Contra el concepto de héroe: Malvinas Argentinas

[Héroe. Soldado. Guerra. Patria. Dios. Nación. Malvinas. Segunda Guerra Mundial. Familia. 2 de abril. Rodolfo Fogwill. Los Pichiciegos]

“La pobre gente no muere gritando ‘Viva la patria’, como en las novelas. Muere vomitando de miedo (…), o maldiciendo su abandono”
Rodolfo Walsh, Operación Masacre

“La juventud de antes si que heran pateiotas..y daban todo por el compañero en el campo de batalla…noo como ahora que se la pasan haciendose los ingleses usando remeras con la bandera britanica mangas de maricones… honor a nuestros valientes soldados a los que volvieron y a los que no volvieron..viva la patria…”
 — Diego Rodriguez, “El relato de un ex combatiente de malvinas que emoció a todos”

por Jero Maina

El concepto de héroe acompaña al ser humano desde que este empezó a organizarse en sociedad y necesitó de un modelo ético-moral a seguir. Un hombre o mujer (generalmente, hombre) que reuniera todos los valores considerados positivos por un determinado orden social. Que fuese fuerte, inteligente, leal, buen padre, buen esposo, valiente. Ante todo, valiente. Corajudo. Que emprendiera viajes de una dificultad insólita. Que traspasara obstáculos y dificultades, uno a uno, sin quejas ni titubeos. Él solo contra el mundo. Que desafiara el orden de lo real, que venciera en batallas que parecían perdidas desde un comienzo. Que su entereza no flaqueara. Un hombre o mujer (generalmente, hombre) que sirviera de horizonte para el resto de los mortales no-heroicos. Una utopía, un deber-ser encarnado en una figura con la que pudieran relacionarse más o menos fácilmente. En la mitología griega, el héroe es el hijo de una figura divina y una mortal. Un ser entre lo terrenal y lo divino. Semi-humano, semi-dios. Capaz de conectarse con lo trascendental y, al mismo tiempo, de comprender los recodos que hacen de la vida acá abajo algo tan complejo y dificultoso.

La noción de heroísmo se asocia frecuentemente a los veteranos y caídos de diferentes guerras y conflictos bélicos alrededor del mundo. Los héroes de la Segunda Guerra Mundial, los héroes de Afganistán, los héroes de Malvinas. En una Santa Trinidad con Dios y la Patria, el hecho de ir a una guerra te convierte automáticamente en héroe. No importa si tu participación fue voluntaria u obligatoria, si salvaste o fuiste salvado, si mataste, si comiste, si abrazaste, si creíste, si te abandonaste a tu suerte. Si lo hiciste por tus hijos, por tu país, por miedo, por la tierra, por tus superiores, porque no tenías opción, porque no entendías del todo. Dejaste tu vida por algo mucho mayor a vos. Fuiste valiente. Te convertiste (voluntariamente o no) en hombre. Te convertiste en héroe.

“Soldados de 18
años…hombres.! Ojalá los pibes de hoy tomen ese ejemplo. No digo de ir a
morir a una guerra. Pero dejar un poco la pelotudez y amar a la Patria.”[1]

Cada sociedad heroifica las conductas que desearía que todos sus miembros pudiesen adoptar, en un estado social ideal. Al construir la figura del soldado como héroe, explícita o implícitamente, se hace una defensa de la guerra, y se entra a jugar en un terreno peligroso. ¿Qué hubiera pasado si la Argentina hubiese “ganado” la guerra de Malvinas? ¿Hubiésemos ganado todos, como argentinos? ¿Qué hubiésemos ganado? ¿Hubiese ganado la Patria? ¿Qué Patria? ¿Saldríamos con banderas celeste-blancas a celebrar cada 2 de abril, frente al Olmos y el Obelisco, aplaudiendo y echando cantos en contra de los ingleses?

Si hay un factor común entre veteranos de las más diversas guerras, en los más diversos países, tanto vencedores como vencidos, es el sentimiento de inconformidad y desilusión en torno a cómo los recibe su país, al volver de la batalla. El veterano inglés David Jackson cuenta en una entrevista a Infobae: “Cuando regresé a casa, todo el país estaba de fiesta celebrando la victoria. Agitaban banderitas, hacían sonar las trompetas y organizaban festejos patrióticos. Agarré mi auto y me fui hasta la pequeña ciudad donde vivo. Encontré a todo el pueblo esperándome con una alegría que desbordaba. Me alejé del bullicio y me fui solo hasta un pub. Pedí un vodka. Y después otro, y otro, y otro. En el bar encontré a un piloto de la Segunda Guerra Mundial. Conversamos y brindamos por los muertos de las islas y de todas las guerras. ¿Qué estaba celebrando la gente allá afuera? ¿Acaso no sabían que cargábamos con nuestros muertos? Yo no podía entender su alegría”[2]

¿Hay alguna forma correcta de recibir a un soldado? ¿Cómo paga la Patria los daños ocasionados? ¿Cómo paga Dios la memoria de disparar un gatillo, de ver alguien morir al lado?

