#14 Carta de Amor Total

[Carta de amor. Amor. Canciones. Historia. Quarks. Vida real. Papa Noel. Crecer. Tiempo. Infancia]

Autor: Pablo Durio (@pablo_durio)
Ilustrador: Fafo Ferrao (@fafoferrao)

Entonces, tengo que escribirte una Carta de Amor Total porque yo puse las reglas del juego y este es mi castigo, una carta que es un único fuego artificial negro disparado en una noche cerrada como la boca del océano. Una carta que hable de vos solo para dejar pistas sueltas entre los caracteres que son y no son mi galaxia. Un conjunto de estrellas entrelíneas a las que alguien podrá arrancar para terminar de desmontar este cielo. El cielo que yo construí sobre nosotros para estar a salvo porque amar a alguien es mantener a raya al apocalipsis.

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Te da miedo crecer pero no sabes por qué                             

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Lo cierto es que tampoco puedo acompañarte mucho, esto tiene que ser rápido y agotador, tiene que dejarnos sin aliento al borde del camino hechos un bollito mientras las nubes anuncian su conspiración con la forma de una tormenta de verano porque vos decís que yo hablo como si nunca-hubiera-más-tiempo. Crecer en realidad es comprimirse. Es la gravedad haciendo un papel ridículo en su primer borrachera con vino blanco tironeandonos de todos lados al mismo tiempo. Es algo en el centro del pecho a donde va a parar lo que no vuelve. Es decir, crecimos viendo la tele, creyendo que podíamos ser superhéroes y salvar al mundo, que podíamos ser el antihéroe de la pose irónica y la pierna sobre pared y las frases disparadas como lenguas que se vuelven cuchillos, que podíamos ganar una carrera de Fórmula Uno, tener un reloj que fuese al mismo tiempo un micrófono conectado a nuestra Base de Operaciones Secreta, que podíamos escribir el universo desde cero, que cada uno de nosotros pilotearía su propio robot solo a la espera de que llegara el día en el que juntos armaríamos uno más grande y mejor para vencer a un lagarto gigante con la cabeza deforme que lanza rayos por los ojos y espuma por la boca, que sacaríamos la espada de la piedra o que ocuparíamos al menos un lugar en la mesa redonda del Elegido, que seríamos el mejor jugador de tenis del mundo, que venceríamos al Miedo del que sabíamos por un libro que tomaba la forma que más nos aterrorizara, pero no pasó. Un día nos enteramos de que Papá Noel y los Reyes Magos y el Ratón Pérez eran solo la punta del iceberg. Y que la vida que llevaban nuestros papás iba a ser nuestra vida: la vida de las colas en el supermercado, la vida de las cuentas que nunca cierran garabateadas en un papel sucio, la de los amores que ya habían sido designados para nosotros incluso antes de decir una palabra al respecto, sobre ese deseo preconfigurado, la de los placeres pequeños, la de lavar los platos, ir al dentista, jugar a comprar cosas para decorar la casa o probar recetas nuevas. Sostener con resignación la versión más triste del amor y de la amistad que se nos presentara. Que eso era a lo que todos se referían cuando decían Vida Real. Y que crecer es, entonces, un duelo permanente por las vidas posibles que ya no podremos vivir. 

Y sin embargo muchas veces quise contarte que yo no tengo miedo a crecer. Es decir, estoy convencido de que crecer es, de algún modo, encontrar tu propia voz, encontrar los amuletos que puedan protegerte de la burocracia de la Vida Real, aprender de memoria los conjuros que te envuelvan en un campo de fuerza lo más inmune posible a lo que sucede allá afuera, aprender a decodificar las señales que se esconden en las campanadas que marcan la hora de una iglesia lejana, escuchar el murmullo constante del viento, atesorar la estampita que lleve tu imagen preferida y que pueda ser proyectada al cielo como si de pronto se formara un arcoíris sobre nuestras cabezas y un cohete sin tripulación lo hiciera estallar en mil pedazos. ¿Te imaginás? Lloverían colores como vidrios diminutos y la luz los atravesaría a todos mientras se expande dentro nuestro una sensación de fatalidad propia de un cuento de hadas. (De hecho, una Carta de Amor Total es también un cuento de hadas en el que las flores rotas tienen nombre, las princesas usan borceguíes y los príncipes no pueden evitar sufrir resaca y siempre llevan su armadura a medio poner, en el que los peluches preferidos se convierten en monstruos reales que se interponen entre nosotros y nuestros miedos cuando alguien olvidó cerrar la tranquera que los mantiene a una distancia prudente: Winnie the Poo como un oso feroz con cuerpo de sombras y ojos rojos, un dragón que escupe fuego y se pasea por nuestros hombros, una pistola de agua que es la única arma de toda la ciudad con la se le puede disparar al Tiempo entre medio de los ojos: vamos a matar al Tiempo).

