Amorales, invertidos y degenerados: crónica de putos argentinos. Parte 3

[Putos. Historia argentina.Revista Sur. Victoria Ocampo. Revista Centro. Facultad de Filosofía y Letras. UBA. Editorial Tirso. Juan Carlos Onganía. Revolución Argentina. Luis Margaride. Tía Margarita. Campaña moralizadora]

“La homosexualidad se pasea ahora por calles y salones a cara descubierta, sin asomo de la inseguridad que la distinguía antaño […] La homosexualidad se ha convertido así en un constitutivo esencial de la atmósfera de nuestro tiempo tanto para quienes la practican como para quienes se sienten ajenos a ella: todos la compartimos de algún modo, pues, al igual que la energía atómica, la dictadura del proletariado, las filosofía existencialistas, etc, la homosexualidad es uno de los factores preponderantes en el zeitgeist en que vivimos.”
 Héctor A. Murena: “La erotica del espejo”, Sur, 1959

por Conrado Rey Caro (@reycaro_ )
Ilustraciones: Rodografo  (@rodografo )

Para la década de los cincuenta el deseo homosexual ya no existe tras bambalinas como sucedía en las anteriores partes de esta crónica. Ya no está reservado a la letra ilegible y escondido en diagnósticos patologizantes almacenados en el último cajón de la oficina del psiquiatra, ya no se encuentra únicamente en listados secretos con los cuales la policía persigue y anota en prontuarios a los trolos argentinos. En las revistas, las editoriales y los medios de comunicación de la cultura de masas aparece el deseo homosexual como sujeto que es enunciado. Se ha caído el telón, se sabe que los homosexuales existen y están respirando su mariconeria en el escenario público. Los putos han salidos de sus casas y no para ir al hospital, están caminando por la calle, escribiendo en el periódico, tomando alcohol y teniendo sexo, algo se debía hacer.

Putos, tortas y travestis tomaron riendas del espacio político y discursivo. Durante los cincuenta y sesenta muchas revistas dirigidas por las “heterodoxias sexuales” empezaron a contar sus historias, sus dolores, sus felicidades y sus experiencias. Se enunció el pecado nefando que era el deseo homosexual. Algunas de estas producciones culturales que surgieron fueron la Revista Sur dirigida por Victoria Ocampo y por dos homosexuales: José Bianco y Enrique Pezzoni; la Revista Centro, dirigida por Jorge Raúl Lafforgue y consolidada en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Ambas publicaron en torno al deseo homoerotico y a la vida de las disidencias sexuales no como un pecado, un crimen o una enfermedad sino como formas de vidas.

Otra de aquellas producciones culturales fue la Editorial Tirso. Ella se caracterizó por la publicación de obras de autores extranjeros y nacionales que trabajaban la temática homosexual. Era dirigida por Renato Pellegrini y Abelardo Arias. En 1957 la editorial mostró al público su primera publicación: “Las amistades particulares” de Roger Peyrefitte. La historia gira entorno a un vínculo sexo afectivo entre dos estudiantes de un internado católico francés. Novela escandalosa que anteriormente había sido rechazada por la editorial Sudamericana y que sería la Editorial Tirso la que se encargaría de traducirla y traerla para el público argentino.

Estas publicaciones fueron perseguidas y muchas de ellas censuradas bajo la normativa del artículo 128º del Código Penal que funciono por medio siglo desde su sanción en 1921 con la ley Nº 11179, hasta su modificación en 1968. “El art. 128 establecía: ‘Será reprimido con prisión de quince días a un año, el que publicare, fabricare o reprodujere libros, escritos, imágenes u objetos obscenos y el que los expusiere, distribuyere o hiciere circular’.”[i]

Juan Carlos Onganía, presidente de facto que se atribuía el poder legislativo a través del artículo 5º del Estatuto de la Revolución Argentina, sanciona y promulga el 6 de diciembre de 1968 la ley de facto Nº 17567. Esta significaría una modificación del Código Penal en el que no solo se agregaría el reconocido artículo 194º que criminaliza la protesta y sigue vigente hasta hoy día; sino que se modificaría el art. 128º en varios aspectos. Para aquel año la pena se aumentó de “quince días a un año” a “dos meses a dos años”, se agregó que la misma pena se aplicará “al que diere espectáculos obscenos de teatro, cinematógrafo o televisión o efectuare transmisiones radiales de ese género” y “al que exhiba, venda o entregue a un menor de dieciséis años, libros, escritos, imágenes u objetos que, aun no siendo obscenos, puedan afectar gravemente el pudor de aquél, o excitar o pervertir su instinto sexual”.

