Angustia y eyaculaciones precoces: el deseo en el capitalismo

[Capitalismo. Sexo. Psicopatologías. Internet. Redes sociales. Bifo Berardi. Mark Fisher. Deserotización. Viagra. Sexting. Pornografía. Cuerpos]

por Conrado Rey Caro (@conra.do)

Pleno inicio de los nuevos años veinte y el planeta se ve asediado por una amenaza biológica de dimensiones ínfimas. Es en estos meses de aislamiento que las miradas se volcaron sobre el internet y las nuevas tecnologías llenaron los carritos de mercado libre. Frente a la dificultad del contacto humano y el encuentro físico el uso de internet aumentó aún más de lo que ya exageradamente consumíamos sin crisis sanitaria global. A mi criterio la cuarentena sirvió, entre tantas cosas, para echar luz sobre la recurrente relación entre los sujetos contemporáneos y el espacio digital. Esto va para los niños de los 90 y los del 2000, nuestras formas de vida están enraizadas con las plataformas digitales y las nuevas dinámicas relacionales que ellas posibilitan. La cuarentena también es un buen espacio para hacer introspección y de ahí nace este breve intento de reemplazar el psicoanálisis por un ensayo sobre cómo el capitalismo e internet tienen la culpa de que no sepamos cómo vincularnos.

Como generación podemos acordar que el espacio digital ya no se puede limitar a una computadora, sino que es un territorio que ha asediado gran parte de nuestras cotidianidades burguesas. En los últimos quince años se dio un pasaje de lo analógico a lo digital que impactó en las formas de relacionarnos con el otro. El celular se convirtió en una extensión del cuerpo, tener Whatsapp descargado es condición elemental para establecer comunicaciones, el mundo del teletrabajo licua las barreras entre horarios laborables y horarios de descanso, los memes se traducen en memoria colectiva, el proceso pedagógico se intenta realizar a través de plataformas de streaming, la publicidad se personaliza escondiéndose en nuestros bolsillos, el mundo de las citas financia aplicaciones como Tinder y Grindr que mutan las dinámicas en las que pensamos el sexo y el amor, la sobreexplotación que sufren los trabajadores precarizados de los call centers, entre otros aspectos de nuestra era caracterizada por el control del capitalismo sobre el internet

Un desarrollo breve de la historia nos muestra que la elaboración de comunicaciones descentralizadas fue sostenida por la industria bélica estadounidense y de la URSS durante la fase de coexistencia pacífica de la guerra fría. La carrera armamentística entre aquellos dos polos del poder mundial enmarca la creación de lo que en los años ochenta conoceríamos como internet. Junto con la creación y venta de la computadora doméstica se crean las redes privadas que ofrecían servicios de juegos y noticias a las familias norteamericanas. Hacia finales de la Guerra Fría el comunismo como alternativa posible muere y, mientras una década terminaba, los años noventa nacían. Paralelamente a la constitución del capitalismo como el orden global, la recién parida red de redes pasaría a mano de la recién creada World Wide Web que inaugura y ofrece a los usuarios una nueva forma global de internet abierto. De aquel árbol genealógico es posible el surgimiento de las posmodernas manzanas de Eris que son los grandes monstruos económicos de Google, Facebook, Instagram y demás.

El ingreso crudo del espacio digital a nuestras formas de vida caracteriza este momento histórico como “la era de la información” donde todo está disponible a un clic de distancia. Las contracaras de tan noble desventura es que, por un lado, la masividad de información a la que nos vemos enfrentados convierte nuestra atención en una propiedad escaza; y, por el otro, la información a la que uno tiene acceso equivale a la información de uno mismo que centros privados convierten en data-mercancía. Esta sirve para la construcción de algoritmos que te muestran publicidad personalizada, para organizar campañas políticas adquiriendo un rol central en el juego democrático, entre muchos otros destinos del big data.

Noticias, foros, publicidades, tests de personalidad, algoritmos, fake news, tweets, videos, reposts, comentarios, carteles luminosos, sonidos envolventes, todos estos elementos y más compiten por nuestra atención constantemente. Convivimos en un espacio sobrecargado de estímulos y flujos comunicacionales que aceleran nuestro ritmo cardiaco y la forma en la que percibimos el tiempo. El aumento de diagnósticos de trastornos de concentración podría tener algo que ver con esta nueva temporalidad acelerada que hemos construido: existe una dificultad de prestar atención, nuestra piel no es capaz de procesar todo lo que es arrojado a nosotros y aquel todo pretendido majestuoso por algunos baby boomers termina siendo nada en concreto, solo espasmos visuales de 7 segundos a 280 caracteres.

Este cambio de temporalidad se traduce en las esferas de la cultura y del sexo. Bifo y Fisher comparten la noción de una cultura deserotizada donde la inmediatez y la ganancia  convierten a la obra en un producto de “replicación industrial del signo artístico”[i] que se reproduce una y otra vez dada la incapacidad del capitalismo de crear algo nuevo. Existimos en una sobreestimulación constante que convierte a la atención en un bien de consumo y la mide en la balanza de la oferta y la demanda. De la experiencia del cine y de alquilar películas pasamos a la inmediatez de las plataformas de streaming online donde el consumo cinematográfico se estandariza en modelos narrativos reciclados que reaparecen en tu lista de recomendados una y otra vez con distintos colores: el boom de los remakes y live-action es un claro ejemplo.

