Antologías del yo: la carne y las palabras

[Hunter Schafer. Euphoria. Jules. Rue. Yo. Identidad. Antonin Artaud. Luis Alberto Spinetta. ADN. Amor. Cuerpo. Carne. Ansiedad]

“Un actor a quien vemos como a través de los cristales
La inspiración a escalones
no hay que dejar pasar demasiado a la literatura”
—Antonin Artaud, El Pesanervios

“La piedra se meció hasta ensordecer voces en mi alma.
Y tengo que regresar para comprender entre todos juntos.
Ya sé, no hay razón: lo que viste fueron girones en el aire,
un columpio fabuloso en el espacio”.
—Luis Alberto Spinetta, Domo Tu

por Conrado Rey Caro (@conrareycaro)

Me es difícil gozar en los días de lluvia, el gris de las nubes y el eterno sonido blanco de las gotas chocando contra el piso inician un trance que me apunta con el dedo buscando calar en mis aguas más profundas. Hay cosas de las que no quiero ni hablar ni pensar, burbujas que flotan a través de mi carne buscando atorarse en el endometrio de mi pensamiento y, por más que haga lo posible por ignorarlas, es cuestión de tiempo para que sus células se multipliquen y se manifiesten en nuevas formas de mi vida. Otras veces convierto el pensamiento en un juego y a partir de las pequeñas células que son las letras construyo castillos de cristal donde habita una carne de fantasía. Sigo intentando desentrañar los hábitos de mi pensamiento; desentrañar en su sentido literal: busco en mi carne el ritmo de mi lenguaje.

Últimamente estuve mirando a la luna, madre que con su fuerza gravitacional orquesta el movimiento de las mareas y el crecimiento de la vida. Estuve mirando a la luna todas las noches y desde sus patrones observe los míos: el crecimiento de mi pelo, las intensidades de mi voluntad, mi pulsión sexual y las conjunciones de la carne con la palabra. Recordé: todo se conecta, las palabras, los dibujos, lo no terminado. Toda una pulsión del inconsciente que se mueve con nosotros y a nuestras expensas.

Todo está conectado, desde la mariposa más pequeña hasta las pisadas de los dinosaurios. Y si el ADN es la matriz de información más profunda y mágica que existe puedo prometerme que una parte de todo esto está en mi. Y yo estoy en todo esto. En los árboles repletos de la basura que dejan los turistas y tengo que limpiar. En la arena con esquirlas de piedras ancestrales. En las aguas negras de este río que me devuelve reflejos mutados. En mamá y quizás también en papá. Si tan solo el tiempo no fuera tiempo quizás también vos me conociste, en algún estornudo, en algún sueño premonitorio.

Pienso en Hunter Schafer y su rol a la hora de escribir y actuar el capítulo especial de Euphoria que rinde honor a las matices complejas del personaje de Jules. Pienso en su experiencia espiritual y corporal de ser una persona trans que actúa y escribe a un personaje como Jules y agradezco la filosofía que propone desde su singularidad artística y humana. “For me being trans is spiritual, it ‘s for me, it’s mine, it belongs to me and I don’t ever wanna stand still. I wanna be alive. That’s what this has always been about, staying alive”.

De eso se trató siempre esto, de mantenerse vivo. Pero no respirando solamente, vivos en su acepción de no muertos, y hay muertos en vida. Antonin Artaud me convoca a un pensamiento sin rupturas ni distancias con el cuerpo, vivir desde cierta autenticidad. Donde las palabras coinciden con la carne, donde el cuerpo es el lienzo, el pincel y la inspiración que los atraviesa. Preámbulos de la infecciosa y recurrente pregunta por el quién soy en un océano donde mi yo es líquido y la composición química de mi ser se diluye en las corrientes de un mundo inmensamente más grande que uno.

Lograr la coincidencia del lenguaje con el cuerpo. De la palabra con la materia, esto es una pipa. “I’m here, but you are looking at a million layers of other people that I grabbed and clung to throw out my entire life, that ‘s terrifying”. ¿Cómo dejar de ser un actor en un mundo atravesado por enunciados performativos? ¿Cómo hacer con lo que hicieron de nosotros? ¿Cómo distinguir lo singular de lo sujetado? “I feel like Rue was the first girl that didn’t just look at me, she actually saw me. When i say me, i mean the me that i was talking about earlier, the me that ‘s underneath a million layers of not-me”.

