectores vulnerados y pobres de las clases trabajadoras en donde encontramos las subalteridades sexuales patologizadas por la medicina y perseguidas por la fuerza legal y policial, que mencionamos en la primera parte de esta crónica.

Hay mucho escrito sobre peronismo y no dudo que queda mucho por escribir. Contamos con múltiples tesis sobre la relación entre el gobierno y los trabajadores, sobre la figura de los sindicatos y su creciente influencia, en torno a su estrategia y discurso político, ahondando sobre sus decisiones económicas y sobre todo, sobre su impacto sobre la sociedad trabajadora y puntualmente la ampliación en la garantía de derechos sociales y económicos. Sin embargo, hay una deuda de la historia y de su narración que debe mirar al rostro de los putos, travestis y lesbianas y explicar el porqué de su omisión en los libros de la crónica del pasado universal. Un propósito propuesto en esta serie de notas: aportar a la reconstrucción de la rama invisibilizada de la historia, para la que no había, aparentemente, suficiente tinta.

Durante los gobiernos de Perón se llevó a cabo una ampliación de derechos políticos, económicos y sociales que generó un nuevo horizonte de expectativa para gran parte del pueblo argentino. En 1947 se sancionara la ley 13.010 de Sufragio Femenino, con Eva Perón como su portavoz. La democracia política finalmente abre sus puertas a la mitad de la población. Este hito central para la historia de la democracia argentina tiene su contracara en un decreto sancionado en 1946 por el gobernador peronista de Buenos Aires, Domingo Mercanto. A través del cual prohibía a los homosexuales votar, perseguidos por la policía que prontuarizaban la homosexualidad y registraban a estos “amorales” en listados. Las maricas perdieron su derecho a votar por “razones de dignidad” (este decreto existió hasta la segunda mitad de la década de los ochenta).

Años más tarde, en 1951, al Código Bustillo de Justicia Militar se le agregó una enmienda que prohibía a los homosexuales entrar al ejército. Esta negación de la figura del homosexual en la esfera de las fuerzas armadas se da a partir de dos flancos. Por un lado se da de manera superficial al prohibirle el ingreso y la posibilidad de formar parte. Y por el otro, se da un proceso en el interior del ejército que apunta a la subjetividad de los propios militares o estudiantes de colegios militares, traducido en una constante preocupación y vigilancia de la heterosexualidad y hombría de los cadetes.

La Ciudad y los Perros (1963) es una novela peruana escrita por Mario Vargas Llosa, que cuenta la historia de un grupo de alumnos que sufren la brutalidad de la educación castrense del Colegio Militar Leoncio Prado, donde el autor estudió entre 1950 y 1951. Esta novela del ganador del Premio Nobel de Literatura narra la cotidianidad de los cadetes y, en cierto sentido, nos sirve para pensar los procesos de construcción de masculinidad que se dan en aquellos entornos. Construcción de masculinidad que se realiza a través de la negación del homosexual y la sentencia de la sensibilidad.

En los diálogos y desarrollo de la novela emerge la constante estigmatización, rechazo y violencia hacia el varón homosexual. “Los maricas son muy raros. Es un buen tipo, nunca jala en los exámenes. Él tiene la culpa de que lo batan. ¿Qué hace en un colegio de machos con esa voz y esos andares?”; “Fontana es todo a medias; medio bajito, medio rubio, medio hombre.”; “De repente ni siquiera es marica, pero de dónde esa vocecita, esos gestos que provoca pellizcarle los cachetes […] Me alegro que lo batan. Lo seguiré batiendo hasta el último día de clase”. Este relato sirve como referencia para pensar el modo en que, en el ejército, la masculinidad se construye a través de su perpetua reafirmación, lograda a partir de la degradación del otro varón. Se construye a partir de la competencia, en un juego, en una performance de construirse a sí mediante la representación de un otro menos hombre, medio hombre que recibe la categoría de maricon. Se niega la homosexualidad de uno señalándola en el otro, y luego se procede a castigarla.

