Coronavirus: a la muerte de las identidades

[Coronavirus. Identidad. Pandemia. Cultura. Lenguaje. Filosofía. David Hume. Georges Canghillem. Techne. Teconología. Deconstrucción]

Es relativa la muerte si no sé qué significa estar vivo
Santoz

por Tomas Hugo Garzon Loza

Hacer alguna clase de filosofía casera sirve en tanto y en cuanto nos ofrece oportunidades realizables a problemas humanos. Cuando nos aclara el camino y es posible vislumbrar soluciones adecuadas a los problemas que transitamos. Racionalizar filosóficamente el bajón mundial que estamos viviendo es, simplemente, hacer una búsqueda consciente de ese valor que requerimos para entender que nos está pasando y cómo encarar el futuro, teniendo en cuenta nuestra posición en el mundo y como culturalmente entendemos la vida en sociedad, aspectos humanos que son vapuleados.

Siendo nosotros mismos habitantes de una nación económicamente vulnerable, que transita la peor crisis de su historia, las decisiones ciudadanas que podamos tomar en este panorama se vuelven esenciales. No es mi intención aquí dar cuenta de un análisis político de lo que nos acontece, ni es que tampoco tenga las herramientas. Sería interesante que expresen sus reflexiones al respecto. Yo lo voy a hacer: cuando colectivamente la sociedad toma consciencia de su realidad política, de su posición en el mundo y de los privilegios que otros habitantes gozan a expensas de un paradigma histórico de dominación social y económica, los lugares se impregnan de un rigor asombroso: el de la necesidad. Y cuando el pueblo argentino recuerda (como dice Galeano, del latín recordis: volver a pasar por el corazón) la necesidad es un monstruo indomable.

Quizá el coronavirus nos pueda abrir las puertas a una nueva concepción de nuestra relación con el mundo y, a partir de allí, una nueva forma de entendernos como argentinos. Finalmente, como seres humanos. Eso es lo que vamos a intentar explorar: cómo lo que sucede internacionalmente nos afecta como ciudadanos y cómo lo que nos afecta como ciudadanos interpela directamente nuestra identidad subjetiva. Creo que la pauta mínima para adentrarnos en un análisis de estas características es reconocer dos figuras fundamentales: el lenguaje y la cultura.

Pero para eso hay tiempo. Primero, vamos a intentar entender como fue que llegamos a este punto o, por lo menos, dar algunas claves que nos inciten a reflexionar sobre la necesidad de los sucesos que nos acontecen.

Hacia el nacimiento de la cultura y el lenguaje

Lo cierto es que un día hubo un enfermo en oriente que denotó la existencia de cierta enfermedad hasta entonces desconocida en el mundo. Y a partir de su llegada, la humanidad se vio sometida a una serie de procesos desafortunados que nos tomaron por sorpresa y ante los cuales, como siempre, tuvimos que aprender a reaccionar. La diferencia fue que, en ese aprendizaje y hasta la fecha, murieron más de 11 mil personas.

Y las cifras no dejan de aumentar

Propongamos una tesis: la realidad como tal no respeta las ordenatrices humanas y sería absurdo, cuanto menos, pensar una lógica universal que se guíe por necesidades de la razón. David Hume (filósofo británico) expresa lo inútil que es enarbolar el orden racional y su entendimiento de la realidad como baluarte de la identidad del cosmos. Creo que la propuesta de Hume es interesante para nuestro análisis en tanto nos demuestra que todo lo que damos por sabido parte de procesos inductivos de inferencia, esto es, asumimos que las cosas son como son puesto que siempre fueron del mismo modo o entendemos que, por nuestra experiencia, probablemente está bien que se desarrollen de ese modo. Y ojo, es un proceso necesario, puesto que si no tuviéramos alguna clase de seguridad por sobre las cosas, por más ficticia que sea, no podríamos desarrollar nuestra vida con normalidad. La cuestión es: ¿cómo podemos asegurar que todo suceda como creemos que va a suceder, o como aprendimos que está bien que suceda?

