Automatización y confusión: de la escritura al gesto técnico

[Automatización. Tecnología. Aplicaciones. Algoritmos. Escritura. Celular. Gesto técnico. Araucaria. Watson. IBM. Manolo Rodríguez. George Floyd. Google Docs]

por Mateo Servent

Mientras manejaba solo por el centro de Córdoba me di cuenta de que hablaba solo. En realidad, lo que pasaba era un poco mas que eso. Aunque no seria extraño suponer que estaba maldiciendo el embotellamiento de autos, lo que hacía era anotar algunas impresiones y recordatorios para prestarles más atención luego. Utilizando la función de dictado del celular registraba las notas para este ensayo y también diagramaba borradores posibles. Sin la necesidad de siquiera tocar el aparato, le pedía que procesara lo que le decía en un texto, que ponga las comas y los puntos cuando era necesario, que responda las consultas que me surgían a partir de búsquedas automatizadas en internet. El celular, por su parte, me avisaba si en algún momento lo que decía no se había entendido para que lo repitiera.

De un modo similar sucedía hace algunos siglos atrás cuando les escritores le dictaban a sus secretaries. Pero sin embargo estes desarrollaban, en principio, un trabajo mucho más amplio, hacían más que volver en formato escrito lo oral – o procesarlo-. Su trabajo incluía otra forma de consulta, como la búsqueda de interpretaciones holísticas de los argumentos e ideas, el intento de perfeccionamiento del texto, y la adecuación del formato a los requerimientos de la situación – si era una carta o una poesía o lo que fuera -. Tareas subjetivas que al día de hoy no han alcanzado a automatizarse, a pesar de que hay proyectos en vistas a ello, como el programa Araucaria de diagramación de argumentos, o Watson, una inteligencia artificial de IBM que puede mantener conversaciones en lenguaje natural gracias a una extensísima base de datos.

El caso de la tecnología especifica que es el celular resulta paradigmático, vemos cómo a las personas, sin lugar a dudas, nos ha simplificado tareas. E incluso las transformaron, reduciendo el gasto de tiempo que nos lleva escribir una oración, enviar un mensaje o salvar una duda. Pero al mismo tiempo, tomando el caso del dictado, puede guardar el audio de cada frase en una base de datos bajo la promesa de un perfeccionamiento de la tarea, operando como un dispositivo de control que almacena todo lo dicho alguna vez por una persona y, además, dada la débil seguridad informática actual, sitúa en una posición vulnerable la información registrada. Así, siempre con una actividad, el celular en particular y la tecnología en general actúan como una acción que incide en nuestro medio como un gesto técnico.  

De tal modo, en este plano, la obsolescencia se vuelve tal en la medida que un gesto técnico ve reducida su incidencia relativa en el medio, sea esto por una condición interna o externa a la propia actividad, sea cual fuere. Eso ha sucedido, como se puede advertir actualmente, con las prácticas mecanográficas, y, salvo pequeñas excepciones, de igual manera viene sucediendo con los textos en papel.

 Ahora bien, está claro que los “avances tecnológicos” y las nuevas tecnologías, como los celulares inteligentes, vienen acompañadas de la formación de innumerables sucesos negativos para la sociedad, que resultan un foco de crítica extendido y están asociados a la “gubernamentalidad algorítmica” que propone Manolo Rodríguez en su articulo titulado de la misma forma, por ejemplo. Pero lo que interesa aquí es la otra cara de la cuestión, el por qué a pesar de todo ello continuamos utilizándolas, o mejor dicho por qué puede resultar difícil no utilizarlas en el marco de nuestras sociedades.

Para ello quizás resulta oportuno recuperar un hecho particular de las protestas antirracistas en contra del brutal asesinato de George Floyd sucedidas en EUA hace algunos días. Entre las herramientas de organización colectiva más potentes de las que se valieron los manifestantes, una en particular les permitió desde la difusión de libros sobre racismo y la coordinación de donaciones y recursos hasta el acuerdo de pasos a seguir frente a los ataques de gases lacrimógenos por parte de la policía y de protocolos de sanitización exhaustivos. Sorprendentemente esta tecnología fue un procesador de textos, Google Docs. La aplicación se convirtió en una herramienta de resistencia gracias a su función de trabajo colaborativo en línea, permitiendo a cualquier persona ingresar a un documento abierto sin la necesidad de que se identifique y dándole la posibilidad de editar o agregar información también de manera anónima desde múltiples dispositivos. Uno de los Google Docs más populares que surgió fue “Recursos para la rendición de cuentas y acciones para vidas negras“, que presenta acciones concretas que las personas pueden tomar para apoyar a las víctimas de la brutalidad policial.  De esta forma, las nuevas tecnologías permiten espacios de denuncia u organización nuevos que antes no se daban.

March For Our Lives – Washington, DC

De todas maneras, esto no es una veneración a tal tecnología – que puede tener apropiaciones disimiles- ni mucho menos a la “benevolencia” de la empresa que la posibilita. Pues los frutos de la tecnología pueden llegar a presentarse como si fuesen autónomos a ellas, como si fuesen parte de un proceso natural. Cuando no solo no es así, sino que todo lo contrario. Google Docs, además de recolectar en cantidades monopólicas el “recurso más valioso”, lo que en otras palabras es datos que luego se convierten en inmensas ganancias [1], implementa una estrategia mercantil que, bajo el aprendizaje de su software específico, busca fidelizar a los usuarios.

Con todo, vemos que las tecnologías, mediante la automatización de tareas, efectivamente dan lugar a nuevas prácticas que podrían denominarse como emancipatorias, pero el problema está en a quiénes beneficia y en qué medidas lo hace. En este sentido, tal como proponen varios autores, un gesto técnico es el medio de una solución, pero depende para quien: porque no solo puede haber excepciones (personas no beneficiadas) sino que incluso puede llegar a perjudicar la vida a alguien más y he aquí un asunto central.

Quizás, entonces, así como al lenguaje en algún momento se le quito su velo de objetividad ligada a cierta neutralidad, se presenta como posibilidad un suceso similar con los procesos tecnológicos, conformados por patrones y regularidades metaestables – que pueden serlo como no serlo- antes que por reglas estrictamente delimitables. De lo que se trataría, en tal caso, es de una politización de los usos y, por tanto, de los beneficios, cada vez más dispares, que suponen.

 


[1] Lo que da lugar a pensar, siguiendo a Manolo, que atravesamos una nueva etapa de acumulación y que podríamos estar ante un nuevo proceso de acumulación originaria, donde todo el tiempo se generan unidades económicas a partir de cosas que no parecen que sean trabajo, pero, en efecto, todo el tiempo generamos datos que son mercancías.

 

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