Muchos soldados se alistaron voluntariamente para ir a la guerra, o bien defendieron su permanencia en ella, aferrándose al designio de Dios y a la lucha por su Patria. Eso era en lo que muchos creían. Las cartas escritas desde las islas dan cuenta de esto: “Hasta el reencuentro, si Dios lo permite. Un fuerte abrazo. Dios y Patria ¡O muerte!”. “Su padre no los abandona, simplemente dio su vida por los demás, por ustedes y vuestros hijos… y los que hereden mi PATRIA”. “Nosotros no nos entregaremos, pelearemos hasta el final y si Dios y la Virgen permiten nos salvaremos. En estos momentos estamos rodeados y será lo que Dios y la Virgen quieran”.[3]

Curiosamente, Dios ampara Patrias a discreción, manda a defender tierras y a saquearlas, manda a los unos a matar a los otros y a los otros a matar a los unos, elige hombres para que le sirvan en un juego de reglas difusas. Una suerte de Humanos vs. Humanos en el que solo ganan quienes están por encima, de costado, divirtiéndose con el juego sin ensuciarse, mientras los peones se entregan completos y alcanzan la cima a la que todo hombre de bien debería apuntar. El hombre argentino, el héroe nacional.

“Estos hombres, ayer
casi niños, son los que me hacen gritar con un nudo en el pecho ¡Viva la
patria! Gloria y honor por siempre a los guerreros de nuestra tierra. A todos y
cada uno de ellos. Que la patria los anide en su vientre, y no los olvide
jamás.

Aprendan pendejos modernos. Esto se llama honor. Esto se llama heroísmo. Amistad sin límites. Valor hasta las últimas consecuencias. A esto se le llama Argentino (si, con mayúscula). No es una película o un video juego. Es la vida real. Porque en la vida real, los héroes si existen.”[4]

Discutir la heroificación de los veteranos de guerra no
implica restar reconocimiento al sacrificio, el sufrimiento, el dolor y el
valor de los soldados en los frentes de batalla. Arriesgar la vida propia para
salvar la de un compañero, llevar un mensaje a la familia de un amigo muerto,
compartir restos de una comida inexistente; seguro hay cientos de conductas que
merecen ser recordadas y puestas en valor como verdaderamente heroicas. Pero el
discurso del héroe es peligroso porque despolitiza la memoria del conflicto,
justifica la supuesta causa mayor, e invisibiliza muchas otras facetas, más
reales y complejas, de los veteranos.

En Los Pichiciegos, novela escrita durante el desarrollo del conflicto bélico y publicada en 1983 (uno de los textos más icónicos y más lúcidos sobre la naturaleza de la guerra), Rodolfo Fogwill construye un grupo de soldados que se ocultan en un refugio subterráneo esperando que las batallas acaben, siendo creídos muertos por el resto de su tropa. Anti-héroes por excelencia, los “pichis” sueñan con “estar en casa, dormir en cama limpia, limpio, culear, comer bien”. En una entrevista a la Agencia Paco Urondo, Fogwill hace una defensa interesante de sus personajes: “Para mí no eran traidores. Traidor era Galtieri, Menéndez. Los personajes eran tipos que, por la circunstancia de la guerra, quedaban sometidos a la máxima realidad de los hombres: la comida. (…) El pichi guarda, aguanta. Son los personajes de un país sin patria. Para tener patria había que estar con Galtieri[5].

Más allá de los múltiples sentidos que haya podido tener en su contexto dar la vida por la Patria, no podemos alimentar hoy un sistema de ideas en el que el heroísmo se asocie a la guerra, a la destrucción de un otro, por la supuesta defensa de algo mayor.

Soy un pendejo moderno, y seguramente hay muchas cosas que se me escapan de las manos. Pero creo que el discurso del héroe es un discurso muy confortable. Yendo a los testimonios de los soldados (argentinos e ingleses), a las cartas, a las representaciones (vean el proyecto Campo Minado), no surge más que una incomodidad profunda, una necesidad de búsqueda, un espectro de contradicciones que choca con la perfecta unidad del héroe.

Es ahí donde está la latencia de la guerra, la especificidad de un conflicto bueno para nadie, la potencia del rechazo absoluto al advenimiento de algo similar. Aunque la historia hubiese sido distinta. Aunque la Patria Argentina, con la ayuda de Dios, hubiese resultado vencedora.


[1] Comentario de Faby Bobadilla en el video mencionado
en nota al pie 2.

[2] En “La emotiva carta de un marine inglés a un
combatiente de Malvinas” (Gaby Cociffi, infobae, 02/04/2017). Link: https://www.infobae.com/sociedad/2017/04/02/la-emotiva-carta-de-un-marine-ingles-a-un-combatiente-de-malvinas/

[3] Extractos recuperados de “Cuatro cartas de adiós
desde Malvinas” (Gaby Cociffi, infobae, 27/03/2017). Link: https://www.infobae.com/sociedad/2017/03/27/cuatro-cartas-de-adios-desde-malvinas/

[4] Comentario de Chris Black en el video mencionado en
nota al pie 2.

[5] “EL ESCRITOR BAZOOKA: Entrevista a Rodolfo Fogwill
por Jorge Hardmeier” (Agencia Paco Urondo, 20-6-15). Link: http://www.agenciapacourondo.com.ar/cultura/el-escritor-bazooka-entrevista-rodolfo-fogwill-por-jorge-hardmeier

Comentarios

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

You may use these HTML tags and attributes:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>