Silenciar notificaciones: el whatsapp en tiempos de coronavirus

[Coronavirus. Whats App. Grupos. Notificaciones. Celulares. Teléfono. Paranoia. Telegram. Redes sociales. Pandemia. Chetos. Alcohol en gel. Grieta. Alberto Fernandez. Biopoder. Biopolítica]

“Manía, manía
Una situación
Qué trágico destino”
Situación Manía, Daniel Melero

por Eugenia Mackinson

No soy muy adepta al teléfono, de hecho, al primero me lo encajó mi vieja en 2006 cuando zarpé del pueblo para vivir in da city. Perdí un montón de aparatos, rompí varios otros, revoleé un par cual Susana ceniceros, tuve de a dos a la vez, cambié una sola vez de número y una sola vez de empresa, en mi departamento nunca tuve fijo y rarísima vez atiendo una llamada. Corazón ortiva, aunque estimo que vos también sos de les que dejan sonar y sonar cualquier llamada para mandar un mensajito después.

Recuerdo aún el paso del fijo, el de la ruedita para discar y posterior con botones, al fijo inalámbrico y de éste hacia el ladrillo que era el Tango 300, de éste al Startac con tapita, la fletada de la tapita y su cambio por pantallas a color junto a botones y, por último, la fagocitación de éstos por pantallas cada vez más grandes, más definidas y más acaparadoras, corte Farenheit 451 de Bradbury. El teléfono fijo, allá por los 90s, ocupaba un lugar de la casa en donde la circulación era fluida, cerca usualmente había una libretita y una lapicera para tomar el recado; el inalámbrico ya empezó a moverse con nosotres, sólo para volver a la base cuando necesitaba carga (base que se emplazado sobre el cadáver del fijo); al Tango la batería le duraba poco y nada pero lo bueno era que el transformador – en su momento – también funcionaba para cargar el Family; en el Startact y modelos de tapita era hermoso discutir con alguien y cortar, y también recibir mensajes de texto a muchos centavos cada uno.

Los servicios de mensajería de texto mutaron de la relación aparato-aparato a la relación aparato-internet cuando, en un lejano ya primer momento, el oligopolio de las telecomunicaciones empezó a ofrecer el mandar mensajes gratis, por medio de sus páginas, a celulares de otros, una maravisha que- aparte- te sumergía en la duda de si llegaba, el otre se hacia el bolude, o si habías anotado bien el número. Ni hablar si estabas en situación de Blackberry: manejabas esa mensajería interna al selecto grupo que tenía esos cacharros con muchos botones, muy propio de los pasillos de la UCC en 2006 en donde ¿cuál es tu pin? era un aspiracional que circulaba.

Desde los pantalla a color en adelante, a la llamada y al texto se le sumó la cámara, la radio, el .mp3, la conexión a internet, al wifi con el consecuente desarrollo de las redes de internet 2G, 3G, 4G, milG y lo que sea, las aplicaciones y todas esas otras cosas que ya no entiendo pues #nacidaen1987. En ese momento en que la comunicación viró del ahorrar caracteres para que entre todo en un mensaje a la posibilidad de mandar cualquier gansada, a cualquier hora, con cualquier excusa, ahí, justo ahí, arrancó la barbarie vibratoria (y muchas ansiedades) que ahora con esto del coronavirus -oh my señore- se remenea.

Les grupes

Entiendo que las llamadas que se atienden son las del laburo de ganar plata, de maternar o paternar, las de una amiga a cualquier hora por miedo, algunas de la familia aunque jamás las de Fibertel, las de Claro, ni mucho menos las de los turneros de los centros de salud privados o aquellas que mi madre -todavía no entiendo el filtro- te dice que hacen los presos, bueh, dejémoslo ahí. El tema no es la hipercomunicación que genera ansiedades y mambos junto a solidaridades y uniones, sino la mediatez de la misma.

Wasap, Telegram y Hangouts son los servicios que aún hoy uso; cada uno para un fin en particular y cada uno configurado en pos de ese fin, sin horarios de última conexión, sin que la foto no se que, con alias si es posible, lo que sea, cada plataforma es configurada por el usuario de modo que se adapte a sus necesidades inmediatas. En modificar los ritmos, contenidos y ritos de la comunicación, es en donde nos hemos amparado a fin de sobrevivir en una sociedad en la identidad ha comenzado a brotar desde y hacia el celular.

Durante estos últimos días, con pico post los anuncios del Alberto del domingo pasado, los grupos de Wasap en los que estoy viraron hacia un coqueteo del leit motiv que los creó con el coronavirus que nos tiene a todes medios encerrades.