Revistas, editoriales, películas, obras y música que mencionaran al homosexual como un sujeto que no es ni enfermo, ni degenerado ni amoral serán víctimas de una persecución política. Persecución que no culminará únicamente en la censura sino también en el encarcelamiento de los responsables. Esta constante vigilancia antisexual será protagonizada en aquellos años por el Fiscal Guillermo de la Riestra. Cinéfilo y ávido lector, no había prácticamente ninguna producción popular que escapara de su ojo heterosexual y represor.

Bajo la justificación de cuidar a los jóvenes vírgenes impolutos y vulnerables de la desviación, Guillermo de la Riestra realizará una serie de denuncias por “publicaciones obscenas” que concluirán en la censura y condena de muchos autores de estas obras, en su mayoría homosexuales.

Carlos Correas (con 28 años) fue una de las víctimas de la persecución, autor de un cuento publicado en la Revista Centro en el número de diciembre de 1959 llamado “La narración de la historia”. Para poder lograr publicar el relato de temática homosexual se lo dedico a una mujer. Aspecto que confundiría al fiscal pero no lo detendría en su cometido: salvaguardar al público de aquel relato degenerado. A partir de la denuncia un juez ordenó un allanamiento en Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires en el cual aquella edición fue secuestrada.

Desde la interpretación del artículo 128º del Código Penal, cuenta Carlos Correas en una entrevista, “siempre queda al criterio del juez que eso es una publicación obscena. El juez dictamina el límite, es una cuestión de interpretación. Yo como autor. Lafforgue como director de la revista responsable, después de todo el comité de redacción […] todos en cana”[ii]. Seis meses en libertad condicional será la condena que sufrirían Correas y el director de la revista por publicar un cuento en el que dos hombres se daban un beso. Aquel volumen de 1959 de la Revista Centro será su último, se verá desfinanciada por la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y encontrara su fin.

Similar persecución recibirá la Editorial Tirso, la intendencia de Buenos Aires prohibió por seis meses la primera publicación de la editorial: “Las amistades particulares”. Lo mismo sucedió con otras de sus publicaciones hasta que en 1964, Guillermo de la Riestra se encargó no solo de censurar la novela de Pellegrini “Asfalto” porque relataba el ambiente homosexual de la Argentina de los 50 sino que también logro condenarlo a cuatro meses de prisión en suspenso. La Editorial Tirso deja de funcionar en 1966 y recién vuelve en 1994 con la reaparición de Pellegrini.

La producción cinematográfica también fue víctima del hobby del Fiscal Guillermo de la Riestra. Sin embargo, no era el hecho de que se mostrara la homosexualidad y lo erótico en los films lo que funcionaba como razón en sí misma para justificar la censura, lo central era el relato que se contaba en torno a estas temáticas: si la película trataba sobre un puto que vive en condiciones deplorables y es un violador que termina sufriendo el peso de sus pecados no había ningún problema. Pero si la narración contaba la historia de un hombre de familia que se enamoraba de su vecino y no había una moraleja antisexual sino únicamente el relato de amor, allí es cuando caía el peso de la represión y la censura.

“En ese contexto, se destaca particularmente la experiencia de la Dirección Central de Cine y Teatro, un organismo creado en 1954 dentro de la órbita de la Acción Católica Argentina (ACA) que concentró y sistematizó el trabajo de calificación de las obras cinematográficas y teatrales.”[iii] Durante 1954 y 1964 esta Dirección de Cine prohibió 18 películas, nueve de ellas por su contenido sexual. “Principalmente por sus desnudos, pero también agrupo aquí al abordaje temático de violaciones, proxenetismo, homosexualidad, travestismo, relaciones extramatrimoniales, etc.” [iv]. La Iglesia y el código penal hicieron lo que pudieron para salvaguardar a la sociedad argentina de la herejía sexual, la desviación y la homosexualidad. En aquella misión antisexual y represora no estuvieron solos, más bien acompañados con el poder de los medios de comunicación.

