Autopsia al capital: trabajo y extraterrestres

 [Capital. Trabajo. Aliens. Pornografia. Cuerpos. Karl Marx. Cristina Morini. Por amor o a la fuerza. Feminización del trabajo y biopolítica del cuerpo. Fordismo. Postfordismo]

por Gonzalo Zanini (@gon.zanini)

¿El capital tiene una productora porno?

Esto es una clase básica de economía. Usted tiene la cara cansada. Los ojos cansados. La mente ocupada en algo más interesante. Al frente, a unos metros, una persona señala que hay dos formas fundamentales de entender el capital: 1) el capital como un excedente beneficioso para la sociedad; y 2) el capital como el origen de la desigualdad. Entender el capital así, sencillamente esquematizado, abre la oportunidad de analizarlo en la intimidad que puede surgir con el sujeto. Una intimidad que llega al punto de ser casi pornográfica: se puede afirmar que el capital, en un carácter multiplicado y multiforme, orquesta una gangbang con el sujeto contemporáneo 2.0 que hace que tenga todos los orificios ocupados y todas las extremidades ejecutando alguna actividad. La faena se da en un acto de exhibicionismo y de manipulación corporal y mental absoluta. El capital no funciona solo en el plano económico. Atraviesa subjetividades, se olvida de todo determinismo para encontrar un hogar cálido en cada espacio público y privado de la vida social.

(Aclaración: lo que pueda saber yo de economía es lo mismo que puede saber un cascarudo de la existencia de agua en el planeta Marte. Por lo tanto me inclino a la teoría social que existe en torno a conceptos como el capital.)

Lo que sucede es que la mayor parte de las ideas que prevalecen en una época (en este caso, capital bueno/capital malo) forman parte de procesos sociales que determinan el comportamiento de los sujetos. Hablar del Capital Malo no es solo considerar la plusvalía y la lucha de clases: es identificar los sueños colectivos de un grupo de personas; es la voluntad de diagramar un enemigo, de observar el poder que se concentra y se abalanza; es creer que el capital puede ser mal invertido y salir perdiendo; es sostener que el trabajo es un bien común; y un largo etc. Lo mismo que hablar de Capital Bueno no es solo hablar del libre mercado: es entender el enriquecimiento como una fuerza de espíritu individual; es adorar la mercancía diseminada en cada aspecto de la vida; es ver la sociedad con un orden distinto, siempre favorable de acuerdo a la acción que se tome; es creer en el dinero como un sistema redituable para el mejor postor; y un largo etc.

Cuando se piensa en el comportamiento de los sujetos, en la energía humana que generan a través de los modos de amar y odiar, de invertir su tiempo en trabajo remunerado y no remunerado, de entender y desentender el mundo, construyendo los lazos de una trama social que la actividad humana va reproduciendo a lo largo de la historia, hay algo que siempre se invierte a cambio de una cosa (una cosa-objeto, una cosa-material como también una cosa-emoción, una cosa-sensación, una cosa-pensamiento). Ese intercambio, al menos en estos tiempos, esta mediado por el capital. Es importante entender que un concepto analítico como el capital, en términos de Marx, utilizado dentro de una propuesta teórica que justifica la explotación del sujeto por el sujeto, se vuelve un concepto capaz de estructurar las subjetividades de las personas.

Marx nunca será un reptiliano

Un programa de History Channel diría a eso de las tres de la mañana que el capital es una creación alienígena, una suerte de arma biológica depositada en el planeta tierra alrededor del siglo XVIII para que la raza humana acelere su propia aniquilación. Que afuera, en donde habitan las estrellas y las nebulosas, hay naves monitoreando el crecimiento del capital con gráficos interactivos que muestran la decadencia del humano. Por lo que debería verse a Karl Marx, a la mismísima eminencia de la lucha de clases, como el Fox Mulder o la Dana Scully de Los expedientes secretos X. Como aquel cuasi loco de teorías disparatadas que trata de alarmar a todo el mundo sobre la amenaza de algo poco visible y justificable pero real.

