Brion Gysin: el Dadá no murió

por Patricio Pérez (@sandiaconqueso)

La historia me juzgará por no ser un erudito sino un laburante con un pasatiempo. Más de una vez me han sorprendido en el escritorio del laburo enganchado en Wikipedia sobre los hábitos reproductivos del bisonte o la constitución nacional de tal o cual país báltico. Pero cuando hablamos de temas un poco más actuales, es fácil meter la pata y nunca haber investigado lo suficiente para ser hip

Ahora que ya abrí el paraguas, arrancamos. 

Lo poco que leí sobre Brion Gysin, sobre el cual va a tratar esta nota, me pareció digno de mencionarse. Vamos por partes. Británico-canadiense, polifacético, empresario frustrado, artista en el más amplio sentido de la palabra: creador de una nueva forma de concebir el arte basada, en cierta medida, en el poder del azar. Clips de sonido recitando entre toses un poema llamado “Stop smoking”; cuadros con la inscripción “los oficiales de la guerrilla deben ser poetas”; un verdadero dolor de huevos para cualquier académico que quiera hablar de disciplinas artísticas en estado puro. Un innovador crónico, bah. El único tipo al que William Burroughs jamás respetó, y sobre el cual yo puedo intentar un breve relato que en una de esas termina siendo interesante. Tentemos a la suerte.

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Año 1954. La bohemia occidental se daba cita en 1001 Nights, un restaurante en Marruecos que agrupó en su momento a artistas como Max Ernst, Picasso, Iggy Pop, Bowie, Kerouac y Allen Ginsberg; rodeados por acróbatas y comedores de fuego y musicalizados por la visceral world music de los míticos Master Musicians of Jajouka. El restaurante era propiedad de Brion Gysin, que lo tuvo por cuatro años antes de fundirse. Podemos imaginar que en una de esas noches éste tuvo una conversación con su amigo y aprendiz, Bill Burroughs, durante la cual Gysin diría su frase contundente: “la literatura está 50 años atrasada respecto a la pintura”.

Al escuchar esto, probablemente cualquiera de nosotros hubiera quedado boquiabierto, y luego comenzaría la avalancha de opiniones cual asado en tiempos de campaña política. “Que lo tiró”, diría uno, cortito y al pie. “No sé si es tan así”, declararía el omniprescente escéptico hinchapelotas. “Son cosas distintas”, diría el tibio conciliador.

burroughslebovitz

Vaya uno a saber qué respondió Burroughs. No veo que el viejo suscriba a ninguna de las tres categorías, y probablemente se hubiera excusado al baño a inyectarse apomorfina. Pero me gusta pensar que en el momento se quedó callado, masticando una respuesta a medio camino entre el “tenés razón”, el “¿tantos años che?” y mi favorito personal, el “habría que ver qué podemos hacer”.

Cuatro años después, en un hotel de París llamado (por ninguna puta casualidad) Hotel Beat, Gysin estaría trabajando sobre una mesa recortando papeles de diario con una navaja de afeitar. Mezclaría unos y otros, yuxtaponiendo textos con imágenes, cuerpo con ilustración, párrafo con copete, en la primera gran orgía sudorosa y errática del periodismo gráfico desde Tristan Tzara, que hizo lo propio metiendo recortes en una boina. Gysin lo hacía, quizás, por el sadismo de someter a la prensa escrita a la merced de su pluma desbaratadora; pero después se dio cuenta de que, en cierto sentido retorcido, la mezcla heterogénea tenía su cohesión. Y su cadencia. Gysin llamó a esta vieja nueva técnica “cut-up”, que rodaría como una bola de nieve por todas las artes del momento, dejando en cada obra la impronta que no es nunca de un solo autor, y en el más extremo de los casos es de todos y de nadie.

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Acaso muchos años después de que Bill Burroughs se erigiera como una especie de faro de la generación beat, se empezó a hablar de este elegante y misterioso Brion Gysin, la mente maestra detrás de la forma de narrar curiosa (éste es el adjetivo más liviano que se me ocurre) de Naked Lunch e Interzone.

Para otros, Gysin era sólo un “yonki con dinero y mucho tiempo libre”. Y sí, uno puede alegar que todo lo había ideado Tzara, cosa que es cierta; pero en ninguna medida sirve para desestimar la capacidad creadora del británico. Basta recordar acá los cuadros que provocaron su expulsión de una muestra surrealista a su corta edad de 19 años (el resentimiento hacia Breton lo marcaría de por vida); una obra de pintura basada en caligrafía estilizada de los alfabetos japonés y árabe; y, quizás lo más delirante, la llamada Máquina de los Sueños, que Burroughs describe como “elaboradas construcciones geométricas increíblemente intrigantes que se definen en imágenes individuales y escenas poderosamente dramáticas como brillantes y coloridos sueños”.

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En todo caso, no hay que desestimar su herencia. Porque el redescubrimiento del Dadá se convertiría, en los años de la cibernáutica, en una verdadera “democratización de la escritura”, que ahora podía basarse en cosas antes impensadas como permutaciones y algoritmos – trabajo que iniciaría el mismo Gysin, que poseía una computadora personal en los ’80.

Ahora sí podemos citar ejemplos de una amplitud inabarcable, desde los Beatles (¿alguien sintió nombrar al Carnival of Light?) hasta el Kid A. Innumerables artistas todavía por conocer que se alimentan de esta nueva filosofía basada en una adoración al azar y a la diseminación. Y acercándonos al día de hoy: ¿qué es el glitch sino ese golpe artístico que ansía y aprovecha el martillazo de un error informático? ¿Qué son sino los nuevos géneros musicales (vaporwave, por ejemplo) que están construyendo su objeto artístico en torno a una nostalgia cibernética, haciendo música con los sonidos de los primeros Windows? (Sí, leyeron bien, nostalgia: y todavía mi abuela que no quiere hacerse un Facebook).

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Cut-up: un arte basado en el recorte, en la coyuntura anárquica, en la demolición del autor; obras que desestiman la Gran Obra en un mundo de leyes cada vez más inestables, cuyo único criterio parece ser la velocidad o la obsolescencia.

Y bueno. No me miren a mí. Yo termino esta nota y a otra cosa mariposa. Si no fuera por Gysin, me sentiría enormemente presionado por la necesidad de haber escrito la Gran Reviú de los Tiempos Cambiantes.

Mejor salgo a ver dónde puedo comprar La Voz y un par de tijeras.


 

 

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