Depresión y ansiedad: los síntomas de nuestra generación

[Depresión. Ansiedad. Millennial. Juventud. Trabajo. Precarización. Industria Farmacéutica. Mark Fisher. Realismo Capitalista. Bifo Berardi. Oliver James. The Selfish Capitalism. Emprender. Bill Gates. Antipresivos]

por por Belén Pretto (@belpretto)

En una encuesta que realicé en mi Instagram pregunté si se habían sentido deprimidxs en los últimos meses. El 75% respondió que sí. Después, pedí que me contaran cuáles habían sido los motivos. La gran mayoría de las respuestas tuvieron que ver con el desempleo, la precarización, y la inestabilidad económica. A veces se tiende a pensar que “sentirse triste” es una cuestión pasajera, un estado temporal en la mente de una persona o hasta una decisión cuasi consciente cuya erradicación depende de la propia voluntad subjetiva. 

Pensar que la depresión es una cuestión individual, aislada y personal es lo que hace esconder las causas estructurales que construyen este tipo de patologías. No me refiero a sentirse triste en algún momento por alguna cosa concreta o abstracta como por ejemplo el amor o la pérdida de un ser querido. Me refiero a que, haciendo un balance completo de toda tu vida o tu identidad, puedas llegar a considerar que toda tu existencia no vale nada durante un tiempo lo suficientemente prolongado como para preocuparse y pensar que es hora de pedir ayuda. 

Según la OMS, entre 2005 y 2015 la depresión creció un 18%. Podríamos explicar esta cifra, en parte, por la última gran crisis económica del 2008 en Estados Unidos que tuvo sus repercusiones también a nivel mundial, aunque por Latinoamérica pasó levemente porque la región se encontraba en un período de crecimiento sostenido con la corriente de gobiernos progresistas. No hay cifras actuales sobre la depresión, pero pueden estimar cómo serían en medio de la mayor crisis económica y sanitaria de la historia moderna. 

Mark Fisher en su libro Realismo Capitalista (publicado a fines de 2009 bajo los efectos del shock económico del año anterior) señala que con sus ciclos de auges y caídas, el sistema económico mundial es “irreductiblemente bipolar”, y que no es coincidencia que hablemos de “depresión económica” cuando las crisis estallan. El capitalismo se alimenta del estado de ánimo de las personas y sin dosis iguales de delirio y confianza ciega no podría funcionar. 

Oliver James, en su libro The Selfish Capitalism escribió que la sociedad creció con una “fantasía emprendedora” que nos lleva a creer que cualquiera puede convertirse en el próximo Bill Gates. Concretamente, las posibilidades de que eso ocurra disminuyen cada vez más al pasar los años a la par de una desigual distribución de la riqueza. Y en este marco, las ideas más comunes que se instalan discursivamente en este capitalismo egoísta es que si no alcanzamos el éxito que pretendemos, solo hay una persona a la cual se puede culpar: a nosotros mismos. 

En base a esto, Mark Fisher resalta que muchas mentes colapsan bajo las condiciones de intensa inestabilidad del mundo económico actual, y que se tiende a negar las causas sociales de la enfermedad mental aludiendo a problemas aislados e individuales. Básicamente, Fisher afirma que al sistema económico le conviene la depresión por dos motivos: refuerza la idea de la individualidad de la depresión (si estás enfermo, es por tu química cerebral), y despliega un mercado hacia las industrias farmacéuticas (pero nosotros podemos curarte con nuestros antidepresivos).

Las reflexiones de Fisher fueron muy lúcidas y coherentes pero bastante oscuras y apocalípticas. Podríamos estar leyendo sus críticas del contexto pandémico actual si no hubiera sido víctima de la depresión que lo terminó conduciendo hacia el suicidio en el año 2017. 