Grupo A > Les informativos: aprenda a hacer su alcohol en el gasero

Por medio de los tres grupos ñoños en los que estoy, me llegó el video ese con fondo verde en donde un señor explica cómo hacer alcohol en gel casero. En uno vino acompañada por 62 mensajes en un plazo de hora y algo entre los que destacaban textos como “la enfermedad de los chetos”, “cuarentena por coronavirus, emprendimientos para abastecerse”, “los baños de la facultad no están en condiciones…”, mil veces el comunicado actualizado de la facultad y otras muchas gracias de mis compañeres. Acaban de mandar “un juego didáctico para ejercitar e hemisferio izquierdo…” que es adivinar refranes en base a emoticones -oh señoooorrrre-.

A eso se le suman poemas y otras jipiadas que, en los otros dos grupos, son reemplazadas por información respecto al objeto de investigación o de reunión que nos convoca poniéndolo en relación con el coronavirus. En uno se está viendo como poder asistir a la tesis de un compañere sin estar presente en la sala y, en el otro, como hay desarrollos maquínicos que – con un poco de empatía – podríamos poner en práctica ahora ya en la ciudad.

Grupo B > Les giles: memes

Están les otros que, oscuro corazón, han decidido tomarselo con soda y revolean memes/ stickers de actualidad que no apuntan hacia la información sino que llegan a ella a través de la gilada -hermosa gilada, no puedo enojarme contigo, eres tan barata-. A lo que los anteriores lo curan con planes de acción, comunicaciones de las universidades y datos de color, los de éste grupo lo atacan con memes de Los Simpson, cuarentenas starters packs, rezos a los dealers que encima de carielis están desaparecidos y nosotres de cara y así y así.

Grupo C > Les alarmistas: la doña

Muuuucho TN, mucho contador minuto a minuto de infectados y muertos, mucho cuidate, mucho alcohol en gel, recomendaciones para abrir puertas, pedir un café, cortar con el chongo, mucha parresia(*) podríamos decir, pero que, mal encauzada, confluye en ansiedades y alarmismos que – en momentos en que estamos encerrades – pegan medio raro, y mucho más en quienes andan viajando y deben volver. Entiendo que ésta misma gente que encuentra placer en revolcarse en el lodo del apocalipsis es la misma que se stockeó de papel higiénico y alcohol en gel como para enfrentar un encierro de años y que, a su vez, es la misma que secretamente se toca pensando en la supervivencia del más. Por acá llega mucho dato de último momento que, cuando es comunicado por el vector alarmista, lo es en pos de azuzar su alarmismo.

Grupo D > Les contras: hasta la grieta y el Maipo no paro

Que “imaginate si esto nos agarraba con Macri”, “las medidas de Alberto fueron tarde”, “cómo les van a dar más guita a los de los planes” y así, y así hasta que la cornea empieza a querer saltarse del ojo. Todo es político es una tesis que ha llevado a grandes avances en materias de derechos, de protecciones y de cuidados pero que, explotada hasta la boludez, también ha derivado en la politización agonal de un tema que nos toca a todes. De estos, pfff varios mensajes y varias comunicaciones me entran al celular, aunque – y creo que es sintomático de nuestra edad- muchas vienen de los muros de Facebook.

Solo a modo ilustrativo eran estos aglutinantes a los que podemos sumarles les conspiracionistas, les antivacunas y el que pinte, pero recordando que este modo de agruparse es posible gracias a las herramientas que, a cada une desde su casita, lo hacen comulgar – a su ritmo y tiempo – con otres a través de grupos de Wasap o páginas de Instagram. Estamos sobrepasados de mensajes, dándonos cuenta de que un mínimo tópico tiene tantas dimensiones como sujetos lo mastiquen y cranéen pero, y acá lo bello, encuentro que hay una cosa en común por la que la opción de silenciar notificaciones reemplaza a la de salir del grupo. El medio es también el mensaje.

El autocuidado

“No es por vos, es por todos” es como cierra una comunicación que acaba de sacar al aire el programa de radio de Sietecase (18/03/2020) en la que nuestro presidente delinea el alma de los decretos y DNUs por los que está reglando nuestra existencia en estos días. Básicamente durante una urgencia elementos heterogéneos (discursivos + no-discursivos) se constelan de un modo determinado dentro de una multiplicidad espacio-temporal puntual, esa constelación se llama dispositivo y  su función es producir subjetividades (sujetos sujetados) a determinados efectos de poder saber a través de procedimientos y técnicas que se abocan a la resolución y sobredeterminación de problemas de orden práctico y ético-político que necesitan urgentemente ser resueltos.

