Si vas a tener un bar mercafriendly comprá papel higiénico

[Merca. Bar. Papel higiénico. Dealer. Roberto Saviano. Aborto. Marihuana. Whisky. Caca. Inodoro. The Third Wave. El Gato y la Caja]

por Patricio Pérez de Andrade (@sandiaconqueso)

Ilustración de portada: Flor Aquino

Mi hipótesis, entonces, es la siguiente: si la “droga”[1] es un tabú, imaginate lo escondidas que van a estar las necesidades del “drogadicto” [2]: sus deseos, sus impulsos, sus cuestionables placeres. Nadie habla sobre qué necesita el drogón. El dealer, capaz, pero un poco entender al drogón es parte de su negocio.

Pero los invito a pensar qué pasaría si nos preguntáramos realmente qué necesita aquél al que le gusta drogarse.

¿Por qué diablos pensaríamos eso?, casi que los escucho preguntar, escandalizados. ¿A quién le interesa las necesidades de un pobre drogón?

El objetivo de esta nota es hacer ver que, como el papel higiénico en los baños de los bares, pensar en el drogadicto (en las sustancias, en los rituales, en su “submundo”) no es un mero acto de altruismo, sino una cuestión de bien público. El papel higiénico, entonces, va a servir como una metáfora un poco cochina (perdón, no se me ocurrió otra) para pensar cuál y en manos de quién está la solución a ciertas problemáticas reales.

tumblr_lwj125Y8Cm1r0u34oo1_500

Entonces arranquemos por la objeción. ¿Por qué nos interesa hablar de las necesidades del consumidor de drogas? Bueno, de todos los motivos, vamos al más fundamental. Mirtha, Eduardo, como dicen los yanquis, let me be the one that breaks it for you: todo el mundo se droga.

Para ilustrar esto que digo, me gustaría copiar acá un fragmento de Roberto Saviano del capítulo que abre su libro “Cero, Cero, Cero”, un ensayo periodístico filoso y muy partisano sobre los caminos mundiales de la cocaína y ejemplo de lo que mi primo llama “un texto forro”: aquél que me hubiera encantado poder escribir yo.

“Quien la consume está ahí contigo. Es el policía que está a punto de pararte, que esnifa desde hace años y ahora ya se han enterado todos y lo escriben en cartas anónimas que mandan a los oficiales esperando que lo suspendan antes de que haga alguna pelotudez. Si no es él, es el cirujano que está despertándose ahora para operar a tu tía y con la coca es capaz de abrir hasta a seis personas en un día, o el abogado al que tienes que ir para divorciarte. […] La consume el portero de tu edificio, pero si no la consume él entonces la está consumiendo la profesora que da clases particulares a tus hijos, el profesor de piano de tu sobrino, el sastre de la compañía de teatro a la que irás a ver esta noche, el veterinario que cura a tu gato. El alcalde con el que has ido a cenar. El constructor de la casa en la que vives, el escritor al que lees antes de dormir, la periodista a la que escucharás en el telediario. Pero si, pensándolo bien, crees que ninguna de esas personas puede esnifar cocaína, o bien eres incapaz de verlo, o mientes. O bien, sencillamente, la persona que la consume eres tú”

Dicen los matemáticos que si es bello es verdad, y aquél paneo tan fugaz como riguroso que hace Saviano de los consumidores de cocaína (ojo, en ningún momento los llama “cocainómanos”) es bello sin duda. Pero más allá de su función literaria, busca señalar lo mismo que yo (que no me sale decirlo más que con un correctivo y un “date cuenta, idiota”): las drogas existen, la gente las usa con diversos fines y, como pasa con todo en la sociedad industrial, tiene su propia cadena de producción y comercialización. Aunque, señala Saviano más adelante [3], las drogas se diferencian de los televisores y los tomatitos cherry, principalmente, por dos motivos: su altísimo valor agregado, y el contexto de violencia que genera en todos los eslabones de la cadena, al que la criminalización y la estigmatización del consumidor contribuyen en gran parte a perpetuar.

tumblr_mzk0adMX6A1qeablwo1_500

Demás está señalar el parentesco de este problema con el (mucho más urgente) debate por la despenalización del aborto, razón por la cual parte de la sociedad se dedica a desdeñar la importancia de los dos problemas en bloque. Mientras tanto, en lugares mejores del orbe (o sea, Uruguay), la despenalización del aborto y la marihuana es un debate clausurado en el que las políticas generadas al respecto resultaron ser beneficiosas.