Cómo relucir aquella autenticidad, aquella honestidad de la carne escondida tras fachadas de textiles discursivos en los que nos embadurnamos hasta confundir nuestro sentido de realidad. Me fascina la gente que confía en sí misma y con entraña te regala una experiencia que nace del espíritu. ¿Hay un punto de encuentro posible o es un horizonte lejano que mantiene al conejo en su trote? Aún no lo tengo claro, pero noté que en el acto del compartir artístico sucede una especie de desvanecimiento, un borrón de los cristales nacido del gesto auténtico que nos recuerda que el verbo es un lenguaje nacido de la carne.

No sé amar, perdí tanto tiempo intentando aprender de maquetas inútiles y me encuentro hoy sin comprender nada del deseo que predico. ¿Qué es el amor y qué es la vida? Por mucho tiempo las pensé como tareas del estudiante. Ama quien aprende amar. Vive quien aprende a vivir. Hoy me encuentro con nuevos símbolos y corazones partidos que me advierten de la importancia del ser verbo. Ama quien se atreve a amar, vive quien se atreve a vivir. ¿Cuándo encerré a mi cuerpo en la búsqueda de su propia cola? ¿Cuándo el objetivo se convirtió inalcanzable? ¿Cuándo la inmanencia quedó afuera?

La ansiedad mancha la memoria, la embadurna de una antología oscura que se pretende Historia, totalidad del espíritu. Debo recordarme continuamente que no hay totalidad y por tanto no hay condena. Habitan múltiples temporalidades en mi, dispongo de un reino de posibilidades. Comparto la ontología de que hay diversos presentes que se suceden simultáneamente con distintas intensidades. Deseo la fortaleza de distinguir las temporalidades del ahora de los relatos enganchados a las sombras cavernícolas de tiempos vampirescos.

Mi cumpleaños vigésimo primero me agarró bailando a Sylvester y su majestuoso “You make me feel mighty real”. La certeza de que somos vibraciones sin totalidad, como la esfera expansiva de Pascal, tomó otras dimensiones ahora que veo en mi cuerpo brotes nuevos. No hay vuelta atrás, una espada destroza los círculos eternos. Solo hace falta una célula para que la vida se respalde. Crecen nuevos miembros a lo largo y ancho de mi cuerpo. Dedos, huesos, iris, anos. Crecen sutilmente, multiplicándose, indiferentes a la mentira. Poco a poco van reemplazando a mis orejas, a mis muslos y a mi garganta. Como bailando bajo las luces las capas de Conrado cambian, se resecan, mutan la piel.

Las cosas nunca se viven del mismo modo dos veces. Escapemos de las carreras de galgos en la búsqueda de una liebre de madera, escapemos del infinito rulo de una manifestación irrepetible. Hay que atravesar los caminos habitando múltiples tiempos. Abandonar la obra acabada para que permanezca con nosotros. A veces pienso en lo afortunados que son los elefantes y su increíble memoria que vibra en temporalidades ancestrales. El ecosistema crece continuamente, los árboles de mi patio ya no son los mismos que ayer. En las cosechas se han abierto pasajes nuevos. Mi corazón es distinto. Algo que nunca sentiste, recuerdos acuarelados, sensaciones fantasmales en la piel. Filtros de papel, trazos pintados con mi lengua.

El resabio de mi sabor presente.

El continuo movimiento.

Escribir en cualquier lado, en un cuaderno gastado, en servilletas y en paredes. Sobre mi espalda y debajo de mis muslos. Escribir cuando la escritura convoca, no antes, no después. Cuando la canción llega a su punto de máxima intensidad particular a cada oído. Saber cuando no escribir, bajar el lápiz y volver al cuerpo, al continuum, al verbo. Gozar de ambas sin codiciar ninguna.

La escritura no otorga la eternidad, es un acto institutivo y hay que evitar atascarse en palabras de cristal. La pluma abre caminos y hay que ser lo suficientemente sabios para atreverse a andarlos. Las semillas germinadas de un presente hasta hace poco lejano florecen. Hoy me encuentro lejos del terror a la muerte, en los cementerios nacen brotes nuevos.

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