Cahiers de la sugestión*

*Oda a la hipocondría. Sí lo soñé.

por Antonella Saavedra (@PezPost)

Cuando acostumbraba a anotar las cosas que soñaba para luego tener material para escribir, pasaba meses sin recordar nada al despertar o bien me daba ese insomnio nunca acabado, jamás productivo. Dejé de hacerlo y volví a dormir plácidamente y a tener pesadillas bellísimas. Tres veces pude escribir a partir de sueños: nunca un cuento, simplemente un abstract insoportable, una sinapsis amarga de una película que no existe. Ideas volátiles. Es lo que se siente al usar un corpiño con arco que se rompe, apuñalando a la portadora sin piedad, bajo una teta. El equivalente a tener todas las palabras posibles en-la-punta-de-la-lengua. Cuando pintás con acuarela, te pasás de agua y cagás el dibujo. Un asco.

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A lo que voy es que hace no mucho, estaba leyendo el último libro de Haruki Murakami, “Underground”. Es un libro de entrevistas a personas comunes y corrientes que de alguna manera se vieron afectadas por el tremendo atentado con gas sarín al subte de Tokio en 1995 a manos de la Secta Aum Shinrikyo. La mañana del 20 de marzo, en cinco lugares del metro se liberó el gas mortífero dejando 13 muertos, 50 heridos graves y más de 1000 personas con problemas crónicos de respiración y vista. Es un libro imprescindible y plasma de una forma magistral la mentalidad del japonés tipo. Porque los japoneses son más que historias extravagantes en los medios, como el tipo que robó 200 asientos de bicicleta de mujeres para olerlos y lamerlos (lascivia aparte). De cualquier manera leer tantos testimonios de gente hablando de lo mismo se torna denso, por eso al libro lo tengo a la mitad. Lo dejé de leer porque una vuelta me pasó de compenetrarme tanto que, leyendo en el colectivo, me mareé, me empezaron a arder los ojos y sentí un profundo dolor de cabeza. Ningún loquito dejó gas sarín en el bondi de la línea 63 de Coniferal. Era mi cabeza. Cerré el libro y abrí la ventanilla. Me dije “la puta madre, no puedo estar somatizando con tamaña gilada”. Llegué a casa y caminé por la cocina, enojadísima. Me quejé de mi percance, de la sugestión en la misma bolsa cayeron las personas hipocondríacas. Mi madre y hermana hacían como que me escuchaban asintiendo con la cabeza como cada vez que salto con alguna queja mal fundamentada o absurda. A veces pienso que puedo plasmar en un pentagrama lo que hacen con la cabeza cuando hablo mucho y se fue la conversación al carajo, sería un compás de 4/4. Retomando lo de los hipocondríacos, según mi criterio, si se pasearan por los hospitales (cuidados intensivos o tan sólo la sala de espera de oncología) se dejarían de joder. Dije “se merecen que los rocíen con residuos patógenos y los dejen secarse al sol”. Bueno. Admito que en mi intolerancia fui demasiado lejos. Sin embargo en el discurso de la sociedad burguesa del siglo XVII en adelante se instaló un imaginario alrededor del acceso a la medicina como símbolo de aristocracia. Increíble cómo la retórica del cuerpo enfermo mutó hasta estéticamente. La escena es la de un enfermo recluido en habitaciones pulcras y selladas casi al vacío, sin luz solar. Criadas por doquier, varios médicos, incluso manicomialización del sano, palidez e ictericia. Prótesis, sillas de ruedas, debilidad. Recuerdo la película que pasó Cartoon Network hasta el hartazgo durante mi infancia, “El Jardín Secreto” (1993). Una nena huérfana llamada Marie iba a vivir con su tío, un personaje oscuro y en apariencia malvado, y su primo Collin. Era un pendejo malcriado que por “débil” nunca había salido de su habitación y vivía enfermo. La pequeña Marie lo incita a Collin a salir a jugar en secreto, al jardín oculto. El recluído debilucho aprende a caminar, se convierte en un nene sano y el padre deja de ser un ogro distante. Es muy usual haber crecido en los ’90 y haberla visto.

