Celebrar el fracaso: pensar las fiestas desde lo queer

[Fracaso. Queer. Fiestas. Navidad. Año nuevo. Heteronorma. Disidencia. Familia. Estado. Religión. Jack Halbarstam. Sara Ahmed. Cuir]

por Sasha S. Hilas (@palido.fuego)

El mes de diciembre está cargado globalmente de los sentimientos que entendemos como propios de las fiestas: alegría, tristeza, amor, compasión, melancolía y felicidad. La lista podría seguir. Todxs lxs hijxs de los 90’s tenemos recuerdos de películas navideñas (en diferentes canales tanto de la tv pública como de canales de tv por cable) que narran diversas historias en torno a la navidad y el año nuevo. Dicho muy rápidamente, casi siempre redundan en un personaje que está solx, con algún conflicto que lx aleja de lxs demás, y termina por regresar a la compañía de su familia y de sus amigxs. Creo que la más paradigmática de ellas es Home Alone (Mi pobre angelito). Este repertorio de películas sigue la línea normativa (en términos sociales, políticos, sexuales y culturales) que nosotrxs tan bien conocemos: las normas raciales, culturales y cis-heterosexuales fuertemente centradas en la familia de sangre y en la monogamia. No me refiero aquí solamente a una identidad de género y/o sexual, a una forma de habitar la sexualidad y las relaciones sexo-afectivas; sino, a un conjunto de prácticas sociales y de modos políticos que se desprenden de allí cuando un pequeño grupo de identidades se vuelven la norma, una norma hegemónica y como siempre excluyente.

Este breve texto se pregunta por el malestar queer/cuir en épocas de fiestas felices, en donde nuestro modo otro de ser y de habitar nuestra vida empieza a hacernos saber, y sobre todo sentir, nuestro fracaso al seguir las normas dominantes. Creo que muchxs de nosotrxs, personas que nos entendemos por fuera de la hegemonía, tenemos la sensación de no haber encajado del todo o en lo absoluto en esas fiestas en familia, de no sentirnos a gusto, de no sentirnos felices. Siguiendo tanto a Jack Halbarstam como a Sara Ahmed, me propongo no asumir que el fracaso y la infelicidad son puntos muertos, padecimientos y emociones negativas; al contrario, creo que estos afectos hacen algo también en el mundo (y nosotrxs hacemos algo también con ellos), y que pueden ser tomados como una resistencia frente a las normas dominantes que empujan a las personas queer/cuir a formas de ser y de vivir normales.

Estar inevitablemente en el entre

Si el giro afectivo[1] nos ha enseñado algo, es que las emociones no son nuestras. No se trata de algo individual que yo siento con anterioridad y con autonomía de las normas dominantes que regulan la vida social, política, cultural y temporal en la cual el yo emerge. En este sentido, política, cultura, vida, cuerpo y afectos están inevitablemente unidas. Tal como afirma Sara Ahmed en su libro La política cultural de las emociones (2004, 2015), las emociones o afectos no están ni en las cosas ni en nosotrxs. Más bien habitan el espacio del entre. Se pegan a la superficie de los objetos de interés cultural, político y social, como el matrimonio, la familia, la heterosexualidad, la monogamia, la nación y la ciudadanía, por mencionar tan solo algunas. Podríamos pensarlos como objetos denominados “felices”, en la medida en la que seguirlos parece acercarnos a una vida feliz. Por supuesto, esto ha sido harto discutido por las intelectuales del giro afectivo, tanto por Sara Ahmed como por Laurent Berlant y Jack Halbarstam. Como contraparte, habrá otros objetos denominados infelices o desgraciados. Los movimientos lgbt sabemos muy bien de ellos, en la medida en la que históricamente nuestras vidas fueron definidas como infelices-incorrectas, ya sea por nuestra sexualidad, nuestro género o nuestras prácticas; vidas que fracasan en seguir las normas dominantes, que muchas veces quedan relegadas a los márgenes de las prácticas de reconocimiento, no precisamente libres del reconocimiento liberal y heteronormativo al no seguir las normas, sino más bien, atadxs y necesitadxs de ser reconocidxs, aunque en otros términos y bajo otros proyectos normativos. Como recuerdo haberle escuchado decir al teórico Eduardo Mattio en una clase sobre un tema cercano a este, estar por fuera de las normas con las cuales el Estado regula la política y la sociedad no quiere decir estar libradx del Estado, sino estar necesitadx del Estado, de ser reconocidx por él. Este breve recorrido empieza a esclarecer las conexiones existentes entre el cuerpo y la vida, y las normas, la política y los afectos. Recogiendo un pasaje de val flores “los afectos no son nuestros, tampoco están en los otr*s, no nacemos con ellos sino que llegamos a sentirlos como propios. Se encuentran entre los cuerpos, entre los marcos que hacen vivible (o no) ciertos sentimientos” (Moretti y Perrote, 2019: 21).