Qué onda con la juventud

Según el último informe del INDEC (diciembre de 2020), en Argentina hay actualmente un 11,7% de personas desocupadas. De ese porcentaje, un 5,1% tienen hasta 29 años de edad y el 6,6% lo integran el resto de los grupos etarios que llegan a superar los 65 años. O sea, casi la mitad de la cifra total de desocupación está concentrada en un rango de edad de sólo 15 años (de los 14 a los 29). Y el 6,6% se distribuye entre el resto de la población que claramente es más numerosa. Parece que lxs jóvenes la tenemos un poco más difícil. 

Lo único que tenía que hacer Nik era googlear los datos de desocupación y compararlos, antes de hacer un chiste basado en prejuicios y estigmatizaciones.

La economía es cíclica, hay momentos de recesión pero después llegaría el auge. Y mientras tanto, la vida tiene que seguir sea como sea. El problema es que no sigue igual para todxs. Según un informe de la BBC, algunos especialistas afirman que las generaciones que comienzan a trabajar en épocas de crisis pueden arrastrar secuelas incluso hasta después de que ésta termine. 

Ignacio González, investigador y profesor de Economía de la American University (Washington D.C, EE.UU), explicó que este proceso denominado Histéresis en la economía que se desarrolla de la siguiente manera: en épocas de crisis la oferta laboral es muy poca y la demanda es altísima: no te contratan porque hay siempre alguien con más experiencia. Cuando pasa el tiempo, no te contratan porque estuviste mucho tiempo sin trabajar y tenés espacios en blanco en tu CV. Cuando la crisis se supera, no te contratan porque pueden tener a alguien más joven con la misma experiencia. 

De esta manera, a medida que transcurren los años la juventud queda marcada por trabajos precarizados, temporales, intermitentes o de escasa calidad y sufren así una caída de ingresos que puede condicionar el resto de sus vidas. Y la decadencia del nivel de vida repercute en mala alimentación, consumo de alcohol y drogas, depresión, entre otras cosas. “El miedo a no poder ganarse la vida influye, pero no solo eso: el trabajo es una plataforma de contactos sociales y de autoestima”, subraya Rosa M. Urbanos-Garrido, profesora de Economía Aplicada de la Universidad Complutense de Madrid.

A diferencia de lo que suelen mostrar los medios nacionales con notas sobre argentinos que “progresan” vendiendo churros en Europa, esto no es algo que pase únicamente en Argentina: es un síntoma de la economía mundial. 

Hay una diferencia muy grande entre millennials y centennials y las generaciones pasadas. Ser propietarios, casarnos, formar una familia y todas esas cosas no son ya nuestra prioridad: no solo porque no tenemos ganas, sino porque nuestra condición económica no nos lo permite. 

Pero igual no todo está perdido (woooohoo): el economista Ignacio González tiró una buena y afirmó que “hay mucho margen para mejorar la respuesta” a los jóvenes en el mercado laboral. En este sentido, consideró que es “fundamental diseñar políticas públicas que garanticen el acceso a una vivienda asequible y establecer mecanismos de transferencias de rentas desvinculados del historial laboral, como las rentas mínimas. En materia laboral, el objetivo sería evitar que la precariedad laboral y la caída de ingresos que sufren muchas personas durante la crisis se cronifiquen y, por supuesto, que eso no condicione a la baja sus futuras pensiones”

“Los afectados en estas generaciones, con dos crisis consecutivas, lo van a tener difícil sino se habilitan mecanismos de redistribución, tanto intrageneracional (de ricos a pobres dentro de una misma generación) como intergeneracional”, cerró González. O sea, que todo esto depende de cómo funciona el sistema, que básicamente es manejado por el mundo adulto.

