Consumos culturales e ídolos aborrecibles

[Ídolos. Forros. Cristian Aldana. Los Espíritus. Bersuit. Cordera. Abuso sexual. Corrupción de menores. Consumos. Etiqueta Negra.  Foucault. Ética. Sujetos. Recursos]

“¿Estoy humanizado o deshumanizado?”
El otro yo, La música

 (Cristian Aldana, cantante del Otro Yo,
22 años adentro por abuso sexual agravado y corrupción de menores.

Se probaron seis casos.
Lo condenaron solamente por cuatro.

Forros)

por Eugenia Mackinson

Me desperté cantando El Otro Yo. Cuando le estaba por dar compartir en Instagram me acordé de los 22 años de cárcel a Aldana, la escuché una vez más entre en contradicciones.  Me embola que me gusten Los Espíritus, me enoja profundamente saberme un par de temas de Prietto y considerar que, en mi dream team musical nacional, el bajista elegido, pulido y destacado sería Arnedo. Me pasa un poco eso con el pelado Cordera que, de verdad, le dio los mejores años a la Bersuit y a mí varios temas para limpiar un sábado cualquiera, me pasa algo así con Fito cada vez que cruzo la letra de Cuervos en la Rosada con sus declaraciones respecto al asco que sentía por el porcentaje de porteños que en 2011 eligió a Macri Malibú como Jefe de Gobierno porteño.

Ni hablar de los filósofos antiguos y algunos modernos que, interrupción tras interrupción, hacen de Pensadontes que cuando hablan te imponen – citando a la Bersuit porque sí-, tipo Rousseau, que escribió uno de los primeros tratados de pedagogía aun dándole murra seguido y con ahínco a su progenie. Me pasa algo raro con Callejeros, también, cada vez que veo sus cds entre otros que tengo. En la bolsa puedo meter consumos incómodos que, sin embargo, llevo adelante todos los días, camino varias mañanas o saludo por otras calles. A veces, cuando me toca un billete de 100 de Roca, me pregunto, ¿se puede separar a la obra de su hacedor? (de fondo suena Prietto en un tema digno de videoclip onda dramatismo de corazón roto y miro por la ventana la ruta 36 extenderse hacia el infinito, me encanta que cagada todo -.- )

Ubicado en la calle Belgrano, Córdoba

Si sostenemos con Gell [1] que, en el contexto de una teoría antropológica, las obras de arte, imágenes, iconos y demases deben tratarse como personas, debemos de reconocerles como fuentes y objetivos de una agencia social. Un tipo de agencia derivada, secundaria le dice, guardan las creaciones ya que no son éstas objetos intencionales sino medios por los que se manifiestan y ejecutan las acciones de sus hacedores, personas de agencia primaria. El tema con Gell es que pareciera que la obra está encerrada en los designios de un artista mientras que los intervinientes en el resultado final, en el producto que consumimos, son muchos más que a quien se atribuye; además de que, antropocentrista, seguirlo al hilo de la letra devendría en reconocer que toda afección sólo proviene de un ser con pulgar oponible y un encéfalo altamente desarrollado, sólo la humanidad es capaz de arte, ¿deshumanizados?

Pero, ¿cuán dueño es Arnedo de sus solos? ¿Debería estigmatizar a productores, arreglistas, artistas de tapa, a Mollo y a Catriel por laburar con un chabón al que en 2012 le metieron una perimetral por golpear a su mujer? ¿Colgamos a los community managers por publicar condolencias y responsos por la muerte de Kobe Bryant siendo que violín probado? En más, y en línea con Gell (que del todo no me agrada) ¿algo de esa violencia nefasta llega a mí a través de sus líneas de bajo? ¿a través de sus volcadas?

Producción ética / consumo ético

No se ustedes, pero yo nunca compré en Etiqueta Negra y no lo dejaría de hacer porque el dueño recibe chanchos vía helicóptero así como tampoco dejaré de intentar – cada vez que monto, cual Alejandro a Bucéfalo, una playera desvencijada – pedalear como el Pity yendo a la casa de mi puntero a buscar mi yerba, el tiene ese faso rico, que cuando lo fumo veo el mundial de japaaaaaaan. Si a medida del culo, son los azotes, ¿de qué cuenta deriva la penalización de nuestros consumos culturales? ¿y de nuestras relaciones sociales?

Parecería que ahí hay un punto: la gravedad de la acción. Así como en Harry Potter (no olvidemos a J. K. Rowling despacharse contra los derechos de la comunidad transgénero) hay maleficios imperdonables, socialmente hay transgresiones que tienen el mismo cariz pero que, de todos modos, no son ordenadas en la escala individual de la misma forma. Algunos seguirán comprando en Awada, yendo a ver Los Espíritus o haciendo cola para que los dejen entrar en Unplugged, otres – enterados de las denuncias por talleres clandestinos, abuso sexual o discriminación – dejarán de hacerlo, ¿estamos todes de acuerdo en algo? ¿a quienes lucran gambeteando, con que tupé los podemos juzgar por lo que hacen afuera de la cancha?

