Atrapados en la cultura del colapso

[Cultura del colapso. Fin del mundo. Pandemia. Internet. Juventud. Futuro. Pasado. Neoliberalismo. Y2K]

por Augusto Villareal (@tovarish.pantera)

La naturaleza del arte es un tópico polémico que implica casi siempre pararnos en una cosmovisión del mundo: el arte es un producto humano de la cultura, y según qué y cómo entienda a la cultura, puedo ver el arte de diferentes maneras. Desde la llegada del Siglo XXI se ha escrito mucho sobre cuál es el rol del arte en el desarrollo de la cultura occidental que le siguió a la llegada del Internet. Es decir, el rol que ocupa la velocidad, los nuevos patrones estéticos, los nuevos lineamientos humanos y las nuevas reglas de diseño y participación en la cual todos nos encontramos inmersos y que determinan un ser-cultural diferente al que vivieron las generaciones pasadas y cuya rápida mutación hace que sus transformaciones sean constantes y hagan que incluso una diferencia de escasos años pueda marcar paradigmas culturales totalmente diferenciados.

También mucho se ha hablado de la idea de una cultura del cambio y la transformación: los constantes y vertiginosos cambios tecnológicos y societarios hacen que una característica central de la cultura sea la necesidad de acostumbrarse a esos cambios, lo cual lleva a una reconfiguración de nuestra relación con el pasado. No es el pasado ya el baúl de lecciones importantes mecánicamente trasladables al presente con las cuales puedo saber cómo actuar (como en antes) sino que el pasado más bien aparece como el lugar donde puedo compararme e interpretar, según qué me interese, el futuro. Pero aparte de estos cambios, también me atrevo a pensar que existe un elemento central que no debemos pasar por alto, y que la pandemia del 2020 no hace más que exacerbar: la cultura del colapso.

¿Qué es la cultura del colapso?

El Siglo XXI arranca con lo que podríamos llamar el colapso fundante: el temor por el Y2K, la idea de que tras el 1ro de enero del año 2000 los relojes de todos los aparatos tecnológicos colapsarían, llegarían a un final provocando una reacción en cadena donde todo el mundo, altamente tecnificado con las herramientas digitales, quedaría devastado. Durante gran parte de la década de los 90 se fue cocinando esta teoría conspirativa que pronto adquiriría el status de media verdad: desde los europeos tecnofobicos hasta la clase media argentina esperaba expectante este gran cataclismo. Negocios que ofertaban bunkers para sobrevivir al posible apocalipsis de Y2K, videntes que prometían tener verdades que salvarían la vida de familias enteras o escritores que narraban ficciones de posibles historias del apocalipsis, el Y2K se sedimentó sobre la cultura popular y fue arraigando los primeros gérmenes de la cultura del colapso.  Lo cierto es que llegado el 1ro de enero del año 2000 nada paso y todo continuo como si nada.

El colapso surge en el subconsciente colectivo como el miedo que viene a reemplazar el peligro de la destrucción mutua asegurada por la guerra nuclear de los bandos hegemónicos de la guerra fría. El miedo nuclear desaparece de la cultura mientras un nuevo crisol de peligros emergieron para reemplazarlo: apocalipsis zombie, invasión alienígena, meteorito que destruye la tierra, pandemia, colapso societario de la mano de gobiernos corruptos, y el que terminó definitivamente desbancando a todos, la tecnofobia desatada con la hipótesis del Y2K. Miedos de esta índole hicieron que, literalmente, comencemos el siglo en una mezcla de miedo y entusiasmo.

Así fue como apareció toda una cultura de producciones relacionadas a posibles colapsos  del mundo. La edad dorada del Apocalipsis Zombie vio en el acto de la supervivencia una aventura épica. La norma fue, en términos crudos y horribles: boy bands para las chicas, fin del mundo cargado de violencia para los chicos, en los años donde la industria cultural prefería cómodos y estrictos códigos de género que abarataban costos de marketing.

Con el boom de la cultura digital de internet y el que probablemente fue la transformación tecnológica más grande de la historia de la humanidad, el miedo a la tecnología y a la naturaleza dio lugar a una sensación aún peor: el colapso está dentro de nosotros. El colapso societario no sería culpa de nadie más que de nosotros mismos. Y a este cambio la cultura lo procesará de una manera particular: el avance de un globalismo habilitado por internet contrastó con un regreso de la realpolitik nacionalista que culpaba a los extranjeros y las culturas diferentes de nuestros problemas. Con los ecos del miedo aparecieron los Build the Wall! en Estados Unidos que convertía a sus vecinos mexicanos en enemigos y el miedo a los inmigrantes en Europa que alimentó una extrema derecha que aún hoy va ganando fuerza. La relación entre la cultura del colapso y nuestra realidad política es tal vez más clara de lo que en un principio parece, pues no existe ningún elemento que permita más radicalizar el presente que el miedo a no tener futuro, hecho que nos hace aferrarnos incluso a las promesas más descabelladas. La ultra-derecha mundial viene a proponer un futuro que, aunque nos parezca repugnante, parece tener sentido en millones de personas que sufren de este desencaje temporal que implica no poder proyectarse en el tiempo. El miedo al fin del mundo, que en gran medida era uno de los síntomas del Zeitgeist del realismo capitalista que convierte al mundo en lo ajeno, encontró su catalizador ya no en fantasías apocalípticas, sino en lo cercano de la política identitaria. Pero lo que nos hacía soñar con el fin del mundo, nunca se fue, sino que quedó adentro nuestro esperando otra oportunidad.

