Entre Bugs Bunny y la moral

[Bugs Bunny. Alberto Fernandez. Para leer al pato donald. Ariel Dorfman. Armand Mattelart. Correcaminos. Heroe. Antiheroe]

por Gabriel Salgado (@gabiisalgado )

Hace algunas semanas Alberto Fernández se peleó con Bugs Bunny en una charla junto a Pepe Mujica. Sus declaraciones surgieron de un artículo sin terminar que hablaba de los dibujos animados como herramienta de control social. Los periodistas/opinólogos/twitteros tomaron como bibliografía de referencia el libro “Para leer al Pato Donald” de Ariel Dorfman y Armand Mattelart y fue ahí donde empezaron a surgir las primeras malinterpretaciones. En primer lugar, el escrito de Mattelart y Dorfman analiza los cómics, no las animaciones de Disney. Y en segundo, está lejos de ser una tesis académica. En realidad es un ensayo que invita a los lectores a hacer una revisión sobre las ideologías e intenciones detrás de los cómics de la época. Sin embargo, y aunque las palabras de Alberto encuentran algún sustento en grandes sociedades entre las empresas de entretenimiento y los gobiernos (recomiendo leer este hilo sobre el tema), se abrió un debate mucho mayor: la identificación se produce a niveles psicológicos o morales más que por influencia del consumo masivo de los medios de comunicación; porque, a fin de cuentas, son esas las historias que consumimos.

La discusión parece ser como la del huevo o la gallina. ¿Nos sentimos identificados con el modelo de viveza del Correcaminos porque los medios de comunicación y los dibujos animados forman parte de un mecanismo de control social o nos encontramos en las acciones del Correcaminos porque es lo que cualquiera de nosotros haría?

A la primera respuesta podemos buscarla en la dicotomía Héroe/Antihéroe. El héroe representa a la figura del bien, al correcto. Es el personaje al que todos sus actos lo llevaran indefectiblemente a la gloria y no puede tomar decisiones moralmente erróneas porque él es honrado en toda su alma. Un héroe nunca podrá actuar inmoralmente, ni podrá tener decisiones desacertadas. Toda decisión tomada en un momento de máxima presión va a ser decidida gracias a la inquebrantable honradez o al fabuloso deber moral del héroe, de lo contrario este personaje nunca logrará la canonización. Se le exige al protagonista acciones que coincidan con su nobleza. Es lo que se espera de él. Lo cual hoy es una virtud inalcanzable por cualquier persona promedio. La gente se equivoca. Todos nos equivocamos.

Entonces es cuando aparece la figura del antihéroe. La definición de diccionario y sacada de Google dice que es un personaje central que no posee las tradicionales cualidades heroicas y que es admirado por algo que la sociedad considera una debilidad. Bien, perfecto, a diferencia del héroe, este personaje cree que lo que hace en algún momento le podría dar beneficios y, en esa toma de decisiones, no tiene en cuenta las consecuencias. Este personaje también puede ser agresivo y obstinado, puede opinar lo que quiera y transgredir las normas. En definitiva, puede hacer lo que considere necesario para lograr su objetivo sin cargar con el deber ser o el intentar hacer.

El foco en las producciones de los últimos años estuvo en resaltar estas figuras, estos personajes; acá un repaso breve (perdón por los spoilers):

  • Breaking Bad: un profesor de química con cáncer que produce metanfetamina para poder darle un buen futuro a su familia luego de su muerte.
  • House of cards: un político corrupto, asesino, manipulador, encubridor que mira a cámara y te convence de sus actos.
  • You: un psicópata acosador que justifica sus actos en base a sus inseguridades.
  • Joker: un psiquiátrico que defiende sus acciones debido a traumas infantiles y la falta de medicación.
  • V de Venganza: un revolucionario que secuestra, tortura a una mujer, explota un parlamento, y es tomado como un ideal.

Todas estas ficciones nos ponen en la incomodidad de estar del lado del antihéroe, haciéndonos juzgar y reprobar las acciones de los héroes en la historia. Empatizamos con Bugs Bunny, el Correcaminos, Walter White o Frank Underwood. Escondidos tras una máscara o maquillaje, con el rostro descubierto o siendo un dibujo, no nos identificamos con la imagen, sino con las acciones. La atribución de razones legitimas a un comportamiento nos permite acercarnos más al otro y empatizar. Cohen [1] conceptualiza esta identificación como un proceso en el que el espectador reemplaza su identidad personal y su rol como miembro de la audiencia con los de un personaje. Se da un proceso afectivo (es decir, empatía) y cognitivo (es decir, evaluación de objetivos, motivos, etc.). Los espectadores poseen “una afinidad hacia el personaje que es tan fuerte que se creen la historia al punto de crear una empatía y comprensión de los sentimientos que experimenta el personaje y de su motivos u objetivos”.

De hecho, un estudio de la doctora en psicología Maja Krakowiak para la Universidad de Colorado explica que juzgamos a los personajes ficticios por sus hechos e intenciones del mismo modo que lo haríamos en la vida real. Cuando miramos un programa de televisión, las (malas) decisiones que toman los personajes tienen más probabilidades de ser perdonadas si creemos que tienen una buena razón para su comportamiento. Son las justificaciones a nuestros pensamientos más oscuros como “yo haría lo mismo”. O incluso cuando pensamos que su accionar está justificado en haber tenido un mal día o por haber tenido una infancia dura. Todos los medios están justificados si el fin es algo mayor. Pero ¿cuándo nos desenamoramos de esta idea?

El límite de nuestra identificación con el antihéroe somos nosotros mismos, es nuestra vida cotidiana. Cuando la realidad supera la ficción. En el momento en que las acciones de quien creemos un (anti)héroe nos afectan a nosotros es cuando la imagen empieza a debilitarse e inicia un conflicto de intereses o, mejor dicho, justificamos las acciones de un antihéroe en un relato de ficción pero no permitimos tales actos en la realidad cuando se trata de nosotros. La viveza del Correcaminos para esquivar las trampas implica que alguien más la reciba, la venta de droga de Walter White nos parece loable para ayudar a su familia hasta que vemos las consecuencias, las decisiones de un político nos parecen acertadas hasta que la plata no nos dura hasta fin de mes. El placer culposo que tenemos cuando en la pantalla matan a alguien porque lo llevó a la televisión para burlarse de él, termina cuando la realidad supera a la ficción.

Y está perfecto que así suceda, porque nos obliga a replantearnos nuestros actos y pensamientos. Disponemos de la capacidad de discernir la realidad de la ficción y poder juzgar o impedir los actos de los demás mediante nuestra escala de valores. La empatía y la justificación por la maldad quedan en la televisión. Entonces el principal problema no está en que los medios de comunicación y los dibujos animados nos hagan creer que ser un estafador está bien o que ser un vivo que pase por arriba es lo correcto. El problema es que ese límite entre el bien y el mal se borre, que la realidad supere la ficción. O que las confundamos. Ahí es cuando las noticias se llenan de falsos pensadores mal interpretando los mensajes.


[1] Cohen, J. (2001). Defining identification: a theoretical look at the identification of audiences with media characters. Mass Communication and Society, 4 (3), 245-264.

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