¿Hacia un mapeo actual del arte? O como nos sentimos en este siglo XXI

[Arte. Estado del arte. Internet. Cultura. Crisis económicas. Posverdad. Realismo especulativo. Boris Groys. Arte en flujo. Steyerl. Los condenados de la pantalla. Walter Benjamin. Reproductibilidad]

“Life is so crazy these days
I don’t know how to adjust
Are we the master or slave?
Do we need passion or lust?
—Tutti Frutti, New Order

por Gonzalo Zanini

¿Qué pasa cuando alguien está preocupado por algo en una revista digital? Nada, probablemente. La decadencia cultural propia de severas crisis económicas a punto de estallar o ya estalladas y reventadas con los escombros desparramados por todos lados como paisaje generacional da cuenta de eso: nadie necesita de la cultura para sobrevivir. Pero cuando alguien está preocupado por algo y quiere decirlo en una revista digital (y además, como si fuera poco, cultural), no responde esa nada archiconocida que representa el vacío y la inmensidad silenciosa y desolada. Se trata de una nada que encarna el mismísimo caos, la mismísima indiferencia cargada siempre de sobreinformación. Estamos hablando de nada menos que de todo aquello que puede llegar a permitir Internet. Ya saben, su capacidad de conexión, y esos diabólicos e increíbles apóstoles que son las nuevas plataformas digitales y las propias redes sociales.

Toda una revolución, bla, bla, bla. Por supuesto. La estamos viviendo.

Así que nadie necesita de la cultura como tampoco nadie necesita del cinturón de seguridad cuando te estás hundiendo en el auto luego de haber sobrevolado un puente. Es decir que se trata de una cuestión de perspectiva, con contradicciones a tener en cuenta (que de hecho es lo único que interesa: qué contradicciones puede tener la realidad para poder entenderla /*/).

/*/ ¿Pero qué mierda pasó con la realidad?

(y cuantas preguntas filosóficas demasiado trilladas ¿no? Pero bueno) Hay una nueva camada de chicos malos que piensan que la realidad está totalmente separada del sujeto. Se deja a un lado la centralidad del ser humano como hacedor de la realidad. Tipos como Ray Brassier, Graham Harman y Quentin Meillassoux forman parte de esta corriente filosófica llamada Realismo especulativo.  Son bad bad boys que pelean con los grandes de la filosofía: Kant, Hume, Leibniz. Y lo hacen para dar cuenta que la realidad puede ser entendida lejos del accionar del ser humano. Cuál es la propuesta: se puede acceder a  la realidad a través de objetos, a través del arte, a través de las matemáticas.

Hay que partir de la concepción de una realidad (muy sanamente) inhumana que trata de decirnos que muy poco tiene que ver el ser humano con lo que pasa alrededor suyo. Y parece un mensaje aliviador que hace que las opiniones de personas como Greta Thunberg no nos pese tanto. El ser humano puede dejar de existir: la realidad, hermosa como es, puede seguir su curso.

Pero siempre es bueno recordar que solo a los filósofos les importa su filosofía.

Hacia la germinación de la imagen capitalista que es muy, muy mala  

Para una realidad bombardeada por imágenes que pone en juego el papel del arte (del arte en todas sus disciplinas) y por lo tanto su capacidad de representatividad de necesidades y valores de un momento, ponernos en papel de filósofos especulativos no es el camino más adecuado.

Para Boris Groys, en su libro Arte en flujo, la aparición de Internet hace que los criterios del arte se pongan en jaque. Aquello que hace que un objeto sea artístico, que valga la pena publicar, mostrar en un museo, colgar en una pared, está librado al azar lejos de los parámetros tradicionales que sirvieron en su momento para legitimar una obra de arte. Estos parámetros tradicionales son, según Boris Groys, la creatividad, la originalidad, el compromiso político, etc. Bueno, con la aparición de Internet  todos estos parámetros quedan fuera de juego: sirven muy poco para entender qué es y qué no es una obra de arte. El Internet se transforma así en una gran ensalada cultural donde conviven manifestaciones de arte en un nivel tan democrático como también cansador. ¿Realmente nos tenemos que bancar los poemas despechados de Pepe? ¿Hace falta ver los dibujos primerizos de Pepa con su amor a Dragon Ball Z? Boris Groys dice: “En Internet, el arte y la literatura no adquieren un marco fijo e institucional como ocurría en el mundo cuando aún estaba dominado por lo analógico: aquí la fábrica, allí el teatro, aquí la bolsa de valores, más allá el museo. En Internet, el arte y la literatura operan en el mismo espacio que la estrategia militar, el negocio turístico, los flujos de capital y todo lo demás. Google muestra, entre muchas otras cosas, que en Internet no hay barreras.” (p.198) /*/*/