Hume entiende que hay algo que es innegable, pero que no nos ofrece las garantías necesarias para responder esa pregunta. Esto es la percepción sensible: nuestra conexión con el mundo. Pero percibir las cosas no nos da alguna clase de poder por sobre ellas ni es criterio suficiente para entender que el orden del mundo debe respetar lo que consideramos que debe ser. Aquí hay un problema hasta religioso: asociamos la figura de Dios con la de una gran mente constituidora, superior pero similar a la del ser humano. Hume, ante todo, es humilde, y entiende que nuestra percepción es limitada, y aquí la inutilidad de nuestra tesis.

Vamos a hacer la misma pregunta que hicimos en el párrafo anterior pero con un pequeño condimento: ¿cómo podemos asegurar que todo en el universo suceda como creemos que va a suceder, o como aprendimos que está bien que suceda?

No encontramos los argumentos necesarios para establecer normativas cósmicas que respeten esos criterios para nosotros, constituidores. ¿Qué nos garantiza que efectivamente el sol salga por el este mañana? No es demostrable en términos absolutos una causalidad lógica que me permita hacer esa inferencia. Aprendimos que sería así y todas nuestras mediciones del mundo dan cuenta de eso. Pero, ¿qué le vamos a increpar al universo si un día el sol sale por el oeste? ¿Y si una pandemia destruye ordenes sociales, económicos y culturales? El punto es que no podemos controlar lo que pase, y en última instancia, toda clase de entendimiento que podamos tener de las cosas parte de lo que colectivamente construimos, como si fuese alguna clase de red de significados, para poder hacer nuestra vida y constituirnos como seres humanos.

Es importante que entendamos la raíz colectiva del asunto. Hemos dicho que existe algo innegable: nuestra percepción. A partir de ese lugar somos capaces de absorber conocimiento y relacionarnos con el mundo. El modo en que lo absorbemos, y lo que va a determinar cómo lo apliquemos a la realidad, tiene que ver con las contingencias espacio-temporales a las que estamos sometidos. Y por eso estar en Argentina en el año 2020 es crucial para entender nuestra identidad, distinta a la de un europeo o incluso a la de un argentino en el 1920, por decir algo. Ahora bien, me gustaría hacer un paso más: en tanto animales de costumbre o pertenecientes a alguna clase de comunidad biológica, adquirimos comportamientos comunes que nos permiten establecer vínculos y continuar desarrollándonos. Y esa es la verdadera raíz del asunto: cómo modificamos el mundo a través de lo que aprendemos /es necesario/ nos hace bien. A esto, Georges Canghillem lo llamó cultura.

Dirá Canghillem que lo que concebimos como cultura proviene de las formas de alteración del mundo que ejercemos en la constitución de una techné (un proceso artesanal a partir del cual nos apropiamos de las cosas y las utilizamos en nuestro provecho). Este proceso es, ante todo, creativo y no mensurable en términos científicos: la ciencia es posterior, y se constituye tan solo como un modo de normalización y especificación de estos procesos. Lo importante aquí es que el valor de la techné, como tal, parte de la función que tienen las cosas en nuestro territorio, en nuestro entendimiento de la tierra y de las cosas que suceden en ella. Somos individuos situados porque tenemos consciencia de la distinción entre nuestro espacio y lo que nos rodea. Y no sería posible dar cuenta de este entendimiento de la realidad si no fuésemos capaces de manipular canales para comunicarlo. Si somos capaces de comunicarlo, entonces cada cosa tiene un valor. Y ese valor es un valor de propiedad, puesto que a través de símbolos somos capaces de adjudicarle una función a las cosas, un significado. Y aquí nace el lenguaje. No podría existir cultura sin lenguaje.