Durante los años 50 y 60 el nombramiento de lo homosexual ya no es exclusivo de los médicos o de los procuradores; con los nuevos medios de comunicación de cultura de masas que aparecen durante aquellas décadas surge un nuevo discurso, y el sentido común comienza a ser impreso en los grandes periódicos. El diario La Nación, por ejemplo, se encargaría de poner de manifiesto su rechazo hacia la homosexualidad en su editorial “Confusión y extravío” publicada el 17 de mayo de 1960 en referencia a la obra de Carlos Correas “La narración de la historia”. En aquel artículo se puede atestiguar a una “sanción moral desde un discurso reaccionario […] que no acepta que el texto ingrese al campo de ‘lo literario’, considerándolo ‘patológico’.”[iv]

Los grandes periódicos tenían algo para decir sobre el cuerpo del homosexual argentino y el discurso de estos medios de comunicación adquiere potencia y un público masivo. La Revista Sur, la Revista Centro, la Editorial Tirso son algunos ejemplos de la enunciación del deseo homosexual pero no pueden ser interpretadas como medios de difusión que disputan el poder del sentido común en iguales condiciones a plataformas como el diario La Nación. Estos grandes periódicos tienen la capacidad material y discursiva para definir qué significa hablar de un puto.

Durante los 60 “con la presidencia de Illia se comenzaba a desplegar un ambiente de mayor tolerancia para las elecciones sexuales. Los bares, las esquinas y las famosas teteras (baños públicos) eran espacios en donde los homosexuales podían vivir su sexualidad sin tanto juzgamiento”[v]. El deseo homosexual aparece en el espacio público no únicamente en el discurso de los medios de comunicación, sino en la intervención física de los diversos espacios llevada a cabo por los putos que salen a la calle a vivir su cotidianeidad. Los cuerpos de los maricones, en su sudor y erección están repartidos por el espacio público, en los cines, en los baños, en los parques, en los bares y en los teatros. Frente a esta invasión de lo homosexual en la vía pública y reclamo por una vida digna y vivible hubo una respuesta por parte de los discursos de poder.

Todos los discursos: el de los medios de comunicación con los grandes periódicos, el de la cultura con la Dirección Central de Cine y Teatro, el de la medicina con la continua patologización desde el psicoanálisis y el discurso del derecho con el Articulo 128º convergieron y presentaron al puto argentino como “un ser obsesionado sexualmente, que no respetaba a nada ni a nadie con tal de conseguir sus fines, que solo pensaba en eso. Siempre dispuesto a saltar sobre el primer cándido heterosexual que se le ponga a tiro”[vi]. Se presenta al homosexual como un adicto al sexo, como un pederasta que desvirtuara a los jóvenes, como un degenerado, un criminal. Se presentó al homosexual como un problema público que tenía que ser solucionado, esto tuvo consecuencias sobre los cuerpos de las maricas: victimas (otra vez) de la persecución, represión y encarcelamiento en manos de la policía.

El 28 de junio de 1966 las fuerzas armadas lideradas por Onganía derrocan al gobierno de Arturo Illia e instauran la dictadura cívico-militar autodenominada Revolución Argentina que buscaba extirpar al peronismo de la nación. En este contexto adquiere celebridad el comisario Luis Margaride, que protagonizo una campaña de persecución antisexual. Mientras que el Fiscal Guillermo de la Riestra se encargaba de mantener a la cultura impoluta, Margaride tenía como objetivo erradicar a los trolos de la vía pública y mantener a toda costa la heterosexualidad en las calles de Buenos Aires.

En su tarea de mantener las buenas costumbres y la fidelidad matrimonial heterosexual, Margaride realizo lo que Bazán llama una “campaña moralizadora” caracterizada por las redadas en distintos espacios públicos como bares, teatros, cines, etc. Uno de sus primeros lugares en sufrir su campaña moralizadora fueron los telos: empezó con las parejas heterosexuales. Allí, por más absurdo que suene, pedía libretas de matrimonio a las parejas. Si eras mujer y descubrían que estabas casada con otro hombre la policía se encargaba de llamar a tu marido para que te busque en la seccional; por el otro lado, si eras hombre existían lagunas legales y nadie se enteraba.

