De cuando me punguearon y sólo pudieron llevarse el documento falso a nombre de*

*”Mi gusto por la muerte que era fracaso de la voluntad, lo sustituiré por un deseo de morir que sea la apoteosis de la voluntad.”
Joë Bousquet

por Antonella Saavedra (@PezPost)

El crecimiento (o envejecimiento) de una persona se manifiesta de maneras misteriosas. Igual que como dicen que lo hace dios. No sé eso último, pero por ahí pasa que vas por la 27 de abril y aprendiste que a las 13:00 hs el gentío se mueve de la misma forma. No innova gran cosa la coreografía que es de relojito suizo, mecánica. A veces no se puede evitar el piloto automático, la boca en una mueca recta y los ojos brevemente entrecerrados. La cabeza se enfoca en desplazarse de la forma más rápida pero sutil, posible. La capacidad (¿femenina?) de enfocarse en situaciones que ocurren en simultáneo no siempre es del todo efectiva. Entonces sos presa fácil del punga de turno. Y lo dejás un poco de cara porque sólo logra sacarte de la cartera el documento trucho a nombre de una tal Carla Cook, obra de arte de la documentación falsificada con fines que no harían daño a nadie (já).

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“- ¿Si querés un documento falso te cambio la edad nomás, ¿en qué andás que además querés que le ponga otro nombre?”

Obvio que era una pregunta retórica, pero de todas formas abrí los ojos grandes y no le dije nada. No obstante, tres meses después se me ocurrió la respuesta. Gano todas las discusiones dos semanas, tres meses después. Eso de la linealidad del tiempo es cualquier cosa, las calles tienen memoria y los hechos siguen ocurriendo después de haber terminado de ocurrir. Por eso seguí discutiendo con el pibe que quizás nunca más vea, pero es que tenía que decirle. Tenía que decirle que si quería un documento falso a nombre de esa negra cantante de jazz de Detroit era por muchas razones válidas e imprescindibles. Está eso de enfocarse obsesivamente, en cuerpo y alma, en nimiedades, está el fetichismo. Le hubiera dicho que por la misma razón guardo cajas de habanos que nunca fumo, dosis de cosas que nunca tomo, una navaja desafilada, una cigarrera de madera de peteribí spinetteano y una bata roja de satén que enoja a mi hermana y que cuando la uso, “parecés la china trola de Twin Peaks, impresentable”. Y una peluca carré rubia platinada.

Le hubiera dicho que Carla Cook sonaba menos falso que Esperanza Spalding.

Esto pasó hace varios años igual, ya casi no me piden el documento los patovicas. A lo mejor a los patovicas les re cabe el jazz y yo sólo hago subestimaciones asquerosas, de las que odio. Lo que quiero decir es que uno crece un poco cuando no carga documentación falsa para entrar a locales nocturnos para mayores de edad. Es triste. Casi me hago hacer el pasaporte porque el tipo laburaba bien, era meticuloso. The devil is in the details. Las fotos carnet están buenas porque pareciera que te las tomaran con una lente particular para la cámara. En el zoológico están los espejos esos que te deforman el cuerpo al reflejarte: sos alto, ondulado, enano y con el cuerpo de un fideo. Las fotos carnet se toman bajo la premisa de lo grotesco y de dejarte el rostro como salido del infierno dantesco. Me da bronca que los documentos ahora sean esa tarjeta fea. Cada tanto pierdo el verdadero y Florencio Randazzo me escribe para avisarme que ya está listo, que me va a llegar a casa en pocos días. No te creo nada, te llamás Florencio ¿sabés? El cuadernito verde inglés con costura dorada que hizo las veces de reservorio de mi identidad tiene el mismo valor que tener un patacón, a estas alturas. A los seis años me largué a llorar en el Registro Civil de la calle Colón porque no me acordaba la diferencia entre cursiva e imprenta, y me pedían una firma en cursiva y no distinguía cual era cual. Ya no tiene gracia hacerse documentos falsos. Eran lindas las libretas de enrolamiento.

La cuestión es que espero que Carla Cook (no la cantante de jazz) siga transitando estas calles, estas noches. En el más poético de los casos, quizás causando desmanes, quizás intentando entrar a boliches con rostro de circunstancia, inocencia falsa, arqueando una ceja y con una sonrisa de dale-dale-creeme-que-soy-mayor-de-veintiuno-y-dejame-pasar. Pienso todo eso a veces, con esperanza (no la Spalding) de que así sea, porque yo ya no soy ella y perdí algo de mí.

Había dicho eso de crecer. Otro indicio de madurez (¡) es la incorporación de rituales religiosos, por más ateo que se proclame uno. Son fases inevitables, subjetivas pero pre-individuales. Liturgias pequeño-burguesas, maldigo mil veces. El café siempre en la misma taza blanca, y se toma negro. El perfume se guarda en ese estante del baño, no en otro. Al lado de la crema para manos. Y volviendo al café, los domingos se lee mientras se toma café con una medida de cognac.

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Placer culposo si los hay, suena a viejo gordo naftalina lector de La Nazion y que no tomaría jamás Amargo Obrero. Pero no puedo hacer nada al respecto. Porque si no cumplo con las liturgias, me muero. Literalmente caigo desplomada al suelo sin vida y con la sangre ensuciando el piso de la cocina.

Crecer también es afrontar situaciones sofocantes y superadoras meditando alternativas seriamente. A algunos les llega mucho antes que a otros, depende de las circunstancias, claro. Entrar al trance de la introspección constante y la aceptación de heridas con un estoicismo amable. Ojo, no es resignación. No es conformismo. Es impulso vital.

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El centrarme en las liturgias de los días y en los golpes de pequeña suerte (el colectivo vino sin que lo esperara, encontré plata olvidada en un pantalón, hoy llueve, me acordé que me gusta mucho Die Antwoord) pueden ser un neumático flotando en el océano cuando naufragué. Victorias reales que deberían ser tomadas como proclamas, como lo más importante de todo lo que ocurre. Naufragué y me quedo con mis liturgias, encarno mis Acontecimientos, que es uno solo. Ya lo dijo Deleuze, el Acontecimiento (la desgracia, la muerte, la desolación, la guerra) al fin y al cabo, es el sentido que se le da al Acontecimiento no como accidente. No hay culpables ni merecimientos, ni moral o verdad. Hay voluntades y sentidos (el sentido). En la saga de Star Wars, el Maestro Yoda proclama, siempre con sabiduría “aferrarse a lo pasado en extremo ocurrir no debe, la negra sombra de la codicia es”.

Gilles Deleuze toma un café con cognac con el Maestro Yoda. Y le dice:

– “Que en todo acontecimiento esté mi desgracia, pero también un esplendor y un estallido que seca la desgracia, y que hace que, querido, el acontecimiento se efectúe en su punta más estrecha, en el filo de una operación. El estallido, el esplendor del acontecimiento es el sentido. El acontecimiento no es lo que sucede (accidente); está en lo que sucede el puro expresado que nos hace señas y nos espera.”

Yoda asiente con lentitud. Los oigo con atención y Deleuze añade que lo importante es “lo que debe ser comprendido, lo que debe ser querido, lo que debe ser representado en lo que sucede”.

Y que se convierta, a lo Joë Bousquet en “hombre de sus desgracias”.

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El crecimiento es la mutación kafkiana y escatológica constante. A mí me sirven los rituales de los días, las pelucas carré platinadas y el otorgarle el sentido a mi Acontecimiento, que es el de todos, que nunca es personal porque es colectivo.

Sucede.

 


 

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