Después de los créditos de la revolución:el final de Mr. Robot

[Mr. Robot. Revolución. Hacker. Sam Esmail. Remi Malek. Elliot. Fight Club. Tyler Durden. Josh Lawson. After the credits. Whiterose. Utopía]

por Manuel Rivero (@__maneul)

Me conociste en un tiempo muy extraño de mi vida

Es la escena final de Fight Club (1999) y la revolución contra el sistema gana la batalla. Las explosiones brillan en la oscuridad de la noche. Las dos sombras paradas en una oficina destruida estiran sus manos para tocarse, mientras voz del cantante de los Pixies se pregunta dónde está su mente.

Mr.Robot, de Sam Esmail, tiene muchísimas cosas en común con la película más icónica de Fincher. La más obvia es que el protagonista de la serie también tiene un alter ego que pretende liberar a la sociedad de todas sus deudas.  Para consumar la revolución que desea, el cerebro dañado de Elliot (Rami Malek) crea a Mr. Robot, su propio Tyler Durden: una personalidad que le permite tomar decisiones tales como fundar un movimiento hacker con el que pretende destruir al conglomerado económico más grande del mundo.

Al igual que en Fight Club, Elliot no sabe que su otro lado es parte de su propia cabeza hasta el final de la primera temporada. De ahí en adelante nuestro protagonista deberá sostener dos luchas: la externa contra el poder y la interna por el control de su mente.

En un canal de Reddit en el que se debate sobre la serie, leí a un fan que decía que las últimas tres temporadas de Mr Robot estaban de más, que podrían haber terminado todo en la primera con un buen final abierto. Es verdad que últimamente está de moda el eterno estirado de productos que podrían contarse en media hora; el formato Netflix que produce sin parar temporadas y temporadas de porquería basada en algoritmos suele generar un continuado incoherente y a los tumbos de algunas historias que serían mucho mejores si fueran al grano.

En el caso de Mr Robot no creo que sea así. De hecho, creo que a S.E le hubiera resultado más fácil dejar su historia en donde Palahniuk termina la suya: en una escena que le permita a los optimistas soñar que todo terminó bien. Por suerte Esmail decidió no tomar ese camino y hacerse cargo del quilombo en el que metió a sus personajes.

Después de las letritas

 El australiano Josh Lawson hizo un corto llamado After The Credits en el que un hombre que acaba de escapar de su propia boda corre por un aeropuerto para alcanzar a la mujer que realmente ama, antes de que esta se suba a un avión y abandone su vida para siempre. Cuando la encuentra y le declara su amor ella abandona la fila de embarque y ambos se funden en un beso tiernísimo.

Después empiezan a correr los créditos, pero el corto recién empieza. Una vez que los nombres de los todos los involucrados en la producción terminan de correr, asistimos a 10 minutos angustiosos en los que vemos todos los obstáculos que tiene que superar la pareja para salir del aeropuerto. Al resto del mundo no le importa esa pequeña historia de amor entre dos personas. Ni al taxista que el chico dejó sin pagar en la puerta, ni al guardia que se salteó, ni a todos los pasajeros a los que se les atrasa el vuelo por culpa de ellos. Toda la burocracia que se saltearon en nombre del amor se les vuelve en contra. Y a la odisea que representa salir de ese aeropuerto se le suma el hecho de que el protagonista en cuestión dejó plantada a su novia en el altar y nadie quiere hospedarlos a él y a su nueva amante. El corto termina con los dos personajes sentados en el asiento de un taxi que ninguno de los dos puede pagar. Ambos con los semblantes desilusionados de quien acaba de sufrir el baldazo de agua fría de la vida real.

¿Que hubiésemos visto si Fight Club seguía después de los créditos?  ¿Cuánto tiempo habrá pasado antes de que Marla y el Relator se soltaran la mano y evaluaran cómo escapar de las consecuencias de sus actos?

Sam Esmail empezó a contarnos lo que de verdad quería contarnos justo cuando podría habernos dicho colorín colorado y fundido a negro. Justo en donde la historia empezaba a parecer un homenaje moderno al libro de Palahniuk, él siguió adelante con sus personajes. Los dejó ganar esa pequeña revolución, les permitió conseguir ese mini apocalipsis yanqui que tanto nos gusta como espectadores. Pero les negó la llegada de los créditos y les preguntó ¿Ah sí? Y ahora ¿qué?

Como Homero Simpson pensando que llegó a la cima de la montaña solo para descubrir que la meta verdadera está mucho más arriba, Elliot y compañía arrancan en la segunda temporada de la serie el largo camino hacia la desilusión. El existencialismo empieza a ponerse más aburrido que cool y uno empieza a pensar que el guion perdió el foco. Entonces vuelven el dolor, la violencia y la traición para hacernos acordar que estamos viendo un producto audiovisual protagonizado por personajes que (bajo sus trajes de superhéroes y villanos modernos) andan por ahí con los traumas, los miedos y las expectativas de cualquier ser humano ordinario.

