Cómo imaginar otra vida a partir de lo inimaginable

[Espectáculo. Karl Marx. El Capital. Guy Debord. La sociedad del espectáculo. John Kennedy Toole. La conjura de los necios. Capitán Willard. Apocalypse Now. Francis Ford Coppola]

Desde el momento en el que se le pedía a uno que entrase en este siglo brutal, podía suceder cualquier cosa”
—John Kennedy Toole

 

por Julián del Vecchio (@juliandelvechio)

¿Cómo se puede vivir de una forma anti-espectacular? Quizás, primero debamos preguntarnos (a nosotros, sujetos de nuestro tiempo) cómo vivimos. Y para comprender este estado de vivencia debemos interrogarnos sobre lo que consumimos, sobre cómo nos relacionamos, cuántas horas al día estamos deambulando por las vidrieras digitales, cuál es nuestra idea de política, de mundo, de vida.

Decía en el ensayo anterior: el desarrollo histórico del capitalismo es un largo proceso de separación. El sociólogo Karl Marx en el capítulo de la acumulación originaria, e incluso en la primera sección de El Capital (cuando explica dinero y mercancía) habla de la escisión que se produce entre el sujeto y el producto de su trabajo, los medios de producción y los recursos naturales. Y Debord (autor del cual partimos) profundiza en este concepto, porque la separación es la forma en que lo sujetos se relacionan entre sí en el marco de un sistema mercantil-espectacular. Las mediatizaciones son una de las formas que adopta esta separación. El espectáculo es una gran máquina disuasiva de la vista.

Entonces, retomando este auto-interrogatorio, pienso (y no sólo en este contexto pandémico momentáneo): con mis amigos hablo más por WhatsApp de lo que realmente los veo; elijo mis libros en base a los blogs de editoriales que me copan y no por las recomendaciones del librero (dato de color: yo soy librero); pido comida en aplicaciones de celulares; comparto las películas que me gustan por historias de Instagram; me río de las parodias que publican páginas de memes; la militancia se limita a las redes sociales; aspiro a tener mi propia librería.

La experiencia se ha mercantilizado, y todo lo que antes se vivía directamente, se aleja en una representación. No me van a acusar de generalizar si digo que todos vivimos de una forma similar, con algún que otro matiz original. El sistema no sólo opera a un nivel corporal, ejerciendo su dominación más visible, sino que toca fundamentalmente lo ideológico. Cada época promueve una determinada distribución corporal de la energía psíquica. El alcance personal y social de la memoria, la percepción y la imaginación queda, por lo tanto, subordinado al organigrama energético que la cultura inocula en cada cuerpo. Y nuestra energía psíquica está profundamente arraigada a lo estético, a lo productivo, y al cálculo económico. La subjetividad propia de la época está vinculada a aparatos modalizadores de índole audiovisual, estadístico y psicofarmacológico. En tanto propedéutica, es decir, enseñanza preparatoria; y prescripción para la vista, no sólo fuerza a la perspectiva visual personal a ajustarse a modos de ver dominantes, también señala imágenes-tabú, un reino de lo inimaginable.

¿Y cómo podemos empezar a imaginar otro modo de vida, partiendo de este reino de lo inimaginable? Me acuerdo de la película Apocalypse Now de Francis Ford Coppola, escenas que me parecieron buenos ejemplos de dos modos contradictorios de pensar y vivir: la primera escena es la del Capitán Willard llegando con sus pequeño grupo de jóvenes a un área de Vietnam donde el Coronel Bill Kilgore estaba desplegando todo su arsenal militar mientras una cadena televisiva filmaba el ataque y le pedía a los soldados que sigan avanzando y actúen como si no estuviesen siendo captados para el show televisivo nacional; la segunda escena es la del Capitán Willard encontrándose con el Coronel Kurtz, un militar norteamericano que decidió desobedecer al Ejército (no estoy spoileando nada, aviso antes de que se alarmen y entren en pánico), en medio de una comunidad llena de rituales, carnavales. De un lado el espectáculo en su sentido más vulgar; y del otro lado un sujeto que se sale del sistema (deberíamos también preguntarnos si existe ese fuera del sistema), retrocediendo a un tipo de sociabilidad que en nuestro tiempo parece extinta. De un lado las cámaras, las narrativas, las puestas en escena; del otro lado, lo no visible, lo negado, lo apartado. Porque el espectáculo oculta lo que no tiene lugar dentro de su espectro cerrado, y exalta lo que pregona, y todo acto o imagen que responde a sus dictámenes.