Sentirse extraño, sentirse queer

Sentirse extranjero en el afecto feliz de la familia heterosexual reunida, en las cenas familiares navideñas que presentan las películas y las publicidades, y que vimos y experimentamos nosotrxs tantas veces. En su capítulo “Sentimientos queer”, Ahmed nos dice que “la heterosexualidad obligatoria moldea los cuerpos al suponer que un cuerpo “tiene que” orientarse hacia algunos objetos y no otros” (2015: 223). De alguna forma, nuestra imposibilidad (una imposibilidad queer) de orientarnos hacia un objeto ideal feliz (negarnos a ser heterosexuales, negarnos a la reproducción, negarnos a reproducir la forma clásica de familia o de pareja) afecta la forma en la que vivimos el mundo. Nuestro negarse a seguir la heteronormatividad conlleva formas específicas de vivir en el mundo con otrxs. La manera más común de experimentarlo es sentirse incómodo. Para teóricas como Sara Ahmed, tomar la comodidad y el confort como puntos de partida se vuelve fundamental a la hora de reflexionar en torno a las normas. Así, la normatividad es siempre cómoda para aquellos cuerpos que pueden habitarla, en donde la sensación de confort, de estar a gusto en un espacio, vuelve difícil de distinguir los límites entre unx y el mundo: “una encaja y, al encajar, las superficies de los cuerpos desaparecen de la vista” (Ahmed, 2015: 227). Enfrentarse a los conforts heterosexuales trae aparejada la incomodidad y la desorientación: “nuestro cuerpo se siente fuera de lugar, torpe e inquieto (…) aparece como superficie, cuando una no puede habitar la piel social, que es moldeada por algunos cuerpos y no por otros” (Ahmed, 2015: 228). Las normas regulan en la medida en la que se apoyan en un “ideal” que asocia las prácticas y conductas sexuales a otros tipos de conducta. Y esta regulación concluye en una delimitación de las maneras legítimas e ilegítimas de vivir, que presupone (para su conservación) la reiteración de esas normas. Dicho en otras palabras, la heteronormatividad (como cualquier norma) necesita reiterarse, reproducirse a través de los cuerpos en sus prácticas, no sólo como conducta sexual sino como una manera de estar con otrxs en el mundo, como una cultura.

Nuestros cuerpos, conductas y prácticas tensionan la piel social, irrumpen, interrumpen. Tomando la imagen que nos regala Ahmed en el libro antes citado, ya no nos sentimos cómodxs en el sillón de la norma ¿qué otros modos de hacer pueden generar nuestras vidas, nuestros afectos inadecuados, incómodos y queer/cuir?

Ensayo una forma de responder, pensando con una imagen. En una de las páginas de Imágenes guardadas (Colectivo YoNoFui, 2018)[2], recuerdo haber leído un poema que describe un almuerzo familiar, un festejo, un cumpleaños quizá. La fotografía que acompaña pertenece al Archivo trans. En el comedor, frente a una mesa, puede verse una familia trans reunida. La potencia de la imagen poética radica en ser capaz de interrumpir cierto relato, cierto guion normativo heterosexual, para mostrarnos un afecto otro, un afecto queer/cuir. Siguiendo a Georges Didi-Huberman en Imagen (de la) crítica (2016), las imágenes (al igual que la reflexión) también saben criticar el mundo.

Modos de hacer desde el fracaso en seguir las normas dominantes parecen abrir otros horizontes más habitables, que no implican seguir reproduciendo y representando la familia heterosexual con sus respectivos roles y conductas, esta vez con otros sujetos; sino el gesto de resistir y revelarse para imaginar, inventar y practicar otros modos de hacer parentesco y familia.

“Fracasar bien, fracasar mejor”, últimos apuntes

A partir del momento puntual de las fiestas y todo el imaginario normativo mediante (fuertemente heteronormativo), me propuse reflexionar sobre el fracaso en seguir las normas que encarnamos desde la disidencia. Al comienzo adelanté que entiendo al fracaso no como un punto muerto o afecto pasivo, sino como una apertura posibilitante. De la mano del teórico Jack Halbarstam y su libro El arte queer del fracaso me propongo explorar esto. Halbarstam nos dice que “el éxito de una sociedad heteronormativa y capitalista equivale muy a menudo a formas específicas de madurez reproductiva combinadas con la acumulación de riqueza”; frente a esto, “bajo ciertas circunstancias, fracasar, perder, olvidar, desmontar, deshacer, no llegar a ser, no saber puede ofrecernos formas más creativas, más cooperativas, más sorprendentes, de estar en el mundo” (2018: 14). El autor retoma películas infantiles que nos muestran modos alternativos de ser y vivir[3] que abren el panorama mostrándonos modelos generativos del fracaso. Para Halbarstam, el fracaso como forma tanto de eludir como de hacer mella en la trama normativa, es aquello que las personas queer/cuir siempre hicieron muy bien. El mismo Halbarstam define a El arte queer del fracaso como un libro “sobre fracasar bien, sobre fracasar a menudo, y sobre aprender (…) a cómo fracasar mejor” (2018: 35), en un esfuerzo teórico por desordenar y desmontar el binomio éxito/fracaso. Es una forma queer/cuir de generar modos alternativos de vivir que no sigan las normas del éxito heterosexual y neoliberal; como Eduardo Mattio nos advierte en “Felicidad obligatoria y fracaso marica. Notas para una gramática disidente de las emociones”, la apropiación del fracaso por parte de Halbarstam no es una suerte de premio consuelo, sino “una invitación a habitar resueltamente -amor fati- el fracaso que la vida nos depare y hallar allí una serie de recursos críticos para encarnar una oposición disidente” (Moretti y Perrote, 2019: 120).