Así que supongamos que el capital señalado por el filósofo alemán, entendido como aquel que se origina en la separación de los medios de producción de sus productores directos (separación que permite al empresario adueñarse de los medios de producción para exigir la fuerza de trabajo de los ex-productores directos devenidos en proletarios) es un capital alienígeno que goza de ser un cuerpo extraño no identificado que invade la interacción de los sujetos con el fin de colonizarlos. La historia del siglo XIX en adelante, con los procesos de industrialización, de acumulación y concentración de capital privado, de trasformación y evolución de nuevas tecnologías, sería por lo tanto el recorrido del capital humanizándose, volviéndose corpóreo hasta el punto de adueñarse de nuestros pensamientos, de nuestra forma de amar y sentirse cercano a alguien, de nuestra forma de invertir el tiempo con el fin de diagramar el resto de nuestras vidas.  Es el virus invasor no-humano inoculado en nuestras conductas y en nuestras formas de ver el mundo. Como plantea la gran socióloga italiana Cristina Morini en Por amor o a la fuerza. Feminización del trabajo y biopolítica del cuerpo (2014): “Hoy es todo más ambiguo que en la época fordista. […] Si en el pasado la máquina era externa al cuerpo humano, hoy nos enfrentamos a la dimensión, al menos potencial, de una máquina-cuerpo-cerebro o de un cuerpo-mente que engloba la máquina, lo que resulta funcional a la acumulación contemporánea.”. La evolución del concepto de máquina tiene una larga tradición en la teoría marxista y fenomenológica. No hay tiempo para explayarse. Pero si es interesante aclarar que la idea de maquina en el siglo XXI está basada en la biopolitica del cuerpo y la mente: el sujeto es el propio engranaje que da cuerda al sistema. El sujeto entendido como ser emocional, sensitivo, cerebral. No la fábrica. No la oficina. No la computadora.

Hay algo que asfixia y viene de adentro mío

El planteamiento ficticio de un capital alienígena, de un Karl Marx cazador de aliens, serviría para entender lo intrínseco a nuestra experiencia que se volvió el capital. Cómo pasó a ser algo ajeno a volverse carne y pensamiento, parte constitutiva de pensarnos como sujetos.

Cristina Morini se encarga en su obra de explicar el capitalismo avanzado y las nuevas formas de trabajo introduciéndose en la explotación de cada aspecto de la vida del ser humano.  En el libro citado anteriormente, la autora dice lo siguiente: “Se manifiesta aquí la puesta en valor del cuerpo o, en términos más generales, la puesta en valor de la vida (sentida, sexual, corpórea) del sujeto como fruto de las relaciones económicas del capitalismo maduro, marcadas por las mercancías y por el paso visible del trabajo «de la fábrica a la sociedad»”. La propuesta de Morini (que se encuentra dentro de las posturas manifiestas del neo-operaismo y el aceleracionismo) es que la fábrica perdió sus límites físicos, su contención estructural en donde el capitalista podía explotar al sujeto dentro de un marco temporal y espacial, para así convertirnos nosotros mismos en una fábrica de producción y reproducción del capital: la fábrica somos nosotros, la fábrica es el cuerpo, la mente, la sinapsis de nuestro cerebro carburando con un fin económico.

Heredando un concepto foucaulteano, Cristina Morini plantea que la sociedad capitalista moldea los cuerpos como si fueran envases a los que se le otorga las regularidades dominantes de una época, en donde la ley, la estética, el poder, los sueños colectivos, las modas, las normas sociales dan forma al sujeto contemporáneo de acuerdo a las necesidades económicas de la sociedad. Ayer era el operario en una línea de trabajo, obligado a permanecer en su lugar para ajustar una tuerca del motor de un auto; hoy es un freelancer en su bicicleta saliendo a trabajar con toda “libertad” a la hora que le convenga guiado por el celular. Siguiendo con Morini: “Los cuerpos contemporáneos son, en definitiva, el espacio donde actúan conscientemente «aquellos invasores de cuerpos» que son capaces de condicionar comportamientos, conductas y estilos de vida de un modo tan invasivo que se encuentra en el límite de lo aceptable”.

¿Cómo terminar entonces, de una vez por todas, con la productora porno que controla de manera alienígena el cuerpo-mente de la raza humana? ¿Cómo detener la invasión alienígena llamada capitalismo? ¿Cómo dejamos que nuestros cuerpos se volvieran campos de lucha económica, pozos petroleros de ganancias? ¿Por qué es tan seductora nuestra sinapsis, nuestra actividad cerebral, para el capital?

Quizás este ensayo deba quedar inconcluso.


Bibliografía:

_ Morini, Cristina, “Por amor o a la fuerza. Feminización del trabajo y biopolítica del cuerpo”, Traficantes de Sueños, Madrid, 2014.

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