COVID-19: pandemia, precariedad y control

[Covid 19. Coronavirus. Pandemia. Desigualdad. Precariedad. Control. Argentina. Brasil. Estados Unidos. Donald Trump. Gripe]

por Lucas Rodriguez (@lvc4srod)

Si uno critica la cuarentena es un trosko cabeza de termo. Y si la acata es un lumpe cooptado por los poderes de turno. Entre tanto, la policía sigue vulnerando derechos humanos básicos según el barrio en el que les toque patrullar, el Papa aparece en un video criticando los despidos, Trump hace un acercamiento para comprar la patente de una futura vacuna con derecho exclusivo y la cancillería alemana le responde que el capitalismo tiene sus límites. Pero, ¿los tiene? y en todo caso, ¿no es esta situación una que nos pone de facto, con la fuerza del estado de sitio, en los límites del capitalismo? ¿Una situación que nos pone a sobre-vivir justamente porque lleva el capitalismo hasta sus límites?

Habríamos de creer, si pusiésemos toda nuestra fe en el estado benefactor y en el progresismo latinoamericano, que no hay nada que cuestionar en la cuarentena obligatoria. El estado de emergencia y la responsabilidad política la exige, la responsabilidad social la acompaña y la celebra. Pero ¿qué hay detrás de un aislamiento social obligatorio? ¿Por qué una enfermedad con un índice de mortalidad relativamente bajo es la que nos llama a encerrarnos? ¿Es la enfermedad, es la previsión sanitaria, la necesidad de orden o responsabilidad civil lo que al final nos hace aceptar el distanciamiento social y el encierro? ¿Qué es y dónde nace esa sensación terrible de vulnerabilidad que siento cuando voy al kiosko a una cuadra de casa?

Como somos presas de la voracidad del lenguaje, no podemos evitar empezar nuestro análisis con una sentencia: la particularidad de la situación en la que nos encontramos se empieza a entender a partir de que esta enfermedad, esta pandemia, el (¿la?) coronavirus, genera una irrupción, una interrupción en la distribución desigual de la precariedad y la muerte. La muerte, la amenaza de la muerte, la mortalidad no natural, o más propiamente, la cobertura ante ellas, está, como todo capital, distribuido desigualmente. Las enfermedades no nos amenazan ni nos matan a todes por igual. Y no hablamos de cuerpos sanos y capital genobiológico (¡e uma gripezinha!), hablamos de precariedad y vulnerabilidad social. Los grupos poblacionales no tienen un mismo nivel de riesgo ante las diversas enfermedades y amenazas. El sistema sanitario y el sistema en general toman nota de ello y, a partir de diversos denominadores por lo general biológicos (como rango etario o historial médico) construye los grupos de riesgo. A la hora de hacer sus evaluaciones, lo que no suelen tomar en cuenta son los denominadores sociales e históricos. Pero siempre nos encontramos con que hay relaciones –por lo demás muy evidentes– entre los niveles de contagio, mortalidad y rehabilitación de ciertas enfermedades y los grupos poblacionales.

El caso por antonomasia es el prejuicio en torno a la población LGBTIQ+ y el VIH. Si la población más –como siempre proporcional por lo tanto imprecisa–  amenazada y perjudicada por el sida es la población disidente, tiene mucho más que ver con el abandono y la vulnerabilidad que con la práctica sexual no heteronormada[1]. Entonces, si bien las poblaciones más privilegiadas tienen mayor acceso al servicio sanitario -y eso en Argentina, con un sistema de salud público relativamente digno, en relación mundial, se complejiza y expande-, la coronavirus ha llegado a interrumpir la economía de la vulnerabilidad, extendiendo su amenaza de muerte por sobre toda la población, sin distinción de género, sexo, raza ni clase.

La COVID-19 viene (como enfermedad que no tiene un historial de sociabilidad) a igualar a la población, a desarmar las diferencias bajo una misma amenaza. Habrá quienes ya estarán pensando en que poder hacer cuarentena es un privilegio. Lo sabemos. Lo es. Y si bien estamos pensando en un primer estadio de vulnerabilidad que desconoce distribuciones de privilegios, esa frase, que parece tan simple y reductiva, “poder hacer cuarentena es un privilegio”, roza, se acerca, como que pega en el palo de la cuestión. No da en el blanco pero casi. Si la descuartizamos, la frase dice: hacer cuarentena es obligatorio, pero no todes podemos hacerla, porque hay quienes no tienen las condiciones materiales para encerrarse en sus casas y seguir viviendo. El agenciamiento colectivo de la responsabilidad está molecularizado para llegar hasta cada individuo, sin distinción, para un beneficio mayor, socializado, pero no todos los individuos pueden permitirse hacer la cuarentena. Y aquelles que se niegan a hacerla se encuentran generalmente entre quienes podrían. Así vemos el primer rastro de cómo los poderes dominantes ponen en juego una maquinaria social, política y discursiva completamente nueva para enfrentar esta amenaza.

Fantasmas, vulnerabilidad y hamburguesas en mal estado

Un fantasma recorre el mundo. Vamos a aprovecharnos de esa información dudosa que a la gente le encanta reproducir (¿se les habrá quedado en algún lugar del cerebro la invasión zombi a partir de una hamburguesa en mal estado?), y decir que algún incauto que tomaba, como lo hizo su familia por años y años, una sopa de murciélagos, sin saberlo se estaba convirtiendo en la punta de la flecha que iba a llegar al mundo para recordarles a todes aquelles que se habían olvidado la dimensión de su vulnerabilidad. Y cuando las clases y los sectores dominantes se ven amenazados, saben cómo involucrar en sus necesidades a toda la población, ejercer su dominio y extender su manto. Pueden hacer aparecer un locus del cuidado y la responsabilidad, esta vez, porque se ven amenazados.

