Amorales, invertidos y degenerados: crónica de putos argentinos. Parte 5

[Homosexualidad. Putos. Argentina. SIDA. Democracia. Alfonsín. Marcha del orgullo. Disidencia. Derechos humanos. Frente de liberación homosexual. Comunidad Homosexual Argentina.  Carlos Jáuregui. Menemismo. Lohana Berkins]

“La idea de que el gay puede ser peligroso viene de un prejuicio que nos recuerda que hay algo amenazante en el homosexual, pero no porque él como tal sea un peligro. No se trata de eso. Se trata de que él haga que nos demos cuenta de algo que tratamos constantemente de olvidar. La presencia del homosexual patentiza que la sexualidad humana, a diferencia de la sexualidad de la rana o del león, no es una sexualidad natural. Que alguien se instituya como hombre o mujer no garantiza que su elección amorosa sea la del sexo opuesto. Esto en el ser humano es absolutamente contingente. Aun en los llamados heterosexuales no existe la práctica sexual limitada a la función específica de la reproducción. El peligro que representa el homosexual es que nos recuerda que la elección del objeto amoroso no está garantizada.”
Entrevista al psicoanalista Rafael Sarmiento, Siete Días (1984)[i]

por Conrado Rey Caro (@reycaro_ )
Ilustraciones:  Julieta Gutnisky (@jlgt )

En la mañana del 30 de octubre de 1983, después de años de un sanguinario totalitarismo militar, abrían los comicios. La primavera alfonsinista traería luz y esperanza a una Argentina devastada por el neoliberalismo y la represión. Manchada de plomo y viseras la institucionalidad de nuestro país comenzaba un proceso de restauración democrática, proceso acompañado de una ilusión: de una vez por todas íbamos a superar la infamia de la dictadura y garantizar el reino de la igualdad sobre todos los hombres y las mujeres. En realidad no sobre todos los hombres ni mucho menos sobre todas las mujeres, algunos sujetos no fueron enunciados en aquel proyecto: los putos, las tortas y las travestis no tendrían el privilegio de disfrutar la recientemente inaugurada democracia.

Los partidos políticos no representaban los derechos y garantías de las subalteridades sexuales pero ya no podían permanecer callados en torno a la temática. El radicalismo, abanderados bajo la consigna de la igualdad, miraba con malos ojos la discriminación sobre cualquier tipo de minoría. Marcelo Stubrin, candidato a diputado de la Unión Cívica Radical había prometido a la Coordinadora Gay, en consonancia con las propuestas electorales de su partido, eliminar los edictos policiales e instituir juzgados contravencionales. Esto garantizaría eliminar la libertad de las fuerzas policiales de perseguir y hostigar a los homosexuales que se ha visto en las anteriores partes de esta crónica. Sin embargo faltarían quince años (en 1998) para que, en Capital Federal, aquellos edictos fueran eliminados.

La persecución sostenida en los edictos continúo. El gobierno de Raúl Alfonsín y los movimientos de los Derechos Humanos no eliminaron el peligro de ser homosexual y travesti en la vía pública. Las razias en lugares de encuentro marica como bares y discotecas continuaron, los boliches se cerraban, el encarcelamiento y la tortura se sostuvo. Entre dictadura y democracia la opresión del trolo argentino no cambió. En Córdoba, durante los años ochenta, si la policía te increpaba y te identificaba como puto te marcaba la Libreta de Enrolamiento[ii], te encerraba unos días en el centro de detención D2 que funcionaba en la dictadura, te violentaban y le comunicaban a toda tu familia que eras maricón. Si eras travesti te cagaban a trompadas, te abusaban sexualmente y hasta incluso te mataban. Como es el caso de Vanessa Ledesma, quien en febrero del 2000 pasó cuatro días detenida en el Precinto 18 (ex comisaria 13) de Córdoba y luego fue encontrada muerta bajo custodia policial.

La movilización homosexual cambiaria en los años ochenta debido a una serie de factores: entre ellos las manifestaciones de putos en Francia y las marchas del orgullo en Estados Unidos,  la visibilización creciente en la industria de la cultura y reconfiguraciones dentro del propio psicoanálisis, la reapertura de la democracia que fue acompañada de los discursos sobre los Derechos Humanos en Argentina, y al legado de la militancia de los años 70.

