La complejidad de la idea de consentimiento

[Consentimiento. Harvey Weinstein. Poder. Abuso. Me too. Lucía Pérez.  Yolinliztli Pérez Hernández. Teresa de Lauretis. Feminismo. Autoridad. Violancion. Foucault]

por Belén Pretto

“Todas las relaciones sexuales que tuve con esas mujeres fueron consensuadas”, declaró el magnate de Hollywood, Harvey Weinstein tras las acusaciones públicas de violación y abuso de poder de parte de más de ochenta mujeres. Si una mujer “decide tener relaciones sexuales para crecer en su carrera” no constituye una “violación” per se, afirmó el abogado del productor en una entrevista. El caso de Weinstein fue llevado a la justicia después de que cinco de las ochenta mujeres presentaran cargos. Su posición jerárquica dentro de la industria del cine (siendo Hollywood la más importante del mundo) hace que sus acciones no hayan sido cuestionadas durante años. Ejercía su poder de manera consciente, incluso en varias ocasiones dedicó a las víctimas sentencias como: “Me voy a encargar de que en esta industria no seas nadie”. Varias personas a su alrededor conocían su modus operandi pero no hicieron nunca nada al respecto. “Es algo que suelo hacer”, le había dicho a una de las mujeres que lo denunció ante la justicia cuando intentó avanzar sobre ella en la habitación de un hotel. Durante el juicio, la defensa mostró al jurado algunos mails con los que intentó demostrar que las relaciones que mantenía con las denunciantes fueron “amistosas”. Es decir, mujeres que siguieron teniendo contacto con él después de estas situaciones de abuso sexual y de poder.

Las pruebas que mostró la defensa tenían una clara inclinación estigmatizante hacia las víctimas y se enfocaron en apelar al “sentido común de la gente” al plantear preguntas más que reprochables como ¿por qué no lo denunciaron desde un principio? o ¿por qué algunas siguieron en contacto después de eso? La estrategia de los abogados fue bastante obvia: intentaron demostrar con todas las pruebas posibles que las víctimas ofrecieron su “consentimiento” y que nunca “fueron obligadas” a quedar envueltas en esas situaciones. Este caso provocó la oleada #MeToo en Estados Unidos y logró que miles de mujeres pudieran expresarse y exponer hechos de violación y abuso de poder en diferentes momentos de su vida.

El proceso judicial por el femicidio de Lucía Pérez marcó un antes y un después en la lucha feminista. Los tres jueces que firmaron el fallo (Pablo Viñas, Facundo Gómez Urso y Aldo Carnevale) fueron contundentes con su decisión: Pérez no era una persona “que podía ser fácilmente sometida a mantener relaciones sexuales sin su consentimiento”, ya que por los chats registrados era “una persona que elegía de manera voluntaria los hombres con quienes quería estar”. Los acusados Matías Farías y Pablo Offidani fueron absueltos de todos cargos a pesar de las pruebas que la fiscalía había presentado. Para los jueces no hubo abuso sexual, y el caso no fue caratulado como femicidio. La pena fue de 8 años de prisión para cada uno pero por comercialización ilícita de drogas. Nada más. “Puede visualizarse claramente el grado de autodeterminación que tenía Lucía”, dice con absoluta seguridad el juez Carnevale. Para ellos, “Lucía tenía 16 años y Farías 23, por lo que sería muy forzado hablar de una situación de desigualdad o superioridad, sobre todo teniendo en cuenta la personalidad de Lucía quien no se mostraba como una chica de su edad y que además había referido mantener relaciones con hombres de hasta 29 años”. El caso generó el primer paro nacional de mujeres en la República Argentina.

En este caso, plagado de errores en la investigación y con una evidente falta de perspectiva de género en las figuras judiciales, el foco estuvo puesto en la víctima en lugar de los acusados. Al parecer, la actitud autodeterminante y la vida sexual previa son condiciones suficientes para argumentar si hubo consentimiento o no en un acto sexual. Para que un hecho sea considerado como violación, debe haber exclusivamente indicios de sumisión, según los jueces. Así funciona la justicia patriarcal en Argentina y en el mundo. Pero entonces, ¿qué es exactamente el consentimiento?

Un fenómeno social 

La palabra consentimiento hizo eco por todos lados en los últimos años. El imaginario social tiende a limitar el concepto a dos únicas posibilidades de respuesta: sí o no. Una persona ofrece o no consentimiento. Pero lamentablemente está atravesado por muchos otros factores que están implícitos en las relaciones interpersonales, y eso hace que el concepto adquiera la complejidad suficiente como para ser discutido. Muchas veces tuve conversaciones con personas cercanas sobre algunas experiencias en relaciones sexuales. Confieso que en algunas oportunidades accedí a algún encuentro sexual pero no lo disfruté. No recuerdo exactamente si tuve un explícito deseo por tener relaciones en ese momento, algo me tuvo que haber motivado sexualmente en un principio para acceder, pero después las cosas se tornaron un poco más complicadas. Charlando con amigos/parejas las respuestas siempre fueron parecidas: si no querías, tendrías que haber dicho que no y punto.