Ese tupé en Foucault se llama ética y es abordado en los último volúmenes de Historia de la sexualidad (II. El uso de los placeres y III. La inquietud de sí, ambos de 1984[2] ) como así también en varios seminarios a los que algunes afortunades asistieron en el Collège de France. Según Michel, por un lado existe un código moral y por otro, la moralidad de comportamiento que, en resumidas cuentas, viene a ser el grado de ajuste de los comportamientos morales de los individuos al conjunto de valores y reglas que diferentes instituciones sociales – que funcionan como aparatos prescriptivos – proponen a grupos e individuos. Además de éstos hay que ver cómo el sujeto se arma como sujeto moral, que tupé, entendiendo que la ética es el modo de armarse, el cuidado de uno mismo. Para cerrar la ñoñada hay que aclarar que, para él, hay que distinguir entre los qué tupe (moralidades) orientados hacia el código y los orientados hacia la ética, hacia nuestra subjetivación.

Si a través de nuestros consumos nos constituimos sujetos [3], ¿somos sólo lo que consumimos o cómo lo consumimos también? El quid de la cuestión descansa, a mi parecer, en la ley de Say más conocida como ley de los mercados. Mal resumida al postulado neoclásico “toda oferta genera su propia demanda”, la ley de Say (1803) anuncia que no puede haber un exceso de demanda – en economías de intercambio – lisa y llanamente porque la oferta es de la que ésta depende. Como producir bienes es, en sí, generar ganancia: ese dinero que entra será destinado a consumir otros bienes en un loop en el que, con tantos ceteris paribus  («permaneciendo el resto constante») que duele la vista, la oferta se sostiene por el movimiento de la demanda.

Se puede volcar el foco de atención desde la producción orientada al público-objetivo hacia los espacios de producción en donde el productor “está regido por la posición que ocupa en el espacio de producción” (Bourdieu [4], 2000: 166);  Attali [5] remite a este punto en cuanto al desarrollo de la industria cultural, que con el respectivo aumento de intermediarios en la producción de una obra desplazan al músico de su papel de creador, y a la necesidad de estimulación constante de la demanda no sólo de las obras musicales sino de la innovación de los soportes que permiten su repetición tanto privada como pública; el avance de la tecnología presupone nuevas formas de escucha que, a su vez, impacta en la producción de la oferta musical. De hecho, la producción de la estética del artista de cuarteto por los productores musicales y la posterior excitación de la platea femenina y la imitación de la masculina en Blázquez [6], la predisposición del consumidor de comenzar a seguir bandas o dejarlas por volverse comerciales (Benedetti [7]; Semán y Vila [8]), y la creación de redes sin sociabilidad en Yúdice [9], responden a imperativos comerciales que impactan en las estructuras de personalidad y relacionamiento del consumidor. Entonces…. orientar nuestro consumo es lo que aún nos queda pero ¿hay algo por ahí que no ofenda o mancille a alguien?

“El hecho de que haya una finalidad es lo que permite hablar de la cultura como recurso” (Yúdice [10], 2002: 54) y cómo éste puede moldearse responde a la demanda que el consumidor haga, tenemos fuerza todavía, podemos mover nuestra demanda a otros bienes sin salir del capitalismo porque, como bien lo marca Fisher [11], parece más sencilla la extinción del mundo que dejar de hacer los engranajes de la máquina del capital. La que queda -y esto dista de ser una conclusión- es consumir haciéndonos bien y, cuando haya algo que dañe, volcarlo a la escena pública para que forme parte del debate, termine con absoluciones o penalizaciones, y se filtren los consumos culturales por mallas propias porque, hermane, somos sujetos (sobre lo que volveremos en algún momento), no recursos.

 


[1] Gell, A. (1998) Art and agency. An anthropological theory. Londres: Clarendon Press – Oxford.

[2] En 2018 salió el cuarto volumen, “Las confesiones de la carne”, que no se tiene en cuenta por la simple razón de que, en su testamento de 1982, Foucault optaba por la “pas de publication posthume”, o sea, ninguna publicación póstuma como fue ésta.

[3] Dadle play a “Caca en la cabeza” de Sofía Viola [ https://bit.ly/2S0ABZa ] + Dadle play también al corto “Ilha das flores” de Jorge Furtado [ https://bit.ly/37XQcOR ]

[4] Bourdieu, P. (2000 [1984]) Cuestiones de sociología. Madrid: Istmo.

[5] Attali, J. (1995 [1977]). Ruidos. Ensayo sobre la economía política de la música. México: Siglo XXI.

[6] Blázquez, G. (2007) “La Joda y la Alegría. Performances y relaciones de género entre los sectores populares en la Argentina contemporánea” en E-misférica. Performance and politics in the Americas. Vol. 4.1.

[7] Benedetti, C. (2008) “El rock de los desangelados. Música, sectores populares y procesos de consumo” en Transcultural Music Review 12.

[8] Seman, P. y Vila, P. (2008) “La música y los jóvenes de los sectores populares: más allá de las tribus” en Transcultural Music Review 12.

[9] Yúdice, G. (2007) Nuevas tecnologías, música y experiencia. Barcelona: Gedisa.

[10] Yúdice, G. (2002) El recurso de la cultura. Barcelona: Gedisa.

[11] Fisher, M. (2016 [2009]) Realismo capitalista, ¿no hay alternativa?. Buenos Aires: Caja Negra.

 

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