Conclusiones breves sobre la nada

[Nada. La historia interminable. Michael Ende. Los langoliers. Stephen King. Monstruos. Homenaje a la obra de Philip Henry Gosse. Pablo Weber. Festival de cine de mar del plata]

por Manuel Rivero (@_maneul)

Siempre me pareció fascinante el hecho de que en La Historia Interminable el papel antagónico del mundo fantástico de Atreyu fuera la nada. La ausencia de todo, que avanza sobre los bosques y las ciudades, come todo a su paso, absorbe pueblos enteros, secciona miembros y aterroriza a los personajes con su imposibilidad de ser explicada.

El universo creado por Michael Ende se auto elimina como si alguien borrara letras de una hoja hasta dejarla en blanco. Algo parecido sucede en Los Langoliers de Stephen King: diez personas despiertan en un avión sin el resto de la tripulación y se encuentran varados en un aeropuerto en el que no hay nadie. En un punto del relato uno de los protagonistas descubre que durante el vuelo los diez sufrieron un desfase en el tiempo y están todos atrapados en un momento muerto del pasado; ellos pertenecen a una dimensión que tiene lugar unas horas más adelante y el presente en el que se encuentran es una estructura abandonada, un tiempo-espacio que no existe en ningún lado. De a poco esa realidad representada en un aeropuerto se empieza a desarmar: pedazos del cielo comienzan a apagarse como pixeles muertos, el escenario se achica, todo empieza a desmoronarse y los personajes empiezan a ver las grietas que se abren en lo real.

Cuando lo leí un poco me lo imaginé como cuando en el GTA Vice City Tony se quedaba encajado en algún lado y moviendo el mouse podías ver el espacio en negro que había debajo del todo. La ciudad, los autos y las personas se transformaban en ángulos rectos chocando entre sí, eran huecas por dentro.

En Los Langoliers la nada se come la realidad en forma de unos bichos terroríficos llenos de dientes, que mastican tierra, cielo y la gente del medio. (Porque no deja de ser una historia de Stephen King) Pero abajo de lo explícito, de lo terror clase B y de la sangre color kétchup manchando el asfalto, sigue presente la parte verdaderamente horrible de la historia: el pánico de descubrir que nuestra percepción del universo está construida sobre bases endebles que se tambalean sobre un vacío gigantesco. Que a veces uno puede fantasear con que estamos adentro de una especie de juego, un escenario virtual. Pero que algún día vamos a querer atravesar una puerta detrás de la cual ningún programador diseñó todavía una habitación o un paisaje y entonces el abismo va a devorarnos con su falta de sentido. La puerta de nuestro Truman Show se va a abrir hacia la nada.

Es imposible imaginarse la nada porque no la conocemos. Es imposible concebir algo que no sea algo, que no signifique ni refiera a otro algo. Por ejemplo, si pensamos la nada como un espacio en blanco ya estamos imaginándonos un espacio y el color blanco, factores que existen, por lo tanto, son. Por eso da tanto miedo esa ausencia del todo. Como en ese cuento de Lovecraft en el que un chico habla a su amigo de una entidad tan horrible que es innombrable: nuestro lenguaje no es capaz de decodificar el no haber, nuestro cerebro es incapaz de pensarlo.

A fin de cuentas, las mejores películas de terror son esas en las que el monstruo no aparece nunca. Las que nos dejan el espacio para que nos imaginemos las cosas más horribles y nos moleste la incertidumbre.

Separar la señal del ruido

En la última edición del Festival de Cine de Mar del Plata, el premio al mejor cortometraje se lo llevó el cordobés Pablo Weber con su film Homenaje a la obra de Philip Henry Gosse

Philip Henry Gosse era un naturalista contemporáneo a Darwin. Un apasionado de la ciencia y la religión en partes iguales. Gosse encontraba una contradicción entre lo que la biblia afirmaba que era la edad de la tierra y lo que le demostraban los fósiles que investigaba a diario. Si el génesis hubiera sido hace seis mil años, ¿porque existían pruebas de formas de vida anteriores? Dispuesto a resolver esto Gosse publicó Onphalos, libro en el que planteó que, a la hora de dar origen a todo, Dios había creado también hacia atrás. De manera retroactiva. Los fósiles y las oscuridades milenarias bajo el océano no eran más que una broma cruel, una maqueta para que el mundo pareciera más viejo de lo que en realidad era.

 

Weber compara esta teoría con el trabajo de un programador que coloca pájaros a lo lejos en una escena cualquiera. Pájaros sin ojos, con plumas y texturas precarias, pájaros que en sus palabras: están cuasi creados, su existencia está incompleta, como los fósiles de Gosse, son una profundidad sugerida

El corto, hermoso y aterrador a la vez, reflexiona de una manera en cierto modo poética sobre los límites entre lo que consideramos real y lo que no. Sobre lo que está y existe frente a lo que es solo un conjunto de algoritmos colocado ahí para engañarnos. Y sobre lo imposible que se vuelve en cierto punto identificar y separar una cosa de la otra. ¿Cómo separar la señal del ruido? se pregunta Pablo Weber. Después muestra cómo los mártires de guerra en el desierto llevan una cámara adosada al coche bomba y transforman su muerte en la escena de una película.

No tan lejos de la comparación de Dios con un programador están algunos posthumanistas, que estiman que por la velocidad a la que crece la tecnología es probable que esta aprenda cómo mejorarse a sí misma. Esto daría principio a una era donde nuestro paradigma seria determinado por la inteligencia artificial. En esos campos extensos científico-escéptico-conspiranoicos se pueden encontrar teorías como la de la simulación, que plantea que nuestro universo es un escenario virtual creado por seres superiores del futuro que nos manejan a su gusto.  Quizás somos Los Sims de algún personaje futurista lookeado a lo Mad Max, con ojos humanos y corazón de metal.

¿Somos los pájaros mal hechos de una inteligencia artificial que sabe programar? Sería una manera poética de explicar los deja vus, los sueños, el efecto Mandela y todos esos errores de software que manejan nuestros cerebros a veces y sobre los que hay miles de creepypastas, hilos de Reddit y posteos en Taringa.

¿A cuanta distancia estamos de la nada? ¿Nos rodea, como en La historia sin fin lista para comernos? ¿O lo que nos aterra es no saber comprender el no ser ni estar de nosotros y lo que nos rodea?

Todo dentro de este cubo

La nada se extiende cantaron los de Usted señálemelo. Por ahí se referían al sentimiento existencial adolescente de la época, por ahí a la posverdad, como sea, tienen razón. La nada se extiende por todos lados y se mete por las ventanas que dejamos abiertas. Preguntarse qué es real y que no en este punto de la historia no parece suficiente. Podríamos agregarle otros interrogantes a la cuestión: ¿qué es lo que queremos que sea real? ¿Qué estamos haciendo para que lo sea?

Podemos ver el vacío que nos aterra como un recordatorio de que nada vale la pena o como una antítesis de lo que sí está, de lo que todavía tenemos y podemos tocar. De las canciones que podemos bailar, la gente que podemos conocer y los paisajes que podemos ver. Para así, en pequeñas acciones, robarle nosotros un pedazo a la nada y construir algo.

Cierro con la respuesta de Sidney Morgenbesser a la pregunta filosófica “¿Por qué hay algo cuando pudo no haber habido nada?”:

“Si no hubiera nada se quejarían igual”

Totalmente Sídney, estamos programados para eso.

Comentarios

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

You may use these HTML tags and attributes:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>