La Cultura Pop y la lucha de clases

[Cultura pop. John Storey. Popular. Arte. Antonio Gramsci. John Snow. Alta cultura. Internet. Meme. Apropiación. Collage. Lucha de clases]

La cultura pop es un reflejo del cambio social, no la causa de este
John Podhoretz

 

por Gaspar Roulet (@RouletGaspar )

Cuando escucho el término “cultura pop” lo primero que se me viene a la mente son superhéroes, villanos, historias y datos que asumo que todo el mundo conoce. Básicamente, un GIF del Capitán América diciendo “I understood that reference” en un loop eterno que se activa ante palabras clave. Sin embargo, entiendo que no todas las personas con las que interactúo escucharon “Thank you, next”, así como también comprendo que yo no he consumido todos los productos culturales disponibles a mi alcance. Entonces, ¿cómo pretendemos suponer que hay cosas que todo el mundo conoce?

¿Qué es la cultura pop?

John Storey es un profesor emérito de estudios culturales de la Universidad de Sunderland, autor de: “Cultural theory and popular culture, an introduction”. En este libro, él replantea el concepto de cultura pop al otorgarle seis definiciones/características distintas.

A grandes rasgos, Storey cuestiona (en primer lugar) la noción típica de “cultura” asociada a lo intelectual y reservada para la comprensión de algunas élites (ubíquese aquí a la pintura, los manifiestos, las óperas, etcétera). Porque, al final, ¿qué significado puede tener un cuadro de Pollock para la persona promedio?, probablemente si no sé nada sobre él o sobre arte en general no pueda comprenderlo en su totalidad.

Luego, el eje se desvía de la “cultura” hacia lo “pop”, planteándose así una asociación de “popular” con un alto alcance numérico de espectadores/consumidores. Entonces, a más gente conozca el producto cultural, más popular es este. Relacionado a esto, también pone en juego otras variables dentro de esta noción de popularidad, como la producción cultural que se realiza de manera masiva con el objetivo, oculto a plena vista, de generar más dinero (teléfono para Rob Cohen y la saga de Rápido y Furioso). Así, lo “pop” se define por una cuestión de audiencia: a más grande la tribuna, más popular el producto.

Entonces ya tenemos dos grandes pilares para definir a la cultura pop: es aquella que no solamente es reconocida-consumida por un gran público, sino que además es comprendida por este. Se contrapone así la “alta cultura” de Pollock, Monet y O’Keefe, a la “cultura pop”, de Jon Snow, Caperucita Roja y Walter White.

Sin embargo, es en la continuación del análisis de Storey donde todo se vuelve más interesante ya que “pop” pasa a adquirir otro sentido: perteneciente a la gente.

El autor considera como cultura pop también a los productos culturales que la gente misma elabora, desde graffitis y dibujos hasta novelas independientes. Entonces las personas pasan a cumplir no ya el típico rol en el que se las encasilla (el de consumidoras de productos de la industria cultural) sino el papel de participantes activas de un proceso que inicia con el postmodernismo como movimiento artístico-social-estético (si no es que estos elementos conforman una totalidad homogénea), que disuelve las fronteras simbólicas entre la “alta cultura” y la “cultura popular”.

Pero pensar el plano cultural como una convergencia de producciones que adquieren popularidad por demandas del mercado, originalidad o suerte, es demasiado simplista. Es así que Storey hace que Antonio Gramsci irrumpa en la escena.

La “cultura pop” deja de ser un cúmulo de productos para transformarse en un espacio: el de la lucha hegemónica entre los grupos de resistencia contra los productos de la industria cultural, que buscan institucionalizar hábitos y cosmovisiones funcionales a los grupos dominantes. Un espacio donde se da un proceso dialógico entre la audiencia (compuesta por la totalidad del pueblo no dominante) y la industria cultural.

Así, los productos culturales en sí y el medio o soporte que se utiliza para su transmisión no son más que vehículos que transportan la perspectiva de su autor, que desde la industria cultural favorece a los grupos dominantes. De todos modos, como señalé antes, no se trata de un proceso de mera implantación de una ideología, ya que eso sería negar la capacidad crítica de la persona receptora, por lo que ésta entra en un debate que involucra tanto a su propia subjetividad como a la que se muestra a través de los medios (léase televisón, radio, cine y cualquier soporte comunicacional) dando como resultado ya sea la aceptación o negación del subtexto que se oculta (a simple vista) detrás del producto cultural.

 Internet, el nuevo lugar de la lucha

 Estas nociones de cultura que plantea Storey ahora se encuentran agrupadas en un solo lugar: internet (aunque los medios tradicionales de comunicación siguen en esa agonía interminable que acabará en su desaparición).