Pero acá no, porque no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y tampoco soy tan idealista para pretender la legalización automática de todas las drogas, que tampoco sabemos si, acá y ahora, es la verdadera solución. Para los fines mucho más modestos de esta nota (o sea, merqueros que hacen caca) bastará con decir que la gente usa drogas, a menudo drogas que están prohibidas, y eso no desestimula ni detiene el consumo sino que contribuye a generar unos espacios grises, fronteras entre la ilegalidad y la costumbre, que suenan como un secreto a media voz entre el punch, punch, punch de un drum&beat electrónico y el frenesí de las ciudades: la droga corre y correrá.

Si hablamos de drogas de uso recreativo hablamos, en gran parte, de la noche y los estimulantes. A los ambientes, quizás, los conocés: aquí y allá, bares de barra de whiskies y luz tenue, boliches de tres pisos con luces láser, un after en una casa donde los graves de la caja hacen vibrar la ventana tapiada para que no llegue a colarse la luz del día. Si el circuito existe, también existe la gente. Y ahí están: algunos usan gorra, otros usan lentes, lo tenés al boxeador musculoso o al flaquito consumido, al barbudo y al lampiño, a la piba de pollera y muslos tatuados y, en ocasiones, al viejo, que ya las vio todas y que sale desde que el submundo es el submundo. Todos ellos saben qué es “llamarlo”, “un gé”, “la rueda”, “el pase”. Yo de antropología nada, pero seguramente el antropólogo de los jeans estaría de acuerdo conmigo en que donde hay una práctica, hay rituales, espacios, significantes, cosas así.

Bien. Ahora, una máxima más de corte marxiano: donde hay falopa, hay estructura. La droga corre, sí, pero corre por ciertos cauces: espacios sociales donde se amontona muchísima gente. Boliches, fiestas: una discreta mete 200 personas, un DJ internacional, 20.000. La magia está en eso: en el encuentro, en el baile, en la multitud. Y en las drogas, claro. Pero observemos un poco el otro lado del mostrador. Detrás del barman, detrás del cajero que le cobra $70 pesos un agua a un chabón que tiene los ojos como dos yemas, detrás de todo el personal de limpieza y seguridad, todos devastadoramente sobrios, está el tipo, invisible (o al menos visible allá arriba, en el VIP, en las altas esferas, aquél del que todos aman decir “sí, lo conozco, somos amigos”): el dueño, el productor del evento. El tipo sobre el cual, en última instancia, recae la responsabilidad del pedido que motiva esta nota: si vas a tener un boliche, poné papel higiénico, ratón.

tumblr_ol7qi6rUSm1vn9bpgo1_500

¿Por qué? Es sencillo: el tipo sabe que la gente va a drogarse. El patova lo sabe, la señora que limpia (ojalá alguien me contradiga, pero yo siempre he visto señoras limpiando en los boliches grandes), el barman y el cajero, todos saben que la gente va a drogarse. No hay forma de hacerse los boludos. O sí, pero en realidad no son boludos: la magia del capitalismo reside en monetarizar hasta lo prohibido. En otras palabras, al dueño le conviene que la gente vaya ahí a drogarse. Conviene que consuman, que vayan a buscar experiencias, que especulen con que se van a encontrar con tal y tal porque si tal va por tal y tal ya son tres entradas vendidas. Esto que en la noche es una obviedad, de día es un tabú, pero sucede y a gran escala. Y como todas las cosas que son a gran escala, siempre hay alguien currando con eso. A veces, la noche se cuela también por las rendijas del día: alguien muere por ingesta de drogas (casi siempre alteradas, truchas), la noticia sale en portadas y cubre horas de noticieros con infografías paranoides. Todos se abocan a buscar a quién cortarle la cabeza por el hecho. Pero la rueda sigue finde a finde. Esto también existe. No es un beneficio lateral para el dueño de un boliche que ¡opa!, una noche descubrió que la gente se drogaba en sus aposentos: la droga es la esencia misma de la noche.

Dicho esto, observemos qué pasa cuando se abandona la moralina y se empieza a ver las cosas como son (es decir, racionalmente, aunque esto no sea más que jugar dentro de las reglas del capitalismo que todo lo fagocita). Tenemos la oportunidad de generar políticas reales. Repitamos la pregunta del comienzo. ¿De qué nos sirve pensar en las necesidades del drogadicto? Bueno, a la luz de la evidencia científica, señalemos solamente que el consumo de estimulantes (cocaína, éxtasis, anfetamina) provoca un incremento en los movimientos peristálticos, o sea, del tracto digestivo, dando por resultado que al consumidor le entren náuseas o terribles ganas de cagar. Imaginemos esta situación, tan de la esfera de lo íntimo, en el marco de una fiesta de 2000 personas. Si bien no podemos estar realmente seguros de cuánta gente está drogada, invito al lector a comprobarlo empíricamente vía observación de los sanitarios, y que saque sus propias conclusiones. Como dice Borges, que no se drogaba pero también estaría de acuerdo conmigo en esto, es un ejercicio que supera mi paciencia humana.