La alegría del pueblo es la alegría del cuerpo

Pensar en un mundo posible debe romper con la idea de progreso: el futuro como horizonte, como polo al cual llegar. Podemos empezar por el hoy y por las deudas que tenemos con el pasado. Una de estas deudas es retomar los diferentes modos de vida y cosmovisiones que alguna vez circularon por las clases populares de otras épocas. Algunos marcan la caída del Muro de Berlín o la disolución de la Unión Soviética como el momento en el que el capitalismo se consolida como lo único y se acaban las alternativas. Pero ese largo camino de separación que mencionaba antes, también fue un gran camino de barbarie, en el que se fueron dominando otredades, y en el que la individualización de los sujetos, paradójicamente, fue reduciendo las formas de vida. La literatura ha permitido que autores como Bajtin, Carlo Ginzburg o Darton puedan recuperar fragmentos de experiencia en la Edad Media (y no se apuren, no estoy diciendo que tengamos que volver a la Edad Media). Pero si estoy diciendo que ver ahí, en “la oscura Edad Media”, nos permite ver que la vida no siempre fue como es ahora.

Mijail Bajtin, en su libro La Cultura Popular en la Edad Media y el Renacimiento, nos alumbra ese momento histórico tan mal visto (las pocas veces que se lo quiso ver) y lo hace revisando los desarrollos literarios de Rabelais.

Una de las características fundamentales para comprender ese modo de vida, además de la influencia de la religión y del carnaval, es lo común. En lo común, podemos ver una contraposición a la separación y a la escisión. Dice Bajtin: “El principio material y corporal es percibido como universal y popular, y como tal, se opone a toda separación de las raíces materiales y corporales del mundo, a todo aislamiento y confinamiento en sí mismo, a todo carácter ideal abstracto o intento de expresión separado e independiente de la tierra y el cuerpo. El cuerpo y la vida corporal adquieren a la vez un carácter cósmico y universal”.

El portador del principio material y corporal no es aquí ni el ser biológico aislado ni el egoísta individuo burgués, sino el pueblo, un pueblo que en su evolución crece y se renueva constantemente. Una especie de cuerpo popular, colectivo y genérico. Por eso el elemento corporal es tan magnífico, exagerado e infinito. Esta exageración tiene un carácter positivo y afirmativo. El centro capital de estas imágenes de la vida corporal y material son la fertilidad, el crecimiento y la superabundancia. La abundancia y la universalidad determinan a su vez el carácter alegre y festivo (no cotidiano) de las imágenes referentes a la vida. El principio material y corporal es el principio de la fiesta, del banquete, de la alegría, de la «buena comida». Este rasgo subsiste considerablemente en la literatura y el arte del Renacimiento, y sobre todo en Rabelais.

Lo común, lo colectivo, lo universal. Esto se expresa en el carnaval y la fiesta, en la risa y en la abundancia. Y justamente lo común, lo colectivo, y lo universal es lo que se pierde en el largo proceso de separación del capital, y se expresa de manera radical en el sistema mercantil-espectacular. Los sujetos se convierten en individuos, en individualidades, se separan del cuerpo social y de la tierra. La alienación ya no refiere sólo a la efectuada en el proceso laboral; sino también a la pauperización de la vida cumplida en los procedimientos de consumo.

 Lo inimaginablemente detestable

Siguiendo a Bajtín, en cuanto a considerar las fuentes literarias, podemos tomar una novela contemporánea como La Conjura de los Necios de John Kennedy Toole y jugar con esta obra de ficción, situada muy lejos de los carnavales del medioevo, para seguir proyectando imágenes en la pantalla negra del reino de lo inimaginable.