Respecto a este último, las intenciones políticas de visibilización que el Frente de Liberación Homosexual no pudo concretar serian retomadas por los mismos militantes de estos grupos y otras nuevas caras que adquirirían protagonismo en el ambiente durante los ochenta.

El activismo homosexual proliferaría en una multiplicidad de grupos militantes. La Coordinadora Gay (1983) era una agrupación de diversos grupos militantes por los derechos de la diversidad sexual de Santa Fe, Córdoba y Buenos Aires. El Grupo de Acción Gay, herederos de la militancia del FLH, sostenían la consigna “sexo al gobierno, placer al poder”. El Movimiento de Liberación Homosexual en Rosario creado en 1984 en la provincia de Santa Fe. La Iglesia de la Comunidad Metropolitana (1987) en Buenos Aires. Gays por los Derechos Civiles (1991) creada por Carlos Jáuregui con la consigna de visibilizar la homosexualidad. En 1992 se formó el Grupo de Investigación en Sexualidad e Interacción Socia (Grupo ISIS), y la Sociedad de Integración Gay Lésbica Argentina (SIGLA). Entre otros.

De todos estos grupos, sería la Comunidad de Homosexuales de Argentina, fundada en 1984, la que mayor persistencia e impacto político tendría. En su año fundacional estaba integrada por una serie de grupos independientes entre los cuales se encontraban: “Oscar Wilde”, “Pluralista”, “Venezuela”, “Contacto”, “Dignidad”, “Nosotros”, “Camino Libre” y “Liberación”. Tenían la intención de enmarcar su política en la lucha por los Derechos Humanos que tomo fuerza con las Madres de Plaza de Mayo. La CHA existe hasta hoy día y su primer presidente fue Carlos Jáuregui.

La acción política que orientaba a la CHA estaba dirigida hacia la visibilización de la homosexualidad, a constituir la discriminación que estaban sufriendo los putos en un problema de la esfera pública. A su vez, la intención no era solo poder denunciar la homofobia y ponerla de manifiesto a toda la sociedad argentina; sino que la intención también era lograr que dentro del propio ambiente LGBT se sepa que estaban haciendo, y que podían formar parte de la movilización y el activismo político.

Toma potencia el concepto de visibilización, más concretamente el “salir del closet” como acción política. La enunciación del yo, del ser, el decir “yo soy gay” tenía implicancias en una democracia naciente que no registraba ni planeaba incluir al trolo como actor y sujeto de derechos.

El alfonsinismo y la restauración democrática fue una desilusión para las maricas que creyeron encontrar allí una posibilidad de representación y participación. Los homosexuales no eran reconocidos. El Ministro del Interior de Alfonsin, Antonio Troccoli, expresó en un discurso los límites de esta nueva democracia: “la homosexualidad es una enfermedad. De manera que nosotros pensamos tratarla como tal. Si la policía ha actuado es porque existieron exhibiciones o actitudes que comprometen públicamente lo que podría llamarse las reglas de juego de una sociedad…”

Para poder existir como ciudadano de una democracia, y justamente con aquella intención, era esencial el ejercicio político de salir del closet. La famosa consigna de Carlos Jauregui: “en una sociedad que nos educa para la vergüenza, el orgullo es una respuesta política.”

Cabe aclarar que la lucha por los derechos de la disidencia no era monolítica, había discusiones y divergencias. El GAG (Grupo de Acción Gay) no estaba de acuerdo con estas “enunciaciones del yo” en una categoría restrictiva como era la etiqueta “gay”. La criticaban de esencialista y reductora de las otras formas de vida sexual como el lesbianismo, el travestismo y lo que ellos reivindicaban como “no soy gay, yo soy puto” (palabras de Gumier Maier en el Porteño).

Las tensiones en torno a la semiótica de las luchas de la disidencia sexual no sucedían únicamente dentro de la comunidad queer. Otros movimientos que surgieron de la mano del retorno de la democracia y que se perfilaron bajo la consigna de Derechos Humanos, como el caso de Memoria, Verdad y Justicia, tuvieron en sus orígenes disputas con la nueva figura de la ciudadanía gay. Los putos buscaban enmarcar sus relatos en la lucha por los Derechos Humanos, frente a lo cual se enfrentaron a una resistencia por parte de la Iglesia, pero además por parte grupos progresista. Por ejemplo, Bazan[iii] reconstruye un suceso de 1998 en el cual la Asociación Gay Argentina contra la Opresión y la Marginación Social (AGAMOS) asistió a la marcha de resistencia organizada por las Madres de Plaza de Mayo. Una vez en la plaza, AGAMOS anotaron su nombre en la lista de las organizaciones adheridas al reclamo y jamás fueron mencionados en el escenario.

