Crónica de una obsesión: mi primera vez con Charly García

[Charly García. Desarma y sangra. Primera vez. Música. Gerard Holton. Genialidad. Joe Blaney. Clics Modernos. Dictadura]

por Manuel Rivero (@_maneul)

Hay varias maneras de escuchar música. Puede ser un ruido de fondo que nos haga sentir menos solos, el soundtrack que le da acción a un día aburrido de oficina, la causa de un baile desenfrenado o la herramienta indicada para romper el hielo. Pero pocas cosas me parecen tan comparables al sentimiento de ser atravesado por la música, de sentir que un disco traduce en sonidos y palabras lo que te pasa por adentro y no podés explicar.

A veces, a la primera escucha, uno siente ese hormigueo que significa que lo que suena en los auriculares va a acompañar tus días durante un tiempo. Otras veces la música (en este caso particular, pero lo mismo puede suceder con un libro, una película, un artista, etc.) tarda en asentarse.

A lo que voy es a que quizás una canción este sonando ahí hace años, te la cruzas en la radio, en el equipo de música de un amigo, en una historia de Instagram pero nunca te sentás a escucharla. Hasta que un día sos una versión de vos mismo con la que esa canción se comunica armónicamente y de repente todas esas representaciones anteriores y lejanas se pierden en el significado que les das desde las emociones que te genera: a pesar de haberla escuchado mil veces, ese día la escuchás por primera vez.  Es como quedarte sin batería en el celular y ver con otros ojos la ruta que hace el colectivo que tomas todos los días.  Como la protagonista de una comedia romántica que está por casarse y percibe por primera vez a su mejor amigo de la infancia como el tipo por el que va a cancelarlo todo.

Hace unos meses escuché a Charly García en esos términos y tuve esa especie de Primera Vez. Estábamos con algunos amigos en un bar de mi pueblo que inauguraba esa noche. Por protocolo a determinada hora se cortó la música y nos invitaron a irnos. Todos habíamos visto el piano en uno de los espacios del bar. Era vertical y estaba ubicado entre una mesa de ajedrez y un sofá, en un cuadrado de madera iluminado de rojo al que se accedía bajando un par de escalones. Uno del grupo de amigos con el que estábamos toca el piano desde chico y le insistimos para que cerrara la noche tocando Once y Seis. En un tono medio bromista empezamos a cantarla en voz alta en un acapella desafinado y de las otras mesas se sumaron casi todos de inmediato. Finalmente fuimos todos al piano y mi amigo nos dio el gusto tocando el hit de Fito. Al terminar, alentado por la alegría de los que estaban ahí, hizo una más, una que casi todos cantaron mezclando la letra pero coincidiendo en algunas frases como “No existe una escuela que enseñe a vivir”, y aunque la conocía de algún lado, esa fue la primera vez que escuché Desarma y Sangra. Y aunque la canción que habíamos cantado antes es un clásico y todos la conocíamos bien, fue ese el tema que transformó el ambiente. Las caras adquirieron solemnidad ante esos acordes melancólicos, y la melodía de la letra, aun cantada caóticamente, nos unió a todos durante unos minutos.

Después de esa noche llegué a la conclusión de que quizás por fin era momento de sentarme a escuchar al tipo de bigote raro al que solo conocía por sus hits, hits que hasta ese momento no me generaban emoción alguna. Le pedí a mi amigo el del piano un disco para empezar y después no pude parar.

Yo nací para mirar lo que pocos pueden ver

No hay una definición objetiva y única de ser un genio, pero en el imaginario social un genio es alguien que se desarrolla de manera original e innovadora. Una persona que logra algo que no se logró antes, que va más allá de lo ordinario o que tiene una capacidad incomparable para desarrollarse en cierta área. También usamos la palabra genio para el estereotipo del viejo de barba blanca que sabe muchísimo, para entidades que salen de lámparas o para un amigo que cayó con un par de cervezas.

Gerard Holton, un alemán de casi cien años que entre otras cosas es doctor en Filosofía afirma que en el campo del arte la genialidad casi siempre tiene en común dos factores: una percepción especial, difícilmente comunicable, y una claridad irresistible. Por supuesto, saber en qué nota está el sonido que hace una copa golpeada con un tenedor ya te catapulta por fuera de los muros de lo común, más si te recibís de profesor de música a los 12, más si irrumpís en el rock and roll con una nueva propuesta folk que le canta a la muerte y te haces famoso para burlarte de los militares con metáforas mucho más inteligentes que ellos.