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Con la hipocondría es el efecto placebo a la inversa: creen tanto en la enfermedad que acaban por enfermarse. Te das manija tanto con algo, que cuerpo y mente entran a alucinar. La sugestión es maravillosa.

Esa misma noche que despotricaba con mi mamá, soñé con un régimen totalitario en el cual la hipocondría era declarada como un “mal burgués”. Cada persona que expresara sentirse mal o tener alguna dolencia sin manifestar síntomas que pudieran ser comprobados por observación, comenzaba a ser perseguida y confinada en alas especiales de los hospitales psiquiátricos. Así de lejos llegó mi fantasía anti-hipocondría. Después la condimenté más rumbo al trabajo, en el colectivo. La historia devino a distopia futurista amarga. Seguía más o menos así: apenas inició la persecución, no había una fuerza especial de la policía dedicada a ello. Eran simples policías o detectives a los que se les daba la tarea de investigar y atrapar gente. Investigaban sobre todo a psicólogos y psiquiatras, y los increpaban con violencia. Los amedrentaban para que les confesaran secretos que debían quedar bajo confidencialidad entre el médico y el paciente. También hacían pesquisas en las guardias de los hospitales, para detectar posibles hipocondríacos. Por lo general los doctores de las guardias debían atender bajo permanente observación de dos o tres policías. En cuanto “detectaban” a uno, lo inmovilizaban con camisas de fuerza, con un salvajismo indescriptible, sin ningún reparo. Llegaba un punto en el que fueron prohibidos los medicamentos de venta libre en las farmacias y kioscos de barrio (como las aspirinas, antigripales o analgésicos para golpes leves o dolores de cabeza). El ibuprofeno estaba prohibido. Eso marcó un antes y un después, porque comenzaba a circular un mercado negro de analgésicos, guardias clandestinas en los barrios y claro, persecución a los farmacéuticos. Los focos de resistencia eran fuertes en un comienzo, pero la situación se recrudecía en poco tiempo al aumentar las detenciones arbitrarias. Los números de personas internadas crecieron exponencialmente. Había “pogroms” para hipocondríacos con linchamientos masivos y fosas comunes.

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No existía quien controlara el abuso policial, ni cuestionara su juicio, como si los policías fueran sabuesos entrenados para detectar la no-enfermedad. Había una suerte de manual implícito de cacería: ciertos rasgos que posee el hipocondríaco tipo que debía ser encerrado por el bien de la sociedad y el Régimen. Como Cesare Lombroso, que postulaba que ciertas asimetrías corporales eran típicas de los criminales, lo mismo en este caso. Un semblante decaído, un poco de palidez o de tos eran suficientes para que te encerraran. Cualquier semejanza con el “Código de Faltas” cordobés, es pura coincidencia. Llegaban a los verdaderos hospitales personas en avanzado estado de enfermedad o incluso agonizando. La medicina en todo su permanente avance quedaba en un esfuerzo fútil, sin sentido. Se volvía algo totalmente plausible morir de gripe, como ocurría hace siglos. En definitiva: clínicas sin pacientes, doctores sumidos en la pobreza buscando otros medios para subsistir porque ser médico además tenía una impronta de peligrosidad encima. Nadie quería correr riesgos, razonablemente. Los medios hablaban de una pandemia de hipocondríacos aunque quedaba claro que era un modo de control social insertando una enfermedad inexistente. Para cuando iba saliendo del laburo me había cansado de pensar en lo mismo. Decidí que la historia terminaba con la conformación de un Frente de Médicos y Enfermeros Rebeldes y Auto-convocados aliados al mercado negro de farmacéuticos exiliados. Iniciaban una guerra civil, el pueblo se levantaba en armas contra el Régimen y un poco se terminaba el mundo. Fin.

A esto lo escribí porque un día alguien me dijo “nunca vas a poder producir nada a partir de un sueño, así que mejor te rendís con eso”. Lejos de sentirme ofuscada, sólo recordé que el surrealismo es un constructo artístico todo bajo la premisa onírica. Y por lo maravilloso de la sugestión, de dejarse llevar.

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