Un baño limpio para una mejor convivencia por el lado de lo social, y papel higiénico en rollitos para limpiarse el culo y preservar la salud individual. Evidentemente, esas decisiones suponen alguien que las tome pero, antes que eso, supone asumir que las drogas existen, que hay gente que las usa y posee ciertas necesidades fisiológicas que estaría bueno resguardar, si no por amor a las drogas, al menos para una sana coexistencia entre iguales y que siga la pachanga. Demás está decir que mi ejemplo del papel higiénico es más bien burdo (pero, ¿a quién no le gustaría escribir en una revista para poder decir “caca” y después citar a Borges?), porque hay otras necesidades que son más importantes y sobre las que ya hay un acuerdo para cubrir. Por ejemplo, la ordenanza reciente que exige poner agua gratis a disposición en los bares y los boliches.

foto por Agostina Almirón (@nonononovvvv)
foto por Agostina Almirón (@nonononovvvv)

A modo de cierre, pensemos un poco en abstracto: la moralina es tan dañina como la desinformación, porque esto va a ocurrir aunque no quieran ni Mirtha ni Eduardo. Y aprovechemos para señalar que esta nota busca precisamente lo contrario: informar, narrar, contar en profundidad y detalle, con base científica fundada, experiencias con drogas, más que hacer mera apología de su consumo. Tengamos en cuenta que para lo que algunos puede ser un pasatiempo, para otros puede ser un problema grave; pero ni uno ni otro, por sí solos, van a lograr que la sociedad toda haga o deje de hacer tal cosa. Acá nos contentamos con multiplicar las perspectivas y abordar el tema lo más diversamente posible.

Ahora, si me disculpan, la Naturaleza me llama.

 


[1] Nos remitiremos en ocasiones al excelente laburo de investigación de portales científicos como El Gato y la Caja o The Third Wave, que nos ayuden a aclarar ciertos conceptos básicos para no usar tan seguido expresiones como “fafafa” y “chispín”. En este caso, es fundamental aclarar qué entendemos por “drogas”. En una nota-respuesta a un editorial de La Nación, El Gato y la Caja realiza una definición muy aclaradora:

“Las ‘drogas’ es un concepto estigmatizante y extremadamente poco preciso, ya que esta palabra no sólo abarca un grupo enorme de compuestos químicos que hacen una infinidad de cosas (como los antibióticos o los analgésicos), sino que además su uso genera una ilusión en la población general de que el alcohol, el tabaco o la cafeína, por ejemplo, no forman parte de la montaña de sustancias que identificamos como ‘las drogas’.”

[2] “Es necesario aclarar que sólo una parte (a veces una muy pequeña) de las personas que consumen alguna sustancia psicoactiva desarrollan una adicción. Se trata de un fenómeno complejo y existen distintos factores que aumentan o disminuyen la probabilidad de que una persona tenga un consumo problemático de sustancias. […] Aun así, hay un factor muy importante que no se nos debe escapar: la adicción es una enfermedad que no se desarrolla de un día para el otro y todos los eventos que ocurren alrededor del consumo de la sustancia influyen en el proceso.”

(“Un libro sobre drogas”, capítulo 1.3: “Bases neurofisiológicas de la adicción”, de El Gato y la Caja)

[3] Dice Saviano: “No hay mercado en el mundo que rinda más que el de la cocaína. No hay inversión financiera en el mundo que rente como invertir en cocaína. Ni siquiera las subidas de acciones récord pueden compararse con los «intereses» que da la coca. En 2012, el año en que salieron el iPhone 5 y el iPad Mini, Apple se convirtió en la empresa más capitalizada que se ha visto nunca en una lista de cotizaciones. Sus acciones experimentaron una subida en bolsa del sesenta y siete por ciento en sólo un año. Un alza notable para las cifras de las finanzas. Si hubieras invertido 1 000 euros en acciones de Apple a principios de 2012, ahora tendrías 1 670. No está mal. Pero si hubieras invertido 1 000 euros en coca a principios de 2012, ahora tendrías 182.000: ¡cien veces más que invirtiendo en el título bursátil récord del año!”

Comentarios

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

You may use these HTML tags and attributes:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>