Las plataformas virtuales agrupan las películas del universo de Marvel, productos culturales de personas que no pertenecen a los grupos dominantes y, también, visitas digitales al Louvre. Sea lo que sea que busques, todo está en los servidores. Pero es la posibilidad del feedback del receptor, su devolución sea en el formato que sea, lo que transforma a internet no sólo en un medio reflector de perspectivas ideológicas, sino en ese ambiente de lucha donde la respuesta del público puede ser expresada e incluso, en el mejor de los casos, leída/escuchada/vista por el propio autor del producto.

Es en el meme, la review, la crítica, donde se plasma la subjetividad de la población receptora hasta ahora sin voz para crear, utilizando las propias producciones culturales tanto de los grupos dominantes como de sus pares, un nuevo concepto, un tercer producto fruto del diálogo autor-obra-audiencia antes imposible de plasmar y abstracto pero ahora pseudo-tangible y más o menos accesible a la misma cantidad de personas que las captadas por la industria cultural. Se transforma así a la internet en un espacio donde coexisten los tres componentes de la interacción cultural (cosa nunca antes vista a excepción quizás de los programas televisivos con audiencia y las respuestas a la radio, que representan un muchísimo menor grado de diálogo entre autor/a y población receptora) para generar esa nueva producción cultural que a la vez puede ser re-respondida por otra/s persona/s generando una cadena infinita de reinterpretaciones disponibles y reutilizables por la población.

Entonces, entendiendo a la internet como el depósito de la producción cultural y como creadora de una nueva forma de consumo de ésta, podemos replantear la necesidad de una captación masiva de los productos para poder ser considerados parte de la “cultura pop”. La fragmentación de las audiencias en el on-demand hace que, lejos del pasado donde la televisión como medio hegemónico por defecto ofreciera solamente un programa para que un público de lo más heterogéneo observase, hoy podemos elegir. Por lo que la audiencia se fragmenta y lo “pop”, lo conocido por la mayoría de la población, se reduce. Por ejemplo, si consideramos a Game of Thrones como parte de la cultura pop (en el sentido asociado a lo numérico) nos chocamos con que el season finale fue visto por 13.6 millones de personas, lo cual parece mucho, pero es un número equivalente a la población total de Ecuador.

Descubrimos así que la cultura pop se volvió un término completamente separado de la idea de la recepción masiva y de un diálogo anteriormente casi acallado entre autor-obra-audiencia, siendo esta última (la audiencia) hoy despojada de sus limitaciones para responder. Esto transforma a cualquier producto cultural que se encuentre allí resguardado en parte de la ahora fragmentada noción de cultura pop.

La muerte del autor

Roland Barthes redactó en 1967 un ensayo donde (a grandísimos rasgos) señala que ninguna producción cultural es original, sino que siempre encuentra su sentido en una construcción previa que le otorga sentido y permite su comprensión. Así, la figura del “autor” deja de ser la de un productor de contenido al cual tenemos que remitirnos para poder comprender la totalidad de la significación tras un producto (práctica que generalmente hacemos) intentando desentrañar cómo su subjetividad se plasma en su obra.

La industria cultural, perdiendo poder como eje de la producción, se ve rodeada ya no de receptores, sino de potenciales autores y autoras que se alejan de la noción tradicional del término porque no se reducen simplemente a sus obras. Una persona que haga crítica de cine en Youtube puede mañana hacer un gameplay o un challenge y no necesita que la comprendan desde sus vivencias para que aprecien su trabajo o, parafraseando a Barthes, el autor moderno nace simultáneamente con su obra; no posee un ser que preceda o trascienda a ésta, él no es el sujeto del cual su producto es el predicado; no hay otro momento más que la completitud, y cada producto es eternamente producido, aquí y ahora.

Las ediciones, compilados, críticas, reviews, memes y demás fórmulas típicas de youtube e internet en general son exactamente eso, producciones de personas que no toman la figura del “autor” tradicional, que mueve el pincel en trazos únicos, irreproducibles y cargados de una significación oculta que yace expectante a ser descubierta para develar el verdadero sentido detrás de un producto. Nuevamente parafraseando a Barthes, sabemos que el producto no consiste de una cadena de elementos que emanan un único sentido “teológico” (el mensaje del autor-Dios), sino que es un espacio de muchas dimensiones, donde se entrecruzan y luchan varios elementos, ninguno original: el producto es un lienzo de citas, provenientes de las miles de fuentes de cultura.

Así, la cultura pop es un collage, una suma de retazos de producciones previas organizados en función de la subjetividad de quien los dispuso de ese modo específico, subjetividad que se crea y agota en ese único producto, eternamente intervenido y referido, completo pero en constante reconstrucción. Es el manifiesto de una población que rechaza la teoría de la aguja hipodérmica para demostrar que es consciente e imposible de dominar.

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