 Tengo un truco y es este, obvio, lo que digo. Y soy consciente de que las palabras son el peor escudo posible porque nada se me ocurre mas cercano a la magia negra que las palabras, nada más cercano a la idea de un monstruo que las palabras, nada más parecido a su acepción clásica: lo monstruoso como lo ambiguo, lo que no puede ser decodificado del todo, lo monstruoso como el lugar más seguro sobre el planeta y al mismo tiempo una amenaza latente. Lo que pasa es que a veces puedo ponerme adelante de las palabras y ser el Jefe del Estado Mayor al mando de todos los Estados Mayores y ellas me responden y salimos a la batalla y lo que para otros es una trompada para mi es una oración. Pero hay días en los que todo sale mal, en los que las palabras rompieron filas y están desbocadas, las muy insurrectas; hay días en que las palabras, las muy insubordinadas, son esa escena post apocalíptica del mundo arrasado y en llamas y yo el personaje que está con los brazos rodeándose las rodillas mientras el plano se abre y me convierto en lo que soy: un punto insignificante en esta historia. Por eso casi nunca puedo quedarme tanto tiempo. Pero en este mundo en el que en cada segundo se cierra una puerta: ya no tenemos un laboratorio secreto en el subsuelo, ya no recibimos una carta que nos invite a un colegio de magia cuyo alumno malo malvado está por regresar de una muerte que no fue porque el amor será todo lo que quiera pero no puede borrar a los malos malvados de un plumazo y le hacen falta al menos dos, ya nadie va a juntar las esferas suficientes cuyos números son estrellas que iluminan otro cielo para traernos de vuelta; en este mundo, decía, nos queda el arrullo extrañamente reconfortante de los cuentos que todavía podemos contarnos. Te ofrezco eso.

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Aunque en realidad si te mandaran al espacio a dar el primer beso de la humanidad fuera del Planeta Tierra vos llevarías una playlist                                      

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Lo sé porque te rodea un aura de fragilidad, de ternura, una suerte de dolor anticipatorio: todo lo que te da miedo se fue acumulando sobre vos y ahora tiene un color específico y brilla de noche y da la sensación de que sos capaz de sufrir por adelantado. Alguien que viaja por el tiempo terriblemente comprometido con la misión de tomar nota sobre cada asimetría del universo en pequeños cuadernitos que no dejás de acumular de tal manera que La Persona a Cargo piensa todos los días con el primer café de la mañana en si no estarás demasiado comprometido para continuar con la tarea. Eso te deprime: pensar que al menos en este mundo podés tirarte en la cama y escuchar una canción mientras soñas con alguien y tus sentimientos y la música son tan potentes y completos que te parece imposible que ese otro o esa otra no recoja la señal emitida en pulsaciones por tu corazón, como si vos y la música y el universo se fundieran en una única fuerza capaz de abrir un canal en la oscuridad para hacerle llegar el mensaje. Pero, en la práctica, ese otro u otra no sólo no sabe sino que nada impide que esté tirado o tirada en su cama en el mismo instante escuchando la misma canción dirigiendo los mismos sentimientos en una dirección totalmente opuesta como pares sucesivos de alas de mariposa que forman cadenas anhelantes y culminan en un número infinito de callejones sin salida. Así funcionan las asimetrías, anotás. 

Me gustaría leer todas las notas y contarte, en un esfuerzo por esto mismo: el impulso de narrarlo todo y la pulsión de dedicártelo casi como si cada discurso no solo atravesara nuestros cuerpos sino que además fueran las moléculas que componen al tuyo (las palabras apiladas en forma de columna vertebral y las palabras como garras que se extienden al formar tus costillas para proteger tu corazón), que existen objetos naturales como los arcoíris, los copos de nieve y las flores que derivan de la simetría con que los quarks se disponen en el átomo. De manera que la tragedia de la asimetría del amor debe estar más allá y ser tan minúscula que aún no sabemos nada de sus orígenes aunque suframos todas sus constantes evoluciones. En nuestro universo que parece compuesto por soledad, una soledad fundacional que asciende desde el centro de la Tierra para acosar a cada unos de sus habitantes, el escudo que más te protege es la Música, que es lo mismo que decir una especie de empatía general que emana del Peligroso Estado de Todas Las Cosas:

la canción que se convirtió en tu canción para llorar

la canción para descubrir la belleza de los bordes afilados

la canción en la que decís «cuidado que ahora caigo»

la canción en la que caes sin estar preparado

la canción que sí es una tormenta descargándose sobre la tierra

la canción que cumple la misma condena que tu nombre

la canción que llevas escondida en el punto justo en el que el hilo invisible se tensa entre tu corazón y tu cerebro, el punto en el que tus pensamientos se transforman en trazos deformes y violentos dibujados por el nene que fuiste

la canción que te hizo crecer

la canción de la que te enamoraste

la canción que te invitó a caminar por lo que antes fue un Reino y ahora solo es una montaña de polvo y fuego

la canción que suena parecido a mamá y a papá aunque mamá y papá ya no estén

la canción que te da muchas ganas de abrazar

la que te da ganas de vestir una fabulosa corona hecha de papel

la canción que te hizo decidir si en tu mundo iba a haber magia o no y si todos iban a saber de su existencia o si era un secreto de unos pocos que solo puede ser contado con el truco de atar dos vasos de cartón

la canción que suena a un amanecer

la canción que te hace pensar en mi

la canción que escuchaste una vez acurrucado adentro del pecho de alguien y que te pasas toda la vida buscando. 

