Decir la palabra amor sin que me de vergüenza: notas sobre Suicidio de Édouard Levé

[Edouard Leve. Suicidio. David Bowie. Heathen. Discos. Textos. Derrida. Abismo. Romantización. Amor]

por María José Fontao

Hablo poco de las cosas que me gustan, de las cosas que me hacen llorar. Nombro poco el mundo que me duele. Soy bastante pasiva ante determinadas formas de violencia. Creo que existe un vínculo silencioso entre las cosas del mundo y mi existencia. Cierto es que para ser estudiante de Letras, siempre leí poco. Nunca me interesó lo suficiente esto de adentrarme en el universo literario de las novelas clásicas o largas, me da paja imaginarme en la mesa de luz todos los tomos de la saga Mi Lucha de Karl Ove Knausgård.  El libro que quiero leer pocas veces existe entre mis manos y las cosas que he leído pocas veces encuentran lugar en una conversación, siempre quedan adentro solas, como puedo llegar a sentirme yo en muchos momentos – sola, atrincherada en mi cama, abriendo la heladera; sola viendo gameplays, viendo rupaul; sola, leyendo sola -.

Hace días no logro concentrarme, porque en todo espacio irrumpe la desdicha de haber leído Suicidio de Édouard Levé (hace muy poco me di cuenta que es Édouard y no Eduardo, sí. Además de leer poco, suelo leer mal. Bien, gracias.) Leí el final antes de comprarlo, pese a todo pensé que me iba a afectar poco, nada, iba a ser una lectura más y punto. El libro arranca con una imagen bastante dura, pero enunciada con una levedad que hace de la imagen, más que algo atroz, algo mundano, natural. Escrito por completo en segunda persona – detalle no menor que retomaré luego –  la obra inicia describiendo el suicidio del personaje principal. No sabemos ni su nombre. El chabón estaba por irse a jugar al tenis, bajó al sótano, agarró una escopeta, se la puso en la boca – más certero que certerín- y gatilló.

Levé inicia su narración a través de la ausencia y el libro es ese vacío, esa silueta que no logra ser rellenada por nada más que lo que él recuerda que hizo su amigo, más alguna que otra conversación. Con esa segunda persona se dirige a su amigo, constantemente, y en ningún momento asoma en su discurso alguno de los lugares comunes que, intuyo yo, construyen el duelo. En sus palabras sólo emerge la aceptación, y quizás una explicación de porqué sucedió lo que sucedió. Se intuye en los gestos que tenía el chabón, lo que le gustaba hacer y lo que no, y por supuesto, ahí como siempre, como no puedo experimentarlo de otra forma – mi escritura que no puede huir al yo autoreferencial- estaba yo.

De principio a fin, las dos veces que leí el libro – porque si hace mal se lo lee dos veces- sonaba en mi cabeza Heathen de Bowie. Y quiero retomarlo porque además de ser mi disco favorito y un disco hermoso, creo – tampoco tengo toda la data – que es uno de sus discos más oscuros. Es la banda musical perfecta para alguien que la está pasando mal, o definitivamente no la está pasando. Es el Bowie más grave, que entra a patear el tacho de basura y se pone a levitar en medio de la cocina mientras sedosamente suelta por la boca un “ NNOOOTHING REMAAAAAINS”. Y es imposible no imaginarse la materialidad del mundo siendo corrompida por toda la angustia que nos habita mientras suena 5:15 Angels have gone. Es muy extraño cómo se relacionan los textos, cómo sin querer mi lectura quedo soslayada por la escucha repetitiva del mismo disco.

A pesar de la nocividad del libro, comprendo que su lectura, al menos para mi persona, fue elemental. Constituyó un túnel, o algo así, todo signado bajo el disco que más escuche en el auto de mi papá. El Bowie que más me gusta, el que menos se relata, y quizás el Bowie más auténtico. O el artista que al llegar a determinada parte del éxito pudo hacer lo que quiso. Obras que se comprometen con cada fibra íntima que sobrepasan lo bello para dar cuenta de lo terrorífico y hermoso que es lo sublime. Creo que acá convergen ambos textos – sí, un disco es un texto, si seguimos a Derrida-, y quizás por eso mi lectura no pudo encontrarse por fuera de esa música.