Es así como la techné se convierte en un profundo ejercicio cultural cuya realidad está ligada a las necesidades de una comunidad. Y cómo tal, varía en tanto y en cuanto los procesos de los colectivos fluctúan a partir de las contingencias contextuales a las que están sometidos. Ese es el kid del lenguaje: no puede normalizarse, como algunas academias intentan, puesto que el mundo (y más precisamente nuestros vínculos políticos sobre los cuales significamos las acciones que emprendemos) varía constantemente. No existirá nunca algo así como una fórmula perfecta sobre la cual podamos entender el mundo y aun diría más: tampoco poseerlo. Es por esto que todo juego del lenguaje o toda definición de las cosas que expresemos va a ser adecuada contextualmente. Y lo va a ser porque su raíz es colectiva, y el problema y el entendimiento de la realidad, también lo son.

Para ponerlo en limpio

Lo que entendamos o no por ser humano estará directamente interpelado por las formas, los modos, las herramientas y las creaciones humanas: todo cargado de significados otorgados culturalmente. Y en tanto y en cuanto nuestras facultades productivas se vean afectadas tan drásticamente por los acontecimientos accidentales, será evidente una crisis radical en los modos de relacionarnos al mundo.

Aquí es cuando leo dos escenarios posibles, teniendo en cuenta la crisis política (vamos a permitirnos usar esta palabra) que nos acontece:

El primer escenario da cuenta de una serie de procesos determinantes más no fatales, en donde el ser humano acentué su respuesta posesiva a la realidad en un zarpazo agónico que lo mantenga vivo a toda costa. Se potenciaría una segregación económica y social de tales características que destruiría el orden de clases y sumaría a la población en un vaciamiento cultural propiciado por la implacable necesidad del capitalismo.

O bien, y el que me parece más interesante: una deconstrucción semántica del concepto de humanidad a través de sus elementos más específicos; las demostraciones cabales del ejercicio de la vida del hombre sobre la tierra dejarían de existir y, a partir de ese lugar, toda constitución identitaria se vería revuelta. Por caso, el dinero como baluarte esencial podría desaparecer y allí toda su retahíla significante para la ciudadanía y su posición social. ¿Qué puede venir después?

Posiblemente, vida. Bueno, no hace falta ser tan drásticos. Tampoco es cuestión. Si creo que incluso el modo en que entendemos nuestra vida tiene que ver con las formas actuales de ejercicio del lenguaje. En todo caso, nos veremos obligados a transitar un proceso de ruptura territorial, en donde lo que para nosotros tiene significado, posiblemente ya no lo tenga más. O al menos no en los términos que conocemos. Allí surgirían territorios nuevos: finalmente existirá una nueva noción de la vida, una nueva percepción y, con todo, la perpetuación de su existencia.

No estoy diciendo nada nuevo. Pareciera que nuestra historia del lenguaje y del entendimiento del mundo estuviese compuesta por incontables micro-crisis, micro-rupturas de la sociedad, micro-rupturas culturales. A veces más grandes. Mucho más grandes. Este proceso es dinámico y existe desde el momento en que el ser humano tuvo noción de si mismo. Es más, la revolución digital como tal lo ha agilizado respecto a las posibilidades temporales humanas de antaño. Quizá podamos hablar de ello más adelante. Creo que es muy interesante cómo históricamente hicimos patente ese desarrollo, lo registramos, lo ensalzamos y lo romantizamos, puesto que en tanto sea placentero y nos conduzca a la belleza, da cuenta de la vida. La techné es finalmente esto: en ella se reúnen belleza con necesidad y se hacen una. De ella surge el arte, de ella surge, conmovedoramente, el territorio.

No quisiera cerrar esta exposición sin antes instar a una interrogación. ¿Dónde se define, lingüísticamente, lo que es símbolo y lo que es significado? ¿Cómo damos cuenta de lo que es en contraposición a los artilugios que empleamos para representarlo?

En fin, la pregunta filosófica como tal es apasionante, pero puede ser cansadora. Lo cierto es que Argentina la tiene complicada. Y, al mismo tiempo, este virus nos puede dar posibilidades nuevas.

Veremos.

Hoy estoy tranquilo.

 

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