Charly, el niño de oído absoluto, era considerado un genio mucho antes de llegar de Nueva York con su segundo disco solista, Clics Modernos, pero es en esa etapa de su carrera en la que termina de consolidar su status. Con el pelo corto y vestido de blanco (marcando un cambio de etapa a lo Metallica con Load) lo presenta en el Luna Park ante una Argentina que hace solo unos días recuperó la democracia. Armado con su Roland TF-808 y una banda formada por nada menos que GIT, Fito Páez, y Fabiana Cantilo, tira sobre el asador de la música sus influencias de New Wave, su innovación sonora, sus letras comprometidísimas y cambia para siempre el rock nacional.

El disco, producido por Joe Blaney, demuestra esa percepción real en el autor. No solo en sus letras (en la mayoría de las canciones pueden leerse mensajes explícitos sobre la sociedad argentina del momento, el exilio, la represión, el humor social) si no en la capacidad de García de saber interpretar el momento de la historia y traducirlo en una obra en la que uno puede encontrar el espíritu de protesta del rock intacto junto a un conjunto de sonidos bailables que renovaron el género para llevarlo un poco más allá. En cuanto a la Claridad Irresitible, Holton la expone como la característica que a veces hace incomprensible la obra del autor. En vez de algo claro, como espectadores estamos esperando consumir algo complejo, tan complejo como nuestra capacidad de dialogar sobre lo múltiple. Lo claro “nos fascina, nos deja sin palabras, nos anula como una luz sumamente intensa”. Y por eso Clics Modernos fue la puerta de entrada a mi relación con Charly García. Porque desde el primer tema hasta el último el disco se lee con una claridad única. Son como pequeños recortes de escenas de películas que tienen contundencia por sí solos y también en conjunto. La potencia de Nos siguen pegando abajo, No me dejan salir, Bancate ese defecto, el flechazo directo al alma de Los Dinosaurios y Ojos de Videotape. Todos son himnos, todos tienen contenido y algo para decir. Ese mensaje claro que hoy se vuelve un poco más difícil de identificar entre tantas historias de amor y autotune.

A partir de Clics Modernos me senté a escuchar los discos que seguían, mirar recitales, y ver todas las entrevistas que pude de las diferentes etapas de Charly García. Si hubiera estudiado las materias de la facultad con la dedicación y obsesión con la que repasé videos, leí notas y desgasté mi cuenta de Spotify, las hubiera promocionado a todas.  Así descubrí Piano Bar, que a diferencia de Clics Modernos fue grabado casi todo con la banda completa en un estudio. Re-escuché y resignifiqué esos hits que tenía en un rincón de la mente como No se va a llamar mi amor o Cerca de la revolución y encontré composiciones hermosas que jamás en mi vida había escuchado como Total Interferencia. Me enamoré de Adela en el Carrousel en Parte de la Religión y tuve que volver a los orígenes y explorar lo que había significado Serú Giran en el rock nacional para después volver al Charly caótico de los noventa e intentar entender La hija de la Lagrima, cuando el musico ya se encaminaba a ese cambio de esencia que durante diez años lo sumergió en una vibra parecida al que manejaba el protagonista de The Wall.

Pasé noches acompañando cada disco con las entrevistas dadas por Charly en la época en la que los sacó y buscando noticias viejas que me contaran más, que me dieran más información sobre ese tipo del que sentía que todos habían estado hablando todo el tiempo y al que yo nunca le había prestado atención. Harté a la mayoría de las personas que conozco, canté entre dientes mil veces las mismas canciones en mi casa, en el baño, en la calle atrás del barbijo. Fue como leer una novela de esas que te atrapan y de la que no queres salir. Una en la que el protagonista, en esa estructura narrativa tan conocida, vuela tan alto que el sol lo quema y lo arroja al fondo del océano en llamas.