Mr. Robot duele porque en la primera mitad de la historia somos testigos de una revolución que en la segunda mitad queda casi sin sentido. Y esa falta de sentido se mete de a poco en cada arco argumental como una sombra que crece y se queda pegada a los personajes, acompañándolos a cada uno en su propio camino de redención y/o locura.  En una escena que me quedó grabada, Irving, un Bobby Cannavale que toma café en tazas con frases pero no tiene problema en asesinar policías a hachazos, le señala a nuestro protagonista un grupo de gente de traje en una fiesta de la alta sociedad y le dice “tu revolución pudo ser posible porque la compró y pagó gente como esa, acéptalo no importa que tanto lo intentes el resultado final siempre es ese”.

“Estas catástrofes mundiales no son causadas por lobos solitarios como ustedes·– dice en otro capítulo Michael Cristofer interpretando al jefe del conglomerado económico E Corp “Ocurren porque hay hombres como yo que lo permiten. Ustedes solo se toparon con uno de ellos”

En estos diálogos Esmail ridiculiza toda esa épica anarquista con la que empieza su historia. Los héroes quedan empequeñecidos, su rebelión queda reducida.

Todos hablan del club de la pelea.

Triunfaron los otros.

La utopía de Whiterose

 Acercándose al final, Esmail empieza a jugar con los espectadores dándonos a entender que quizás todo lo que pasó se pueda revertir. La última temporada de Mr. Robot se mete en un lugar tan surrealista que por momentos se parece más a un producto de David Lynch que a un relato antisistema: Whiterose, ministro de seguridad de China y jefa del ejército hacker más grande del mundo, construye en secreto una máquina que va a “hacer posible otro mundo”

 Hasta el último capítulo no se aclara que es el invento en sí. No sabemos bien si Esmail va a hacer que todo sea un sueño a lo Lost, o si los personajes van a subirse al DeLorean para ir al pasado a asesinar a Adam Smith. Pero a esa altura uno ya se va acostumbrado a que todo lo que parece surrealista en la serie es una metáfora o un delirio esquizofrénico.

Aun así, el espiral descendente de la historia es tan profundo que tanto nosotros como los personajes necesitamos engañarnos con que todo va a estar bien al final. Por ejemplo, Angela, la única amiga de Elliot y co- protagonista de la serie, se obliga a creer en el invento de Whiterose para darle sentido a sus acciones. Ella mueve sus fichas en base a la fe y su convicción en la causa. Cuando miles de inocentes mueren debido a esta causa la culpa la enloquece a tal punto que lo único que le queda es aferrarse a esa creencia. Hace tanta fuerza para que la posibilidad irreal de que todo se solucione mágicamente sea verdad, que pierde de vista todo lo que importa en su vida, la real. Cuando dos enmascarados finalmente le disparan en la cabeza una parte de las esperanzas de nosotros, de este lado de la pantalla, están del lado de la villana de la serie. Queremos, como Angela, que exista esa máquina capaz de hacer un rewind. Un invento que nos lleve a un mundo donde las balas abandonen las cabezas de los personajes que amamos y nuestras cicatrices no existan. Pero ahí está Sam Esmail para repetirnos que Mr. Robot, más allá de su superficie hacker, habla de los seres humanos. Y los seres humanos somos quienes somos en gran parte gracias a nuestras cicatrices.

Au revoir, Elliot

En el capítulo final Elliot despierta en ese mundo perfecto. Un mundo donde no hubo revolución ni falta de sentido de la misma porque no hizo falta rebelarse contra nada. La vida es una sucesión de momentos rutinarios y alegría en la que todos los protagonistas que vimos sufrir, crecer o morir durante más de 50 capítulos sonríen sin preocupaciones. El Elliot de esa realidad es el opuesto al que conocemos. Tiene amigos, ama su trabajo y va a casarse con Angela. Los ejércitos hacker y los empresarios sedientos de poder son solo un mal sueño.

Pero hay un error. En esa versión rosita de la vida, Elliot tiene todo menos a su hermana, el único personaje de la serie que lo acompañó hasta el final. Darlene es la cicatriz aún abierta en realidad, el lazo que lo obliga a salir del laberinto de su mente y despertar en el hospital donde ella lo está esperando para decirle -y decirnos- que todo sucedió tal como lo vimos. Que no hay salvataje surrealista de último momento; que quienes murieron siguen muertos, el tiempo no va a volver hacia atrás y la única manera de continuar es afrontar la vida y seguir adelante.

.Mr. Robot se despide con ese mensaje. Nos dice que cuando la revolución pierda sentido nos acordemos de mirar a los ojos a quien tenemos al lado. Que aunque tengamos la certeza de que el enemigo va a resurgir de mil maneras diferentes, el luchar por los que amamos y sacrificarnos por ellos sigue dándole significado a cada una de las veces que nos levantemos después de la derrota.

 

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