Si bien reconoce Foucault que en el interior del dispositivo los componentes pueden cambiar de función (como pasó con las fábricas del conglomerado LVMH que ahora hacen alcohol en gel, lo mismo que las FFAA en Argentina zurciendo barbijos), cumplir un conjunto de éstas o cambiar de nivel de operacionalidad, el modo que asume su relación es respuesta a una contingencia histórica urgente. El todos que marca Fernández es el sujeto histórico del dispositivo higienista, el autocuidado la práctica que – junto con la verticalidad del ejercicio estatal- enreda a los componentes tanto del dispositivo estatal como de su brazo higienista.

La gestión de la población argentina, cuyo ejercicio viene de la mano de la regulación de las mismas (biopoder -cómo me gusta Foucault-) a través de la política higienista, tiene su nacimiento en el gobernar es poblar blandido por Alberdi durante la redacción de sus Bases[1]. No sólo por su incidencia en la Constitución Nacional de 1860 en la que, tras el cese de hostilidades entre la Confederación Argentina y el Estado de Buenos Aires, éste comienza a integrar el territorio como una provincia más de la incipiente república sino también por el ritmo que marcó en relación a la efectiva ocupación de las tierras que hoy comprenden a nuestro país.

El modo en que las ciudades tomaron forma después de la epidemia de 1871 en Buenos Aires, marcó un cambio en el modo de gestión de las poblaciones que pasó del dejar morir al hacer vivir en tanto y en cuanto separó lo que se consideraba el patógeno de la población que afectaba. Podía pensarse que cada segundo en que demoraron las políticas que tendían a disminuir el contagio, una política de dejar morir se llevaba a las poblaciones pasivas de una envejecida Europa y una China que, hace pocos años, mutó de uno a dos hijes su control poblacional. Consecuente disminución del gasto público en el sistema previsional de los Estados, vaciar de viejos y una nación envejecida es más que conveniente.

Podríamos pensar que las medidas tomadas en nuestro país, resguardando a los más vulnerables, son la contracara de aquellas pero tampoco veríamos el espectro completo de un modo de gestión biopolítico que -hoy y acá- está demostrando que el paso filosófico que da Deleuze cuando relee a Foucault puede ser útil. Hay un gobierno, hay una bajada política de qué hacer y que no, hay un vigilar, un prohibir, un castigar, hay un puño que se blande en pos de un todos que no está compuesto por los afectador por dengue pero si por los del coronavirus.

Sea como sea, el Estado existe y el medio es el mensaje pero también, y en esto recomiendo el bello análisis que hace Panagiotis Sotiris[2], existen las masas. Entre tantas sujeciones hay una línea horizontal que corre y que embrolla la tía macrista y a los memes de @noesdevegna recogiendo también a los que proponían que el sábado le hagamos reiki al mundo y los que se llevaron todo el Lisoform de los supermercados: la del cuidado.

Cuidarse uno para cuidar al resto es parte de lo que Sotiris enuncia como una biopolítica democrática, un modo de agenciamiento donde “todos somos el dispositivo” como sentencia Deleuze. Pocas veces me pasó que el cuidado venga desde tanta honestidad porque, y paciencia aparte, la alarmista de TN y los jipis de mi nueva facultad tienen algo en común, son honestos con ellos, y desde la construcción honesta de su intensidad, me cuidan y nos cuidamos. El Estado, dado al control vertical, ha descubierto que las formas colectivas – en cuya fagocitación encuentra su justificación- ha encontrado lo que una mina caminando sola a la noche sabe desde hace mucho, que me cuidan mis amigues, no la policía (recordando que el monopolio de la violencia es facultad del Estado).

El componente democrático, más fuerte que el paternalista, es el que nos da poder, nos da amor y, en mi caso, muchas ganas de silenciar notificaciones.


[1] Las Bases hace referencia a la obra de Juan Bautista Alberdi titulada “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina” que, publicada en 1952, se convierte en una obra basal de la primera constitución que el Estado argentino se da para sí (1860) y, a su vez, en el modo de materializar la ocupación de las tierras sobre las que se asienta.

[2] Coronavirus contra Agamben. Por una biopolítica popular. en http://uninomadasur.net/?p=2575&fbclid=IwAR2XLcV8CCpa_tSIMeeLshdczMyhsdmwWw_2C3DgXuexsztw1OtIW-_oACs .

 

 

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