 

La negación del homosexual encuentra una contradicción en estos espacios esencialmente varoniles. La explotación de la sexualidad se da consistentemente bajo las formas de rondas de masturbación, prácticas de sexo oral, y formas de penetración como reafirmación de la dominación. Pequeños roces furtivos y apretones en secreto que se esconden tras las bambalinas de los viriles uniformes y los potentes fusiles. En este doble juego “el sistema educativo o los cuarteles del ejército eran considerados como los ámbitos propicios para el desarrollo de estas prácticas inmorales, pero también eran las encargadas de reencauzarlas[i].

Cómo hacer para que los milicos no se toquen sus braguetas en los baños de las escuelas militares parecía ser uno de los problemas centrales de la Salud Pública durante el gobierno peronista. “Algo había que hacer porque los hombres argentinos iban a terminar, al no poder dar rienda suelta a sus instintos, acostándose entre ellos. Se iba preparando el terreno. Se presentaba el tema como un problema sanitario, no moral[ii] La solución que se dará durante el peronismo será la des-proscripción de los prostíbulos: la reformulación el 31 de diciembre de 1954 de la Ley de Profilaxis Social.

Una acotada historia de aquellos años muestra que en Buenos Aires, hacia 1933, estaban autorizados y en funcionamiento 233 de estos establecimientos. Otros existían en la clandestinidad. Los primeros se veían sometidos a un control sanitario semanal que impedía la propagación de las Enfermedades de Transmisión Sexual mientras que los prostíbulos clandestinos no recibieron tales atenciones. “La prostitución reglamentada fue abolida a partir de 1935 y como consecuencia de ello, aumentó el número de prostíbulos clandestinos y el ejercicio callejero[iii] y consigo un aumento exponencial en la población infectada con ETS que se volvería un problema social sobre el cual el gobierno peronista, en su larga tradición de políticas públicas, intervendría.

Por un lado, esta reglamentación implicaba la instalación de prostíbulos en zonas “apartadas” y estaba orientada a batallar contra la prostitución clandestina y contra las ETS. Se realizarían una serie de controles sanitarios periódicos sobre las prostitutas y se utilizaría la libreta sanitaria para anotar las alteraciones de la salud y guiar el tratamiento. En su contracara, la decisión de reabrir los prostíbulos estaba estrechamente relacionada con la construcción de un rol de ciudadano argentino modelo que se veía amenazado por el posible deseo homosexual. “La homosexualidad no era considerada como una elección consiente, ahora era el segundo plato de los hombres de familia que frente a la clausura de los lugares de sexo heterosexual salían a las calles en busca de algún encuentro.i” Surgiría así una política de Estado que se encargaría de “defender a la familia, a la sociedad y a la nación ya que en última instancia las prostitutas garantizaban que los hombres no cayeran en la homosexualidad.”[iv]

Se había tomado cartas sobre el asunto, las prostitutas del bajo fonda eran las destinadas a resolver el problema de la homosexualidad. Militares y trabajadores ya no iban a caer en las tentaciones de acostarse desnudos sobre el falo de sus vecinos.

La cárcel y los prisioneros también fueron espacios y cuerpos de preocupación. Después de las prostitutas, los prisioneros eran los segundos más propensos a contagiarse enfermedades de transmisión sexual. Algo estaba pasando en las prisiones, las circunstancias de que haya hombres hacinados en celdas de tan solo algunos metros cuadrados parecía activar una especie de deseo inmoral, que manifestaba sus consecuencias en las altas tasas de infecciones venéreas. Roberto Pettinato (padre), para ese entonces Director Nacional de Institutos Penales y director de la Escuela Penitenciaria de la Nación, tomaría cartas sobre el asunto.

