Cine de autor, para todos y todas

por Eric Muzart (@Eric_Muzart)

Vos que sos medio hipster, ¿viste la nueva de Wes Anderson? Tiene una onda medio rara ese chabón…” Tal vez, con comentarios de este estilo, algún amigo no muy cinéfilo pueda referirse a un cine de autor contemporáneo, un estilo particular que permite al gran público hablar del realizador antes que de sus protagonistas megaestrellas de Hollywood, o reconocer una estética sutil y particular antes que la espectacularidad de miles de efectos especiales. Pero nada es nuevo, y en la era de las remakes y los reboots cinematográficos también se sacuden el polvo algunos términos y conceptos un tanto vintage, y hasta se resignifican.

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En la década del ’60, un grupo de intelectualoides franceses (sin ánimos de ofender) decidió, con un dejo de rebeldía, presentar una contracorriente al neorrealismo italiano, una crítica sutil a un cine que se basaba en las semejanzas a la desoladora realidad circundante: la de una Italia devastada por la Segunda Guerra Mundial. En poco tiempo, estos críticos aglutinados en la publicación Cahiers du Cinema y que habían iniciado un manifiesto analítico, decidieron pasar de la palabra a la cámara y generaron una corriente fílmica que conocimos como la Nouvelle Vague (la Nueva Ola). Con recursos narrativos excéntricos, personajes complejos y una estructura no-narrativa, se estableció esta vanguardia francesa que alzó la bandera de “cine difícil”. Los filmes de Godard y Truffaut son emblemáticos de este movimiento que buscó distorsionar, con rarezas estéticas y narrativas, la estructura del relato clásico al que el gran público estaba acostumbrado y estableció como sello la presencia del realizador en su propia obra.

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Reconocer al director antes que su obra, la forma del relato antes que la historia… Cuestiones de vanguardia retro que parecían diluidas en un sistema hollywoodense que no sólo es ley en las tierras del norte americano sino que se hizo extensivo al mundo entero. Pero los principios del cine-pluma parecen haber sobrevivido a los embates de los grandes estudios, e incluso parecen tener lugar en sus propias instalaciones, con directores como Wes Anderson, Quentin Tarantino e incluso el gótico Tim Burton. Artistas que permanecen independientes para consolidar sus estilos personales, pero financiados por esos megaestudios que deben rendirse ante un público fiel que los adora y los adopta como nuevos dioses de la transgresión. Al mismo tiempo y en paralelo a esa gran audiencia adepta y fanática, surgen espectadores consumidores de pochoclo que optan por ver también sus películas, ya sea por elección voluntaria o inducidos por el gran sistema publicitario que las distribuidoras internacionales generan para cada producción.

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La cuestión es que un filme como Pulp Fiction (Tarantino), que decide hacer añicos una estructura narrativa lineal y pasiva para complicar todo un poco, se vuelve un producto clásico por sus personajes excéntricos, su complejidad temporal y maravillosos diálogos. Los excéntricos Tenembaums de Anderson es reconocida por la crítica internacional, nominada a un premio de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas (Oscar, para los amigos) y un éxito comercial. Y ni hablar de Beetlejuice o El extraño mundo Jack, obras magistrales del señor Burton, protagonizadas por actores y actrices fetiches súper instalados en el star-system. Asimismo cada una de estas películas posee un tratamiento estético y narrativo deja ver la huellas personales de sus propios autores, casi como una marca de agua con sus respectivos nombres en todos cada uno de los fotogramas que las componen.

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Anderson es reconocido por sus barrocas y teatrales puestas en escena, vintage pero contemporáneas, en donde interactúan seres arquetípicos que generan identificación a pesar de ser casi imposible que uno los encuentre en la vida cotidiana. Quentin, maestro apológico de la violencia desmedida, violencia presente en miles de otras películas pero que sólo él muestra de ese modo tan particular, tan cruel y tan hermosamente sangriento, generando justamente toda una estética de la violencia. Y por último Burton, quien tras años de ser un monito dibujante de la factoría Disney, puede desarrollar sus proyectos personales cargados de una simpática oscuridad, haciendo de lo gótico una diégesis habitable y cargada de calidez.

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Es casi imperceptible cómo un tipo de cine que se sabía “difícil” por su modo pretencioso y disruptivo de contar historias, se volvió accesible al público de masas, o mejor dicho, este tipo de público lo aceptó y comenzó a consumirlo sin demasiadas quejas e incluso con fervor. Tal vez por ser un cine de autor cuyo sentido crítico hacia el relato clásico esté bien camuflado, haciéndose más digerible y alejándose del elitismo esnob. Películas con sello propio; películas que el público reconoce diciendo “La nueva de…” seguido por el nombre de su director-autor y no el de sus protagonistas; películas que se incrustan en el corazón mismo de un renovado consumismo cultural hambriento de nuevas y originales formas, enmarcadas en un cine de autor (internacional y) popular.


 

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