Lo que llamo cultura del colapso no es una serie de ideas particulares en relación a uno o varios posibles fines apocalípticos de nuestra sociedad, sino lo que considero una actitud hacia nuestro ambiente, hacia nuestro entorno social. La cultura del colapso es la idea subyacente a las tendencias y modas de la cultura digital moderna sobre que el fin de todo esto está cerca, de que el futuro no es proyectable y la inevitable temporalidad de las cosas. Somos una generación que crece sin futuro y donde ningún proyecto de sociedad parece imponerse, tal vez efecto de la hegemonía neoliberal que individualiza todos los fenómenos sociales, pero que en definitiva no se piensa a sí misma, tan solo experimenta con sus propios elementos.

Nuestro propio fin del mundo personal

Con esto presente, la llegada del fin del mundo temporada 2020 apareció diferente al resto. La pandemia, primer domino de lo que se percibe como una gran cadena de desgracias que vienen a ser lo que significa el año 2020, es nuestro fin del mundo en vivo y en directo. No tanto como singularidad, sino más bien como aceleración de procesos: hoy más que nunca el mundo parece roto ante la exacerbación de sus problemas previos (la desigualdad y el desastre medioambiental entre muchos otros) y la necesidad de arreglarlo causa tanto terror como inspiración.

La hegemonía neoliberal que centra su atención en el individuo y disgrega los mecanismos colectivos de acción, condiciona hoy y seguirá condicionando por décadas aún la forma en la que afrontamos estos problemas. Disociarse, alejarse mentalmente de la realidad que me asfixia, es el mecanismo predilecto de una generación conflictuada: fantasear con escapar, el consumo de drogas psicoactivas en cantidades peligrosas, la angustia producto de la ansiedad y la depresión son solo algunos de los síntomas. Esto no quiere decir, ni por cerca, que la potencialidad política de nosotros sea inútil, la aparición del feminismo como catalizador de demandas de la juventud sin duda está reactivando parte de ese potencial. Pero el marco está claro: no somos dueños de nuestro futuro ni de nuestro mundo, y 2020 llega para confirmarlo: el colapso ya no da miedo, parece hasta imposible, somos primero nosotros los que caeremos.

Memes de esta índole, comenzados en lengua anglosajona pero rápidamente exportados a las culturas locales en español, son también síntoma de algo: nos disociamos del pasado por la impotencia del presente. Parte de la nueva cultura del colapso está nutrida por esta idea, la añoranza de un pasado poco claro y una proyección a futuro nula. Nuestra cultura del colapso es hoy diferente al resto: ulta tecnificada pero sin perspectivas tecnológicas a futuro (a diferencia de las promesas de la carrera espacial de antaño), ultra globalizada pero altamente localizada, especialmente presente y sin embargo tan poco explicitada en nuestros códigos culturales: aparece de a ratos en los productos que consumimos de manera difusa, cuando queremos hablar del presente y el futuro colectivo que nos condiciona.

Aun así, no todo está perdido. Nos enfrentamos a una oportunidad única para resignificar la cultura del colapso de una manera especial, de adquirir en los patrones de nuestra cultura elementos claves que le den potencial político a nuestros dolores y problemas colectivos, hoy estamos ante una avalancha de reclamos en distintas claves que dotan de nuevo de perspectiva al conflicto y de contenido a lo naturalizado. Gran parte de este artículo y de mi vida como escritor está basada en esa posibilidad. Ser conscientes del rol central que la cultura del colapso juega en nuestra cosmovisión cultural, de las realidades adversas que acompañaron a la formación de nuestros paradigmas societarios, es un buen paso hacia poder transformar radicalmente nuestra realidad y nuestras pretensiones. No subestimemos el lugar que ocupan nuestras fantasías, que son resultado de espacios de posibilidad que habilitan nuestras sociedades, en nuestra forma de ver al mundo. Zizek decía que nos es más fácil ver el fin del mundo que el fin del capitalismo, y tal vez sea hora de cambiar ese orden.

 

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