Lo fundamental de esta novela póstuma no es la historia que narra, si no el personaje principal: Ignatius J. Reilly. Persona aborrecible al punto de generar asco, pero también un genio que interpreta, y plasma en sus diarios, la Nueva Orleans (y el mundo) de la modernidad, de las luces, la industria y las empresas. Un incomprendido, fanático de la Edad Media, con título universitario, pero sin trabajo en un cuarto atestado de papeles (donde cree escribir la historia de la humanidad y su decadencia) y olores nauseabundos, en la casa de la madre. Cada personaje de esta novela es genial, y encarna un rol social en la gran crítica que hace Toole. El patrullero Mancuso, el empresario multimillonario (pero sin fe ni amor) Gus Levy; el afroamericano Jones que tiene que aceptar la explotación laboral para que la policía no lo encarcele por negro; Myrna Minkoff con sus cartas psicoanalíticas desde Nueva York y sus luchas progresistas. Y en el medio de todos, el gigantesco Ignatius con su elefantesco tamaño y su gorro verde de cazador, aceptando (como Boecio, su ídolo) la derrota, saliendo a buscar trabajo en un sistema mercantil con sus normas, estética e inequidades.

¿Qué relación tiene este libro, este personaje, con la Edad Media y con el modo de vida actual? Además de la fascinación de Reilly por esa época, él mismo encarna en su figura el principio material y corporal desarrollado por Bajtín, en esa cosmovisión-otra que se fue separando con el transcurso histórico. Ignatius J. Reilly es el cuerpo y la vida corporal cósmico y universal, es la representación de ese cuerpo popular, colectivo y genérico, reclamando un lugar en la modernidad.

Y como debe ser lo encarna en cuerpo y en ideología. John Kennedy Toole arranca el libro diciendo: “Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza que era como un globo carnoso… […] En la sombra, bajo la visera verde de la gorra, los altaneros ojos azules y amarillos de Ignatius J. Reilly miraban a las demás personas que esperaban bajo el reloj junto a los grandes almacenes de D.H. Holmes, estudiando a la multitud en busca de signos de mal gusto en el vestir. Ignatius percibió que algunos atuendos eran lo bastante nuevos y lo bastante caros como para ser considerados sin duda ofensas al buen gusto y la decencia. La posesión de algo nuevo o caro sólo reflejaba la falta de teología y de geometría de una persona. Podía proyectar incluso dudas sobre el alma misma del sujeto”.

A lo largo de la novela las diferentes personas también lo caracterizan como la cosa más grande que han visto. Es que así como su pensamiento sobre cuestiones espirituales, religiosas y sociales (en lo que prima el sentido de lo común), la abundancia es el rasgo característico del sujeto. Ignatius comé de manera abundante, cuando consigue trabajo en Salchichas Paraíso Inc. como vendedor ambulante no puede parar de comer esas salchichas que luego obstruyen su válvula. Y también es abundante en sus olores, en sus pelos, en sus gases.

Al insertarse en el mercado laboral no se lo ocurre una mejor idea que empezar a escribir El Diario de un Chico Trabajador. Texto que él sueña con publicar algún día como testimonio de las vivencias de un empleado, considerándolo un trabajo de campo. En sus diarios se refleja un sujeto inadaptado y anacrónico, con una cosmovisión medieval dentro de una sociedad mercantil-espectacular. Y aunque la obra maestra de Reilly no llegue a concretarse, nos deja un retrato de lo humano y sus miserias, que es la nuestra. Y nos dice nuestro chico trabajador: “la grandeza de mi psique, la complejidad de mi visión del mundo, la decencia y el buen gusto que revela mi porte, la gracia con que me muevo en el cenagal mundo de hoy…, todo esto confunde y asombra al mismo tiempo a Clyde [su patrón de Salchichas Paraíso]”. Así cada día sale al derrotero de cada día. En eso se parece un poco a nosotros.

Y así como Debord nos dice “todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación”; Ignatius nos dice “lo que antes se había consagrado al alma, se consagraba ahora al comercio”.

¿Es este artículo una crítica a la sociedad actual? ¿Es un intento tibio de enfrentarse al capital? Es quizás un ejercicio lúdico de pensamiento que parte desde el supuesto de que las cosas no están del todo bien. Ejercicio lúdico que sí tiene fines políticos: imaginar una posibilidad, para conjurar a los necios.


Bibliografía

Debord, Guy. La Sociedad del Espectáculo.

Marx, Karl. El Capital.

Bajtin, Mijail. La Cultura Popular en la Edad Media y el Renacimiento.

Toole, John Kennedy. La Conjura de los Necios.

 

 

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