Cómo sobrevivir en el imperio de la prisa

[Tiempo. Prisa. Aceleracion. Pandemia. Trabajo. Ocio. Virtualidad. Cuerpo. Lentitud. Caminar. Ubicuidad. Slow. Carl Honoré]

“La rapidez es inaudita, las flores al borde del camino ya no son flores, sino más bien apenas unas rayas rojas y blancas”
-Carta de Victor Hugo a Louis Boulanger

por Jero Maina (@jeromaina)

Prometí entregar este ensayo la semana pasada, tengo mucho para leer y me interesa pero no llego, debería haber salido hace quince minutos, llamarla a mi vieja (hace mucho que no hablo), masticar un poco más lento, dejar de procrastinar tanto y también caminar un poco para oxigenar la cabeza. Un mensaje, ¡¿qué?!, ¿este trabajo era para hoy? No, no llego. Quiero ir al gimnasio bien temprano pero después a la tarde me duermo y no me puedo concentrar, no hago tiempo para cocinar, pido algo (no es rápido, es YA), ¿por qué no carga esto?

Quiero escribir tres textos sobre seis temas distintos, pero en este momento la sensación que me atraviesa es una sola: no llego. No tengo tiempo. Miro al costado y me veo multiplicado en la mayoría de la gente, una sensación extrema e indiferente a esa promesa quimérica de una pandemia que iba a enseñarnos a reenfocar prioridades y bajar el ritmo. La neurosis continúa y se potencia a medida que nos acercamos a fin de año, como un precipicio fantasmal en el que va a volcarse todo el tiempo que malgastamos antes del 31 de diciembre. Hay que aprovecharlo todo, sacarle el jugo máximo al tiempo de trabajo, de proyectos, de descanso y de ocio. Pero el tiempo está seco, el gusto es agrio y no queda mucho por exprimir. ¿Cuándo empezó todo esto?

El culto a la prisa

La aceleración en el ritmo de vida no es un fenómeno nuevo; de alguna manera, el control sobre el tiempo es una obsesión que acompaña al ser humano desde el momento cero (o, al menos, desde el momento de conciencia acerca de la propia finitud). Acelerar y demorar procesos que en la naturaleza tienen un ritmo propio es una de las formas con las que nuestra especie ha intentado siempre ocupar el lugar central en el dominio de la propia existencia y del entorno (pensar, por ejemplo, en la forma de trasladarnos en el espacio, de preservar y consumir alimentos, de comunicarnos con una persona que está lejos). De la modernidad hacia acá, la manipulación se ha intensificado constantemente, desanclando cada vez más nuestros modos de habitar el espacio-tiempo de los modos primitivos. Los modos de producción, destinados a aprovechar y transformar recursos para satisfacer necesidades -en vistas, se entiende, de estar en el mundo de una manera mejor-, han construido un sistema avasallante y vertiginoso, una máquina que se escapa constantemente de nuestro control y que, aunque promete brindar mayores comodidades y una mejor calidad de vida, destruye el mundo que nos acoge y vuelve cada vez más complejas las condiciones de vida.

Cuando en el siglo XIX los efectos de la Revolución Industrial produjeron un crecimiento exponencial de los centros urbanos y un cambio drástico en las formas de vida y producción, una serie de autores e intelectuales levantaron la guardia frente a las nuevas velocidades. Obras como Derecho a la pereza (Paul Lafargue, 1880) y Defensa de los ociosos (R. L. Stevenson, 1877) subrayaban “la necesidad de recuperar el dominio del tiempo y la adopción de hábitos lentos caídos en desgracia”, como explica Fernando Calderón Quindós en su artículo Mejor la lentitud.

Entre esos hábitos que añoraban los hijos de la modernidad, está, por ejemplo, el andar a pie, el paseo, considerado como el único modo en el que la realidad podía adquirir “la densidad que le corresponde”. Para el naturalista Conrad Gesner, el paseo habilitaba la posibilidad de involucrarse placenteramente en el mundo, “un proceso de impregnación por el que las cosas, convertidas en percepciones, pasaban a alojarse en el interior del hombre” (Calderón Quindós, 2015). Un anclaje, básicamente, que conecta al ser humano, delimitado por su propio cuerpo, con el mundo del que forma parte, con el marco espacio-temporal que lo constituye. Una manera de entrar, de manera pausada, en la realidad.

¿Qué pasa cuando ese marco espacio-temporal se percibe como una limitante a las posibilidades de dominio del entorno, cuando el avance de las tecnologías habilita un desanclaje casi absoluto de los ritmos que nos constituyen como seres humanos, y que configuran nuestra relación con el mundo natural?

La ruptura del tiempo

Las posibilidades están dadas, y son infinitas. El concepto de ubicuidad refiere a la capacidad de estar en todas partes al mismo tiempo, y es hoy una realidad absoluta. Un sinónimo de omnipresencia con menos carga simbólica. Si los dioses son omnipresentes, los seres humanos, hoy, somos ubicuos. Es, tal vez, el logro último de posicionarnos a la altura o por encima de Dios. Cada día, así estemos el día entero en nuestra casa, habitamos espacios disímiles con vínculos, sensaciones y ritmos que se construyen cada uno con sus propias particularidades, todos solapados en la simultaneidad que habilita el mundo de la pantalla. Nos movemos constantemente sin movernos, y en ese prescindir del cuerpo los tiempos se acortan y se reducen al mínimo indispensable para rebotar de acá para allá (de un chat a otro, de una noticia a un meme, de una serie a una reunión y de la imagen de un menú al menú en nuestras manos). Podemos, el tiempo está, y lo estiramos al máximo. ¿Pero qué le pasa a nuestra mente -y dónde queda nuestro cuerpo- en todo esto?