Y como entienden a sus vidas como las dignas de ser cuidadas, para poder resguardarse, tienen que activar estrategias que involucren a todos los sectores poblacionales. Ante las diversas problemáticas y causas de muerte en nuestro país, pensemos ya en el gatillo fácil, en los accidentes de tránsito o en los crímenes de odio, no vemos activar semejante maquinaria estatal ni discursiva. Las problemáticas se atacan particularmente, sin generar lazos de protección que involucren a la población como un todo. Ahora, extendiéndose la amenaza por sobre toda la población, nos encontramos frente a una retórica de la responsabilidad civil que es nueva, original, y al igual que su amenaza, inédita, joven, y, esto es importante, aún en desarrollo. El discurso es filiar y fraternalista, debemos todes hacernos responsables de les demás y cuidarnos porque eso es cuidar a toda la sociedad. La imposición de la responsabilidad, al menos en las palabras del presidente, no es solo para los individuos y buscará imponerse en todos los escaños sociales, pero habrá de verse hasta donde llega la exigencia y la aplicación efectiva de la presión legal, si podrá extenderse a las acumulaciones de capital privilegiadas, o si seguirá siendo la policía en los barrios la mano de la ley que los noticieros festejan. Otra vez, en este caso particular que es nuestro país, los poderes políticos toman nota de la sociabilidad de las enfermedades y resuelven medidas que son de alivio para algunos sectores de las poblaciones vulneradas. Se redistribuye el capital, se altera leventemente, aún sin llegar a subvertir el círculo económico. El mercado de los capitales que los humanos portamos no se diferencia tanto del funcionamiento de la bolsa de valores. Si un valor se altera los otros se alteran en arrastre. La vulnerabilidad y la precariedad se ven afectadas y extendidas, la amenaza de muerte de expande, el servicio de salud se colapsa, la responsabilidad de redistribuye y asienta, la moneda se estanca.

La desigualdad cuando todo esto pase

El presidente dijo que una vida que se pierde no se puede recuperar. Claro que estamos de acuerdo. Pero nos preguntamos por qué es necesario llegar a estas situaciones límites para escuchar tales reflexiones. Por qué de repente, si la mortalidad es tan baja, es la vida lo que tenemos que defender. La disputa por la Interrupción legal del embarazo nos deja una pista: cuando las clases dominantes hablan de vida no lo hacen desde mucha reflexión. Ponen en juego un uso sacro de la palabra y usufructúan su poder y su rendimiento. Ante una serie de amenazas inéditas, las soluciones también son inéditas, disciplinarias y potentes. Hemos visto aparecer, por momentos, agenciamientos que se acercan a las lógicas de la comunidad y el apoyo mutuo, a la contención. ¿Qué potencias revolucionarias le quedan al cuidado y al afecto si el capitalismo, en sus límites, los ha tomado entre sus manos y puesto bajo su signo? ¿Qué reivindicaremos de cuidar del otro, y a qué otro estaremos cuidando, si en el fondo lo que se trata es de mantener, de reordenar, de estabilizar el orden? Entramos en cuarentena para que el sistema de salud pueda responder eficientemente a la amenaza viral. Sí, pero también, para no desbordar el sistema, para no colapsar el Estado, para no romper el círculo económico de la distribución de la muerte. Entonces, las decisiones tomadas por el Estado Argentino pretender de alguna manera proteger a su población, sí, y a la vez, de lo que se trata es de mantener el círculo económico en funcionamiento, no permitirle a la crisis que afecte la distribución de la vulnerabilidad, cortar con todos los efectos subversivos que puede tener una alteración en el régimen de amenaza de la muerte.

La gente ya está hablando de los diversos efectos positivos que puede llegar a tener esta experiencia en nuestra constitución: valoración del estado benefactor, limpieza del planeta, reivindicación del cuidado y la responsabilidad. Al contrario, es necesario estar muy atentes a que esos efectos no sean tomados por el capitalismo para seguir extendiendo sus dominios. Nos estamos viendo afectados por una experiencia histórica, estamos viviendo la historia, estamos en una suerte de punto cero donde nuevos mecanismos de disciplinamiento y control nacen y se constituyen. Todo esto porque vino una formación de células virales hasta entonces desconocida a romper con el orden: con el orden del capital, con el orden de la política internacional, con el orden de los límites nacionales, con el orden la precariedad, con el orden de la muerte.

Para cerrar, algunas preguntas: ¿qué otro tipo de potencias, liberadoras, subversivas, pueden llegar a aprovecharse de este caos? ¿Cómo poner nuestro esfuerzo del lado del cuidado radical y no del cuidado particular que el capitalismo nos exige en estos momentos? ¿Cómo, sin negar el peligro a las vidas, sumarle nuestra potencia al peligro que la crisis significa para el sistema de dominación y desigualdad?


[1] Van a tener que disculpar a este chico que no encuentra otra manera más que la negativa para nombrar la experiencia que quiere definir. Es un desesperado  intento por no homegeneizar la experiencia que puede ser un sexo bi o un sexo gay o un sexo trans o un sexo queer, no quiere dejar de abrir una posibilidad a cualquier tipo de experiencia sexual que se escape a las que podemos nombrar. Se abre una discusión, cómo, si la reducción opresora metaforiza el intercambio sexual, y solo lo reduce a una ruptura de la ley, de la heteronorma, cómo presentarle la carta de su diversidad y su espectro de experiencias posibles y válidas.

 

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