Desde esta perspectiva, sentirse incómodx, torpe, inquietx, fuera de lugar, rarx, poco normal y fracasadx, no parecen ser sentimientos y experiencias tan deprimentes. Antes que aislarnos por nuestra rareza, la experiencia de ser y sentirnos antinormativxs nos acerca a otrxs tantxs fracasadxs y rarxs que, como unx, descubren en lxs demás formas diferentes y extrañas (queer/cuir) de vivir, hacer parentesco y festejar y celebrar.

Recuerdo otra vez la fotografía del Archivo Trans que vi en Imágenes guardadas. El fracaso en seguir las normas de algún modo, entre tanta precariedad, estigmatización y duelo, nos depara también momentos de ternura y festejo. Hay algo de cierto en la siguiente cita de Halbarstam: “El concepto de practicar el fracaso quizá nos lleve a descubrir nuestro rarito interior (…) y, con Walter Benjamin, a reconocer que ‘la empatía con el ganador invariablemente beneficia a los que mandan’ (Benjamin, 1973: 234). Todos los perdedores son herederos de aquellos que perdieron antes que ellos. El fracaso ama la compañía” (2018: 131).

A todxs nosotrxs, lxs rarxs, lxs torpes, lxs desviadxs y disidentes nos deseo unas muy divertidas y antinormativas fiestas.

 


 

[1] El denominado “giro afectivo” es una corriente dentro de las ciencias sociales, las humanidades y la filosofía. Se trata de una corriente teórico-reflexiva llevada adelante en su mayoría por activistas y teóricas feministas, como así también por activistas lgbt, que se ocupa de pensar los vínculos entre política y afectos/emociones, en constante intercambio y, podríamos decir, ya pensando también desde los estudios de género y la teoría queer. Esta potente corriente del pensamiento se ha dedicado desde los años 80’s en adelante a desmantelar y desordenar (entre otras orientaciones que han tomado sus estudios críticos) los sistemas morales que afirmaban (y afirman) la existencia de buenas y malas emociones, activas y pasivas, patológicas y no patológica; como así también la creencia prácticamente no discutida en el terreno de los estudios políticos, de la división radical de las esferas pública y privada, entendiendo a la primera como el lugar paradigmático de la política y la racionalidad, y a la segunda como el territorio de la “vida privada” e individual, lugar de los afectos, la sexualidad y la religión. Esta discusión también es librada en relación a la división tajante entre mente y cuerpo, y por supuesto en relación a la mujer como sujeto “naturalmente más sensible”.

[2] Agradezco Ianina Moretti Basso haberme acercado y compartido Imágenes guardadas. Una reflexión sobre este material poético-fotográfico está plasmado en un artículo en co-autoría: Moretti Basso, I. ., & Hilas, S. (2020). Deslizarse entre rejas. Poéticas de la cohabitación. Heterotopías, 3(5), 1-19. Recuperado a partir de https://revistas.unc.edu.ar/index.php/heterotopias/article/view/29078

[3] Tales como Shrek en donde se repiensa la monstruosidad; Babe, el chanchito valiente, donde aparece la disforia de especie; o Buscando a Nemo, en una combinación entre discapacidad y formas de parentesco y familia no-sanguínea. Halbarstam nos dice que “[l]a belleza de estas películas reside en que no temen al fracaso, no promueven el éxito, y representan a los niños y niñas no como preadultos imaginando el futuro, sino como seres anárquicos que participan en lógicas temporales extrañas e incoherentes.” (2018: 131).


Bibliografía

Ahmed, S. (2015). La política cultural de las emociones. Ciudad de méxico: PUEG-UNAM.

Didi-Huberman, G. (2016). Imagen (de la) crítica. Constelaciones. Revista De Teoría Crítica, 7(7), 370-386. Recuperado a partir de http://constelaciones-rtc.net/article/view/1133

Halbarstam, J. (2018). El arte queer del fracaso. Madrid-Barcelona: Egales.

Moretti, I.; Perrote, N. (2019). Sentirse precari*s. Afectos, emociones y gobierno de los cuerpos. Córdoba: Editorial de la UNC.

YoNoFui. (2018). Imágenes Guardadas. Taller de fotografía y escritura, Ezeiza, 2016. YoNoFui: Buenos Aires

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