En Sentidos de la lentitud en un régimen de aceleración, el mexicano Miguel Ángel Murillo Gudiño postula una tensión entre la aceleración de vínculos mediatizados por lo virtual y una disposición física cada vez más quieta: “Los niveles de estrés se han incrementado por un estilo de vida que se mueve a gran velocidad en lo virtual, pero mayormente estática frente al monitor de una computadora”. Y es que movimientos que nos cansarían (o que serían netamente imposibles) no nos cansan, o creemos que no, o ni siquiera registramos que nos estamos moviendo.

Mientras más se amplía la brecha entre el límite y el ritmo de nuestro propio cuerpo, y el de aquel espacio virtual con fronteras mucho más difusas y en constante expansión al que se entrega la mente, más la tensión y la dificultad de conectarnos realmente con el mundo que nos rodea, de generar esa pregnancia que Gesner asignaba al paseo, al modo material y concreto de paliar la separación entre el yo y el mundo desde el que el yo habita, de aprender y acompasar el ritmo a un animal, a lo que crece por debajo de la tierra o a lo que ocurre dentro nuestro.

La desconexión se traduce en más producción y en más consumo, una necesidad frenética de acumular actividades y experiencias que la misma vorágine diaria vuelve imposibles de aprehender, una búsqueda desesperada de los más minúsculos placeres que nos acerquen a una cierta plenitud o a una cierta conciencia, a la conexión con ese mundo que se fragmenta por todos lados y que está todo acá, pero se nos vuelve cada vez más lejano.

Elogio de la lentitud

Frente al panorama del culto a la velocidad y a la instantaneidad, surge un movimiento que propone la lentitud como postura política y contra-cultural. El movimiento slow abarca todas las ramas de la vida y se toca de cerca con la idea de decrecimiento: hacer menos, más despacio, mejor. No se trata de anotarse en una clase de yoga para llegar corriendo (“hay que subrayar un hecho muy importante y es que hoy en día estamos con tanta prisa que incluso queremos ralentizar rápidamente”, advierte Carl Honoré, uno de los referentes máximos del movimiento), sino de repensar las bases mismas de nuestro sistema que nos exige acelerar el paso para estar todo el tiempo haciendo y llegando, en lugar de simplemente estar, o de intercalar momentos de acción con momentos de reposo.

La palabra despacio (o de espacio), dice Murillo Gudiño, conlleva calma, “con espacio en el sentido de dejar lapsos temporales entre una cosa y otra; espacio como dimensión física en la que se introducen intervalos”. Son los intervalos de inacción los que dan sentido a la acción, los que nos permiten rumiarla, procesarla y reflexionar para dotar de sentido a lo que hacemos, en lugar de accionar de manera mecánica de acuerdo a sentidos impuestos.

Mientras el tiempo esté atiborrado de obligaciones y entretenimientos cuidadosamente dispuestos por el mismo sistema (inagotables e inalcanzables: ¡hay tanto para ver, tanto para hacer, tantos lugares donde ir!), no se abren espacios de silencio o de actividad quieta, momentos imprescindibles para que la acción decante y nos permita profundizar nuestra sensación de estar y permanecer, nuestra relación con nosotros mismos y con el entorno.

En tiempos donde los efectos nocivos de nuestro imparable querer-hacer se hacen presentes donde sea que miremos, el parate y el ajuste de ritmos se hace imprescindible, para pensar el por qué y el para qué de lo que hacemos, a nivel individual y colectivo. Dice Calderón Quindós: “Creo que se nos muere el mundo, y que ésta es una certeza indiscutible. Habría que reorientar la acción y suspenderla alguna vez; en lugar de imprimir velocidad a aquellos actos que transforman la naturaleza en producto, relajar esa velocidad y elegir la lentitud”. Al dedicar el tiempo para estar y entrar, inevitablemente necesitaremos menos, podremos enfocarnos mejor en lo realmente necesario y sentir que lo habitamos de manera plena, y no que se nos gasta o que se escapa de nuestras manos.


BIBLIOGRAFÍA

Calderón Quindós, F. (2015). Mejor la lentitud, en Disputatio. Philosophical Research Bulletin, vol. 4 n° 5.

Murillo Gudiño, M.A. (2012). Sentidos de la lentitud en un régimen de aceleración, en Formas de lentitud II. Tópicos del Seminario, 27.

Muro, V. (2020). Cómo funciona no tener tiempo. Disponible en: https://comofuncionanlascos.as/no-tener-tiempo-e7fc69d4737e

Putruele, M. (2019). Carl Honoré y la deliciosa paradoja de la lentitud: “Hay que dejar que florezca el aburrimiento para hacer volar la imaginación”, en Infobae. Disponible en: https://www.infobae.com/tendencias/2019/04/05/carl-honore-y-la-deliciosa-paradoja-de-la-lentitud-hay-que-dejar-que-florezca-el-aburrimiento-para-hacer-volar-la-imaginacion/

 

 

 

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