Apuntes para un discurso sobre la nostalgia

por Manuel Esnaola (@elnoloes84)

Hay un cuento de Luciano Lamberti que me encanta. Se llama “El asesino de chanchos”. En una parte, un personaje sin demasiada importancia hace un comentario delicioso. Dice que “el desierto de Atacama es el lugar más metafísico que conoció en su vida, porque la mente no tiene dónde reposar, los pensamientos no pueden consumirse y es enloquecedor”. Ahora que lo releo pienso que el desierto de Atacama podría ser una buena metáfora del mundo, al menos de mi mundo. Permítanme decirlo: mi cabeza debe ser estilo minimalista, porque casi no tengo mobiliario para que la mente repose y a veces se hace insoportable.

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Siempre es igual. A las siete y cuarto suena el despertador, toco una tecla, se calla por diez minutos y después vuelve a gemir. Me levanto, aprieto la pasta de dientes, pienso que las cerdas del cepillo son un poco duras, escupo, abro la canilla, agua en la cara y el maldito espejo que no acepta las ironías que le propongo. No hay caso. Me doblega, me repite, me duplica con esa soberbia de quien está seguro de que el holograma es el otro, es decir yo. Hago todo esto en calzoncillos y sin remera. Me siento bien desnudo. Es mi estado natural, aún en invierno. Creo que me gusta sentir que algo duele ahí abajo. Porque todo lo que quema es vida y la vida es dulce y dolorosamente ambigua por donde se la mire. Está bien que sea así. El calor, el frío: dos formas exactas de una sutil bipolaridad. Ayer me amaron, hoy no me aman… mañana… mañana vemos… el clavo de la incertidumbre para escocer en la ansiedad.

En el ropero tengo un pantalón azul marino, uno negro y uno gris. Casi siempre elijo el azul. No hay ninguna explicación racional para esto. Simplemente sucede. Me abrocho la camisa, la corbata que juega al ahorcado en mi cuello y después de cerrar la puerta, abro otra puerta… esa que te devuelve al mundo. Bajo once pisos en el ascensor, generalmente sin encontrarme con nadie. Después subo al auto, estaciono, subo a otro ascensor, abro otra puerta, me siento y hago, en esencia, cosas. ¿Para qué detallar? Uno tiene que hacer cosas para obtener cosas que paguen las cosas, ¿no?… y en el medio la vida va pasando como un tren incógnito en medio de la noche. Veloz, silencioso, lejano, irrecuperable.

Train 23 (Beijing-UB) - Aug 16, 2011 8-03 PM

Siempre es igual. A eso de las cinco de la tarde llego a mi departamento y me subo otra vez al ascensor con esa resignación retobada de quien aún no ha aceptado su libreto. En el espejo, nada especial. Un par de ojeras toscas, el jopo inconvincente, los ojos deshabitados. Pero hay veces que sucede algo extraordinario. Como si de repente hubiese entrado en un terreno mágico, ahí nomás, frente a mis ojos, aparece la poesía en todo su esplendor. Un moco pegado en la puerta corrediza, el rastro de grasitud de una mano marcada en el vidrio, seguramente producto de un buen manoseo nocturno; un par de “rocklets” desparramados sobre la alfombra de goma; la luz difusa que por momentos se apaga y se vuelve a prender, como en esas películas de terror que veíamos con mi hermano cuando éramos chicos; las huellas digitales (el sudor de las huellas) en el tablero numérico delatando los pisos más concurridos; el cara de culo del tercero con su chalequito inflado que seguramente se cepilla a la rubia del doce; la ilusión momentánea de encontrar a alguno de mis amigos con esa expresión cómplice de quien también debe “vivir en lo sucesivo”; el trapo de piso olvidado en el palier como un tótem de que todavía hay algo que existe y respira el aire impalpable de los sueños. Ahí es donde mi mente puede encontrar reposo. ¡Chau desierto de Atacama!: en bolas, el frío o el calor que arden desde el parquet, las ventanas como acuarelas que brillan en medio de la noche y un infierno de voces sobre mi espalda, pero escribiendo.

Una última cosa. Es mentira. No existe una palabra que nos salve. Pero tampoco estoy seguro de que realmente-exista-algo-que-nos-salve. Quizás habría que poner en duda el enfoque de nuestras desesperaciones. No sé… se me ocurre que en lugar de una salvación podríamos, mejor, buscar una condena, algo que nos aferre a la ficción de tener que traducir el mundo, hoy mismo, inventando a ciegas un lenguaje… Una huella que indique que al menos pasamos por acá: tristes, indiferentes o extasiados… pero cargando con nuestra nostalgia alegremente, como si fuera una amante.

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