Ok boomer

Muchos de nuestros padres o abuelos creen que nuestra vida es más fácil gracias al acceso a internet y a los desarrollos tecnológicos contemporáneos. Lo que no se tiene en cuenta es el abundante caudal de información disponible y la poca educación sobre la virtualidad hace que nos terminemos ahogando. Durante la pandemia se viralizó la idea de que las generaciones pasadas tuvieron que afrontar guerras y dictaduras militares, y nosotros hoy tenemos que “salvar al mundo en pijamas viendo Netflix”

“Soy de la generación del 62′, donde muchos de mi generación estuvieron cuatro meses en una trinchera, congelados, defendiendo los intereses de la patria. A ninguno se le ocurría ir a bailar y protestar porque no podían salir. Ellos asumieron la responsabilidad histórica de velar por los intereses de la patria” dijo Sergio Berni, el Ministro de Seguridad bonaerense después de desactivar varias fiestas clandestinas en la Costa Atlántica argentina durante la temporada de verano. 

Hace algunas semanas vi It Follows, una película que intenta retratar este contraste generacional. El director David Robert Mitchel, además de centrarse en cuestiones que remiten a la desigualdad de géneros, ofrece también un poderoso mensaje sobre la “desdichada generación millennial”. La película cuenta la historia de una chica que es perseguida por una entidad que va tomando distintas formas e identidades. La única manera de que esa entidad monstruosa no la siga es mediante el sexo: mantener relaciones hace que el problema pase a ser de la otra persona. Así sucesivamente. 

Durante nuestra niñez pensamos inocentemente en el sexo como la consumación total de la madurez, pero cuando crecemos nos damos cuenta que no es así. Y esta película se centra en la búsqueda de esa madurez y en su posterior negación. 

Hay un detalle magnífico en la peli. Los personajes que encarnan a los padres o cualquier otra figura paternal (policías, docentes, etc.) casi nunca aparecen en el cuadro de visión: o se pueden ver en planos generales, o fuera de foco, o directamente no están, acentuando así la falta de preocupación sobre la vida de sus hijos. Esta estrategia hace que el espectador se pregunte todo el tiempo: “¡¿Y dónde están los padres de estos chicos?!”

Además, cada tanto la entidad toma la forma de alguno de ellos para metaforizar que todos los problemas que afrontamos hoy los jóvenes (desigualdad de ingresos, dificultades para entrar al mercado laboral, y todo lo que vengo mencionando) son una consecuencia que heredamos de las generaciones pasadas. 

La estética de la película remite al género cinematográfico slasher, que nos lleva a la década del 70 y 80 (y cuya audiencia fue la generación baby boomer). Las escenografías muestran un contraste literal: televisores viejos, radios, casas viejas y con humedad, autos antiguos que claramente no pertenecen a los jóvenes millennials que los manejan sino a sus padres, etc.

Todos los bienes materiales que aparecen en el film son inaccesibles para las nuevas generaciones aunque tampoco forman parte de sus deseos. En una conversación, la protagonista cuenta que cuando era chica soñaba con conducir un auto sin rumbo, pero para ella no es tan importante el objeto material sino la libertad que éste le otorga. Libertad que es cada vez más difícil de alcanzar por la falta de recursos y las limitaciones de sus padres.

***

Escribir sobre depresión es muy difícil. Pienso que necesito concluir este ensayo con algún mensaje positivo, pero no tengo más que solo pesimismo. De todos modos, no puedo hundirme en las profundidades de la absoluta oscuridad apocalíptica, no tiene sentido. Pero tampoco tiene sentido terminar con un mensaje esperanzador. Además, no tengo ninguno. En el momento de mayor estrés social, Bifo Berardi ya se había preguntado si se puede imaginar una vida feliz en el horizonte de la extinción. En este caso, de la depresión o de la precarización de la vida y el trabajo. La respuesta fue sí: la única manera de escapar de eso es imaginando ternura, imaginando erotismo, imaginando aventura, y miles de experiencias que nos ayuden a fluir y buscar algo de luz dentro de nuestra mente.

El arte también puede funcionar. 


Bibliografía:

Llongueras, Pol. (31 de julio de 2018). El Cine de Terror Político. Recuperado de: https://elpalomitron.com/

Moreno, Jesús. (14 de diciembre de 2020). El daño que sufren de por vida quienes comienzan a trabajar en épocas de crisis. Recuperado de https://www.bbc.com 

Organización Mundial de la Salud (OMS).

Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC).

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