 

En el lunfardo porteño Luis Margaride era considerado sinónimo de buchón y se convirtió en un insulto. Cuando la campaña moralizadora se extendió y empezó a redirigirse hacia los putos, Luis Margaride fue rebautizado y llamado “Tía Margarita” por las maricas del bajo fondo que vieron en el Jefe de Policía otro enemigo. Adversario que podía portar armas y tenía una masa de policías a su disposición para perseguir y encerrar sus cuerpos cuando el deseara.

Durante los sesenta se clausuraron espacios donde se rumoreaba sucedía el encuentro furtivo entre varones. Cines a precios populares y baños públicos tendieron a desaparecer. Los paraísos de algunos teatros (fondo de la sala de espectáculo donde el público se sentaba a costos económicos) como el del Teatro Avenida fueron clausurados. “A El Coliseo, de Chacras al 1037, lo habían clausurado ‘por contravenir las leyes de profilaxis social’”vi. Las redadas se extendieron también a los parques, donde durante las noches y en las zonas más recónditas los putos se encontraban y se chupaban la pija entre otras muestras de afecto.

Los cafés, bares y las whiskerías en los sesenta empezaron a funcionar como espacios de aglomeramiento de homosexuales, lugares sutiles de encuentro en el cual los hombres podían juntarse, con cerveza de por medio, para hablar cosas de hombres y luego llevarse a uno para el departamento. Estos lugares debían cumplir dos condiciones centrales para poder existir y no ser clausurados: 1) no ser ni muy extravagante ni muy “maricon” porque Tía Margarita no podía permitir ese tipo de espacios en la vía publica, y 2) los dueños de estos espacios debían pagarle a los comisarios para que no clausuren el negocio; de no hacerlo la faja de “clausurado por contravenir las leyes de profilaxis social” les esperaba.

Los pocos espacios de encuentro que había en los 60 fueron apretados por la policía, las voces que empezaron a surgir en las editoriales y las revistas fueron inmediatamente perseguidas, el homosexual es relegado a la clandestinidad y a los espacios furtivos de encuentro como baños públicos o cines y luego es perseguido, castigado y encarcelado. La existencia vivible y en paz del puto argentino parecía un sueño imposible, por todos los flancos se veía empujado contra el closet.

Esta situación insostenible explica la militancia que empieza a surgir y tomara acción en la década siguiente. Se va gestando en estos años la oposición y el clima para que los grupos de lucha de los putos, como Nuestro Mundo y el Frente de Liberación Homosexual, se consoliden en los 70. Esta toma de postura y acción política se verá inmersa en un contexto internacional donde el 28 de junio de 1969 unas lesbianas y travestis negras estadounidenses tiraron un ladrillo a la Stonewall Inn en Nueva York en protesta contra la violencia policial que recibía la comunidad LGTBI+. A escala nacional, por el otro lado, los militantes putos argentinos se enfrentaran con el terrorismo de Estado que tendrá un carácter sanguinario y heterosexual.


[i] Figari, E. Rubén (2018): “Comentario al Art. 128 del C.P. (Ley 27.436) Sobre Pornografía Infantil” Revista: Pensamiento Penal. Disponible en: http://www.pensamientopenal.com.ar/doctrina/47068-comentario-al-articulo-128-del-codigo-penal-ley-27436-sobre-pornografia-infantil

[ii] Correas, Carlos (1996). Extraído de la entrevista a Carlos Correas realizada en la revista El ojo mocho, en 1996. Disponible en: https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/subnotas/1873-245-2005-12-18.htm

[iii] Fernando Ramírez Llorens (2013). “Sexo, herejías y comunismo. La calificación de películas por la Dirección Central de Cine y Teatro de la Acción Católica Argentina: 1954-1964”. X Jornadas de Sociología.  Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires.

[iv] Boero, María Soledad (2017): “Trazos impersonales: Jorge Baron Biza y Carlos Correas: una mirada heterobiográfica”. Eduvim, Villa María (Córdoba, Argentina)

[v] Abrantes, L.; Maglia, E. (2010). Genealogía de la homosexualidad en la Argentina. VI Jornadas de Sociología de la UNLP, 9 y 10 de diciembre de 2010, La Plata, Argentina. EN: Actas. La Plata: UNLP. FAHCE. Departamento de Sociología. Disponible en: http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.5502/ev.5502.pdf

[vi] [vi] Bazán, O. (2016). Historia de la Homosexualidad en la Argentina (4 ed.). Buenos Aires: Marea.

 

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