Anecdóticamente esta historia es relevante. Por un lado, muestra un poco las tensiones que había entre este nuevo sujeto disruptor que buscaba ingresar y poder participar en la deliberación democrática y las otras organizaciones que habían surgido simultáneamente. Y por otro lado, la anécdota vale ser escrita por su desenlace. Luego de no ser reconocidos ni por el Estado ni por la propia comunidad organizada, y tomándose en serio la consigna de la visibilización de la lucha homosexual: algunos integrantes de AGAMOS “decidieron que practicar sexo ahí mismo sería más simbólico que cualquier adhesión. [iii]” Y así fue, aquella tarde la plaza no fue una tetera, fue el escenario público de la revolución sexual.

La aparición del SIDA modifico las dinámicas del cuerpo homosexual, de su acción política y su propia vida. Se la llamaba “la peste rosa” o “el cáncer gay”. Los primeros casos se empezaron a ver a principios de los ochenta. La Iglesia no tardo en adjudicar a Dios este castigo sobre los sodomitas pecadores, quienes debido a sus prácticas amorales se merecían aquella tortura. La solución que proponían estos sectores eclesiásticos no tenía que ver con políticas públicas, con financiar la búsqueda de una cura ni por educación sexual o el uso de profilácticos. Lo único que se podía y debía hacer contra este virus que, algunos imbéciles afirman, “atraviesa la porcelana”, era evitar que los homosexuales sigan con sus prácticas inmorales.

“El SIDA puso en tensión ‘la libertad sexual’ como nunca antes lo había logrado ni la religión, ni las razias policiales, ni los modos de habitar la masculinidad o la feminidad.”[iv] El Movimiento de Liberación Homosexual y la CHA incluirían a su discurso político enunciados del orden de lo epidemiológico, lo biomédico y lo científico. A la visibilización se le sumaba el discurso de la prevención, nucleada en el uso de preservativos en las prácticas sexuales.

La cotidiana opresión del puto se vio acompañada con la discriminación por ser seropositivo. Fueron echados de sus empleos, desamparados por el sistema de salud, y marginados por la sociedad heterosexual. Alejandro Zalazar decía que “el SIDA es el mejor regalo que le ha llegado al poder”. Los “grupos de riesgo” no les eran relevantes, los putos, las travestis y las mujeres pobres eran muertes que no tenían valor, eran cuerpos desechables en la democracia liberal heterosexual.

El puto pasaría de ser una víctima de una opresión heterosexual policial a convertirse en el victimario. El portador del virus devendría en un sujeto peligroso, construcción semiótica del homosexual como un monstruo, una aberración, un leproso. Pareciera como si la sociedad debía resguardarse de los infectados y no al revés. “Nos han marginado, segregado y discriminado como si fuéramos victimarios y no víctimas de una enfermedad”[v], contaba Luis, hombre de unos 35 años, portador del virus.

El Hospital Juan Fernández de la Ciudad de Buenos Aires concentro múltiples de los casos de VIH/SIDA de los primeros años. La gravedad de las circunstancias excedía a los recursos y personas de la institución. La CHA convocaría a participar en el primer testeo que se hacía en la Ciudad de Buenos Aires sobre población homosexual en relación al VIH. Para 1989 se forma la Fundación Huésped y adquiere personería jurídica. En sus orígenes se encargaba de “darle cauce orgánico a la voluntad de solidaridad de quienes se acercaban al Servicio de Infectología del Hospital Fernández”[vi] seguido de tareas de difusión, educación, prevención, investigación y formación.

La personería jurídica significaba una conquista para este tipo de organizaciones, no solo porque implicaba su introducción formalizada en la democracia liberal; sino también porque era un reconocimiento y un pilar para poder recibir donaciones del exterior y así colaborar a la lucha contra el SIDA. La CHA tuvo dificultades para conseguirlas, creada en 1984 tendría que esperar 8 años para obtenerla. Mientras Menem, en su tour por Estados Unidos afirmaba que la Argentina era un país de libertad y no discriminación, la Corte Suprema le negó la personería jurídica a la Comunidad Homosexual Argentina. La justificación sostenía que no era deseable difundir las conductas homosexuales a la esfera de lo público, la visibilización no era pensable para la democracia heterosexual. Luego de unos retoques en el pedido, que apaciguaban la diversidad, la CHA lo consiguió en 1992.