Las decisiones políticas llevadas a cabo por Pettinato estaban orientadas hacia una resocialización de los condenados y una convivencia en las unidades de detención entre los prisioneros y el personal de seguridad. Algunos de los cambios que se instauraron eran la posibilidad de hacer deportes, la eliminación de los trajes a rayas y la amortiguación del disciplinamiento, la redecoración de las celdas para que luzcan como habitaciones. Se buscaba facilitar la reinserción en la sociedad y aminorar la brecha entre la vida en la prisión y la salida en libertad. “Los penados comían en un comedor común, leían, escuchaban radio, jugaban al ajedrez en salas de recreación con bibliotecas con libros y recibían a sus familias en un contexto que quería recrear la vida de hogar.[v]

El cierre del Penal de Ushuaia el 21 de marzo de 1947 se debió, por un lado, al trato inhumano que se tenía con los detenidos y, por el otro, a la incapacidad de los prisioneros de mantener lazos afectivos con sus familiares a la distancia. Se buscaba, en los centros de detención, mantener la integridad del hogar. Los vínculos familiares se entendían como esenciales para la resocialización del condenado, será así que se procedió a flexibilizar el régimen de visitas y se crearon locutorios sin rejas. El sexo heterosexual se colaba por las rejas de los ventanales y se introdujo la figura de las “visitas íntimas”, donde las esposas podían encontrarse con los condenados con buena conducta.

“Se quería combatir la homosexualidad dentro de la prisión por lo que Pettinato bogaba a favor de las relaciones sexuales dentro de la discreción, prudencia y decoro entre los reclusos y sus esposas legítimas como una forma de mantener la integridad del hogar.” Si bien los prostíbulos no podían salvar a los reclusos de la pulsión homosexual, el matrimonio llego para mantener la moralidad en las unidades de detención. Ya no había escusa, hombres libres y aprisionados tenían donde, y como, depositar su energía sexual en prácticas que mantenían el modelo de nación que se quería formar: nacionalista, de la familia y heterosexual.

El 25 de diciembre de 1954, reconstruye Bazán en su libro “Historia de la Homosexualidad en la Argentina”, el jefe de la Policía Federal Argentina Miguel Gamboa se había puesto al frente de una cacería de homosexuales que lleno a la cárcel de Villa Devoto y al departamento de Policía de hombres que se sospechaba eran maricones. “No quedó baño público, café, cine, playa y hasta casa privada sin revisar. Todos los que la Policía tenía detectados como ‘trolos’ fueron encarcelados.ii”

En septiembre de 1955, lo que se conoce como Revolución Fusiladora, derrocaría al gobierno constitucional de Perón en un golpe de Estado que establecería una dictadura cívico-militar. Los homosexuales serian casi uno de los únicos grupos sociales cuya situación no cambiaría: la incapacidad de votar y participar del juego de la democracia proseguiría, la defensa de una moralidad que castiga su existencia permanecería, la patologización de sus cuerpos desde el discurso de la medicina persistiría, y la policía no desistiría de su obsesión con los putos: la persecución continuaría.

Entre una democracia y una dictadura, la situación de opresión del puto argentino se mantuvo incólume.

 

 


 

[i] Abrantes, L.; Maglia, E. (2010). Genealogía de la homosexualidad en la Argentina. VI Jornadas de Sociología de la UNLP, 9 y 10 de diciembre de 2010, La Plata, Argentina. EN: Actas. La Plata: UNLP. FAHCE. Departamento de Sociología. Disponible en: http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.5502/ev.5502.pdf

[ii] Bazán, O. (2016). Historia de la Homosexualidad en la Argentina (4 ed.). Buenos Aires: Marea.

[iii] Rodríguez López, Carmen Graciela. (2014). La Prostitución en Buenos Aires en la década de 1930: Hacia el régimen abolicionista y la ley 12.331 de Profilaxis de enfermedades venéreas. Revista de historia del derecho, (48), 165-192. Recuperado en junio de 2019, de http://www.scielo.org.ar/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1853-17842014000200007&lng=es&tlng=es

[iv] Rodríguez, Ana Maria. (2001). La lucha antivenérea en el marco del peronismo: una mirada desde la perspectiva de género. La Aljaba 6 : 141-158.   Disponible en: http://www.biblioteca.unlpam.edu.ar/pubpdf/aljaba/v06a10rodriguez.pdf 

[v] Martino, Monica Viviana. (2015) “Las cárceles federales argentinas. Su historia desde 1553 hasta la actualidad. Organización.” Revista de Pensamiento Penal. Disponible en: http://www.pensamientopenal.com.ar/doctrina/41053-carceles-federales-argentinas-su-historia-1553-actualidad

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