Entonces, repito: ¿qué mierda es el consentimiento? No es algo tan sencillo como decir sí o no. Detrás de un sí pueden existir múltiples factores: la inexperiencia, la indecisión, la presión, la insistencia, el direccionamiento del deseo.  Según la antropóloga Yolinliztli Pérez Hernández, es fácil caer en la tendencia de limitar esa discusión a un problema de elecciones individuales, sin tener en cuenta las estructuras socioculturales que están a su alrededor. En este sentido, ella describe que culturalmente “consentir aparece como un verbo ‘femenino’, inscrito en una lógica social en la cual las mujeres se exigen y son exigidas socialmente para resistir o conceder; los hombres, para buscar activamente el consentimiento femenino”. Entonces, el concepto se presenta como producto de libertad, razón y autonomía; de esa manera parece ser incuestionable. Consensuar una relación sexual (o cualquier decisión) sin tener deseo/voluntad se presenta como error de cálculo, pero nunca como un fenómeno social atravesado por relaciones jerárquicas de género (Pérez Hernández, 2016).

Teresa de Lauretis, la teórica feminista de la tercera ola, también advierte sobre las relaciones de poder que se establecen en materia de género y sexualidad. Para entender mejor las relaciones entre género/sexualidad y consentimiento, el análisis de De Lauretis se enfoca en la manera en que se construyen socialmente los géneros sexuales. Los cuerpos del hombre y la mujer son intervenidos, producidos de manera diferencial, y en base a relaciones jerárquicas, asimétricas y opresivas. De Lauretis comparte la idea del poder y la sexualidad que supo definir Foucault, pero inserta el concepto dentro de relaciones de género, esto es: la inversión conflictiva de hombres y mujeres en los discursos y en las prácticas sexuales. (De Lauretis, 2000).

La relación entre géneros es uno de los temas centrales de estudio en la tercera ola feminista que tiene sus raíces en las teorías del francés Foucault. Tanto De Lauretis como Judith Butler se meten en la disputa entre los dos géneros y su construcción social basados en roles bien marcados y opuestos. Según la autora, son estructuras normativas que inducen los comportamientos que debemos tener; determinan roles, acciones y estéticas que social y culturalmente se atribuyen a cada género, siempre pensado por el imaginario cultural promedio como binario y dicotómico (blanco/negro; naturaleza/cultura; femenino/masculino). Lo femenino históricamente estuvo inscripto dentro de un marco pasivo, de sumisión y en respuesta a lo demandado por el varón. Lo masculino toma atribuciones activas, de poder y demanda. Por supuesto, esto también representa un problema para el género masculino: exige mantener ciertos comportamientos, una cierta presión a demostrar actitudes que no todos los varones tienen ganas de adoptar. Sin embargo, también ha generado y construido sujetos que detentaron ese poder para su propio beneficio. Tanto en la sexualidad, el ámbito social, cotidiano como jurídico, estas relaciones de género que se manifiestan de forma jerárquica y abusiva se vuelven difusas porque se naturalizan. El consentimiento, lanzado como fórmula mágica, se termina convirtiendo en un habilitador que niega y justifica el abuso (sexual, de jerarquías, de autoridades, de poder). Crear consentimiento de manera intencionada y forzada es disfrazar al abuso de poder con supuesta libertad sobre las propias decisiones dentro de un engañoso marco de acuerdo mutuo, consciente y crítico.

Hoy las cosas están cambiando, evidentemente somos parte de una generación en transición. Años atrás no estaba presente en el discurso social la sexualidad femenina, ni los femicidios, ni el feminismo, ni los abusos, ni el consentimiento como sí lo están hoy. Aunque el término siga siendo complejo, a esta altura muchas conductas que teníamos naturalizadas empiezan a mostrarse como lo que realmente son. El poder se manifiesta también en relaciones sociales e interacciones impersonales. Algunas personas emplean técnicas para obtener consentimiento, forzada e intencionalmente.

A veces el poder para conseguir consentimiento se detenta de forma intencional y consciente (lo cual es macabro y abusivo); otras veces es natural, automático, totalmente inconsciente: forma parte de una práctica que está “legitimada” por la cultura y la sociedad dentro del género masculino. Sin embargo, quiero aclarar que no es mi intención señalar y generalizar a todos los varones por igual: lo que pasa es que cuando un hecho se vuelve un patrón de comportamiento y se puede medir en tasa estadística, estamos frente a un problema social. Esta conducta forma parte de una tendencia inscrita en un sistema-mundo patriarcal. Lamentablemente muchas mujeres pasamos por este tipo de situaciones en reiteradas oportunidades, de hecho, es extraño cuando alguna menciona que nunca sufrió nada parecido. Los hombres deben al menos prestar un poco más de atención a la oración anterior. Además de ser un llamado a la autocrítica, se trata de poner bajo la lupa un concepto que todavía no tenemos muy en claro, se malinterpreta y se vuelve difuso. No se trata sólo de decir sí o no.

El consentimiento es un fenómeno social atravesado por relaciones de género: se construye y se materializa, se usa como herramienta para justificar y avalar abusos.


Mattio, Eduardo. Perrote, Noelia. (Noviembre, 2017) Biopolítica y dispositivos de la sexualidad: una revisión a las críticas feministas. (Recuperado de: http://onteaiken.com.ar/ver/boletin24/onteaiken24-01.pdf).

Sequeira Rovira, Paula. (Mayo, 2015) Haciendo las preguntas correctas. Foucault, poder y sexualidad (pp. 131-148).

PEREZ HERNANDEZ, Yolinliztli. Consentimiento sexual: un análisis con perspectiva de género. Rev. Mex. Sociol [online]. 2016, vol.78, n.4, pp.741-767. ISSN 2594-0651.

 

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