El menemismo (1989-1999) caracterizado por exacerbar el neoliberalismo en la Argentina era el “escenario en el que la identidad homosexual/gay parece fracturarse en beneficio de las primeras organizaciones lesbianas y travestis-transexuales.”[iv] Cuadernos de Existencia Lésbica (1987), Las Lunas y las Otras (1990), Convocatoria Lesbiana (1992), Grupo de Reflexión Autogestiva Lesbiana (1992), Colectivo Eros (1993), estas eran algunas de las agrupaciones lésbicas que tomaron forma en nuestro país. Las travestis crearon otra serie de agrupaciones que incluía a Transexuales por el Derecho a la Vida y a la Identidad (1991), Travestis Unidas (1993), Asociación de Travestis Argentina (ATA) creada en 1993; y la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual (ALITT) fundada en 1994 por la referente Lohana Berkins: impulsora, junto con otras organizaciones, de la  Ley de Identidad de Género que se aprobaría en 2012.

Lesbianas y travestis tomaron el micrófono de la militancia y articularon acciones específicas en relación a sus particulares situaciones de violencia, opresión y censura; disimiles a las del varón homosexual.

El retorno de la democracia fue para las travestis un estado de sitio, la situación en relación a la vivida durante la dictadura se mantuvo incólume o incluso encrudeció. Los travesticidios se multiplicaban, crímenes de odio contra las identidades trans que terminaban en sus sanguinarios asesinatos. Una situación de vulneración, violencia y muerte que se sostiene hasta hoy día cuando el promedio de vida de las mujeres trans en argentina es de 35 años.

En 1992 Gays DC, Sigla, Cuadernos de Existencia Lésbica, Iglesia de la Comunidad Metropolitana, Grupo ISIS, Colectivo Eros y Transdevi convocaron para la primera marcha del orgullo gay-lésbico a realizarse en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el 2 de julio, en honor a las revueltas de Stonewall. Se repitió los años siguientes y desde 1997 comenzó a realizarse en noviembre en honor a la fundación del grupo Nuestro Mundo (1 de noviembre de 1967).

Estos años fueron grandes décadas de militancia para la disidencia sexual. Durante los ochenta proliferaron múltiples grupos representativos del varón homosexual, algunos de los heredaron las consignas del Frente de Liberación Homosexual y las hicieron suyas. Recién en los 90 comenzara vislumbrarse presencia de grupos de mujeres trans y lesbianas. Retomando las notas anteriores, recordamos que durante los procesos de radicalización política del pueblo durante los 60 y los 70 el maricón no entraba en el paradigma de la revolución; esta última estaba reservada para los varones heterosexuales. Algo similar sucedió durante la restauración democrática cuando la paria sexual no entraba en el paradigma de la democracia liberal. La ciudadanía estaba reservada para algunos y en ella no entraban ni los putos, ni las tortas ni las travas.

Las luchas de la disidencia sexual debieron tomar caracteres específicos y plurales. Lo queer no entraba en los metarelatos de la revolución y la democracia. Los maricones debieron trabajar para constituirse en grupos, para lograr la personería jurídica y poder lograr asediar la democracia. Una vez allí adentro las posibilidades eran otras: pensar la lucha por derechos como la Ley del Matrimonio Igualitario (2010) y la Ley de Identidad de Género (2012), pero eso ya es historia reciente y amerita una próxima nota.

 


 

[i] Sierra Julio. (mayo de 1984). El riesgo de ser homosexual en la Argentina. Revista Siete Días pp. 41-53

 

[ii] Blázquez, Gustavo y Reches Peressotti, Ana Laura. (2017). La calles es un lugar – Escenas de interaccion entre varones homosexuales y agentes policiales durante la década de 1980 en Córdoba.

[iii] Bazán, O. (2016). Historia de la Homosexualidad en la Argentina (4 ed.). Buenos Aires: Marea.

[iv] Theumer, Emmanuel. (2017). Políticas homosexuales en la Argentina reciente (1970-1990s). CONICET-Universidad Nacional del Litoral

 

[v] Selser, Claudia. (17/11/1991). El amor en tiempos del sida. Pagina 12

 

[vi] https://www.huesped.org.ar/institucional/nuestra-historia/

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