/*/*/ Aunque desde la perspectiva de Hito Steyerl

es mucho más que un derrumbe de barreras. El arte contemporáneo que nos atraviesa  va a estar caracterizado, según la autora, por el propio capitalismo de desastre que está atravesando la economía. De esta forma, el arte contemporáneo logra tomar una posición geopolítica en diversas partes del mundo, en contra del dominio clasista y burgués, para formar núcleos de resistencia a través de la propia facilidad de distribución del arte. En el libro Los condenados de la pantalla, Steyerl dice que el arte contemporáneo está “involucrado en la búsqueda de materias primas para fabricar procesadores de doble núcleo. Contamina, gentrifica y  viola. Seduce y consume, y súbitamente se aleja rompiéndote el corazón. De los desiertos de Mongolia a los altiplanos de Perú, el arte contemporáneo está en todas partes.”(p.98)

El insoportable de Walter Benjamin, con su agudeza teórica, es el primero en poner en debate el papel del arte dentro de los engranajes de su propia aniquilación: la pérdida del aura. Es decir que el arte como lo conocemos está por desaparecer para dar espacio al arte fugaz, multiplicable, fácil de masificar y distribuir por todas partes. Sin llegar a saber qué es Internet, Benjamin logró explicar con otras palabras la forma en que el arte puede ser masificado, puesto en un bowl enorme donde caben todas las representaciones artísticas sin necesidad de hacer referencia a una tradición cultural canonizada y delimitada.

Y sin necesidad de un presagio apocalíptico, ya que Benjamin disfrutó del cine y de la fotografía, aquellas artes paganas y reproductibles, lo que plantea el autor alemán (propuesto así en un super-mega-reducido resumen de este redactor) es la llegada del capitalismo al arte. El texto La obra de arte en su reproductibilidad técnica no es otra cosa (aunque la verdad sí, es una millonésima de otras cosas más) que el capitalismo renovándose para acceder a nuevos modos de mercancía. Por lo tanto el arte puede ser envasado, multiplicado y además mercantilizado. Por supuesto señor, el arte, se vende. Muchísimo. Benjamin lo entiende en tanto imagen: la fotografía y el cine crean copias que pueden ser parte del universo de consumo (y por lo tanto del universo de explotación que conlleva el trabajo de ese producto para fabricarlo y luego consumirlo /*/*/*/)

/*/*/*/ Un poco confundidos quizás.

El mensaje de alguien preocupado que quiere decir algo en una realidad aparentemente inhumana, donde el arte ya no es un arte que puede ser legitimado por un dedo profesional, canonizado,  y encima con altas posibilidades de ser fagocitado por el mercado, por su indiferente mercantilización, y por la ensalada de fruta agridulce que es Internet, es un mensaje que corre el peligro de desaparecer rápidamente y  está lejos de conseguir respuesta humana alguna. Hito Steyerl se encarga de analizar el papel del trabajador artístico en la actualidad. El libro Los condenados de la pantalla parte con un artículo que explica la pérdida del horizonte para estas generaciones. Pero no una pérdida de horizonte al estilo tío/tía quejándose de la barbarie de los jóvenes y de sus peinados raros y su bisexualidad. En cuestiones casi existenciales, Hito Steyerl propone la pérdida de un horizonte lineal que supo orientar con herramientas tradicionales a los sujetos a lo largo de los siglos. Pero ahora, ese mismo horizonte, está bajo la política de la verticalidad, de la caída libre. Lo que sucedía antes era que el horizonte lineal guiaba nuestras miradas hacia una sola dirección, un solo curso del tiempo, un solo camino en el cual se planificaban objetivos que iban hacia un mismo sentido. El horizonte no-lineal de la actualidad es un todo multilateral, que puede mirar en °360 y que provoca, en un desdoblamiento de planos, una obvia caída libre. En palabras de Steyerl, se trata de una caída “sin reserva hacia los objetos, abrazando un mundo de fuerza y materia, carente de toda estabilidad original, que desencadena el repentino shock de la apertura: una libertad espantosa, absolutamente desterritorializante y siempre desconocida. Caer es tanto decadencia como liberación, una condición que convierte a las personas en cosas y viceversa.” (p.31)

Entonces estamos destinados a caer. Y mejor si duele. Mucho mejor. Porque dentro del campo del arte lo que toca como trabajador y trabajadora goza de la misma peligrosidad y trasformación contingente.  En un artículo de Los condenados de la pantalla, Steyerl sigue iluminando con sus palabras: “Hemos de afrontar el hecho de que no hay automáticamente un camino a la resistencia y  a la organización para el trabajo artístico. Que el oportunismo y la competición no son una desviación de esta forma de trabajo sino su estructura inherente. Que esta fuerza de trabajo nunca jamás marchará al unísono, excepto quizá cuando baila al ritmo de un video viral imitando a Lady Gaga.”(p.102)

Digamos que si Benjamin no se hubiera suicidado con una dosis letal de morfina en el cuarto de un hotelucho español, y digamos que si el Estado alemán lo hubiera criogenizado como a Sylvester Stallone en Demolition Man para descongelarlo en pleno siglo XXI, diría sin dudarlo que las cosas se fueron un poco de las manos. Y claro, Benjamin diría que es totalmente insulso prestarle atención a algún tipo de preocupación que provenga del mundo de la reproductibilidad, del calabozo bien iluminado que es Internet. Asi que probablemente todo haya sido en vano. Y la caída libre, esa caída libre que nos espera, sea la mejor opción.

 

 

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