¿Y si La Música es como la gravedad y el amor y tiene la capacidad de cruzar de esta realidad a otras paralelas? ¿Y si sus sonidos y armonías provienen de un mundo que está pegado al nuestro pero no podemos verlo porque nuestra percepción ya no abarca más que estas pocas dimensiones? ¿Y si la verdad de esos mundos es que cuando tocan el nuestro gracias a un portal o a un beso perfecto o tu canción preferida sólo sucede por un instante antes de que la alineación de los planetas cambie para siempre? ¿Y si la Tierra no es un escenario vacío de magia sino que la humanidad es su brazo armado, los secuaces de La Historia, que se oponen activamente a la magia, de tal modo que da lo mismo que existan esos portales o esos besos o esas canciones preferidas? ¿Y si cada uno de esos besos es una canción que es el amor que son las estrellas?

★                         ★                                                                                                     ★★

Pero no tengo tiempo para tantas respuestas porque tengo que irme y porque solo soy bueno para los principios y este es el final

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Una Carta de Amor Total tiene que ser una despedida y una unidad de sentido cerrada y una explicación del universo. Quiero diseñar una pastilla que sea un Ícaro en llamas y cuyo efecto se parezca a retroceder el tiempo y recoger el polvo en cámara rápida para que en una sola inspiración que se asimile a abrazar al otro volvamos a ser un punto minúsculo en el universo con todo lo que es y lo que ha sido y con todo el espacio y el tiempo y todo apretado en ese único punto adimensional en donde no rigen leyes ni reglas ni normas y sólo existe un montón de energía esperando a volar por los aires y convertirse en futuro: lo mismo que veo en tus ojos todas las primeras veces que te veo en todas tus versiones. 

Un día vamos a comer una hamburguesa con queso y ketchup y cebolla cortada entre panes que tengan sésamo encima y papas congeladas de paquete saladas de más en un patio de comidas vacío y voy a poner mi voz tenue para contarte las dos historias que más repito sobre las estrellas: la de las hermanas rusas que saben que son una cárcel que contiene a los demonios y la de la Osa mayor que levantó todo el cielo para proteger a la Osa menor. Y vos vas a sonreír y a preguntarme si no me parece que cuando éramos chicos era todo más sencillo e incluso dos nenes podían ir al baño juntos, vas a preguntarme qué pienso del olvido sin saber que incluso en ese momento se conjura sobre nosotros, vas a decirme que no sos como yo y que nunca viviste una historia coming of age, que queres enseñarme a ser normal, vas a decirme arriba de mi auto que te gusto pero no te vas a animar a besarme, vas a decirme que cuando sea grande voy a ser escritor. Y yo voy a sonreír en silencio mientras te llevo al baño de la mano para que hagamos pis juntos, mientras invento una teoría del olvido que se parece más a una advertencia al mismo tiempo que incluso el cielo se desmorona sobre nosotros, voy mostrarte que una historia coming of age no es más que un resquicio en la Vida Real que se abre paso a los tumbos en el que podemos ser libres hasta que nos descubran, voy a decirte que no, que gracias, voy a poner mi mano entre tu boca y la mía y darte un beso, voy a mirarte con admiración y respeto. Pero hay algo que no voy a decir, algo que se desde hace mucho tiempo atrás cuando todo esto era diferente y que hace poco recordé leyéndolo en palabras de otro: no voy a decir que en el origen era todo una misma y única historia que se partió en mil pedazos, una superhistoria gigantesca de la que estamos compuestos todos nosotros, una que estalló en el momento justo en el que dos nenes que no sabían aún que estaban enamorados chocaron las frentes a modo de saludo y en la misma explosión dieron origen al universo y a las estrellas y que por romperse obligó a que ahora todas las pequeñas historias que somos por separado no tengan ningún sentido, y que por lo tanto lo que hay que hacer es volver a juntarlas, tejer mi historia en la tuya y nuestra historia en las de las personas que conozcamos para que ellas hagan lo mismo con los que vendrán solo a la espera que al final se lea lo que verdaderamente somos: algo fugazmente grandioso que sigue a continuación. 

Una Carta de Amor Total que se parece al bronce, que se parece al vidrio, que se parece al agua, que se parece a una canción, que se parece a un puñado de estrellas todas apretadas como plastilina en el punto justo entre los omóplatos, en ese lugar preciso en el que alguna vez tuviste un par de alas fabuloso.

Fabuloso.

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