Never was a cornflake girl: anormalmente atraída al pecado

[Tori Amos. Little Earthquakes. Under the Pink. Boys for Pele. From the Choirgirl Hotel. Mujer. Empoderamiento. Belleza. Feminidad]

Excuse me, but can I be you for a while?
My dog won’t bite if you sit real still
I got the Antichrist in the kitchen yelling at me again
Yeah, I can hear that
Been saved again by the garbage truck
I got something to say, you know but nothing comes
Yes I know what you think of me, you never shut up
Yeah, I can hear that
—Tori Amos, Silent all this years

por María José Fontao (@jofontao)

Hace días que me siento a escribir esto que debe ser escrito y no me sale nada. Hace días que no lavo la ropa. No sé cómo activar ese lado de la vida: el de los buenos hábitos. Los hábitos se forman a través del tiempo y hay que darles forma y poner mucha voluntad y etc. Hace días que estoy intentando sacar adelante mis proyectos, mi vida y mi cuerpo pese al vacío, pese la pesadumbre, pese que las circunstancias no acompañan, y pese, sobre todo PESE a que uno no encaja.

Voy a exponer las condiciones de producción: estoy acostada escribiendo en el drive desde el celular, hace tres días que me acuesto en una cama desarmada, sin integridad. Las cosas están pasando y a mí me resulta terrible. No encuentro forma de establecer una relación nítida sobre el tema que quiero hablar, Tori Amos, porque ella no es parte de un sólo lugar de mi vida, integra un mito, algo un poco más homogéneo, una línea recta, un trayecto, un lenguaje: el de la intensidad sin límite.

Mis álbumes favoritos de Tori Amos son Little Earthquakes (1992), Under the Pink (1994), Boys for Pele (1996) From the Choirgirl Hotel (1998). Son los discos que acompañaron mi depresión, la salida de la depresión, la vuelta a la depresión, en donde me encuentro siempre en ese estado en el que uno no puede ni llorar, porque no siente un orto.

Tori Amos es la voz femenina que falta, que siempre se corre, que siempre se invisibiliza en la música. En Tori Amos la fuerza, el empoderamiento, se encuentra en la apropiación de la vulnerabilidad, en la demostración del dolor cómo un don vital. Uno de sus temas más conocidos es Me and a gun (en su versión acapella), un relato crudo, musicalmente silencioso y desafiante donde ella nos narra qué es lo que estaba pensando mientras un sujeto con un arma la violaba afuera de un bar de donde salía de tocar. Es esa voz, recordándote que el presente no existe, que la experiencia siempre discurre más allá de lo que está pasando acá, ahora. Esa vulnerabilidad, esa voz, por favor, qué ganas de llorar y meter la cabeza en el freezer. Tori Amos no está enojada, Tori Amos reprocha, y no reprocha a un hombre en particular, no habla de un ex novio, no ataca sólo al violador, apunta en todas sus letras al sistema y las construcciones de las identidades sexuales establecidas; se cuestiona constantemente cómo se construye una identidad sexual, cuál es el espacio de lo femenino.

Sus discos son pasajes, procesos, y creo que por eso logran calmar la ansiedad de alguien que lo está pasando cómo el ojete y que es mujer. Y hoy ser mujer es una cosa, pero antes. Bah, tampoco exagerar. Pero transitar el secundario cómo mujer hace diez años no es lo mismo que hoy, lo veo en las aulas – si, enseño literatura, y tengo jóvenes a cargo: a mí me parió una generación horrible. Mis amigas oscilaban entre la bulimia, la anorexia y la flagelación constante, y es lo que emerge en la mente de muchas, de todas las que no se vieron reflejadas en algún momento en determinado estereotipo de lo bello, y somos relegadas a la “belleza exótica o lo raro”. Siempre me han tratado de chica rara, de pretenciosa, de puta.

Tori Amos no habla de amor, tampoco son canciones que uno diría empoderantes, no dictan una gramática de estoy buenísima y no me importa estar sola. Tori hace presencia la falta y se apodera de ello para mostrar la fuerza que discurre en ella. Es la ausencia que se revierte a sí misma constituyéndose en luz – o algo energético que va más allá de lo que yo puedo comprender. En sus temas está la magia, la vulnerabilidad que constituye a toda bruja, la fuerza que se presenta en la sensibilidad. La intensidad con la que se siente y se sufre. Tori Amos puede, pudo, y lo hace. Ella se adentra en los pantanos con los ojos vendados, como en el video Cought a lite sneeze, se destruye y en esa destrucción resurge ella sola, ella sola se salva constantemente a pesar de que el mundo, la religión, el sistema atente contra su feminidad una, y otra, y otra vez.

 

En sus canciones se dice tanto, y lo que no se dice, o más bien no se puede decir, porque está dentro de la dimensión de la experiencia -o la experiencia del trauma- se gime, como una respuesta marcada, una prolongación del dolor que se manifiesta en la voz femenina que no teme gritar; una voz en la que se confunde el alarido de dolor con el deseo sexual. A Tori Amos no le importa si su música es poco amistosa al oído, en ella está lo que se dice. Es una puesta en juego del lenguaje, es una puesta en juego de la voz que no puede decir lo que quiere decir, en donde el lenguaje se desarticula y lo femenino revierte su carácter vulnerable para demostrar la fuerza en potencia que se encuentra ahí.

El otro día agarré de casualidad un libro que habla sobre la imagen de la virgen maría, y me sorprendió ver que hasta la madre de Cristo siempre es relegada a un escalón más bajo que el resto de los personajes de la Biblia. Y ahí también, en muchas de sus canciones, Tori Amos hace esto, hace decir a su voz femenina lo pagano, le pregunta a Dios si no cree que todo se le fue un poco al carajo, y si quizás no necesita la mano de una mujer. El mejor amigo de Tori Amos es Lucifer, Satán, y todo lo que habite en la oscuridad y haga sucumbir a sus pies al hombre que tiene delante y quiere ponerla por debajo. Tori Amos no necesita decir que es linda, no necesita decir que es libre, Tori Amos quiere cuestionar, y cuestiona y avanza echando gritos de dolor, mostrando el sufrimiento que revierte y repliega, como una genkidama enorme que arroja contra aquello en lo que no tiene fe, aquello que la oprime. Tori Amos no es Madonna, es verdad, y creo que por eso mismo me identifico más con ella. Quizás porque sólo aquellas personas que han pasado por experiencias como el abuso, la flagelación, los desórdenes alimenticios, y un deber ser que se impone por encima de cualquier deseo, pueden empatizar con ella.

Dentro de la industria de la música es una de las pocas mujeres que conozco que ha logrado apropiarse de canciones de hombres, y volverlas propias, atribuirles la voz femenina y eliminar el carácter masculino en ellas. Tiene un disco, Strange Little Girls (2001) que lleva ese concepto por lo bajo. Resignificar un orden, un espacio de la música, pararse al lado de Bowie, de Nirvana, de Eminem, Costello, Iggy Pop, Alice Cooper, para apropiarse de sus canciones y resignificar a través de la voz lo que una vez fue enunciado por un varón. Ella sola se otorga el espacio que merece en la música, no necesita glamour, sólo una silla mecedora, un poco de tierra y un rifle.

 

 

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