“La intensidad y precariedad de la cultura del trabajo del capitalismo tardío deja a las personas en un estado en el que están simultáneamente exhaustas y sobreestimuladas. La combinación del trabajo precario y las comunicaciones digitales conduce a un déficit de atención”[ii]. Hay gente pensando críticamente estos fenómenos y muestran cómo con la música sucede algo similar, se pasa de la experiencia de adquirir un álbum y escucharlo completo en toda su propuesta conceptual una y otra vez, a una industria musical que le rinde culto a plataformas como Spotify y centra su producción en la creación de singles que logren entrar al Hot100 de Billboard atrapando a los usuarios en los primeros quince segundos de la canción para no perder su attention span.

La deserotización de la sexualidad

Suena redundante, pero este fenómeno cultural de la deserotización se manifiesta también en la sexualidad, “el arte de la seducción toma mucho tiempo, y según Berardi, algo como el Viagra responde no a un déficit biológico, sino a uno cultural: desesperadamente cortos de tiempo, energía y atención, demandamos soluciones rápidas” [ii]. Del mismo modo que la inmediatez ingresa en la producción cultural lo hace en nuestro cuerpo y deseo.

El sexting me parece un ejercicio que muchas veces se traduce en una ausencia de comunicación y lenguaje. Sostengo esto sin ánimos de caer en conservadurismos que atan la idea de buen sexo al amor matrimonial y heterosexual. Quién no ha mandado nudes y lo haya disfrutado que tire la primera piedra. La intención de retomar estas ideas es identificar cómo en el universo de la sexualidad se está perdiendo la sensibilidad y se tiende a caer en prácticas e interacciones preconfiguradas donde el cuerpo del otro desaparece. “La imaginación sexual actualmente se halla revestida por las superficies lampiñas de la imagen digital. La primera generación digital está mostrando síntomas de atrofia emocional a raíz de esta desconexión entre el lenguaje y el sexo”. Bifo da unos pasos más adelante y sostiene que “se habla de sexo en todos lados, en los medios, la publicidad, la televisión; pero en el sexo ya no hay espacio para hablar dado que se ha desconectado del lenguaje. El sexo es ahora una especie de balbuceo, tartamudeo, murmullo o grito desganado. Las palabras se están secando”[iii].

Esto último que menciona Bifo sobre la sequedad del lenguaje en lo erótico creo que puede pensarse con la industria multimillonaria del porno. La pornografía sucumbe a dos fenómenos paralelos, por un lado produce imágenes estandarizadas de hombres activos de un metro noventa y de mujeres con proporciones de muñeca que aparentan estar sedientas por el abuso de poder. Y por el otro comienzan a aumentar las búsquedas de categorías pornográficas de lo más diversas, generalmente afectadas por la cultura popular. En 2019, por ejemplo, Pornhub publica un estudio de los términos más buscados y en aquel resumen anual aparece la búsqueda de porno alienígena, del videojuego Apex Legends, ASMR y de cosplay. Podríamos interpretar la esporádica popularidad de este tipo de categorías como “una promesa rápida y fácil de una variación mínima sobre una satisfacción que es familiar” [ii].

El capitalismo contemporáneo se caracteriza por la producción en serie estandarizada del cine, de la música, del porno y de nuestro deseo. La masturbación aparece como un rito desesperado por serotonina, rápido como tomarse un Ibuprofeno. Como consecuencias de una era donde el capitalismo lucra a través de la constante explotación mental y secuestro de información para la modelización de perfiles de consumidores no debería sorprendernos que las enfermedades mentales sean la epidemia de nuestro siglo. “Los síntomas individuales de esta epidemia son el estrés constante de la atención, la reducción del tiempo disponible para los afectos, la soledad, la miseria existencial y luego la angustia, el pánico y la depresión” [iii].

Otro de los causantes de estas nuevas formas de psicopatologías estrechamente vinculadas con los procesos económicos-políticos es la competencia como principio organizativo de la vida social. El capitalismo tardío se sostiene en la idea individualista de la competencia y esta tiene consecuencias sobre los sujetos y las formas en las que se dan los vínculos. Ahora con la cuarentena parece que la discusión por el encuentro con el otro tomó fuerza, y el reclamo público se engloba en una sensación de “angustia” producto de no poder concretar el contacto. Pero el declive en la conexión con el otro no es nuevo, considero que el hecho de que se haya podido sostener un aislamiento relativamente efectivo por tanto tiempo debe su origen también a cierta predisposición de los sujetos a la individualidad.

Considero que todo sentido se construye batallando y este ensayo no tiene intenciones de caer en un conservadurismo que milite un retorno a formas previas de relacionarnos. Todo lo contrario, las políticas del cuerpo que se están poniendo en discusión en el debate público orientan la batalla hacia una reconstrucción del deseo y del encuentro con el otro. El porno feminista es un ejemplo posible de agenciamientos que reivindican otros tipos de cuerpos y prácticas a las que el mercado les suele negar la categoría de deseable. La invitación de estos espacios es salir de esquemas y algoritmos que estandarizan y mercantilizan el placer para abrir nuevos espacios posibles de goce que rebosen de lenguaje. Frente al constante bombardeo al que se ve enfrentado el deseo, este se atrinchera y propone fugas improductivas que no estén al servicio de nadie más que de sí mismo.


[i] Berardi, F. (2013). Félix: Narración del encuentro con el pensamiento de Guattari: cartografia visionaria del tiempo que viene. (1 ed. ed.). Buenos Aires: Cactus.

[ii] Fisher, M. (2018). Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Caja Negra Editorial.

[iii] Berardi, F. (2017). Fenomenología del fin: sensibilidad y mutación conectiva. (1a ed. ed.). Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Caja Negra.

 

 

 

 

Comentarios

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

You may use these HTML tags and attributes:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>