No le des patadas a los locos

La genialidad está bastante relacionada (casi como una consecuencia) a esa cara oscura que los cuerdos, para alejarnos, definimos como locura. De chico no veía tanta tele pero lo poco que consumí de la imagen pública del ex Serú Giran en esos años fue la imagen del loco. Mi generación creció con una versión decadente de Charly: la boca sin dientes, la voz gangosa, la cinta roja por encima del codo. Un hombre en un espiral descendente al que la televisión ya había transformado en un personaje más del circo oscuro que fueron los noventa.  Yo, hasta esta obsesión tardía, no conocía a esa otra versión suya tranquila y tímida, que en esos años entre Clics Modernos y Filosofía Barata y Zapatos de Goma respondía las preguntas con claridad, humor y se comportaba como el director de la orquesta que tocaba la banda sonora de su vida. Un musico que todavía controlaba su ego, sus adicciones y el muro que había entre él y los demás.

Para Schopenhauer, un genio, cuando tiene que desenvolverse en la vida práctica, sufre como el que más. No se adapta, es antisocial, busca la soledad y no se siente reconocido en una vida que está encadenada por relaciones causales e intereses. García se movió siempre por la televisión argentina como un niño incomprendido y cuando dejó de ser una sorpresa se convirtió en una atracción de circo. Los Riales, Fantinos y Carcuros, noventosos, con más pelo y sin conocer ni uno de sus temas lo sentaban en los pianos traídos por la producción para que hiciera su magia, después de preguntarle estupideces como “¿Que tiene que tener una mujer para que te guste, Charly?” colaborando a esa metamorfosis del genio al loco, al que le sonrieron siempre con esa ironía tan molesta.

A Charly no lo filmaron tanto como Maradona pero si uno se sienta en YouTube puede encontrar un seguimiento casi cronológico de su auge y su decadencia (las entrevistas de Susana sí son hermosas y para verlas una atrás de la otra) El joven sarcástico y despierto de los 80 y el hombre que le habla al micrófono desde el piso en los 2000, en un departamento que parece la casa de Jesse Pinkman, parecen tener en común ese tipo de soledad particular, la soledad de estar rodeado de gente y aun así no poder comunicarte con nadie.

Charly García siempre supo que estaba haciendo historia y que era diferente, y la esfera pública lo definió desde ese lugar como extraño, el loco, el que saltó de un departamento, el que le cantó a una novia enterrada viva (un rumor tipo las costillas de Marilyn Manson). Es obvio que una personalidad así tiene más de una representación. El Charly de hoy no es el mismo que el hombre Say No More que me cruzaba de chiquito en las noticias, ni ese que se tiñó de rubio cuando murió Kurt Cobain, ni el mismo que le cantó a los militares en su propio canal esas estrofas tan épicas de Canción de Alicia en el País

No cuentes lo que hay detrás de aquel espejo,
no tendrás poder
ni abogados, ni testigos.
Enciende los candiles que los brujos
piensan en volver
a nublarnos el camino.

Y ahí está lo mágico del arte, la música en este caso. Que, más allá de todas las representaciones diferentes que podamos tener como espectadores de un mismo artista, siempre podemos redescubrirlo desde su creación. Entenderlo desde lo que vomitó desde lo más profundo de su ser y analizarlo en el contexto para terminar de complementar ese entendimiento.

Chau Loco, esta nota se va en fade

Charly no es solo un virtuoso del piano y la teoría musical, es un observador nato y sus letras metaforizan sentimientos para transformarlos en escenas. Sus canciones son historias, una mezcla de pedazos del contexto con lo que uno quisiera decirle al espejo. Si hubiera sido escritor probablemente hubiera alcanzado el mismo nivel de fama en un ámbito totalmente diferente. Respecto a las conclusiones, no hay muchas, esta nota más que querer plantear una idea o responder un interrogante es un pequeño escape a la obsesión que me generó encontrar por fin algo que siempre había estado ahí. Dejar que las canciones que mis papás escuchaban se volvieran también mías, parte de mi historia.  Ser uno más de esos comentarios en YouTube de usuarios emocionados que, un jueves a las tres de la mañana, le dan replay a un video intentando entender por qué algo compuesto hace décadas habla de ellos con tanta claridad.

También es un intento de recomendación para todas esas personas que (como yo hasta hace un tiempo) identifican a Charly García con una foto de un viejo sin dientes graffiteado de rojo y el riff de Rezo por Vos. Hay mucho más, mucho más que eso.

Y por suerte va a seguir estando ahí.

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