Hasta acá un parate. Es necesario dejar delimitado lo que quiero decir, no tengo tiempo para una tormenta de ciberidiotas, y tampoco quiero sentirme mal. No quiero que esto decaiga en una especie de apología al suicidio, ni mucho menos en una leve romantización. Y cuando digo esto, verdaderamente me pregunto si existe alguna posibilidad de leer un suicidio, comprenderlo desde una perspectiva no-romántica. Y la verdad para mí, pensarlo por fuera de esos términos, es decir pera cuando veo una manzana. No tiene goyete. Creo que es un signo imposible de desromantizar o deconstruir por fuera de esa visión de mundo. Es un paso abismal, el umbral ante aquello dónde creemos que se encuentra el absoluto. El aleph. Todas las cosas del mundo conjugadas en un sólo punto diminuto, como el momento en el que este chabón decide gatillar; diminuto como el espacio que existe entre la potencia y el acto, la decisión y la consecuencia. No puede asumirse desde otra perspectiva que no sea una mirada romántica acerca del mundo. Y cuando digo romántica es romántica en el sentido estricto del término, no el que usa para relegar a las novelas que tratan el tema del amor de la pareja. Romántico en el sentido despojado de felicidad, bañado en angustia, nostalgia y un estado donde la vigilia es protagonista.

Se le apagó la luz, tembló

Hace muy poco aprendí qué es un sesgo cognitivo. Es el hecho de no entender que no todos piensan y sienten de la misma manera que nosotros. No creo que la referencia a Heathen sirva de mucho, creo que es una sensación vital, o un pulso, o quizás es el disco que marcó el ritmo de todas mis angustias o momentos más nostálgicos. Hay un tema que resonó mientras terminaba lo último del libro, el poema que da cuenta de que el chabón se sentía muy mal y necesitaba acabar con eso: Everyone says Hi. Y sí, todos dicen hola, y las cosas cambian en la superficie pero hay cosas tan intrínsecas, tan conectadas en otro nivel que siquiera sé cómo nombrarlo. Es triste que se muera tu mejor amigo, es triste no tener el lenguaje suficiente para enunciar por qué tomó semejante decisión. Es triste que sólo queden recuerdos, construidos desde una perspectiva ajena, que construyen la memoria de lo que ya no está, de lo ausente. Es triste cómo a medida que avanza la narración se escucha un Bowie tenebroso decir “Todo cambia, Nada cambia”. Y ahí el abismo que termina chupándose al artista como un gran agujero negro. Creo que indagar sobre la muerte, la vida, el propósito de porqué estamos acá, constituye un sin sentido.

Como comprender la muerte cómo elección. Es abismal la narración, la nostalgia que inunda las páginas de este libro. El final es impensable a pesar de estar anunciado desde el inicio, traspasa los límites de la narrativa que acaba con el narrador y el escritor, conjugados en la misma persona, signada bajo el mismo destino que marcó a su amigo: quitarse la vida.

Y es eso, al final lees un libro ya no sobre el suicidio de un amigo, sino sobre la prolongación de la historia que destroza al escritor y se configura en la ausencia de todo.

Atravesé el libro como se atraviesa una fiesta en la que las personas desaparecen sin saludar. Y acá debería escribir algún tipo de conclusión, pero no la tengo. No creo que la literatura sea útil de alguna manera, creo más bien que es inútil, y por eso mismo es bella y necesaria. El final del libro me desmoronó lo suficiente como para no poder comunicar lo que sentí cuando lo leí, al igual que es incomunicable lo que siento por ese disco.

La salvación está ahí encerrada.

 

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